Discurso de S.S. Juan Pablo II a la
Sociedad Deportiva Italiana «Lazio»

5 de enero de 1987

Estoy contento de saludaros a vosotros, dirigentes, técnicos y atletas de la sociedad futbolística "Lazio". Os agradezco la gentileza de haber venido aquí, juntamente con vuestros familiares; de corazón os doy a todos mi bienvenida.

Encontrar una asociación como la vuestra, cuyo nombre es tan conocido y cuyo territorio pertenece también a la diócesis del Obispo de Roma, es para mí motivo de satisfacción; y me da la ocasión de expresar los más férvidos auspicios de que mantengáis siempre en alto el símbolo de vuestros colores, mediante un empeño cada vez mayor de honrarle, aún a costa de renuncias.

Y esto resulta necesario no sólo para conseguir éxitos en el plano competitivo y, por tanto, para proporcionaros a vosotros y a vuestros admiradores legítimas satisfacciones; sino también porque el deporte se vería privado de su específico mensaje espiritual, si no se basara y tomara fuerza e inspiración en aquellos valores que precisamente llevan consigo un espíritu de sacrificio, o sea: la lealtad, el dominio de sí, la prudencia, el respeto a la persona del rival, etc. De este modo el deporte, y el fútbol en particular, se convierte en una palestra de adiestramiento de la voluntad, una escuela de promoción humana y espiritual que la Iglesia no cesa de reafirmar en sus enseñanzas. A este propósito también la Constitución Conciliar Gaudium et spes ha puesto de relieve que el deporte es importante, porque "los hombres se enriquecen con el mutuo conocimiento", y también porque "ayuda a conservar el equilibrio espiritual, incluso en la comunidad, y a establecer relaciones fraternas entre los hombres de todas las clases, naciones y razas"(n. 61).

Amadísimos atletas: Estoy seguro de que también para vosotros la práctica del deporte no dejará de secundar estas reflexiones y de llevaros a una maduración interior que sirva también para incrementar el rendimiento físico. Os deseo que la práctica de las competiciones deportivas eleve vuestro espíritu a nobles objetivos y lo libere de toda forma de egoísmo y de desaliento.

Os renuevo las expresiones de mi estima y de mi aliento, y os prometo una oración por vuestros seres queridos aquí presentes y por los que están en casa.

Imparto a todos mi bendición.


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