Llevar a la Iglesia con la oración y el sufrimiento

Mensaje de S.S. Juan Pablo II por la
solemnidad de la Santísima Trinidad

Queridos hermanos y hermanas:

1. Doy gracias al Señor, que me concede encontrarme nuevamente con vosotros aquí, en mi lugar habitual de trabajo, después de algunas semanas de hospitalización.

Quisiera aprovechar esta circunstancia para manifestar nuevamente mi agradecimiento a cuantos han estado a mi lado con constante solicitud durante los días pasados: a los médicos, a los profesores, a los enfermeros, a las religiosas y a todo el personal del hospital policlínico Agostino Gemelli y del Vaticano. Mi gratitud va también a muchísimas personas que, de diversos modos, me han testimoniado su solidaridad desde Roma, desde Italia y desde todos los continentes, asegurándome su constante recuerdo en la oración. Doy las gracias de corazón a todos y a cada uno.

2. Hoy se celebra la solemnidad litúrgica de la santísima Trinidad, que propone a nuestra contemplación el misterio de Dios, como Cristo nos lo reveló. Misterio grande, que supera nuestra mente, pero que habla profundamente a nuestro corazón, porque en su esencia es una explicitación de la densa expresión de san Juan: Dios es amor.

Precisamente porque es amor, Dios no es un ser solitario, y, siendo uno y único en su naturaleza, vive en la recíproca inhabitación de tres personas divinas. En efecto, el amor es esencialmente entrega. Dios, siendo amor infinito, es Padre que se entrega completamente en la generación del Hijo, y con él mantiene un diálogo eterno de amor en el Espíritu Santo, vínculo personal de su unidad.

¡Qué gran misterio! Me agrada indicarlo sobre todo a las familias, en este año dedicado especialmente a ellas.

En la Trinidad se puede entrever el modelo originario de la familia humana. Como he escrito en la Carta a las

familias, el Nosotros divino constituye el modelo eterno del específico nosotros humano formado por un hombre y una mujer que se entregan recíprocamente en una comunión indisoluble y abierta a la vida (cf. n. 6).

3. Queridos hermanos y hermanas, el próximo domingo, con ocasión de la fiesta de Corpus Christi, la Iglesia italiana se reunirá espiritualmente en Siena, para la conclusión del Congreso eucarístico nacional, que se está celebrando durante esta semana. Es una etapa importantísima de la gran oración de Italia y por Italia. En la Eucaristía la Iglesia reconoce la fuente y el culmen de su vida. En ella revive el sacrificio redentor de Cristo y se alimenta de su cuerpo. De ella aprende el espíritu de servicio y de comunión que necesita para ser sacramento de unidad de los hombres con Dios y con los hermanos (cf. Lumen gentium, 1). Ojalá que los católicos italianos vivan profundamente este momento, tomando de él inspiración y fuerza para su vida eclesial y su testimonio social. La santísima Virgen María ayude a cada uno a prepararse dignamente para esta cita eclesial tan singular y providencial.

4. Por último, con especial afecto queremos dirigir nuestra mirada precisamente a María, ahora que estamos llegando al final de este mes mariano, durante el cual hemos elevado hacia su corazón materno los deseos, las invocaciones y las lágrimas de toda la humanidad. María, madre misericordiosa, acoja las súplicas de la comunidad cristiana. Bendiga, sobre todo, a los jóvenes y a las familias, y les obtenga a todos, especialmente a las naciones que, por desgracia, están aún en guerra, el don inestimable de la concordia y de la paz.

Por medio de María quisiera expresar hoy mi gratitud por este don del sufrimiento asociado nuevamente al mes mariano de mayo. Quiero agradecer este don. He comprendido que es un don necesario. El Papa debía estar en el hospital policlínico Gemelli; debía estar ausente de esta ventana durante cuatro semanas, cuatro domingos; del mismo modo que sufrió hace trece años, debía sufrir también este año.

He meditado, he vuelto a pensar en todo esto durante mi hospitalización. Y he reencontrado a mi lado la gran

figura del cardenal Wyszynski, primado de Polonia, de cuyo fallecimiento se cumplió ayer el decimotercer aniversario. Al comienzo de mi pontificado, me dijo: Si el Señor te ha llamado, debes llevar a la Iglesia hasta el tercer milenio. Él mismo llevó a la Iglesia en Polonia hacia su segundo milenio cristiano.

Así me habló el cardenal Wyszynski. Y he comprendido que debo llevar a la Iglesia de Cristo hasta este tercer milenio con la oración, con diversas iniciativas, pero he visto que no basta: necesitaba llevarla con el sufrimiento, con el atentado de hace trece años y con este nuevo sacrificio. ¿Por qué ahora? ¿Por qué este año? ¿Por qué este año de la familia? Precisamente porque se amenaza la familia, porque se la ataca. El Papa debe ser atacado, el Papa debe sufrir, para que todas las familias y el mundo entero vean que hay un evangelio --podría decir-- superior: el evangelio del sufrimiento, con el que hay que preparar el futuro, el tercer milenio de las familias, de todas las familias y de cada familia.

Quería añadir estar reflexiones en mi primer encuentro con vosotros, queridos romanos y peregrinos, al final de este mes mariano, porque debo este don del sufrimiento a la santísima Virgen, y se lo agradezco. Comprendo que era importante tener este argumento ante los poderosos del mundo. Tengo que encontrarme con los poderosos del mundo y tengo que hablar. ¿Con cuáles argumentos? Me queda este argumento del sufrimiento. Y quisiera decirles: comprended, comprended por qué el Papa ha estado nuevamente en el hospital, por qué ha sufrido nuevamente, comprendedlo, pensad una vez más en ello.

Queridos hermanos, os agradezco vuestra atención, os agradezco esta comunidad de oración, en la que podemos rezar nuevamente el Angelus Domini.


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