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III El ejemplo de Santo Tomás para nuestro tiempo

21. En el VII centenario de la muerte de Santo Tomás, queremos recordar una vez más lo que piensa la Iglesia sobre su función en la orientación de los estudios teológicos y filosóficos. Así se verá claramente por qué la Iglesia ha querido que las escuelas católicas reconocieran y siguieran al Aquinate como "Doctor común" en estas materias.

Los Romanos Pontífices sostuvieron con su autoridad la doctrina de Santo Tomás cuando aún vivía; protegieron al Maestro y defendieron también su doctrina contra los adversarios. Y después de su muerte, cuando algunas proposiciones suyas fueron condenadas por autoridades locales, la Iglesia no dejó de honrar al fiel seguidor de la verdad, sino que ratificó su veneración inscribiéndolo en el registro de los Santos (18 de julio de 1323) y concediéndole el título de Doctor de la Iglesia (11 de abril de 1567).

22. De esta manera la Iglesia ha querido reconocer en la doctrina de Santo Tomás la expresión particularmente elevada, completa y fiel de su Magisterio y del sensus fidei de todo el pueblo de Dios, como se habían manifestado en un hombre provisto de todas las dotes necesarias y en un momento histórico especialmente favorable.

La Iglesia, para decirlo brevemente, convalida con su autoridad la doctrina del Doctor Angélico y la utiliza como instrumento magnífico, extendiendo de esta manera los rayos de su Magisterio al Aquinate, tanto y más que a otro insignes Doctores suyos. Lo reconoció nuestro predecesor Pío XI, al escribir en la Encíclica Studiorum Ducem: "A todo el mundo cristiano interesa que esta conmemoración centenaria se celebre dignamente, porque honrando a Santo Tomás no sólo se manifiesta estima hacia él, sino que se reconoce también la autoridad de la Iglesia docente[33].

23. Ahora bien, como sería prolijo citar todas las pruebas de la gran veneración dada por la Iglesia y los Romanos Pontífices a Santo Tomás, nos limitaremos a recordar que a finales del siglo pasado, cuando ya se hacían sentir por doquier las consecuencias de la pérdida del equilibrio entre la razón y la fe, volvieron a proponer su ejemplo y su magisterio como factores que contribuirían a conseguir la unión entre la fe religiosa, la cultura y la vida civil, aunque fuera de manera distinta y adaptada a los nuevos tiempos.

La Sede Apostólica inició y estimuló a un florecimiento de los estudios tomistas. Nuestros predecesores, a partir de León XIII, y debido al fuerte impulso que él mismo dio con la Encíclica Aeterni Patris, recomendaron el amor al estudio y doctrina de Santo Tomás, para manifestar "la consonancia de su doctrina con la `revelación' divina"[34], la armonía entre la fe y la razón dentro de sus respectivos derechos[35], el hecho de que la importancia concedida a su doctrina, lejos de suprimir la emulación en la búsqueda de la verdad, la estimula más bien y la guía con seguridad[36]. Además, la Iglesia ha preferido la doctrina de Santo Tomás, proclamándola como propia[37], sin afirmar con ello que no sea lícito seguir otra escuela que tenga derecho de ciudadanía en la Iglesia[38"], y la ha favorecido a causa de su experiencia multisecular[39]. También en la actualidad el Angélico y el estudio de su doctrina constituyen, por ley, la base de la formación teológica de los que están llamados a la misión de confirmar y robustecer dignamente a los hermanos en la fe[40].

24. También el Concilio Vaticano II ha recomendado a Santo Tomás, dos veces, a las escuelas católicas. En efecto, al tratar de la formación sacerdotal, afirmó: "Para explicar de la forma más completa posible los misterios de la salvación, aprendan los alumnos a profundizar en ellos y a descubrir su conexión, por medio de la especulación, bajo el magisterio de Santo Tomás"[41]. El mismo Concilio Ecuménico, en la Declaración sobre la Educación Cristiana, exhorta a las escuelas de grado superior a procurar que, "estudiando con esmero las nuevas investigaciones del progreso contemporáneo, se perciba con mayor profundidad cómo la fe y la razón tienden a la misma verdad", y afirma acto seguido que a este fin es necesario seguir los pasos de los Doctores de la Iglesia, especialmente de Santo Tomás[42]. Es la primera vez que un Concilio Ecuménico recomienda a un teólogo, y éste es Santo Tomás. En cuanto a nosotros, entre otras cosas, baste repetir las palabras que pronunciamos en otra ocasión: "Los que tienen encomendada la función de enseñar... escuchen con reverencia la voz de los Doctores de la Iglesia, entre los que ocupa un lugar eminente Santo Tomás; en efecto, es tan poderoso el talento del Doctor Angélico, tan sincero su amor a la verdad y tan grande su sabiduría al indagar las verdades más elevadas, al explicarlas y relacionarlas con profunda coherencia, que su doctrina es instrumento eficacísimo, no sólo para poner a buen seguro los fundamentos de la fe, sino también para recabar de ella de modo útil y seguro frutos de sano progreso"[43].

25. Nos preguntamos ahora si Santo Tomás de Aquino, que --como hemos expuesto-- dejó marcada su huella en los siglos, tiene algo que ofrecer a nuestro tiempo. Muchos hombres de hoy, más claramente que en el pasado, o niegan o ponen en duda que pueda interesarles el mensaje evangélico; y no sólo son los no cristianos quienes se plantean el problema. Este roza también el pensamiento de algunos católicos, que confrontan las propias creencias con la civilización actual y con los principales puntos de la cultura profana. A menudo se formulan objeciones de este tipo en nombre de la moderna crítica del lenguaje, y se afirma fácilmente que el lenguaje, o sea el vocabulario de la fe, ha perdido su transparencia y su capacidad de significación.

A estas objeciones hay que añadir al hecho de que reiteradamente se ponen en tela de juicio las grandes obras que sintetizan la doctrina escolástica; y no siempre se distinguen suficientemente entre la fe en sí y la especulación teológica. En efecto, el lenguaje mismo de la teología escolástica, asociado al de una filosofía antigua, en función de ideas superadas, propias de un mundo y de una condición humana completamente distintos de los nuestros, es considerado con demasiada frecuencia como inaceptable e incomprensible. Y no podría ser de otro modo --así se cree--, puesto que las ciencias, la técnica, las relaciones sociales, la cultura, la vida pública, etc., han originado profundas transformaciones. Ha habido cambios a nivel del proceso racional del pensamiento y sobre el modo de abordar filosóficamente las cuestiones y de tratar con las fuerzas humanas los temas de la fe. Los sistemas teológicos de antes no encuentran ya en la cultura moderna la correspondencia natural de las cosas con las palabras que los autores y hombres de la época utilizaban para designarlas. Se sigue que, estando cerca de la forma mental propia de la época medieval, el pensamiento teológico de Santo Tomás --como el de cualquier otro autor de la época escolástica--, resulta ahora un tanto difícil, exige tiempo y esfuerzo a los que quieren familiarizarse con él y queda reservado más que nunca a los especialistas dedicados a estos estudios. Consciente de esta evolución, el reciente Concilio Ecuménico ha colocado intencionadamente en una perspectiva nueva a la Iglesia, que reflexiona sobre sí misma y que está presente en un mundo cuya novedad tan nítidamente percibía. ¿Es lícito por eso afirmar que Santo Tomás debe ser incluido en el grupo de aquellos que, lejos de ser útiles para la fe y la propagación de la verdad cristiana, la obstaculizan?

Eludir este problema e ignorar su alcance supondría traicionar el espíritu mismo de Santo Tomás, que procuró siempre descubrir toda fuente de saber. Estamos convencidos de que también hoy se esforzaría por descubrir todo lo que cambia al hombre, sus condiciones, su mentalidad y su comportamiento. El gozaría ciertamente de todos los medios hoy a su alcance para hablar de Dios de manera más digna y conveniente que en el pasado, pero sin perder aquella seguridad, noble y serena, que sólo la fe puede dar al entendimiento humano.

Dentro de la Iglesia, los intelectuales, incluidos los profesores especialistas de las ciencias sagradas, conscientes ahora más que nunca de los vastos y graves cambios producidos y de la necesidad de confrontar seriamente el presente con lo que en el transcurso de los siglos era como el alma del cristianismo, propenden menos a escuchar a Santo Tomás. Por eso, parece conveniente que, al justo elogio tributado a este genio, añadamos alguna exhortación sobre la recta utilización de su obra, necesaria hoy para adherirse a su espíritu y a su pensamiento.

26. No se crea, como se hace con demasiada frecuencia, que la doctrina escolástica es fácilmente accesible, como lo fue en los siglos pasados. En efecto, no basta repetir materialmente la doctrina, las fórmulas, los problemas y el tipo de exposición con que solían tratarse antiguamente estas cuestiones. Una repetición así no garantizaría la verdadera fidelidad a la doctrina de nuestro autor, comprometería su comprensión, particularmente necesaria en nuestro tiempo, e incluso podría desvirtuar los gérmenes de ideas que el entendimiento está llamado a desarrollar.

Por lo tanto, principalmente los que se dedican en la Iglesia al ministerio de estudiar y enseñar la teología, realicen el esfuerzo necesario para que el pensamiento del Doctor Angélico pueda ser comprendido en su vitalidad fuera del ámbito restringido de la escuela. De esta manera podrán guiar a los que, sin posibilidades para hacer este esfuerzo, tienen necesidad de aprender sus líneas maestras, el equilibrio doctrinal y, sobre todo, el espíritu que penetra e informa todas sus obras.

Evidentemente, esta labor de actualización del patrimonio doctrinal escolástico-tomista deberá llevarse a cabo de acuerdo con la perspectiva más amplia indicada por el Concilio Vaticano II en el pasaje antes citado del Derecho Optatam totius,16: es preciso que la teología dogmática se alimente más abundantemente y más íntimamente de las riquezas de la Sagrada Escritura, se abra más a las fecundas aportaciones de la patrística oriental y occidental, preste mayor atención a la historia del dogma, estreche su contacto con la vida y la liturgia de la Iglesia y, finalmente, se muestre más sensible a los problemas concretos de los hombres en las distintas situaciones.

27. Un segundo deber tienen los que en nuestro tiempo desean ser discípulos de Santo Tomás: es preciso considerar atentamente lo que más interesa hoy a cuantos se esfuerzan por obtener una mejor inteligencia de la fe; si no se hace esto, la fe no podría sacudir ni interesar a los espíritus. En efecto, si no se penetra bien en el pensamiento contemporáneo, es imposible distinguir, y mucho más exponer --cotejando adecuadamente las diferencias y semejanza--, el tema que se aborda y al que la teología ilumina plenamente.

Si se ocasiona un grave perjuicio a la auténtica ciencia de Dios y del hombre ignorando las nuevas formas de doctrina, encerrándose dentro de las fronteras del pasado, hay que decir que sucede lo mismo cuando se rechazan a priori la doctrina o la escuela de los grandes Doctores, alimentándose tan sólo con las ideas a veces especiosas de nuestro tiempo.

Los verdaderos discípulos de Santo Tomás no dejaron nunca de efectuar este cotejo necesario. [exclamdown]Cuántos de ellos, y particularmente especialistas en Sagrada Escritura, filosofía, historia, antropología, ciencias naturales, cuestiones económicas y sociales, etc., demuestran claramente con sus obras que también bajo este aspecto le deben mucho al gran Doctor!

28. A estas dos exhortaciones añadimos una tercera: Nos referimos a la necesidad de buscar, como en un diálogo ininterrumpido, una comunión vital con el propio Santo Tomás. En efecto, éste se presenta a nuestra época como maestro de un método eficacísimo de pensar, al ir directamente a la raíz de lo que es esencial, al aceptar con humildad y buena disposición la verdad de donde quiera que venga, y al dar un ejemplo singular del modo cómo deben armonizarse entre sí los tesoros y las exigencias supremas de la mente humana y las profundas realidades contenidas en la palabra de Dios. Nos enseña también a ser inteligentes en la fe, a serlo plena y valientemente. De esta manera se verifica un avance ulterior de la razón, pues la inteligencia, consagrándose a todos los hombres, grandes o pequeños, de los que el teólogo es hermano por la fe, en premio a este servicio de dirección intelectual y a la gloria que da a Dios, recibe honor por honor, luz por luz.

29. Como hemos explicado antes, para ser hoy fiel discípulo de Santo Tomás, no basta proponerse hacer, utilizando sólo los medios que nos ofrece nuestro tiempo, lo que hizo él en su época. El que quiera imitarlo, contentándose con avanzar por un camino paralelo al suyo, sin tomar nada de él, será difícil que llegue a un resultado positivo, o que por lo menos ayude a la Iglesia y al mundo proporcionándoles la luz que necesitan. En efecto, no hay fidelidad verdadera y fecunda, si no aceptan los principios de Santo Tomás, recibiéndolos como de sus manos; estos principios son faros que arrojan luz sobre los problemas más importantes de la filosofía y hacen posible entender mejor la fe en nuestro tiempo, así como los puntos fundamentales de su sistema y sus ideas fuerza. De esta manera el pensamiento del Doctor Angélico, cotejado con las aportaciones siempre nuevas de las ciencias profanas, experimentará, en virtud de una especie de fecundación mutua, una nueva primavera de vitalidad y lozanía. Como ha escrito recientemente un insigne teólogo, miembro del Sacro Colegio: "El mejor modo de honrar a Santo Tomás es ahondar en la verdad a la que el sirvió, y, en la medida de lo posible, demostrar su capacidad para incorporar los descubrimientos que, con el paso del tiempo, el ingenio humano logra realizar"[44].

30. Esto es lo que Santo Tomás hizo de maravilloso y lo que nosotros hemos creído que debíamos recordar en esta celebración centenaria, esperando firmemente que sea de gran utilidad para la Iglesia. Mas no queremos poner fin a esta Carta, sin recordar también que el Santo Doctor de la Iglesia --como afirma su primer biógrafo--, no sólo "con la claridad de su doctrina ganó más discípulos que los demás para el amor a la ciencia"[45], sino que dio también ejemplo magnífico de santidad, digno de ser imitado por los contemporáneos y por la posteridad. Baste referir las famosas palabras que pronunció poco antes de terminar su breve peregrinación terrena y que parecen digno colofón de su vida: "Te recibo, precio de la redención de mi alma, te recibo, viático de mi peregrinación, por cuyo amor he estudiado, velado y trabajado; te he predicado y enseñado; jamás he dicho nada contra ti, pero si acaso lo hubiera dicho, ha sido de buena fe y no sigo obstinado en mi opinión. Si algo menos recto he dicho sobre éste lo demás sacramentos, lo confío completamente a la corrección de la santa Iglesia romana, en cuya obediencia salga ahora de esta vida"[46].

Sin duda por ser santo, "el más santo entre los doctos y el más docto entre los santos", como de él se ha dicho[47], nuestro predecesor León XIII no sólo lo propuso como maestro y guía, sino que también lo proclamó patrono de todas las escuelas católicas de cualquier orden y grado[48]; título que nos place ratificar.

Deseando que esta celebración en honor de tan gran figura produzca frutos saludables no sólo para la Orden de Frailes Predicadores, sino también en beneficio y provecho de toda la Iglesia, a ti, querido hijo, a tus hermanos en religión y a todos los profesores y alumnos de las escuelas eclesiásticas, los cuales corresponderán a nuestros deseos, impartimos la bendición apostólica, como augurio de luz y de fuerza celeste.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 20 de noviembre de 1974, año XII de nuestro pontificado.

Paulus PP. VI

[33] Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923, p. 324. Téngase en cuenta lo que escribió Santo Tomás acerca de las relaciones mutuas entre los doctores de la Iglesia (y los teólogos) y el Magisterio: Ipsa doctrina Catholicorum Doctorum ab Ecclesia auctoritatem habet: unde magis standum est auctoritati Ecclesiae cuam auctoritati vel Augustini vel Hieronymi vel cuiuscumque Doctoris: Summae Theologiae, II-II, q. 10, a. 12: Ed. Leonina, VIII. p. 94.

[34] Pío XII, Encícl. Humani generis: AAS 42, 1950, p. 573.

[35] Cf. León XIII, Encícl. Aeterni Patris: 1, c., ib.

[36] Cf. Pío II, Sermo habitus ad alumnus seminariorum, collegiorum et institutorum utriusque cleri, 24 m. iun. a. 1939: AAS 31, 1939, p.247.

[37] Cf. Benedicto XV, Carta Encícl. Fausto appetente die: AAS 13, 1921, p. 332.

[38] Pío XII, Discurso pronunciado con ocasión del IV centenario de la fundación de la Pontificia Universidad Gregoriana, 17 octubre de 1953: AAS 45, 1953, pp. 685-68.

[39] Pío XII, Encícl. Humani generis: AAS 42, 1950, p. 573.

[40] Codex Iuris Canonici. can. 1366, pár. 2.

[41] Decreto Optatam totius sobre la formación sacerdotal, n. 16: AAS 58, 1966, p. 723.

[42] Cf. Declaración sobre la Educación Cristiana, Gravissimum educationis, n. 10: AAS 58, 1966, p. 737.

[43] Discurso a los superiores, profesores y alumnos de la Pontificia Universidad Gregoriana, 12 de marzo 1964: AAS 56, 1964, p. 365.

[44] Charles card. Journet, Actualité de Saint Thomas, Introd., París-Bruselas 1973.

[45] Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, cap. XIV: ed. cit., p. 81.

[46] Ib., cap. LVIII: ed. cit., p. 132.

[47] Cf. Discorsi di Pio XI, Turín 1960, vol. I, p. 783.

[48] Breve "Cum hoc sit", De Sancto Thoma Aquinate Patrono coelesti studiorum optimorum coeptando: Leonis XIII Pont. Max. Acta, II, Romae 1882, pp. 103-113.


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