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Égloga X. Extremum

Este favor de ti que es ya el postrero,
me sea, ¡oh Aretusa!, concedido.
De Galo algunos versos decir quiero,
mas versos que convengan al oído
de la Lícoris, lazo estrecho y fiero,
en que padece preso el afligido;
que ¿quién jamás con buena y justa excusa
a Galo negará su verso y musa?
Concédeme, pues, Ninfa, alegremente
esta merced debida y deseada.
Ansí cuando huyendo tu corriente
debajo de la mar va apresurada,
la Doris no inficione osadamente
con su amargor tu agua delicada.
Comienza ya, y digamos el cuidado
de Galo, mientras pace mi ganado.
Los montes dan oído a nuestro canto
-que tienen y los montes sus oídos-
y a cuanto les cantamos otro tanto
al punto dellos somos respondidos.
Mas, Náyadas, ¿qué selva amastes tanto?
¿Qué bosque ansí ocupó vuestros sentidos,
cuando de amores Galo perecía,
pues ningún monte docto os detenía?
Que cierto es que ni el Pindo ni el Parnaso
de algún detenimiento causa os fueron,
ni el Aganipe aonia del Pegaso,
ni la Castalia fuente os detuvieron.
Y fue tan lastimero y duro el caso,
que dél los insensibles se dolieron;
lloró el pino, y lloró el laurel febeo,
y el Ménalo y las peñas del Liceo.
Y las ovejas mismas lastimadas,
juntas con él estaban de contino;
a ellas no les pesa ser guiadas
por ti, el mayor poeta y más divino;
no deben ser de ti menospreciadas,
ni juzgues que el ganado no te es dino,
pues fue del bello Adoni apacentado
por prados y riberas el ganado.
Y vino el ovejero; y vino luego
el porquerizo, y vino el gordo hinchado,
Menalca, de bellota: «¿Y tanto fuego
y tanto amor, de dónde?», han preguntado;
y también vino Apolo, y dice: «Ruego
me digas, ¿qué locura te ha tomado?
Lícori, por quien, Galo, estás muriendo,
a otro por las nieves va siguiendo».
Y vino el dios Silvano, y parecía
que sacudiendo recio meneaba
los lirios y espadañas que traía,
que con la frente en torno coronaba;
y el dios de Arcadia, Pan, también venía
con rostro rubicundo que agradaba;
por nuestros ojos mismos visto ha sido,
de negras moras y carmín teñido.
¿Y cuándo has de dar fin a tu tormento?
Que de estas cosas, dice, Amor no cura;
que nunca amargo lloro y sentimiento
hartaron del Amor la hambre dura,
ni se vio Amor de lágrimas contento,
ni cabra de pacer rama y verdura,
ni de flor las abejas, ni los prados
de en agua de contino andar bañados».
Él, sin embargo desto, doloroso
y triste respondió: «Vos, los pastores
de Arcadia, cantaréis con lastimoso
verso por vuestros montes mis dolores;
vosotros que en el canto artificioso
sois únicos maestros y cantores.
Reposará mi alma -¡oh, en qué alegría!-
si canta vuestra voz la suerte mía.
Y aun o si de vosotros fuera yo uno,
o guarda de ganado o viñadero;
si amara a Fili, Aminta u otro alguno
-que si es moreno Aminta, no es tan fiero-
tendido so los sauces de consuno,
gozáramos en paz del bien postrero;
La Fili de guirnaldas me cercara,
y Amintas con su canto me alegrara.
Aquí prados había deleitosos;
aquí, Lícori, hallaras fuentes frías,
y aquí, si te agradare, en amorosos
deseos traspasáramos los días.
Mas ¡ay!, que agora, Amor, por peligrosos
pasos llevas mis locas fantasías,
y entre las armas fieras y el bramido
de Marte tienes preso mi sentido.
Y de la patria tú, y de mí alejada
-mas nunca crea yo tal desventura-
sola y sin mí la nieve alpina helada,
y ves del Rin la sierra helada y dura.
¡Ay! No ofenda a tu carne delicada
el frío, o menoscabe tu hermosura;
no corte de tu planta el cuero tierno
la escarcha rigurosa del invierno.
Lo que en verso calcídico he compuesto,
poner quiero en la flauta siciliana,
y entre las selvas y alimañas puesto
quiero pasar mi duelo y pena insana;
entallaré en los árboles aquesto,
y tu quebrada fe, Lícori, y vana,
ellos creciendo se harán mayores,
y creceréis con ellos mis amores.
Y a veces con las Ninfas paseando
del Ménalo andaré por los oteros,
o si me diere gusto iré cazando
los tímidos venados y ligeros,
sin ser conmigo parte, ni lanzando
o nieve el cielo o turbios aguaceros,
serán de mí con perros rodeados
los valles del Partenio y los collados.
Y se me representa ya y figura
que voy por los peñascos discurriendo;
ya voy por la montaña espesa, escura,
ya encorvo el arco turco, ya le extiendo;
¡ay!, como si salud a mi locura
diese lo que ora triste voy diciendo,
o como si del mal del pecho humano
supiese condolerse aquel tirano.
Mas ya ni quiero Ninfas ni cantares;
los versos no me placen, ni los quiero,
ni gusto por montañas, y lugares
ásperos perseguir al puerco fiero;
las selvas no remedian mis pesares,
ni la crüel herida de que muero,
ni estudio mío, o pena o triste duelo
pueden mudar aquel que abrasa el suelo.
No pueden, ni si en medio del invierno
pusiese dentro el pecho el Hebro helado
ni si cuando del olmo el cuero interno
se seca en los Guineos, su ganado
paciese encomendado a mi gobierno,
y cuando el sol en Cancro está encumbrado.
Y pues, vencido amor, todo lo tiene,
rendírnosle de fuerza nos conviene».
Esto me baste, Musa, haber cantado,
en cuanto un canastillo estoy tejiendo
a Galo, cuyo amor, cual bien plantado
álamo, en mí por horas va creciendo.
¡Alto!, que el ya a la sombra estar sentado
daña, y del enebro y más la sombra siendo;
y aun a las mieses son las sombras frías.
¡Id hartas, que anochece, id, cabras mías!


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