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Lib. III, Oda VII. Quid fles, Asterie

¿Por qué te das tormento,
Asterie? ¿No será el abril llegado,
que con próspero viento
de riquezas cargado,
y más de fe cumplido,
tu Giges te será restituido?
Que en Orico, do agora,
después de las Cabrillas revoltosas,
del viento guiado mora,
las noches espaciosas
y frías desvelado
pasa, y de largo lloro acompañado.
Bien que con maña y artes
de su huéspeda Cloe el mensajero
le tienta por mil partes,
diciendo el dolor fiero,
en que la triste pasa,
y cómo con su fuego ella se abrasa.
Y cómo la alevosa
Antea movió a Preto, con fingida
querella, presurosa-
mente quitar la vida
al casto en demasía
Belerofonte, él mismo le decía;
Y cuenta cómo puesto
en el último trance fue Peleo,
mientras que huye, honesto,
la Hipólita, y arreo
le trae toda la historia
del mal ejemplo el falso a la memoria.
En balde, porque a cuanto
le dice está más sordo que marina
roca; ni por espanto
ni por ruego se inclina;
tú huye por tu parte
de Enipeo, tu vecino, enamorarte.
Aunque ni en la carrera
ninguno se le iguala, ni con mano
revuelve más ligera
el caballo en el llano,
ni con igual presteza
nadando corta el Tibre y su braveza.
En siendo anochecido,
tu puerta cierra, y no abras la ventana
al canto dolorido
de la flauta alemana;
y aunque mil veces fiera
te llame, tú más dura persevera.


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