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Lib. I, Oda XIII. Cum tu Lydia

Cuando tú, Lydia, alabas
la cerviz bella de color de rosa
de Télefo, y no acabas
de llamar a los brazos y a ella hermosa,
mi corazón llagado,
hirviendo con la cólera está hinchado.
Entonces en su asiento
no me queda el color que antes tenía;
mas el dolor que siento,
por mi rostro las lágrimas envía,
de las cuales presumo
cuán con pequeñas llamas me consumo.
En rabia y ira ardiendo,
si las burlas con vino demasiado
tanto fueron creciendo,
que han tus hermosos hombros señalado,
o si el mozo atrevido
tus colorados labios ha mordido.
Mas temo que, señora,
no esperaras de ver siempre constante
quien los besos que adora
el verdadero amante,
daño como grosero,
do puso Venus su contento entero.
¡Oh dichosos amantes!,
a quien prendas de amor puro y sincero
entre sí tan constantes
tienen con un amor tan verdadero,
cual no será rompido
en cuanto al cuerpo el alma habrá regido.


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