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Lib. III, Oda XXVII. Impios parrae

Agüero en la jornada
al malo de la voz del pico oída,
y la perra preñada,
y la zorra parida,
y del monte la loba descendida
Y rompa el comenzado
camino la culebra, que viniendo
ligera por el lado,
al cuártago temiendo
dejó. Que yo no temo nada, habiendo
con santa voz movido
de adonde nace el sol, el cuervo abuelo,
primero que al querido
lago, rayendo el suelo,
volase la sagaz del negro cielo.
Dichosa a do quisieres
podrás ir, Galatea, y acordada
de mí vive do fueres;
tu ida no es vedada
de pico o de corneja desastrada.
Mas mira cómo lleno
el Orión de furia va al Poniente;
yo sé quién es el seno
del Adria luengamente,
y cuánto estrago hace el soplo Oriente.
La tempestad que mueve
el resplandor egeo que amanece,
quien mal quiero la pruebe,
y el mar que brama y crece,
y las costas azota y estremece.
Que ansí del engañoso
toro la blanca Europa confiada,
con rostro temeroso
miró la mar cuajada
de formas espantables, aunque osada.
La que poco antes era
maestra de guirnaldas, robadora
de la verde ribera,
en breve espacio de hora
no vio más de agua y cielo y noche, y llora
Y luego que se vido
en la poblada Creta, enajenada
de todo su sentido.
¡Oh, padre!, ¡oh, voz amada!,
por un ciego furor tan mal trocada,
Y dijo: ¡Ay, enemiga
de mí! ¿Dó y de dó vine? Todo el bando
del mal no me castiga.
¿Por dicha estoy llorando,
culpada, o inocente estoy soñando?
¿O velo, o sueño vano
del umbral de marfil aparecido,
me burla? ¡Ay! ¡Cuán más sano
fuera el prado florido,
que las olas del mar embravecido!
Si me entregase alguno
aquel novillo malo en que venía,
con fierro, uno a uno,
los cuernos quebraría,
que poco tiempo ha tanto quería.
Desvergonzada, el techo
de mi padre dejé; desvergonzada,
¿después de lo que he hecho,
respiro? ¡Ay Dios! ¡Cercada
me viese de leones ya tragada!
Antes que se desjugue
la presa, y que magrez aborrecida
el fresco rostro arrugue,
que ansí bella y florida
deseo antes de tigres ser comida.
«Europa vil, tu ausente
padre te aprieta el nudo; da, mezquina
-¿qué dudas?-, prestamente
el cuello a aquesa encina
con este cordón tuyo, que, adivina,
ceñiste. O si te agrada
el risco agudo y el despeñadero;
¡sus!, muere despeñada;
entrégate al ligero
viento; si no es que, hija de rey, quiero
obedecer esclava
a bárbara mujer en vil estado».
Presente al lloro estaba
riendo, falsa, al lado
la Venus y su hijo desarmado.
Y de burlar contenta,
le dijo: «Si aquel mal toro a deshora
tornare, tened cuenta,
no le hiráis, señora,
ni os le mostréis tan brava como agora.
Aprende a ser dichosa;
del Júpiter -no llores- no vencido,
¿no ves que eres esposa?
Del orbe dividido,
el tercio gozará de tu apellido.


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