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3. Una confirmación y un exigente aliento

Desde los comienzos de su pontificado el Papa Juan Pablo II ha alentado a los movimientos eclesiales. Su prédica en favor de estas nuevas expresiones de vida asociada en la Iglesia ha sido constante. Esto se ha visto tanto en sus documentos como en sus encuentros y visitas pastorales a lo largo y ancho del planeta. Ha ofrecido así importantes criterios de orientación sobre su identidad y su lugar en la vida y misión de la Iglesia. No ha cejado en impulsarlos a una mejor y más fecunda inserción en las realidades de las Iglesias particulares, al tiempo que ha pedido insistentemente que se les acompañe en dicho proceso y se les dé el espacio para que puedan fructificar y ofrecer sus dones a toda la Iglesia. Ha solicitado reiteradamente que se respete y valore su carisma y por lo tanto se resguarde su identidad, mientras que ha animado a los movimientos a que den frutos de santidad en fidelidad al carisma recibido. Con paciencia ha limado asperezas y promovido el encuentro, alentando a que se superen reservas y recelos. De esta forma ha fortalecido la comunión en el Pueblo de Dios y ha abierto cauces para que las nuevas expresiones eclesiales que el Espíritu Santo está suscitando para estos tiempos de cambios y crisis puedan ir desarrollándose y dando fruto aportando a la misión de la Iglesia.

¿Cómo interpretar la celebración de Pentecostés con los movimientos eclesiales y las nuevas comunidades en el año dedicado precisamente al Espíritu Santo camino al tercer milenio?

Ante todo se trata de un gesto del Sucesor de San Pedro, un gesto elocuente de aprecio y valoración de estas nuevas expresiones eclesiales. La figura venerable del Pastor de blanco que saludaba a la multitud que desbordaba la plaza San Pedro hizo presente para los hijos de la Iglesia la roca en la que el Señor Jesús quiso cimentar su Iglesia. Él, Pedro para nosotros, quiso este encuentro. Fue él mismo quien invitó a los movimientos para dar ese «testimonio común». Era la primera vez que se hacía una convocatoria de este tipo. El Papa lo sabía y lo explicitó afirmando que se trataba de un acontecimiento «inédito». Con la conciencia de la trascendencia de lo que hacía, convocó y confirmó en la fe y la comunión de la Iglesia a los movimientos eclesiales. Recapituló así veinte años de siembra y seguimiento a estas nuevas realidades. Y los lanzó hacia el futuro, hacia el tercer milenio, para que asuman con ardor y creatividad, con fidelidad y amor a la Iglesia, los nuevos desafíos que se están alzando en muchos casos amenazantes pero preñados de oportunidades pastorales.

Pero además, con la mirada y el corazón puestos en el tercer milenio, Juan Pablo II ha ofrecido una síntesis, hermosa y precisa a la vez, de sus enseñanzas sobre los nuevos movimientos eclesiales y su lugar en la Iglesia. Los tres textos que ofreció en esos días recogen aspectos importantes de sus reflexiones y de sus orientaciones al respecto, y las presentan de manera orgánica. El Papa ha recapitulado y reafirmado sus intuiciones y sus expectativas centrales. Retomando las líneas matrices de su Magisterio sobre el particular ha ofrecido una pequeña suma de los aspectos teológicos y pastorales principales. Y lo ha hecho colocando como gran marco de todo la acción vivificadora del Espíritu Santo.

Su gesto y sus palabras son también una confirmación y un exigente aliento. El Papa ha confirmado la figura y el valor de los movimientos eclesiales. Ha confirmado definitivamente un cauce dentro del Pueblo de Dios que descubre suscitado por el Espíritu de vida y verdad para dinamizar y renovar la vida cristiana y el impulso misionero. Como Sucesor del Apóstol San Pedro, y por tanto como principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad del Pueblo de Dios, ha confirmado a los movimientos eclesiales en la comunión de la Iglesia toda. Pero, a la vez, los ha alentado a responder al don recibido, a cuidar lo que deben administrar, a ser fieles a la fe de la Iglesia, a que desarrollen el carisma que se les ha confiado y a que lo pongan con parresía al servicio de la misión de la Iglesia. Como señaló en otra ocasión, la comunión eclesial es «un gran don del Espíritu Santo» que debe ser acogido «con gratitud» y al mismo tiempo «con profundo sentido de responsabilidad»[19].

Sus palabras son asimismo una invitación a la fidelidad y a la madurez en el servicio a la misión de la Iglesia. El Santo Padre ha ofrecido un hermoso conjunto de orientaciones que, por un lado, recogen los frutos ya visibles de estas nuevas formas asociativas que ha suscitado el Espíritu Santo, al tiempo que, por otro lado, constituyen un horizonte hacia el cual caminar en la búsqueda de la fidelidad al designio divino. Son palabras claras y exigentes, que plantean las características de lo que es una auténtica experiencia eclesial, en apertura al Espíritu y en función de la misión de la Iglesia. Así, recuerdan como condición de fecundidad la fidelidad a la invitación del Espíritu Santo, que es fidelidad a la gracia bautismal y su despliegue.

El Papa espera que los movimientos «den copiosos frutos para bien de la Iglesia y de la humanidad entera»[20]. Pero un sarmiento sólo puede dar fruto si está unido a la vid. El Señor Jesús es la «vid verdadera»[21], y nos enseña que no se puede dar fruto si no se permanece en Él. «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada»22. El Papa Juan Pablo II es consciente de que esos frutos deben crecer en medio de situaciones difíciles, en medio de limitaciones y debilidades. Por ello espera que se inicie una nueva y exigente etapa donde se manifieste más ampliamente la madurez evangélica de los movimientos. Esta nueva etapa de madurez no está, sin embargo, desprovista de exigencias para los dirigentes e integrantes de los movimientos. La guía del Magisterio y la fidelidad a la fe y misión de la Iglesia son claves de discernimiento para recorrer el camino hacia el futuro, ayudando a construir una cultura según el Plan de Dios. Por eso en el Encuentro afirmó: «Hoy ante vosotros se abre una etapa nueva: la de la madurez eclesial. Esto no significa que todos los problemas hayan quedado resueltos. Más bien, es un desafío, un camino por recorrer. La Iglesia espera de vosotros frutos "maduros" de comunión y de compromiso»[23]. La comunión y el compromiso en la fe y la misión de la Iglesia quedan constituidos así como ineludibles coordenadas para depurar la acción y en general la respuesta de cada movimiento buscando ser fieles a los impulsos del Espíritu. Este asunto es sumamente importante, pues evita un triunfalismo superficial y toca la realidad profunda de la respuesta, con la fuerza de la gracia, de personas heridas por el pecado y que desde la conciencia de su fragilidad aspiran a responder libremente a los amorosos impulsos del Espíritu Santo.

Toda llamada del Espíritu espera una respuesta, como la dio Santa María con su fiat. De la misma manera hay que decir que todo don conlleva como correlato un compromiso. El fiat que los movimientos deben dar a la llamada del Espíritu es la condición primera para que el don fructifique, según la gracia de Dios. Y eso implica un exigente compromiso. Los miembros de los movimientos deben ser conscientes de la enorme responsabilidad que significa haber sido convocados por el Espíritu a formar parte de estas nuevas respuestas para los desafíos de este tiempo. Se explicita así una responsabilidad frente al Espíritu que convoca. Pero se pone también de manifiesto una responsabilidad frente a la Iglesia toda. Los carismas que han recibido son para utilidad de todo el Pueblo de Dios y deben ser puestos al servicio de la misión. No son dones para un bien particular. Los movimientos tienen, en consecuencia, una ineludible responsabilidad con relación a todo el Pueblo de Dios que debe ser asumida con seriedad y coherencia en la comunión.

El Santo Padre ha alentado a que se ofrezca a los movimientos eclesiales y a las nuevas comunidades las vías para que fructifiquen según el designio divino y aporten sus energías y riquezas en la renovación de la vida cristiana y en las tareas de la evangelización. Pero eso supone también que los movimientos asuman su responsabilidad y, en fidelidad al designio divino, pongan los medios para acoger la gracia que el Espíritu derrama. Podrán así crecer en frutos de santidad para bien del Pueblo de Dios y de los hombres y mujeres de estos tiempos. Ello debe ser hecho desde la comunión de la Iglesia, en todas sus instancias, y con la convicción de que sólo desde la comunión se pueden esperar verdaderos frutos de santidad. Todo esto estaba magníficamente bien resumido en el tema del Congreso: comunión y misión en los umbrales del tercer milenio.

[19] Ver Juan Pablo II, Christifideles laici, 20.

[20] Congreso, 5.

[21] Jn 15,1.

22 Jn 15,5.

[23] Encuentro, 6; ver también Congreso, 2.


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