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La misma. Maecenas atavis

¡Ilustre descendiente
de reyes, oh mi dulce y grande amparo,
Mecenas!; verás gente
a quien el polvoroso Olimpo es caro,
y la señal cercada
de la rueda que vuela y no tocada.
Y la noble vitoria
los pone con los dioses soberanos;
otro tiene por gloria
seguir del vulgo los favores vanos;
y otro, si recoge
cuanto en las arenas de África se coge.
Aquel que en la labranza
sosiega de las tierras que ha heredado,
aunque en otra balanza
le pongas del rey Atalo el estado,
del mar Mirtoo dudoso
no será navegante temeroso.
El miedo, mientras dura,
del fiero vendaval al mercadante,
alaba la segura
vivienda de su aldea, y al instante,
como no sabe hacerse
al ser pobre, en la mar torna a meterse.
Habrá también alguno
que ni el banquete pierda ni el buen día;
que hurta al importuno
negocio el cuerpo, y dase a la alegría,
ya so el árbol florido,
junto do el agua nace ya tendido.
Los escuadrones ama,
y el son del atambor el que es guerrero,
y a la trompa que llama
al fiero acometer mueve el primero;
la batalla le place,
que a las que madres son tanto desplace.
El que la caza sigue,
al hielo está de sí mismo olvidado;
si el perro fiel prosigue
tras del medroso ciervo, o si ha dejado
la red despedazada
el jabalí cerdoso en la parada.
La hiedra, premio dino
de la cabeza docta, a mí me lleva
en pos su bien divino;
el bosque fresco, la repuesta cueva,
las Ninfas, sus danzares,
me alejan de la gente y sus cantares.
Euterpe no me niegue
el soplo de su flauta, y Polimna
la cítara me entregue
de Lesbo; que, si a tu juicio, es dina
de entrar en este cuento
mi voz, en las estrellas haré asiento.


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