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Égloga VI. Prima Siracusio

Primero con el verso siciliano
se quiso recrear la musa mía,
y no se desdeñó del trato humano
y pastoril vivienda mi Talía.
Los reyes ya cantaba y Marte insano,
mas al oído Febo me decía:
«Conviénete, mi Títiro, primero
ser guarda de ganado y ser vaquero».
«Conviénele al pastor pacer ganado,
y que la flauta y verso iguales sean».
Y pues contino, ¡oh Varo!, estás cercado
de tantos que de ti cantar desean,
y que en las tristes guerras su limado
ingenio de contino y verso emplean,
yo quiero con el son de la pastora
zampoña concertar mi musa agora.
Mandado soy, y si por caso alguno
algún aficionado me leyere,
de ti, Varo, mi avena, de ti uno,
en cuanto el cielo en torno se volviere,
el pino cantará, el lauro, el pruno,
y todo lo que el bosque produjere:
que no hay cosa que a Febo caiga en grado,
como la carta a do Varo es nombrado.
Digamos, pues, Pïérides: Un día
de Cromis y de Mnasilo, fue hallado
Sileno en una cueva, que yacía
en sueño y más en vino sepultado;
las venas hinchadísimas tenía
del vino que bebió el día pasado,
y la guirnalda por el suelo estaba,
mas el barril del asa le colgaba.
Dieron sobre él los mozos, que burlados
del viejo muchas veces, se dolieron
acerca de unos versos; y, llegados,
con su guirnalda misma le prendieron.
Egle, llegando ayuda a los turbados;
Egle, bella entre cuantas ninfas fueron;
y ya despierto, y viéndolo, la frente
con moras le pintaron juntamente.
Entonces él, riendo del engaño:
«¿A qué fin proseguís en más atarme?
Baste el haber podido hacerme daño,
baste el haber podido aprisionarme;
los versos que pedís luego os los taño;
podéis seguro, dice, desatarme;
los versos para vos, que a esa hermosa
yo la satisfaré con otra cosa».
Y comenzó; y del canto la dulzura
los sátiros movió, movió las fieras,
del roble y de la encina misma, dura;
las cimas menear a compás vieras;
no se alegró de Pindo más la altura
con Febo y con sus nueve compañeras,
ni el Ródope jamás admiró tanto,
ni el Ismaro de Orfeo el dulce canto.
Cantaba en qué manera en el tendido
vacío descendiendo, derramadas
las menudas simientes, habían sido
por acertado caso en sí ayuntadas;
de dó la tierra, el aire, el encendido
fuego, las aguas dulces y saladas
nacían de principio, y cuán de presto
el tierno mundo fuera ansí compuesto.
Y cómo comenzó a secarse el suelo,
y a su lugar la mar se retiraba,
y se figura todo; y cómo el cielo
con nuevo sol las tierras alumbraba;
ya toman las ligeras nubes vuelo,
ya el agua en largos hilos abajaba,
ya crece la floresta, y van por ella
los raros animales sin sabella.
Después dice las piedras alanzadas
por Pirra, y de Saturno el reino de oro;
las aves en el Cáucaso cebadas
en el sabio ladrón del gran tesoro;
y el Hila por las costas apartadas
buscando por demás con triste lloro
la fuente do quedó, y la voz contina
que hinche de ¡Hila!, ¡Hila! la marina.
Y habla con Pasífae, dichosa
si nunca o vaca o toro hubiera habido;
y dice en su consuelo: ¡Ay! ¿Qué afrentosa
locura, ¡ay desdichada!, te ha venido?
Jamás apeteció tan torpe cosa
la Preta, aunque bramó por el ejido,
y aunque temió a su cuello el duro arado,
y en su frente los cuernos ha buscado.
¡Ay, virgen desdichada! Tú, perdida
andas por la montaña, y él, echado
debajo un negro roble, en la florida
yerba, reposa el bello y blanco lado,
y pace allí la yerba amortecida;
o por ventura sigue enamorado,
en medio la copiosa y gran vacada,
alguna vaca hermosa que le agrada.
«Cerrad, Ninfas, del bosque las salidas,
Ninfas de las florestas, cerrad luego;
si acaso encontraré con las queridas,
con las vagas pisadas de mi fuego,
que, o las dehesas verdes y floridas
detienen, o por caso el amor ciego,
siguiendo, algunas vacas le han traído
al gortinio pesebre conocido».
Y canta en pos de aquesto la doncella,
de la rica manzana aficionada;
y viste de corteza amarga aquella
hermosa compañía lastimada,
que del fraterno caso se querella,
y en álamos subidos transformada,
y con raíz hondísima los planta,
y con ramas crecidas los levanta.
Y canta cómo Galo en la ribera
de los ríos de Pérmeso hallado
por una de las nueve hermanas fuera;
y cómo de la misma fue llevado
al monte de Parnaso, y la manera
que el apolíneo coro levantado
le hizo reverencia, y cómo Lino
le dijo con acento y son divino.
De flores coronado, le decía:
«Toma, que te da Euterpe aquesta avena,
que antes dio al viejo Ascreo, que movía
los árboles las veces que la suena;
con ella cantarás el alegría
de la gortinia selva y suerte buena;
porque no haya bosque ni floresta
de quien se precie Apolo más que desta».
¿Qué servirá decir cómo cantada
es la Scila, que a Niso fue traidora,
o la de quien se suena que, cercada
las ingles de fiereza ladradora,
de Ulises fatigó la noble armada,
y en el profundo piélago do mora,
¡ay triste!, los medrosos marineros
despedazó crüel con perros fieros?
¿O cómo refería del Tereo
los miembros transformados, los manjares,
los dones, el convite crudo y feo,
que le dio Filomela, los pesares
con que vengó su pena? Y dice arreo
las alas que la llevan por lugares
desiertos, con que vuela desdichada
sobre la que antes fuera su morada.
Y todo lo que a Febo ya cantado
el bienaventurado Eurota oído
había, y el oíllo continuando
lo habían sus laureles deprendido,
Sileno lo cantaba, y resonando
los valles, a los cielos va el sonido;
hasta que ya la estrella apareciendo
del pasto las ovejas fue cogiendo.


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