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EN UN CONTINENTE POBRE, BAJO EL SIGNO DE LA VIOLENCIA

Si ya el momento de Medellín, con relación a Puebla, ofrecía características que mostraban situaciones disímiles, ¿qué decir de América Latina, la de hace 30 años, con relación a su realidad actual? Era muy diversa la situación política: mientras entonces en la gran mayoría de los países los gobiernos eran o dictaduras o sistemas autoritarios , y cundía el militarismo, hoy al menos una democracia, así sean en muchos casos más bien formal y frágil, es el hecho general, salvo alguna excepción. A la altura de Medellín no se percibían todavía los rasgos de la «doctrina de la seguridad nacional», que se fue elaborando posteriormente. El pesado ejercicio del poder militar no había adquirido los perfiles de una ideología o «doctrina» justificativa del poder militar. Mientras entonces varias naciones sufrían el impacto y el desgaste de guerrillas de obediencia ideológica, bautizadas con el nombre de ciudades. Pekín, Moscú, La Habana, o de movimientos o guerrillas de mayor nombradía con un proyecto de un dominio creciente sobre el continente, incluso con ribetes románticos que subsisten, hoy las naciones que sufren el flagelo de la violencia guerrillera son muy pocas: Colombia y Perú, básicamente.

Se ha pensados que los participantes en Medellín habrían experimentado una cierta fascinación con una mística guerrillera o con el mita del valor científico del análisis marxista. Si algo de este curioso fenómeno se manifestó posteriormente, a la hora de «relecturas» y de «reinterpretaciones» respecto de la ideología marxista, era otro el ambiente que se vivía en el aula y en los corredores del seminario mayor de Medellín, que fue la sede de la histórica Conferencia. Por una partem era considerable el impacto de la encíclica Populorum progressio, de tanta apertura social y de tanta seguridad, para evitar interpretaciones el desarrollo «de todo el hombre y de todos los hombres», que fue el eje de la histórica encíclica, en clave ideológica, o del capitalismo o del marxismo. El concepto de desarrollo integral, fruto de la inspiración del padre Lebret, se fundaba en una concepción certera del hombre, en una antropología coherente, de fundamentación ontológica y de consistencia doctrinal, muy diversa de la pobreza en la concepción del hombre que deriva de las ideologías. La Iglesia, «experta en humanidad», no se dejaba seducir por «antropologías» desintegradas o por «humanismos mutilados». Esto daba consistencia a la doctrina social que cayó luego en artificial eclipse. Un liberacionismo reductivo y complaciente no penetraba fácilmente en el recinto de la Conferencia, pues, además era universal el estremecimiento y el dolor de la primavera de Praga: los tanques pretendieron reemplazar los argumentación y taponar con violencia los vacíos del marxismo real. Las promesas contrastaban con la realidad. En un continente pobre, por lo menos los pastores, a la altura de Medellín, no escrutaban en los horizontes una especie de «salvación» por la vía del colectivismo marxista y no experimentaba dudas, así fueran «metódicas», sobre la validez del magisterio social de la Iglesia. También era agudamente crítica la percepción de los fracasos en términos de humanidad, con lamentables resultados, de un capitalismo férreo e inhumano como para imaginar que alguna simpatía se pudiera acariciar en este otro ámbito. El mismo final dramático del sacerdote Camilo Torres, cuya generosidad fue absorbida y manipulada por la guerrilla, hacía consistentes los anticuerpos contra la invasión ideológica. Si el drama de la pobreza interpelaba dramáticamente a los obispos, guías y centinelas del rebaño, que portaban en su corazón de pastores y reflejaban las heridas sufridas en carne viva por sus pueblos, no asomaba por ninguna parte una actitud ingenua o un riesgo en relación con una polución ideológica en el universo de la fe en el nivel de los obispos. Ciertamente era diversa la situación, como los años mostrarían, de otros sectores, que sufrieron el hechizo del mito ideológico que crecía en la medida de la lejanía física para una confrontación con la vida real. Ante la realidad de América Latina, Pablo VI, el primer Papa peregrino en nuestros pueblos, subrayaba la intención evangelizadora de esta cita eclesial y el «ansia profunda» ante el desafío de las nuevas necesidades. El Papa, como se sabe, inauguró la Conferencia de Medellín en la catedral de Bogotá (con motivo del Congreso eucarístico). Son elocuentes sus palabras: «El porvenir reclama un esfuerzo, una audacia, un sacrificio, que ponen en la Iglesia un ansia profunda. Estamos en un momento de reflexión total. Nos invade, como una ola desbordante, la inquietud característica de nuestro tiempo, especialmente de estos países proyectados hacia su desarrollo completo, y agitados por la conciencia de sus desequilibrios económicos, sociales, políticos y morales». El Papa invita a estimular el esfuerzo renovador, como pastores, poniendo al hombre en primer puesto (en la Populorum progressio expresó: «Lo que importa es el hombre») y a dar un testimonio de pobreza. «De todas maneras, la Iglesia se encuentra hoy frente a la vocación de pobreza de Cristo (...). La indigencia de la Iglesia, con la decorosa sencillez de sus formas, es un testimonio de fidelidad evangélica; es la condición, alguna vez imprescindible, para dar crédito a su propia misión». Estos riesgos vendrían más tarde, a la hora de las interpretaciones desarrolladas sistemáticamente por parte de quienes fueron los críticos de la primera hora, de las Conclusiones de Medellín. Calificaban de «tercermundismo» la opción por una tercera vía concebida como imposible, diferente del capitalismo y del marxismo. Llegaron a pensar que esa salida, que no representaba un verdadero cambio, era simple y superficial, y señalaban con índice acusador esa opción, engañosa como la debilidad de la doctrina social. El «tercerismo» sería -era la acusación- la tentación de la acomodación jerárquica. El realidad, no coincidió nunca con esa visión reductora el mensaje de Medellín, que recogía la enseñanza de que la violencia para introducir los cambios no era cristiana ni evangélica.

El mensaje del Papa Pablo VI tiene su fuerte incidencia sobre desvíos que él ya percibe, con una mirada quizás más perspicaz y escrutadora de lo que quizás algunos pastores captaban en el fenómeno emergente. Su enseñanza sobre cristianismo y violencia es una síntesis impresionante para evitar los escollos de caminos de violencia y las apologías que empieza a descubrir y señalar en «teologías complacientes», habla con la autoridad de un Pastor empeñado en la doctrina social con su gran encíclica, la Populorum progressio, sereno y profético, centinela y guía. He aquí un texto que es mejor citar integralmente: «Si nosotros debemos favorecer todo esfuerzo honesto para promover la renovación y la elevación de los pobres u de cuantos viven en condiciones de inferioridad humana y social; so nosotros no podemos ser solidarios con sistemas y estructuras que encubren y favorecen graves y opresoras desigualdades entre las clases y los ciudadanos de un mismo país, sin poner en acto un plan efectivo para remediar las condiciones insoportables de inferioridad que frecuentemente sufre la población menos pudiente, nosotros mismos repetimos una vez más a este propósito: ni el odio ni la violencia son la fuerza de nuestra caridad. Entre los diversos caminos hacia una justa regeneración social, nosotros no podemos escoger ni el del marxismo ateo ni el de la rebelión sistemática ni tanto menos el del esparcimiento de sangre y el de la anarquía. Distingamos nuestras responsabilidades de las de aquellos que, por el contrario, hacen de la violencia un ideal noble, un heroísmo glorioso, una teología complaciente. Para, reparar errores del pasado y para curar enfermedades actuales no hemos de cometer nuevos fallos, porque estarían contra el Evangelio, contra el espíritu de la Iglesia, contra los mismo intereses del pueblo, contra el signo feliz de la hora presente, que es el de la justicia en camino hacia la hermandad y la paz» (Consejo episcopal latinoamericano, Conferencias generales del Episcopado latinoamericano, Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo, Celam, Santafé de Bogotá 1994: cita del Discurso de Su Santidad Pablo VI, Medellín, p. 84).


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