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LUMEN ECCLESIAE

CARTA DEL SUMO PONTIFICE PABLO VI
EN EL VII CENTENARIO DE LA MUERTE DE SANTO TOMÁS DE AQUINO

Al querido hijo
Vincent de Couesnongle,
Maestro General de la
Orden de los Frailes Predicadores

Querido hijo,
salud y bendición apostólica.

1. Lumbrera de la Iglesia y del mundo entero, así es aclamado con razón Santo Tomás de Aquino, el cual es objeto de especiales celebraciones este año, en que se cumple el VII centenario de su muerte, acaecida en el monasterio de Fossanova el 7 de marzo de 1274, mientras se dirigía al II Concilio General de Lyón, obedeciendo órdenes de nuestro predecesor el Beato Gregorio X. En el clima del renovado entusiasmo suscitado por este centenario, se han hecho investigaciones, se han publicado trabajos y se han tenido reuniones en muchas universidades y centros de estudios superiores, principalmente en esta ciudad, donde la Orden de Frailes Predicadores, a la que perteneció Santo Tomás, ha organizado un importante congreso. Todavía tenemos en la memoria el espectáculo que ofrecía el aula magna de la Pontificia Universidad que lleva el nombre de Santo Tomás de Aquino, llena de especialistas venidos de todas partes del mundo. En el discurso que les dirigimos, les felicitamos por su trabajo, les animamos a continuar su noble tarea y, al mismo tiempo, enaltecimos a este gran Doctor de la Iglesia. Poco tiempo después, llamamos la atención sobre "el `retorno' a Santo Tomás, un retorno inesperado ciertamente, pero maravilloso, que confirma lo que el Magisterio supremo había dicho de él: que es el guía autorizado e insustituible de los estudios filosóficos y teológicos"[1]; en efecto, muchos indicios nos permitieron colegir que su doctrina interesa e influye también en los hombres de nuestro tiempo.

2. Ahora desearíamos explicar mejor aquella expresión nuestra, poniendo de relieve numerosos elementos de la doctrina del Aquinate que tienen mucha importancia en orden a la salvaguardia e investigación de la verdad revelada; por este motivo lo recomendamos a nuestros contemporáneos --cosa que ha hecho y sigue haciendo la Iglesia-- como maestro en el arte de pensar, según fórmula nuestra[2], y como guía para conciliar los problemas filosóficos con los teológicos y, añadimos gustosamente, para plantear correctamente el saber científico en general.

Así, pues, queremos manifestar públicamente nuestra conformidad con los que sostienen que, aun setecientos años después de su muerte, el Santo Doctor debe ser celebrado no sólo como excelso pensador y doctor del pasado, sino también por la vigencia de sus principios, de su doctrina y de su método; y deseamos explicar al mismo tiempo las razones de la autoridad científica que le reconocen el Magisterio y las instituciones de la Iglesia, y especialmente muchísimos predecesores nuestros, que no dudaron en otorgarle el título de "Doctor común", que se le dio por primera vez el año 1317[3].

Confesamos que al confirmar y reavivar una tradición tan prolongada y venerable del Magisterio de la Iglesia, no nos mueve sólo el respeto a la autoridad de nuestros predecesores, sino también la consideración objetiva de la validez de su doctrina, el fruto que se obtiene estudiando y consultando sus obras --como sabemos por propia experiencia-- y la comprobación del poder persuasivo y formativo que ejerce en sus discípulos, sobre todo en los jóvenes, como pudimos observar en los años de nuestro apostolado entre los universitarios católicos, que, estimulados por nuestro predecesor Pío XI, de feliz memoria, se habían dedicado al estudio del Doctor Angélico[4].

3. Sabemos que hoy día no todos están de acuerdo con esto. Pero no se nos oculta que muchas veces el recelo o aversión que se siente hacia Santo Tomás deriva de un contacto superficial y saltuario con su doctrina, más aún, del hecho de que no se leen ni se estudian sus obras. Por eso, también nosotros, como hizo Pío XI, recomendamos a todos los que deseen formarse un criterio maduro acerca de la postura que hay que adoptar en esta materia: [exclamdown]Id a Tomás![5]. Buscad y leed las obras de Santo Tomás --repetimos con gusto-- no sólo para encontrar alimento espiritual seguro en aquellos opulentos tesoros, sino también y ante todo, para daros cuenta personalmente de la incomparable profundidad, riqueza e importancia de la doctrina que contienen.

[1] Discurso al Comité promotor del Index Thomisticus: L'Osservatore Romano. 20-21 mayo 1974.

[2] Alocución al Congreso sobre Santo Tomás de Aquino en el VII centenario de su muerte: cf. L'Osservatore Romano, 22-23 abril 1974.

[3] Pío XI, Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923, p. 314. Cf. J. J. Berthier, Sanctus Thomas Aquinas "Doctor Communis" Ecclesiae Romae 1914, p. 177 ss."; J. Koch, Philosophische und theologische Irrtumlisten von 1270-1329: Mélanges Mandonnet, París 1930, t. II, p. 328, n. 2; J. Ramirez, De autoritate doctrinali S. Thomas Aquinatis. Salmanticae 1952, pp. 35-107.

[4] Cf. M. Cordovani, San Tommasso nella parola di S.S. Pio XI: Angelicum VI, 1929, p. 10.

[5] Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923, p. 323.


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