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DISCURSO SETENTA Y SIETE. DE VERGÜENZA


Hablando Valerio Máximo en su libro cuarto de la virtud de Vergüença, dize que es digna de todo respeto y reverencia, porque es madre de todo consejo honesto, maestra de inocencia, amable a los próximos, agradable a los estraños; en todo tiempo y en todo lugar muestra rostro favorable. Desta virtud tratará el Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Estando el patriarca Abraham assentado a la puerta de su tabernáculo o casa, en el valle de Mambre a la hora de mediodía, vido tres ángeles en figura de personas humanas, como dize San Augustín. Levantóse y fue a ellos, y puesto de rodillas en su presencia dixo:

-Señor, si soy digno de que se me haga esta merced, no passéis adelante. Aquí se os podrán lavar los pies, y seréis regalados y servidos de comida en casa deste vuestro siervo.

Tres vido Abraham y adoró a uno, y da también San Augustín la razón desto, diziendo que se denotó aquí el misterio de la Santíssima Trinidad, donde son tres las Divinas Personas distinctas realmente, y es una la Es- sencia | a quien se deve una adoración, que es de la Tría. Aceptó Dios el combite de Abraham, entró él aprisa en su casa y dixo a su muger Sara que diligentemente adereçasse comida para tres peregrinos. Corrió él al ganado y tomó un bezerrillo tierno y gruesso, y hizo que se adereçasse. Y aunque sea de passo, se deve advertir que en la Ley de Gracia estimó Dios en mucho que San Pedro y los demás Apóstoles dexassen sus haziendas y se hiziessen pobres, y estima a todos los que hazen esto y guardan voluntaria pobreza tanto que a los Apóstoles les prometió sillas el día del juizio. Y dizen graves autores que será lo mismo, y que se hallarán entre los Apóstoles todos los que hizieron voto de pobreza y la guardaron, imitando sus vidas. Y con esto está que Abraham era rico, Isaac y Jacob fueron ricos, David, Ezequías y Josías, reyes de Israel, fueron ricos, y todos amigos de Dios. Y es el misterio que assí como si va un navío por el mar en tiempo de bonanza, cuanto más lastre lleva y va cargado más seguridad tiene, y si se muda el tiempo y levanta tempestad, para assegurarse conviene descar- garle, /(481r)/ assí, en tiempo de Abraham, ningún daño hazían las riquezas, porque, como avemos dicho, avía tanta llaneza que, con ser un hombre tan poderoso que con la gente y criados de su casa y algunos amigos que se le juntaron dio batalla a cuatro reyes, y los desbarató y quitó los despojos que llevavan de cinco reyes que avían vencido, y siendo tan poderoso como esto, él va al ganado por el ternero y su muger Sara le adereça, y ay tanta llaneza como ésta siendo ricos; mas en el tiempo moderno ay tal tormenta, y es la tempestad de suerte en casa de los ricos que se quieren hazer adorar de los pobres, y conviene para que la sobervia se aplaque y la humildad valga y tenga fuerças que se descargue el navío y se vote la pobreza, a lo menos, se ame con el espíritu. Dixo el Señor a Abraham:

-De aquí a un año bolveré aquí y tu muger Sara tendrá un hijo.

Estava Sara detrás de la puerta del tabernáculo, y en tener aquel lugar se mostró vergonçosa, pues aun de la presencia de ángeles y de ser vista por ellos en la figura humana que traían se avergonçava, y oyendo que avía de tener un hijo, rióse ocultamente. Parece que se descompuso un poco en reírse tratando desta materia, la cual siempre ha de causar vergüença a las orejas de mugeres castas, mas tomó un poco de licencia Sara para reírse por razón que estava escondida, donde le parecía que nadie podía verla, y acordándose que Abraham y ella eran viejos. Y con tener esta escusa, mostró el Señor sentimiento, y dixo a Abraham:

-¿Por qué se ríe Sara?

Oído esto por ella, parecióle menos inconveniente faltar en la verdad que en la vergüença. Habló por los resquicios de la puerta, y dixo:

-No me reí yo.

Y el Señor añadió:

-No es assí, sino que te reíste.

Siempre el mentir fue culpa, y si los santos, como lo era Sara, alguna vez faltaron en esto, permitiólo Dios para que viessen otros que eran hombres y ellos se humillassen. San Juan Crisóstomo ad- vierte | que ni de Cristo ni de santo alguno se lee que se riesse, sino de Sara en este lugar, y luego fue reprehendida del ángel que [traía ] vezes de Dios. Lo dicho es del capítulo diez y ocho del Génesis.

[2] Después de la muerte de Sara, siendo Isaac de cuarenta años, su padre, el Patriarca Abraham, llamó a un criado de confianza cuyo nombre era Eliezer, el principal de su casa, y tomóle juramento en su muslo, que fue, como declaran los sagrados doctores, por Jesucristo, aviéndole Dios revelado que nacería de su casta y descendencia. Mandóle que fuesse a Mesopotamia, adonde Abraham vivió algún tiempo y dexó parientes, para que de allí truxesse muger con que desposasse a Isaac, su hijo, vedando el casarle con muger de la tierra de Canaán, donde estavan, porque eran idólatras, y no truxessen a su marido y hijos a que adorassen ídolos. Y no avía tanto peligro en el mugeriego de aquella tierra donde le embiava, que con facilidad las traían los maridos a que adorassen al verdadero Dios, no obstante que siguiessen en casa de sus padres a los mismos que también eran idólatras, como fue Labán, hermano de la que aora quieren que sea esposa de Isaac. También por la maldición que Noé les echó, cuando, viéndole Cam, su hijo, descubierto, burló dél, de que no quería le cupiesse parte. El criado dixo que haría en esto lo que le fuesse possible, y con muchas y ricas joyas, con criados otros y con diez camellos hizo el viage, y llegó a una ciudad de Mesopotamia llamada Nachor, y antes de entrar en ella cerca de un poço, siendo por la tarde y a la hora en que las donzellas de la ciudad, por ser cosa acostumbrada en aquel tiempo, salían con sus cántaros por agua de aquel poço, se detuvo Eliezer y hizo oración a Dios, pidiéndole humilmente que le favoreciesse en aquel viaje y que le declarasse en alguna manera quién era su voluntad que llevasse para muger de su señor Isaac, y que si su Magestad era /(481v)/ servido, atento que las donzellas de aquel pueblo saldrían luego por agua, a la que él pidiesse de bever y ella se ofreciesse a se lo dar, assí a él como a sus camellos, que ésta fuesse la escogida y la que señalava por esposa de Isaac. No avía bien acabado sus razones Eliezer cuando Rebeca, hija de Batuel, hijo de Melca y de Nachor, hermano de Abraham, salió de la ciudad con su cántaro, donzella hermosíssima, la cual llegó al poço y con mucha gracia sacó agua, y bolvíase. Llegó Eliezer, y con palabras comedidas le pidió de bever. Ella, diligentemente, tomó su cántaro y se le dio, diziendo:

-Beved, señor mío.

Eliezer bevió, y Rebeca tornó a dezir:

-Y aun quiero, si vós, señor, lo queréis, sacar agua para que bevan vuestros camellos.

Ni se contentó con dezirlo, sino que, como lo dixo, lo hizo. Sacó agua con su cántaro, derramándolo en las canales y pilas que estavan junto al poço, cuanto bastó a los camellos. Mirávala atentamente Eliezer en tanto que ella sacava la agua, y dávale mucho gusto verla tan hermosa, tan diligente, la gracia con que sacava la agua, y tan sin enfado ni cansarse. Parecióle que avía sido dichoso su camino si llevasse consigo aquella hermosa y graciosa donzella para cumplir el juramento que avía hecho a Abraham, casando con ella Isaac, su señor. Sacó Eliezer de sus caxas unos ricos çarcillos o arracadas que pesavan dos siclos, y unas axorcas o braceletes de peso de diez, que haze todo cuarenta y ocho ducados de España, y púsolas en los braços y orejas de Rebeca. Preguntóle cúya hija era y si en su casa abría comodidad para posar en ella con sus camellos y gente. Rebeca, muy contenta viéndose compuesta, le dixo:

-Hija soy de Batuel, hijo de Nacor y Melca. En nuestra casa ay buen cómodo para aposento, porque es grande y tenemos en ella mucho heno que coman los camellos.

Eliezer se reclinó en tierra y dio gracias a Dios porque le avía traído a casa del | hermano de su señor. Oyólo Rebeca, corrió a su casa, dio cuenta de lo sucedido, declaró el huésped que les venía quién era y mostró las joyas que le avía dado. Tenía Rebeca un hermano llamado Labán. Éste, oyendo lo que su hermana dezía y viendo las joyas que traía, fue muy diligente a donde Eliezer estava; hablóle amorosamente:

-Entra -dize-, bendito del Señor. ¿Por qué te detienes, que adereçado está el aposento para ti y los que contigo vienen?

Entró Eliezer en casa de la madre de Rebeca, donde fue bien regalado, lavándoles a todos los pies. Dieron de comer a los camellos, y a Eliezer le pusieron mesa y de comer en ella. Él dixo que primero les quería hablar que comiesse. Oyéronle, y relató el sucesso todo de su venida y la oración que avía hecho a Dios, y cómo se verificó en Rebeca, que si tenían por bien de dársela por esposa al hijo de su señor, el cual avía de heredar su hazienda, que era amplíssima, y si no, que iría a otra parte con su demanda. Oído por los padres y hermanos de Rebeca, dixeron:

-Ordenación de Dios es ésta, no ay por qué se resista. Rebeca está aquí, nosotros te la entregamos para que sea muger del hijo de tu señor.

Visto y oído esto por el Eliezer, derribándose en tierra, dio las gracias de su próspero viaje a Dios, y desbalixando sus líos y abriendo sus arcas, sacó muchos vasos de oro y plata y muy ricos vestidos, que dio a Rebeca. Dio también preciosos dones a la madre de Rebeca y a sus hermanos. Otro día pidió licencia Eliezer para partirse. Quisieran la madre y hermanos de Rebeca que siquiera diez días se detuviera con ellos. Eliezer dixo:

-Dios guió mi camino prósperamente. No me seáis ocasión para que en él me detenga, sino que buelva con brevedad a mi señor.

-Llamemos -dixeron ellos- a la donzella y sepamos su voluntad.

Llamáronla, y preguntada si quería ir con aquel hombre, ella respondió que sí iría. Echáronle su bendición, y con una ama que la avía /(482r)/ criado y otras sirvientas sobre los camellos, siguieron a Eliezer, el cual bolvía a su señor muy alegre, caminando a largas jornadas. Llegaron a donde Abraham estava un día sobre tarde, y vieron de lexos a Isaac, que avía salido a meditar al campo. Visto Isaac por Rebeca, y sabido que era su esposo, baxó del camello en que iva y cubrióse un manto, dando dotrina a las mugeres que tengan respeto y honren a sus maridos, y junto con esto, mostrándose muy vergonçosa, que es el punto por que avemos traído esta historia en este Discurso. Y por ser ésta la vez primera que vido a Isaac y se cubrió, se tomó costumbre de cubrir a las mugeres que se casan y ponerles velos. Antigua costumbre es en el mundo cubrirse con mantos las mugeres, con los cuales se muestran honestas y vergonçosas, y tiene misterio que se les encubre con ellos el Cielo y se descubre el suelo, para que se entienda que el oficio de engendrar y criar hijos, que es propio en ellas, solamente se ha de tratar en la tierra, porque en el Cielo no ay casamientos. Isaac celebró sus desposorios con Rebeca y hospedóla en el aposento de su madre, y aunque su muerte era reciente y fresca y él estava por ella muy sentido, con el amor que puso en Rebeca mitigó algo su sentimiento. Es del capítulo veinticuatro del Génesis.

[4] Toda honestidad y toda vergüença humana puede inclinarse y hazer reverencia, conociéndole mil ventajas, a la Madre de Dios, la Virgen Sacratíssima, Nuestra Señora. La cual, como advirtió muy bien el muy docto y muy religioso Pedro Canisio, de la Compañía de Jesús, al tiempo que el arcángel San Gabriel la truxo embaxada de parte de Dios para que acetasse ser madre suya, estava encerrada y recogida, puesta en oración, no solícita y llena de cuidados superfluos del servicio de casa, como lo estava Marta, no con Dina, hija de Jacob, passeando calles y plaças, ni con la hija de Jepte, llo- rando | feminilmente por los montes y despoblados, ni con Micol, hija de Saúl y muger de David, mofando y haziendo burla en una ventana, ni con María, hermana de Moisés, murmurando, ni con Herodías, dançando deshonestamente, ni con las damas de Sión, de quien dize Isaías que se vestían y adereçavan profanamente para ver y ser vistas en daño de muchas almas; no assí la Virgen, sino meditando en su recogimiento la halló el arcángel, y entrando donde estava y humillándosele, le dixo:

-Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo y bendita eres entre todas las mugeres.

Ésta fue la entrada de San Gabriel a la Virgen, y dize el Evangelista San Lucas que se turbó de oír sus palabras. Acostumbrada estava a ver ángeles esta Señora, dize Orígenes, y no se turba de ver a San Gabriel, sino de oír sus palabras, las cuales nunca muger oyó de ángel en el mundo. Y por ser cosa nueva, la honestidad y virginal vergüença le haze que se turbe de oírlas. Y sería bien que la imitassen todo género de mugeres, las cuales sumamente deven rezelarse de pláticas regaladas y amorosas de hombres, porque ninguna calidad de personas, no estimación de bondad, no canas ni título de parentesco ha de prometer seguridad a la muger cristiana, y particularmente donzella, con la persona que trata, siendo hombre, para efecto que no esté con rezelo y recato de mirar por sí y tener los ojos puestos en los pensamientos que le redundan de la plática, porque en caso que no tema a la persona con que trata, hase de temer a sí, y dezir: «Si aquél es hombre santo, yo no soy santa; si aquel hombre no tiene pensamientos que no sean muy limpios, a mí me andan por la fantasía imaginaciones no del todo honestas». No digo que no traten con gentes, aunque si esto pudiesse escusarse y no tratarles, bueno fuera, sino que bivan las mugeres muy recatadas y estén muy a la mira de /(482v)/ los humores que quedan en la alma de las pláticas largas y conversaciones frecuentes de hombres. Porque a la Virgen Sacratíssima ángel la hablava, y experiencia tenía de la castidad altíssima de sus | pensamientos, y con todo esto pensava en sí a qué fin ivan dichas semejantes palabras de caricia y regalo. La platíca del ángel a la Virgen, y su turbación, escrive San Lucas, capítulo primero.

Lo más de lo dicho se coligió de la Divina Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] En la Vida de San Martín, escrita por Severo Sulpicio, se dize que estava en un lugar pequeño una donzella, cuya fama bolava por las ciudades principales de Francia, de muy encerrada y recogida. Era su exercicio oración y meditación. Residían con ella otra mugeres, también de buena vida, y avían hecho su casa como monesterio. Tuvo dello noticia San Martín, y desseando ver si era verdad lo que se dezía (aunque siempre fue muy recatado de pláticas de mugeres y visitas), passando cerca de aquella villa, quiso verla. Todo el lugar, como era costumbre dondequiera que iva, salió a recebirle como si fuera un Apóstol. Holgáronse mucho de verle. Fue a la casa donde estava aquella santa donzella, avisáronla de su ida a visitarla. Ella, que era vergonçosíssima, y ni por San Martín pensava mudar el propósito que tenía, embió a escusarse con otra de las que estavan con ella, dando algunas razones por que no salía a él. Recibiólas el santo por muy bastantes y, alabándola mucho, dixo que excedía lo que avía en ella a lo que avía oído dezir della. Passó a otro pueblo y, estando allí, embióle un regalo aquella santa donzella. Recibiólo San Martín con alegre rostro, aunque no se sabe que en su vida de muger huviesse recebido otro. Y, recibiéndole, dixo:

-No es razón que deseche el sacerdote la bendición y regalo que le embía donzella mejor que muchos sacerdotes en vida y costumbres santas.

[2] Salió un monge del monesterio del abad Severiano a negocios propios del convento, y hospedóse en casa de un la- brador, | cerca de la ciudad de Eluterópolis, el cual era hombre fiel y devoto. No tenía muger, sino una hija de poca edad y mucha hermosura y honestidad. Y porque el monge estuvo en aquella casa algunos días, el demonio le començó luego que vido la donzella a le hazer guerra con su vista, rebolviendo consigo mismo muy malos pensamientos y desseos, tanto que vino a rendirse y desseava tiempo para hazer fuerça a la donzella. Y el mismo demonio que le hazía la guerra le dio oportunidad para salir con su intento, porque le fue necessario al padre ir a la ciudad de Ascalón por cosas tocantes a su casa, dexando en ella al monge, muy confiado de la santidad que en él imaginava. Pues como él viesse que no avía quedado en la casa otra persona, sin él y la donzella, fuese donde estava con intento de oprimirla y deshonrarla. Viéndole ella venir turbado y con ánimo aparejado para mucho mal, hablóle con grande modestia y sagazidad, diziendo:

-No te turbes ni te aceleres, que mi padre ni oy ni mañana vendrá a esta casa. Yo haré lo que tú quisieres si primero me oyes. Dime, yo te ruego, qué tanto ha que estás en religión.

Respondió el monge:

-Dezisiete años.

Ella añadió:

-¿Has conocido muger en tu vida?

-No -dixo él.

-Pues ¿por qué -replicó ella- por el contento de una hora quieres perder los trabajos de tantos años? ¿Qué tantas lágrimas has derramado, pidiendo a Dios que guarde tu cuerpo inmaculado y casto? ¿Echas de ver que todo lo quieres perder? Dime, si yo consintiere contigo y hiziere tu voluntad, ¿tienes adónde llevarme y con qué susten- tarme? /(483r)/

-No -dixo el monge.

-Desse modo, verdaderamente -añadió la donzella-, tú serás causa de gravíssimos e incomparables daños.

-¿En qué manera? -dixo él.

-¿En qué? -respondió ella-. Que pierdes tu alma, lo primero, y lo segundo, que serás causa que yo pierda la mía, y lo tercero, que con juramento te afirmo que si me hazes fuerça yo tomaré luego un lazo y me ahorcaré dél, y en el juizio de Dios serás condenado por homicida. Atento a esto, yo te ruego que primero que seas causa de tantos daños te buelvas a tu monesterio y hagas oración por mí.

De oír estas razones el monge tomó tanta vergüença que, baxando su rostro, salió de aquella casa, cayendo en la cuenta del mal caso que quería cometer. Bolvió a su monesterio y, prostrándose en presencia de su abad, confessó su pecado, pidiendo perdón y rogándole que no le dexasse más salir de casa. Después de lo cual passó tres meses en lloro y penitencia, y murió en el Señor. Es del Prado Espiritual, capítulo treinta y nueve.

[3] Una donzella de Alexandría de Egipto, siendo muy hermosa, encerróse en un sepulcro o bóveda antigua, donde estuvo algunos años, dándole a comer por un resquicio, y lo demás necessario a la vida, y preguntada por qué causa se avía condenado a tan estrecha prisión, respondió que avergonçada por aver entendido de un mancebo que andava desassossegado por ella, y porque a él ni a otro les fuesse ocasión de caída, escogió la cárcel de aquel sepulcro por remedio. Es de Eusebio, y refiérelo Fulgoso, libro cuarto.

[4] Micael, emperador de Constantinopla, por verse en una batalla vencido de los escitas, tomó tanta vergüença que de su voluntad dexó el imperio y se hizo ermitaño, y bivió en soledad. Es de Fulgoso, libro cuarto.

[5] Godofredo de Bullón, duque de Lotaringia, compelido a ello por el empe- rador | de Alemania, entró en campo con un deudo suyo sobre la propiedad del estado, y aviendo començado la batalla a cavallo, quebró la espada por la empuñadura Godofredo. Los juezes del campo, porque no le sucediesse alguna vergüença y afrenta, quisiéranlos componer con algún buen medio. Godofredo no lo consintió, antes arrojó el pomo de la espada a su contrario y, acertándole en la cabeça, le derribó amortecido del cavallo. Saltó tras él, tomóle su propia espada y, teniéndole a punto de muerte, llamó a los juezes y dixo que a tal sazón podía sin afrenta suya admitir el concierto de paz, que les diessen el que les pareciesse, según le dieran antes, y assí se hizo. El mismo Godofredo, siendo capitán de los Cruzados que fueron a la conquista de la Tierra Santa y aviendo ganado la santa ciudad de Jerusalem, quisieron coronarle por rey della los capitanes y todo el exército, mas, avergonçado, recusó el que la corona fuesse de oro o plata, diziendo que no era conveniente que el siervo mortal y pecador pusiesse sobre su cabeça corona de oro adornada de piedras, adonde Cristo, verdadero Dios, que crió el Cielo y la Tierra, fue coronado de espinas. Refiérelo Fulgoso, libro cuarto.

[6] En el año del Señor de mil y dozientos y noventa, siendo entrada por fuerça de armas la ciudad de Tolemaida por enemigos de la Fe de Cristo, visto por la abadessa y monjas de un monesterio lo que de allí les podría suceder, temiendo más perder la honra que las vidas, todas hechas de un consentimiento se cortaron las narizes y pararon deformes, lo cual, siendo hecho, como se entiende, con oráculo del Cielo, fue lícito. Entraron los moros y, avergonçados de ver sus rostros bañados en sangre y deformes, a todas, sin perdonar una, las mataron. Refiérelo Fulgoso, libro cuarto.

[7] Aviendo dado una batalla don Fernando el Menor, rey de Nápoles, cerca |(483v) de la villa de Seminaria, en Lucania, al exército del rey Carlos VIII de Francia, siendo su capitán Berardo Estuardo, y perdídose en ella, iva huyendo en un cavallo cansado y mal acomodado. Viéndole Juan de Altavilla, otro capitán suyo, y teniendo un cavallo holgado y fuerte, ofreciósele. Recusávale don Fernando con vergüença, mas el de Altavilla le porfió, diziendo que en caso que él allí muriesse otros muchos quedavan que suplirían sus vezes, mas que sería gran pérdida la suya, no aviendo más de un rey, | si faltasse. Acetó el cavallo, libróse de muerte o prisión con él, aunque a sus ojos, viniendo un tropel de franceses, mataron al de Altavilla. Aquí huvo vergüença de parte del muerto de ver a su rey en tal peligro, y fuele ocasión de su muerte, y merece por el hecho loa eterna. Húvola también en el rey cuando recibió el cavallo, dexando en tan manifiesto peligro al que se le dava, mas tiene escusa que, por ser persona real, pudo anteponer a tal vergüença el librar su persona de tan cierto peligro. Lo dicho es de Fulgoso, libro 4. |

[EXEMPLOS ESTRANGEROS]

[1] Mandó Tolomeo, rey de Egipto, matar a todas las mugeres que se hallassen en su tierra de Lacedemonia, por averle hecho guerra y mucho daño en ella el fuerte Cleomenes, rey de aquella provincia. Hallóse entre las mugeres la de Panteo Lacedemonio, y antes que la matassen, dexando descubierto el cuello al cuchillo, tuvo particular cuidado de rebolver su vestido al cuerpo para no mostrar feamente alguna parte dél con la ansia y vasca de la muerte. Lo mismo sucedió a Olimpias, madre del rey Alexandre, que siendo él muerto y llegando Casandre a matarla, compuso su vestido de modo que muerta no pareciesse feo su cuerpo. Dízelo Fulgoso, libro cuarto.

[2] Entró tarde en el teatro de Atenas a ver ciertos juegos un viejo; anduvo de una parte a otra sin que nadie le hiziesse lugar. Llegó a donde estavan los embaxadores de Lacedemonia, y vistas sus canas levantáronse a él y diéronle lugar en medio dellos. Visto por el pueblo, levantó la boz en loor de los estrangeros lacedemonios, quedando confusos y avergonçados los naturales atenienses. Dixo a esta sazón uno de los embaxadores lacedemonios:

-Bien saben los atenienses lo que es bueno, mas fáltales el | quererlo hazer y poner en obra.

Es de Valerio Máximo, libro cuarto.

[3] En Etruria, provincia de Italia, estava un mancebo llamado Espurina, de notable hermosura y gentil disposición. Era causa que muchas damas y donzellas anduviessen distraídas y puestas en cuidado, dándole muy grande a sus padres, maridos y hermanos, y no librando dél al mismo Espurina, que se veía aborrecido de todos por el temor que en todos causava. Quiso assegurarse y assegurarlos: hirió su rostro con feas más que peligrosas heridas, y con quedar harpado y afeado las damas y donzellas dexaron de mirarle, los parientes de las mismas quedaron descansados y él con renombre de vergonçoso y muy honesto. En un pagano mucho admira el zelo que le movió a hazer cosa semejante. El cuento es de Valerio Máximo, libro cuarto.

[4] Tenían los romanos hecho un teatro para ver los juegos públicos, y en él señalado lugar para los senadores y gente ilustre, y nunca se halló que algún otro que no fuesse destos pretendiesse aquel lugar, porque la vergüença les era freno y tenía a raya para que ninguno pretendiesse más de lo que su estado le concedía. Es de Valerio Máximo, libro cuarto. /(484r)/

[5] En la batalla de Cannas, donde quedó Aníbal con la vitoria y el exército romano vencido con la mayor pérdida que en batalla alguna aquel pueblo hiziesse, entre los que bivos quedaron fue uno Cornelio Lentulo, el cual halló fuera de camino al cónsul Emilio malherido, y aunque vido que le seguían los enemigos y que se ponía a punto de morir, más llevado de vergüença que temiendo la muerte, estando junto al cónsul baxó de su cavallo y combidóle con él, diziendo que salvasse su vida y no fuesse causa que el pueblo romano sintiesse más aquella desgracia y pérdida con su muerte.

-Yo -dize- soy moço y fuerte, y podréme valer por los pies y no se perderá cosa alguna.

Y en caso de que uno de los dos huviesse de morir, era más conveniente que él muriesse y no el cónsul. Fue esta una contienda digna de dos pechos romanos, porque tuvo la vergüença el cónsul Emilio que costasse vida de romano el conservar la suya, y assí no quiso acetar el cavallo. Exortó al Cornelio se pusiesse en seguro y, para acabarlo con él, diole un recaudo para el Senado y pueblo romano de mucha importancia. Fue con él Cornelio Lentulo y el cónsul Emilio poco después fue muerto de los enemigos. Refiérelo Bautista Fulgoso, libro 4.

[6] Siendo el Magno Pompeyo vencido de César en la batalla Farsálica, entró el día siguiente en la ciudad de Larisa, y los ciudadanos, aunque sabían su desgracia y que iva vencido, saliéronle a recebir con grande aplauso y fiesta. Pompeyo les dixo:

-Id con esso todo a Julio César vitorioso.

No pudo mostrar su | dignidad y quiso dar muestra de su vergonçosa modestia. Dízelo Valerio Máximo, libro cuarto.

[7] Al tiempo que los conjuradores acometieron a Julio César y le hirieron de veintitrés heridas mortales, viendo que no podía librarse de muerte, con las dos manos derribó la toga y vestidura principal para cubrir su cuerpo y que no pareciesse cosa fea. Y esto porque según la costumbre de aquel tiempo en el vestido, faltando en él este cuidado, fuera possible caer muerto feamente. Dízelo Valerio Máximo, libro cuarto.

[8] En tiempo del Triunvirato de los romanos, en que governavan el Imperio tres tiranos, después de la muerte de Julio César, entre otros muchos fue prescripto y sentenciado a muerte Reginio. Pusieron pena que si alguno le favoreciesse o encubriesse que muriesse por ello y señalaron premio al que, sabiendo dónde estava, lo declarasse para que fuesse preso. Mudó trage Reginio y, tomando un asno cargado de yerva, dissimuladamente iva para salir fuera de la ciudad. Llegó a las puertas y fue conocido de un soldado que en otro tiempo militó debaxo de su vandera, y viéndole y conociéndole tomó estraña vergüença, y no sólo no le procuró prender, sino que le saludó como a su capitán que avía sido y dio orden como prosiguiesse su huida y se pusiesse en seguro. Y assí, acerca deste soldado tuvo mayor fuerça la santa vergüença que el miedo de la muerte o la esperança de ser premiado. Dízelo Bautista Fulgoso, libro 4. /(484v)/


El © de la versión electrónica corresponde a Parnaseo (http://parnaseo.uv.es/Lemir.htm). La edición electrónica ha sido realizada por José Arangües de la Universidad de Zaragoza (España) 18/9/1997. Por permiso especial está presente en la BEC.

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