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Égloga III. Dametas, Menalcas, Palemon

Men.- Dime, ¿es de Melibeo este ganado?
Dam.- No es sino de Egón, que el mismo Ego
agora me lo había encomendado.
Men.- ¡Ovejas desdichadas! Hace entrego
de sí mismo a Neera, preferido
porque yo no lo sea, y arde en fuego,
Y fía su ganado de un perdido;
ordéñasle dos veces en un hora,
la madre dejas seca y desvalido
El hijo. -Dam.- Paso, amigo, que aun agora
nos acordamos quién... ya me entendistes,
y adónde, aunque la diosa que allí mora
Con ojos lo miró no nada tristes;
y de través las cabras lo miraron.
¡Mirad que habláis con hombre! ¿Bien me oístes?
Men.- Sí, sí; en el mismo tiempo que me hallaron
cortando de Micones las posturas
con mala podadera, y me prendaron.
Dam.- O cuando junto a aquellas espesuras
el arco y la zampoña quebrantabas
de Dafni con entrañas, malo, duras;
En envidiosa rabia te abrasabas,
porque lo había el zagalejo dado,
y si no le dañaras, reventabas.
Men.- ¿Qué no osará quien puede, si un malvado
ladrón ansí se atreve? Di, atrevido,
¿no fue de ti un cabrón a Damo hurtado,
Y la Licisca al cielo alzó el ladrido?
Grité: «¿Dó sale aquél? Títiro, mira»;
tú en la juncada estabas ascondido.
Dam.- Cantando vencí a Damo. ¿Quién me tira
cobrar lo que mi musa mereciera,
si Damo de lo puesto se retira?
Si no lo sabes, mío el cabrón era,
y el mismo Damo serlo confesaba;
negábamelo no sé en que manera.
Men.- ¿Tú a él?, ¿tú tocas flauta?, ¿no sonaba
tu caramillo vil por los oteros,
y el verso miserable aún no igualaba?
Dam.- ¿Pues quieres que probemos esos fieros?
Yo pongo esta becerra, que dos cría,
y hinche cada tarde dos lecheros.
Yo pongo; no rehúyas la porfía;
tú di lo que pondrás, y experimenta
a dó llega tu musa, a dó la mía.
Men.- Del ganado no pongo, que doy cuenta
por horas a mi padre, y una dura
madrastra aun los cabritos también cuenta.
Mas si adelante llevas tu locura,
pondré lo que dirás que es más precioso:
dos vasos ricos de haya y bella hechura.
Labrólos Alcimedon ingenioso;
formó por la redonda entretejido
como de hiedra y vid un lazo hermoso.
En el medio, de bulto está esculpido
el Conon, y aquel otro que pusiera
el mundo por sus partes repartido;
El que mostró la siega y sementera,
y del arar el tiempo conveniente.
Nuevos los tengo en casa en su vasera.
Dam.- Del mismo tengo dos extrañamente
hechos: las asas ciñe un verde acanto,
y en medio del relieve está eminente
Orfeo, y su montaña atenta al canto.
Nunca los estrené; más comparada
la vaca, los tus vasos no son tanto.
Men.- Saldré a cualquier partido, y si te agrada
será jüez Palemon, que allí viene;
que yo enmudeceré tu voz osada.
Dam.- A ello, que a mí nada me detiene;
mas para escarmentar aqueste osado,
que atiendas bien, Palemon, nos conviene.
Palem.- Sobre esta yerba donde estoy sentado
cantad, que agora el tiempo nos convida,
que viste de verdura y flor el prado.
Agora el bosque cobra la perdida
hoja, y agora el año es más hermoso;
agora inspira el cielo gozo y vida.
Comienza tú, Dameta, y tú, gracioso
Menalca, le responde alternamente,
que el responderse a veces es sabroso.
Dam.- De Júpiter diré primeramente,
que al cielo y a la tierra está vecino,
y escucha mi cantar atentamente.
Men.- Y a mí Febo me ama, y de contino
sus dones le presento, el colorado
jacinto y el laurel verde, divino.
Dam.- Traviesa, Galatea me ha tirado,
perdida por ser vista, una manzana,
que luego entre los sauces se ha lanzado.
Men.- Mi dulce fuego, Amintas, de su gana
se viene a mi cabaña, conocido
más ya de mis mastines que Diana.
Dam.- Ya tengo con qué hacer a mi querido
amor gentil presente, porque veo
adónde dos palomas hacen nido.
Men.- Conforme yo al poder y no al deseo,
diez cidras a mi bien he presentado,
y mañana otras diez dalle deseo.
Dam.- ¡Oh cuántas y qué cosas platicado
conmigo ha Galatea! ¡Oh si el viento
algo dello a los dioses ha llevado!
Men.- ¿Qué me sirve que, Amintas, mi contento
desees, si yo aguardo en la parada,
y sigues tú del gamo el movimiento?
Dam.- Envíame a la Filis, que es llegada
mi fiesta; y ven tú, Yola, cuando fuere
la vaca por mí a Ceres degollada.
Men.- Amo la hermosa Filis que me quiere,
y me dijo llorosa en la partida:
«Adiós, gentil zagal, si no te viere».
Dam.- El lobo es al ganado, y la avenida
a las mieses, al árbol, enemigo,
el viento, a mí Amarili embravecida.
Men.- Ama el sembrado el agua, sigue amigo
la rama el cabritillo destetado,
la madre el sauz, yo a sólo Amintas sigo.
Dam.- Mi musa pastoril ha contentado
a Polio; apacentad con mano llena,
Musas, una ternera a vuestro amado.
Men.- De versos tiene Polio rica vena:
un toro le criad que a cuerno hiera,
y con los pies esparza ya la arena.
Dam.- Quien, Polio, bien te quiere, lo que espera
le venga, y de la encina dulces dones,
y amomo coja de la zarza fiera.
Men.- Quien no aborrece a Bavio, los borrones
ame de Mevio y lea, y juntamente
las zorras junza, ordeñe los cabrones.
Dam.- Los que robáis el prado floreciente
huid presto ligeros, que se asconde
debajo de la yerba la serpiente.
Men.- Mirad por el ganado, que no ahonde
el paso, que la orilla es mal segura;
¿no veis cuál se mojó el carnero, y dónde?
Dam.- No pazcas par del río; a la espesura
guía, Títiro, el hato, que a su hora
yo le bañaré todo en fuente pura.
Men.- Las ovejas, zagal, recoge, que hora
si las coge el calor, después en vano
se cansará la palma ordeñadora.
Dam.- ¡Ay, en cuán buenos pastos, cuán mal sano
y flaco estás, mi toro; y al ganado
y al ganadero mata amor insano!
Men.- El mal de estos corderos no es causado
de amor, y tienen sólo hueso y cuero;
no sé cuál ojo malo os ha mirado.
Dam.- ¿Dime dónde -y tenderte he por certero,
tenderte he por Apolo- deste cielo
apenas se descubre un codo entero?
Men.- Mas dime tú, ¿a dó produce el suelo
en las rosas escritos los reales
nombres, y goza a Filis sin recelo?
Palem.- No es mío el sentenciar contiendas tales;
y tú mereces y éste la becerra,
y quien canta de amor los dulces males,
y quien prueba de amor la amarga guerra.


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