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Lib. IV Oda XIII. Audivere, Lice

Cumplióse mi deseo,
cumplióse, ¡oh Lice! A la vejez odiosa
entregada te veo,
y todavía parecer hermosa
cuanto puedes procuras,
y burlas y haces mil desenvolturas.
Y con la voz temblando
cantas por despertar al perezoso
Amor, que reposando
se está despacio sobre el rostro hermoso
de Quía, la cantora,
que de su edad está en la flor agora.
Que sobre seca rama
no quiere hacer asiento ni manida
aquel malo, y desáma-
te, ya; porque la boca denegrida
y las canas te afean,
que en la nevada cumbre ya blanquean.
Y no son poderosas
ni las granas de Coo, ni los brocados,
ni las piedras preciosas
a tornarte los años, que encerrados
debajo de su llave,
dejó la edad que vuela más que el ave.
¿Qué se hizo aquel donaire,
aquella tez hermosa? ¿Dó se ha ido
del movimiento el aire?
¿Aquella, aquella, dó ha desaparecido,
aquella en quien bullía
Amor, que enajenado me tenía?
No hubo más amada
beldad después de Cínara, más clara,
de más gracias dotada;
mas, ¡ay!, cómo robó la muerte avara
a Cínara temprano,
y con la Lice usó de larga mano.
Diole que en larga vida
con la antigua corneja compitiese,
de años consumida,
para que con gran risa ver pudiese
la gente moza herviente,
vuelta en pavesa ya la hacha ardiente.


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