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De Tibulo. Lib. II. Elegía III
Rura tenent

Al campo va mi amor y va a la aldea.
El hombre que morada un punto solo
hiciere en la ciudad, maldito sea.
La mesma Venus deja el alto polo,
y a los campos se va; y el dios Cupido
se torna labrador por esto solo.
¡Ay! Yo con qué placer, si permitido
me fuera, adonde estás, con el arado
rompiera el fértil campo endurecido.
Y en hábito de aldea, disfrazado,
siguiera el paso de los bueyes lento,
de tus hermosos ojos sustentado.
Si me abrasara el sol, ningún tormento
sintiera ni dolor, aunque la esteva
las manos me llagara en partes ciento.
Que Apolo bien ansí, en forma nueva,
de las vacas de Admeto fue vaquero,
e hizo de su amor ilustre prueba.
Su música y belleza contra el fiero
Amor no le valió, ni saludable
yerba de cuantas él halló primero.
Toda su medicina al incurable
golpe quedó rendida, y traspasada
su alma fue con flecha penetrable.
Llevó y tornó del pasto la vacada,
la leche por su mano fue exprimida,
y con el blanco cuajo fue mezclada.
Y con delgadas mimbres fue tejida
la forma para el queso, de su mano,
dejando libre al suero la salida.
¡Ay! Cuántas veces, cuántas, de su hermano,
que en pos de algún novillo le encontraba,
se avergonzó Dïana; mas en vano.
El cabello que al oro despreciaba,
revuelto le traía y desgreñado;
que el duro Amor ansí se lo mandaba.
¡Oh venturosa edad! ¡Siglo dorado!,
cuando sin deshonor ni inconveniente,
aun a los mismos dioses era dado
servir al dulce amor abiertamente.


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