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Geórgica II

Aquesto cuanto al campo y su cultura,
al tiempo y sus sazones dicho sea:
agora de las vides la postura,
y de Baco mi voz cantar desea;
de Baco y de otras ramas de frescura,
con que se viste el monte y se hermosea:
y de la verde oliva juntamente,
que crece perezosa y lentamente.
Aquí, ¡oh tú, Leneo!, aquí te aplica,
pues aquí de tus dones todo es lleno:
que a ti florece el campo, y fructifica
del pampanoso otoño rico el seno,
y la vendimia en las tinajas rica
a ti hirviendo exprime vino bueno,
y conmigo, y desnudos del calzado
los pies, tiñe en el mosto ansí pisado.
Pues cuanto a lo primero, es diferente
en lo que es el nacer del arboleda,
su ley y condición; que sin simiente
hay árboles que nacen, sin que pueda
preciarse de ello el hombre; y finalmente
se nacen de sí mismos, y no queda
ni monte do no crezcan, ni ladera
ni torcida corriente de ribera.
Cual es el blando mimbre, la hiniesta,
el álamo y el sauce verde-escuro,
escuro desta parte, y blanco desta;
hay otros de más tosco ingenio y duro;
no nacen sino de simiente puesta,
ansí el castaño sube al aire puro,
la carrasca en los bosques señalada,
la encina de los Griegos consultada.
De las raíces de otros pimpollece
un monte de renuevos casi entero:
el olmo y el cerezo ansí parece;
debajo la gran sombra del primero
laurel, ansí el pequeño lauro crece:
esto es lo natural, lo que primero
natura estableció, lo con que cría
las selvas y los montes cada día.
Sin esto hay otros modos diferentes
del uso y del ingenio demostrados:
unos las ramas verdes y recientes
del cuerpo de sus madres desviados
extienden por los sulcos; otras gentes
entierran los pimpollos trasplantados;
o plantan las estacas, con cabezas
agudas o hendidas, en sus piezas.
Y árboles a las veces hay que miran
forzados como en arcos en la tierra;
sus ramos vivos prenden, y se admiran
en ver cómo renacen; otro afierra
plantado sin raíces, y ansí tiran
seguros del suceso -que no yerra-
los podadores las más altas ramas,
y danles en el suelo hondas camas.
También -lo cual es grande maravilla-
los troncos degollados, brota afuera
la oliva de cortada y seca astilla;
y vemos muchas veces de lo que era
mudarse uno en otro, y en la silla
de la manzana injerta dulce pera;
y vestirse de sangre y rojo fino
la cereza salvaje en el endrino.
Pues, ea, ¡oh labradores!, parad mientes,
y conoced qué formas de culturas
serán a cada suerte convenientes;
traed a mansedumbre las posturas
salvajes con industria y diligentes;
no duerman perezosas y seguras
las tierras; la vid reine en el esquivo
Ismaro, en el Taburno el verde olivo.
Y tú también aspira, y juntamente
conmigo lleva al fin la comenzada
labor, ¡oh gloria mía!, ¡oh justamente
la parte de mi fama más preciada,
Mecenas!; y volando al mar patente,
corre el abierto mar con vela hinchada;
mas no pretendo yo en mis versos todo
ponerlo, ni es posible en ningún modo.
No, si me fuesen dadas lenguas ciento,
si cien voces, si voz de bronce duro;
pues ven, ya hacia la costa alienta el viento,
la tierra está en la mano; que no curo
con versos de fingido fundamento,
con versos de rodeo luengo, escuro,
con exordios prolijos y pesados
fatigar tus sentidos ocupados.
El árbol que a luz viene y se levanta
de suyo, es el sin fruto; mas lozano,
y fresco y muy valiente se adelanta,
que el suelo le es conforme, proprio y sano:
y el mismo si se injiere o se trasplanta,
lo montesino pierde y lo villano;
y si en beneficiarlo perseveras,
ligero seguirá por donde quieras.
Y por la misma forma se mejora,
traspuesto en campo abierto, lo nacido
estéril de hondo tronco; porque agora
lo espeso de las hojas, lo tejido,
la sombra de la madre dañadora
lo tienen asombrado y revenido;
si quiere llevar fruto, se lo quitan;
si lleva, se lo queman y marchitan.
Mas si por caso el árbol de sembrada
semilla se levanta, es muy tardío;
dará sombra a los nietos, ya pasada
la cuarta descendencia, en el estío;
su fruta viene a menos, olvidada
de su primero gusto y su natío;
la vid dará racimos desmenguados,
mesa de pajarillos desmandados.
Es ello ansí, que al fin a toda suerte
de árboles se debe su cuidado,
a todos su labranza, a todos fuerte
brazo, que los reduzca a ley de arado,
a todos mucha costa; mas se advierte
que acuden más conforme al deseado
de cepa las olivas, de sarmiento
la vid, de firme estaca el mirto lento.
De planta y de postura el avellano,
y el grande fresno nace, y la corona
de Alcides, árbol alto, verde y vano,
y el que del padre Epíreo se pregona;
y el tronco de la palma soberano
a este nacimiento se aficiona,
y a la derecha haya y muy subida,
a ver los casos de la mar crecida.
Y, en cuanto al injerir, el espinoso
madroño sale habido de noguera;
y lleva en sí manzano poderoso
el plátano, que estéril por sí fuera;
la haya a la castaña da reposo;
y el roble con las flores de la pera
blanquísimo encanece, y vemos rota
debajo de los olmos la bellota.
Ni es uno solamente, ni sencillo
el modo del injerto y del escudo;
porque por do la yema en el ramillo
se lanza y rompe el velo haciendo ñudo,
allí se hace un seno al arbolillo
ajeno, en que metido aprenda el rudo,
en la corteza verde allí y jugosa
soldando, incorporarse en una cosa.
O con aguda cuña en los cortados
francos y lisos troncos hondamente
por lo macizo hiende, y encastados
los palos fructuosos brevemente,
dellos con ramos verdes y poblados
un árbol grande sale a luz patente;
y admírase mirando el tronco lleno
de nuevas hojas y de fruto ajeno.
Y más allende desto, de los fuertes
olmos, del sauce y loto y del Ideo
ciprés, no hay linaje, ni unas suertes;
ni las olivas grasas sin arreo
de un mismo talle todas; que si adviertes,
hay luenga, hay ocal, hay las que creo
que llaman pausia oliva, a quien ninguna
iguala en amargura de aceituna.
Lo mismo en el manzano, en los frutales
de Alcínoo, en los limones acontece;
ni es una misma rama en los perales
la Sila y la que en Crústume florece,
las grandes y pesadas verdinales;
ni la vendimia misma, que parece
estar de nuestros árboles colgada,
en Medina de Lesbo es vendimiada.
Hay vid de Tasia, hay blanca vid gitana;
aquésta es para el grueso, espeso suelo,
aquélla en el ligero más se ufana:
hay Psitia, que entre todas alza el vuelo,
para el bastardo vino, hay la temprana;
hay la vestida de purpúreo velo;
hay la doncel Lageos, producida
para tener el pie y la lengua asida.
Y a ti, Rhética uva, ¿con qué canto
agora te diré? Mas si te empino,
no quiero que compitas tú por tanto
con las bodegas del falerno vino;
hay vides amineas, firmes cuanto
serán ningunos vinos, que el más fino
licor de Lidio monte, el de Candía,
les hace reverencia y cortesía.
Y la menor Argés, con quien ninguna
competirá en ser larga en vino, en vida;
ni yo te callaré, ni a ti, Vacuna,
en racimos hinchada y muy crecida;
ni a ti, agradable Rodia, más que alguna
a los dioses, y al fin de la comida:
mas sus linajes y sus nombres dellos
no hay número que pueda comprendellos.
No hay número cabal, ni importa nada
en número tenerlo reducido,
que si quisiere alguno, o si le agrada
saberlo, es desear tener sabido
cuántas arenas turba en la espaciada
playa de Libia el Céfiro movido;
o cuánta ola viene a la ribera,
cuando el fiero Levante el mar altera.
Y advierte que tampoco es cada tierra
buena para llevar toda arboleda;
que el roble estéril en fragosa sierra,
en la margen del río la sauceda,
el chopo en el cenoso lago afierra;
al mirto la ribera es cosa leda,
y Baco los recuestos descombrados,
y los Cierzos al tejo ama helados.
Mira las tierras que en los fines doma,
del mundo el labrador, y las moradas
del Árabe, do el sol naciente asoma,
las gentes Gelonesas muy pintadas;
tierras que para sí cada una toma
árboles, por do son diferenciadas;
el ébano da sólo el Indio feo;
la rama del incienso es del Sabeo.
¿Pues para qué es decirte del madero,
de donde suda el bálsamo oloroso?
¿Del fruto del acanto siempre entero
en su verde vigor y siempre hermoso?
¿Del bosque cano en lana, que el postrero
Etíope cultiva artificioso?
¿Y cómo el indio Oriente en la arboleda
peina los blandos copos de la seda?
¿O las selvas que la India más vecina
al Océano cría, seno extremo
de todo lo poblado, a do se empina
tan alto la arboleda, que al supremo
cogollo de los árboles no atina
enviada saeta con extremo
de arte ni de fuerza; y es muy hecha
aquella gente al arco y a la flecha?
Lleva la Media el agrio zumo, el duro
sabor del feliz árbol, que ligero
las veces que en el vaso amable y puro
la madrastra crüel con pecho fiero,
mezclando yerbas y no buen conjuro,
inficionó el sencillo bebedero,
viene más que otra cosa presto y bueno,
y lanza de las venas el veneno.
Es de grandeza el árbol señalada,
y al lauro es por extremo parecido;
y si de sí no diera derramada
otra diversa olor, laurel nacido
fuera; su hoja en sí tiene enclavada,
por más que sople el viento embravecido:
firme es su flor; con ella, el torpe aliento
cura el medo y el viejo de años ciento.
Mas ni las selvas medas, rica tierra,
ni el Ganges de hermosura rodeado,
ni el Hermo, turbio en oro, que en sí encierra,
puede ser con Italia comparado:
ni el llano Bactriano ni la sierra,
no el Indio de mil bienes abastado,
ni toda la Pancaya y sus arenas,
de árboles y de incienso todas llenas.
No trastornan en ella los terrones
toros, que por la boca espiran fuego;
ni con sembrados dientes de dragones,
en astas y en almetes vueltos luego,
se eriza la campaña de escuadrones;
mas por doquiera que el mirar despliego,
de mieses está llena, de viñedos,
de olivas verdes, de ganados ledos.
De aquí el guerrero potro cuellierguido
se muestra por el campo y verde prado;
de aquí las blancas greyes, o el crecido
tono mayor ofrenda, en tu sagrado
río Clitumno, todo zambullido,
mil veces a los templos han guiado
de Roma los triunfos; y el verano
o siempre dura o viene más temprano.
Al año aquí dos veces los ganados
esquilman, y dos veces los frutales
son útiles con fruta; aquí hallados
ni tigres son, ni fieros animales;
ni son entre las huertas engañados
con yerbas ponzoñosas y mortales
los tristes que las cogen, ni consiente
que se enrosque o extienda la serpiente.
Ajuntemos a esto el muy crecido
número de ciudades señaladas;
sus obras de trabajo no creído,
tantas villetas fuertes, torreadas
en los tajados riscos, donde han sido
a fuerza de los brazos levantadas;
y junto a los antiguos altos muros
los ríos que ya turbios van, ya puros.
¿Qué cantaré dos mares, el que baña
lo alto de la Italia y el Tirreno?
¿Los lagos que embellecen la campaña?
¿Tú, Lari, de espacioso y ancho seno?
¿Tú, Bénaco, que en olas, furia y saña
te ensalzas como un mar? ¿O será bueno
decir los puertos todos del Lucrino,
sus muelles contra el ímpetu marino?
¿Sus muelles, y el enojo y los rumores
de onda rebatida, aunque resuena
de lejos, y con voces no menores
del agua Julia la admitida vena;
lanzándose por medio los licores
del lago Averno la canal Tirrena;
y sobre todo aquesto tanta mina
de oro, de metal, de plata fina?
De plata los arroyos, los metales
de cobre que en sus venas ha mostrado,
larga en mineros de oro, en minerales.
La misma ha producido y levantado
gentes de fama y de obras inmortales;
gentes de firme pecho, denodado:
los Marsos y la juventud Sabela,
y el Lígur, hecho al polvo y a la vela.
El Lígur y los Volscos, siempre armados
de dardo y azagaya; y juntamente
los Decios y los Marios, los preciados
Camilos; y en las armas el ardiente
valor de los Scipiones señalados;
y a ti, César, que agora en el Oriente,
último de los límites romanos,
alejas vencedor los Indios vanos.
¡Oh!, ¡salve!, de Saturno bien amada,
grande madre de mieses, de varones
tierra producidora, aventajada,
por tu respeto emprendo en mis renglones
lo que enseñó y preció la edad pasada;
y del Ascreo cisne las canciones,
la sacra fuente osado descerrando,
por los romanos pueblos voy cantando.
Agora es de decir la diferencia
de tierras, el vigor de cada una;
lo que podrán llevar, la conveniencia
que algunos frutos tienen con alguna.
La tierra, pues, sin jugo, en apariencia
de estéril, pedregosa, de ninguna
o de espinosas matas; los collados
escasos, arcillosos y delgados;
Y la selva de Palas vividera,
do gozan, y es señal que en ellos crece
gran copia de acebuche, y por doquiera
la silvestre aceituna se parece
sembrada por el suelo. Mas la entera,
la gruesa, la que el dulce humor bastece,
el de espeso y jugoso y fértil seno,
el campo de copiosa yerba lleno,
Cual vemos muchas veces ser los valles
sujetos a los montes, do caminan
arroyos de los riscos, que llevalles
útil grosura suelen; que se inclinan
al Ábrego; que crían, sin sembralles,
helechos que las rejas abominan:
éste, pues, te dará muy poderosas,
y en vino largas vides y abundosas.
Aquéste es fértil de uva, aquéste en vino,
cual es el que en las anchas tazas de oro
se vierte en el altar, cuando el divino
músico sopla ya el marfil sonoro,
y vuelve al sacrificio lo que es dino
en fuentes vaheando el sacro coro.
Mas si te aplicas más a los ganados
de cabras -bien que abrasan los sembrados-,
De ovejas y de vacas, al baldío
camina de Tarento, el abastado;
o cual aquel florido campo mío,
que fue a la triste Mantua mal quitado,
que pace blancos cisnes en el río,
que abunda en fuente pura, en verde prado;
y cuanto corta el diente en luengo día,
repara en breve noche el agua fría.
La tierra negra casi, y que rompida
debajo el corvo arado, su grosura
te muestra, la que está como podrida
-que aquesto mismo arando se procura-,
es tierra para mieses escogida:
de tierra no verás por aventura
venir a tu morada perezosos
de bueyes tantos carros tan copiosos.
O donde el labrador con mano airada
el campo desmontando, trujo al suelo
la selva muy antigua, ociosa, holgada;
y de cuajo arrancó sin ningún duelo
las casas poseídas, la morada
antigua de las aves, que hacia el cielo
volaron dando cantos doloridos,
dejando sus amados, dulces nidos.


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