LA IGLESIA PEREGRINA TIENE UN NUEVO SANTO Y UN PODEROSO INTERCESOR

La figura de Juan de Ávila infunde certeza y seguridad
a los interrogantes del sacerdote de hoy

Homilía del Papa Pablo VI durante la canonización del beato Juan de Ávila

 

Venerables hermanos e hijos queridísimos:

Damos gracias a Dios porque, mediante esta exaltación del beato Juan de Ávila al esplendor de la santidad, ofrece a la Iglesia universal una invitación al estudio, a la imitación, al culto, a la invocación de una gran figura sacerdotal.

[Gratitud al Episcopado español]

Gracias sean dadas también al Episcopado español, que, no contento con la proclamación hecha por nuestro predecesor, de venerada memoria, Pío XII, del título atribuido al apóstol de Andalucía, es decir, al mismo beato Juan de Ávila, de protector especial del clero diocesano de España, ha solicitado a esta Sede Apostólica su canonización, encontrando, tanto en nuestra Sagrada Congregación para la causa de los santos, como en nuestra misma persona las mejores y merecidas disposiciones para la celebración de un acto de tanta importancia; y quiera Dios que esta inclusión del beato Juan de Ávila en el catálogo de los santos, en el ejército glorioso de los hijos de la Iglesia celestial, sirva para obtener a la Iglesia peregrina en la tierra un intercesor nuevo y poderoso, un maestro de vida espiritual diligente y sabio; un renovador ejemplar de vida eclesiástica y de costumbres cristianas.

[La época de Juan de Ávila y nuestros tiempos]

Y este nuestro deseo parece ser oído por el contraste histórico de los tiempos, en los cuales vivió y actuó el Santo, con los tiempos actuales; contraste de dos períodos, ciertamente muy diversos entre sí, los cuales, por otra parte, presentan analogías no tanto en los hechos sino más bien en algunos principios inspiradores, tanto de las vicisitudes humanas de entonces, como de las actuales: resurgimiento, por ejemplo, de energías vitales y crisis de ideas, fenómeno éste propio del siglo XVI y propio de nuestro siglo XX; tiempo de reformas y de discusiones conciliares aquél, como lo es este que estamos viviendo. Y al mismo tiempo parece providencial que se evoque en nuestros días la figura del maestro Ávila por los rasgos característicos de su vida sacerdotal, los cuales confieren a este santo un mérito singular y siempre estimado por el gusto contemporáneo, el de su actualidad.

[Juan de Ávila, sacerdote moderno]

San Juan de Ávila es un sacerdote, que bajo muchos aspectos podemos llamar moderno, especialmente por la pluralidad de los matices que su vida ofrece a nuestra consideración y, por tanto, a nuestra imitación. No en vano él ha sido ya propuesto al clero español como su modelo ejemplar y tutor celestial. Pensamos que él puede ser honrado como modelo polivalente de todo sacerdote de nuestra época, en la que se dice que el sacerdocio mismo sufre una crisis profunda; una "crisis de identidad", y que tanto la naturaleza como la misión del sacerdote no tienen ahora motivos suficientes para justificar su presencia en una sociedad como la nuestra, profanada y secularizada. Todo sacerdote que sienta dudas de su propia vocación puede acercarse a nuestro santo y recibirá una respuesta tranquilizadora. Y todo estudioso, inclinado a reducir la figura del sacerdote dentro de una sociología profana y utilitaria, mirando la de Juan de Ávila, tendrá que modificar sus juicios mezquinos y negativos sobre la función de sacerdote en el mundo moderno.

[Virtudes sacerdotales del nuevo santo]

Juan es un hombre pobre y modesto, por elección propia.

Ni siquiera se sostiene por la inserción en los cuadros operativos del ordenamiento canónico; no es párroco, no es religioso; es un sencillo sacerdote, de poca salud y de fortuna muy reducida tras las primeras experiencias de su ministerio: sufre pronto la prueba más amarga que puede ser infligida a un apóstol fiel y fervoroso; la de un proceso, con la consiguiente detención, bajo sospecha de herejía, como entonces era corriente. Él no tuvo siquiera la fortuna de poderse sostener abrazando un ideal grande y fascinante; quería partir como misionero hacia las tierras americanas, hacia las "Indias" occidentales, entonces recientemente descubiertas; pero no obtuvo el correspondiente permiso.

[Fe en la vocación sacerdotal]

Sin embargo, Juan no duda. Tiene la conciencia de su vocación. Tiene fe en su elección sacerdotal. Una introspeción psicológica de su biografía nos llevaría a descubrir en esta certeza de su "identidad" sacerdotal la fuente de su celo impertérrito, de su fecundidad apostólica, de su sabiduría de preclaro reformador de la vida eclesiástica y de delicado director de conciencia. San Juan de Ávila enseña, al menos esto, y, sobre todo esto, al clero de nuestro tiempo, que no dude de su ser: sacerdote de Cristo, ministro de la Iglesia, guía de los hermanos. Él advirtió profundamente lo que hoy algunos sacerdotes y muchos alumnos en los seminarios no comprenden como un deber corroborante y un título específico para la cualificación ministerial en la Iglesia, la propia definición —llamémosla también sociológica— separada de aquella que, como siervo de Jesucristo, y como el Apóstol San Pablo daba de sí: "Separado para anunciar el Evangelio de Dios" (Rom 1,1).

[No debemos desacralizar el sacerdocio]

Esta separación, esta especificación, que después la de un órgano distinto e indispensable para el bien de todo un cuerpo viviente (cfr. 1Cor 12,16ss), es hoy la primera nota del sacerdocio católico, que es discutida y contestada incluso por motivos, frecuentemente en sí nobles, y, bajo ciertos aspectos, admisibles; pero cuando éstos tienden a suprimir esta "separación", a equiparar el estado eclesiástico al estado laico y profano, y a justificar en el estado elegido la experiencia de la vida mundana con el pretexto de que él no debe ser menos que todo otro hombre, fácilmente impulsan al elegido fuera de su camino y hacen con toda facilidad del sacerdote un hombre cualquiera, una sal sin sabor, un inepto para el sacrificio interior y una persona carente del poder de juicio, de palabra y de ejemplo, propia de un discípulo de Cristo, firme, puro, libre. La palabra cortante y exigente del Señor: "Todo aquel que, después de haber puesto la mano en el arado, dirige su mirada hacia atrás, no es apto para el reino de los cielos" (Lc 9,62), estaba arraigada profundamente en este sacerdote singular, que en la totalidad de su entrega a Cristo volvió a encontrar sus energías centuplicadas.

[Juan de Ávila, predicador y apóstol]

Su palabra de predicador se hizo poderosa y resonó con aires renovadores. San Juan de Ávila puede ser todavía hoy maestro de predicación, tanto más digno de ser escuchado e imitado cuanto menos indulgente con los artificios oratorios y literarios de su época, y cuanto más impuesto de sabiduría bebida en las fuentes bíblicas y patrísticas. Su personalidad se manifiesta y engrandece en el ministerio de la predicación.

[Maestro, director de almas y escritor]

Y algo aparentemente contrario a tal esfuerzo de palabra pública y exterior, Ávila conoció el ejercicio de la palabra personal e interior, propia del ministerio del sacramento de la penitencia y de la dirección espiritual. Y acaso todavía más en este ministerio paciente y silencioso, extremadamente delicado y prudente, su personalidad se destacó sobre la del orador. El nombre de Juan de Ávila está unido a su obra más significativa, la célebre obra "Audi, filia", que es libro de magisterio interior, pleno de religiosidad, de experiencia cristiana, de bondad humana. Precede a la "Filotea", obra, en cierto sentido, análoga de otro santo, Francisco de Sales, y toda una gama de libros religiosos, que imprimirán profundidad y sinceridad a la formación espiritual católica, desde el Concilio de Trento hasta nuestros días. También en esto Ávila es maestro ejemplar.

Y realmente, podríamos recordar otras muchas virtudes suyas para edificación nuestra. Ávila fue un escritor fecundo. Aspecto éste que lo aproxima a nosotros admirablemente y nos ofrece su conversación, que es la de un santo.

[Una constelación de santos]

Y, después, la acción. Una acción diversa e incansable: correspondencia, animación de grupos espirituales, de sacerdotes especialmente, conversión de almas grandes, como Luis de Granada, su discípulo y su biógrafo, y como los futuros santos, Juan de Dios y Francisco de Borja, amistad con los espíritus grandes de su tiempo, como San Ignacio y como Santa Teresa, fundación de colegios para el clero y la juventud. Una gran figura, en verdad.

 

*El Papa continuó en español:

[Paladín de la reforma eclesiástica]

Pero donde nuestra atención querría detenerse particularmente es en la figura de reformador o, mejor, de innovador, que es reconocida a San Juan de Ávila. Habiendo vivido en el período de transición, lleno de problemas, de discusiones y de controversias que precede al Concilio de Trento, e incluso durante y después del largo y grande Concilio, el Santo no podía eximirse de tomar una postura frente a este gran acontecimiento. No pudo participar personalmente en él a causa de su precaria salud; pero es suyo un memorial, bien conocido, titulado: "Reformación del estado eclesiástico" (1551) (seguido de un apéndice: "Lo que se debe avisar a los obispos"), que el arzobispo de Granada, Pedro Guerrero, hará suyo en el Concilio de Trento, con aplauso general. Del mismo modo, otros escritos, como: "Causas y remedios de las herejías" (Memorial segundo, 1561), demuestran con qué intensidad y cuáles designios Juan de Ávila participó en el histórico acontecimiento; del mismo claro diagnóstico de la gravedad de los males que afligían a la Iglesia en aquel tiempo se trasluce la lealtad, el amor y la esperanza. Y, cuando se dirige al Papa y a los pastores de la Iglesia, ¡qué sinceridad evangélica y devoción filial, qué fidelidad y confianza a la tradición intrínseca y original de la Iglesia, y qué importancia primordial reservada a la verdadera fe para curar los males y preparar la renovación de la Iglesia misma!

"Juan de Ávila ha sido, en cuestión de reforma, como en otros campos espirituales, un precursor; y el Concilio de Trento ha adoptado decisiones que él había preconizado mucho tiempo antes" (S. Charprenet, p. 56).

[Reformador, pero no contestador]

Pero no ha sido un crítico contestador, como hoy se dice. Ha sido un espíritu clarividente y ardiente, que a la renuncia de los males, a la sugerencia de remedios canónicos, ha añadido una escuela de intensa espiritualidad (el estudio de la Sagrada Escritura, la práctica de la oración mental, la imitación de Cristo y su traducción española del libro del mismo nombre, el culto de la Eucaristía, la devoción a la Santísima Virgen, la defensa del santo celibato, el amor a la Iglesia, aun cuando algún ministro de la misma fue demasiado severo con él…) y ha sido el primero en practicar las enseñanzas de su escuela.

[Gloria de la católica España]

Una gran figura, repetimos, también ella hija y gloria de la tierra de España, de la España católica, habituada a vivir su fe dramáticamente, haciendo surgir del seno de sus tradiciones morales y espirituales, de tanto en tanto, en los momentos cruciales de su historia, el héroe, el sabio, el santo.

[Invocación al santo]

Pueda este Santo, que Nos sentimos la alegría de exaltar ante la Iglesia, serle favorable intercesor de las gracias que ella parece necesitar hoy más: la firmeza en la verdadera fe, el auténtico amor a la Iglesia, la santidad de su clero, la fidelidad al Concilio, la imitación de Cristo, tal como debe ser en los nuevos tiempos. Y pueda su figura profética, coronada hoy con la aureola de la santidad, derramar sobre el mundo la verdad, la paz de Cristo.

(Textos italiano y español en "L’Osservatore Romano" del 1-2 de junio de 1970)

Transcrito de «Ecclesia», Madrid, sábado 6 de junio de 1970, Año XXX, Núm. 1494.

  

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