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DISCURSO SETENTA Y CUATRO. DE TEMOR


Sobre aquel testimonio de San Mateo en el capítulo veinte, «Muchos son los llamados y pocos los escogidos», dize Galfrido: «¿Qué cosa más terrible pueden oír nuestras orejas que ésta, de que sean muchos los llamados | y pocos los escogidos?». Dixo Jesucristo a sus Apóstoles la noche de su Cena: «Doze estáis aquí, y uno de vosotros es diablo, porque haze obras de diablo; hame de entregar a mis enemigos para que sea por ellos muerto». A esta voz todos se alborotaron, y cada uno temía de sí, y preguntava: «Señor, /(469v)/ ¿y tengo yo de ser?». Si de todos cuantos han nacido y nacerán, uno sólo se huviera de condenar y se supiera, era justo que todos temiessen y pensasse cada uno si era él; pues que diga el que todo lo sabe que son muchos los llamados y pocos los escogidos, que son pocos los que se salvan y muchos lo que se condenan, ¿cuánta razón ay de temer? Del Temor será el presente Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Visto por el rey Faraón de Egipto que se multiplicava el pueblo hebreo que tenía en su tierra, y temiendo no fuessen más los hebreos que los egipcios y le quitassen el señorío y mando, hizo llamar a ciertas mugeres que tenían oficio de hallarse en los partos, y mandólas que, siendo llamadas para este fin de aquella gente, si lo que naciesse fuesse muger, la guardassen, y si varón, le matassen. Oyeron ellas el mandato del rey y, cuanto a la observancia, dize el texto del capítulo primero del Éxodo que temieron a Dios, y visto que matar a aquellos inocentes era pecado, no lo quisieron hazer. Y por este temor que tuvieron, que fue bueno y virtuoso, dize la Escritura que les favoreció Dios y enriqueció, y les edificó casas y mayorazgos.

[2] Cuando vieron los hebreos que les avía Dios librado de Faraón, dexándole ahogado en el Mar Bermejo, y quedando ellos libres, dize la Escritura en el capítulo catorze del Éxodo que el pueblo temió a Dios, y creyéronle, y a Moisés, su siervo.

[3] Quiso Dios poner temor a los mesmos hebreos y para esto hablóles al tiempo que les quiso dar la ley en el monte Sinaí. Sonaron truenos, resplandecieron relámpagos y cayeron rayos. De oír y ver esto estavan temerosíssimos, tanto que dixeron a Moisés, y se lo rogaron, que les hablasse él y no Dios. Es del capítulo decimonono y vigésimo del Éxodo.

[4] Dieron Acab y Jezabel, reyes de Israel, en perseguir a los profetas de Dios. Tenían un criado llamado Abdías, que era de secreto fiel y temía a Dios, por lo cual recogió cien profetas, y no sólo los libró de la muerte que les dieran aquellos tiranos conociéndolos, sino de la hambre que avía | muy cruel, sustentándolos de secreto mucho tiempo. Efecto fue éste del temor de Dios. Es del Tercero de los Reyes, capítulo diez y ocho.

[5] Quedó la tierra de Samaría desierta por la transmigración de Babilonia, de donde vino gente a poblarla, y porque truxeron consigo ídolos que adoravan, sintió Dios que en aquella tierra donde él fue honrado y servido fuessen servidos y honrados ídolos falsos y mentirosos, no teniéndole aquella nueva gente temor; por lo cual embió sobre ellos manadas de leones que los despedaçavan, hasta que truxeron gente natural de la misma tierra que los enseñasse en la adoración y temor de Dios, y con esto cessó la plaga. Es del Cuarto de los Reyes , capítulo diez y siete.

[6] Cuando se levantó tempestad contra Jonás y los que ivan con él en el navío, a instancia suya y por salud propria le echaron en el mar, y como vieron que luego la tempestad cessó, dize la Escritura que assí los marineros como los passageros temieron grandemente a Dios y le ofrecieron sacrificios. Es del Libro de Jonás, capítulo primero y siguientes.

[7] Estando atormentando a Eleázaro Macabeo porque quebrantasse la ley de sus mayores, dixo, hablando con Dios:

-Tú sabes, Señor, que pudiendo ser libre de la muerte padezco duros tormentos y dolores en mi cuerpo, y padézcolos alegremente porque te tengo temor y no quiero ofenderte.

Es del Segundo de los Macabeos, capítulo 6.

[8] Exemplo lastimoso de temor fue el Apóstol San Pedro, el cual, aviéndose mostrado animoso al tiempo que el Salvador advertía a él y a los demás Apóstoles, luego que acabó de cenar con ellos la noche antes de su muerte, como le avían de desamparar, que dixo estar aparejado a ir con él a la cárcel y a la muerte, y no fueron sólo palabras las que tuvo de animoso, también juntó a ellas obras cuando vido que le llegavan a prender, que puso mano a su terciado, y siendo él sólo el que hazía esta defensa con armas, y los contrarios, muchos y mi- nistros /(470r)/ de justicia, sin temer cosa que le pudiesse suceder, afirmándose en los pies, tiró un golpe que, a buena discreción, si no le defendiera la armadura, rompiera la cabeça a un siervo del pontífice llamado Malco, y desvainando la espada le llevó la oreja, que cayó en tierra, y Cristo le sanó y mandó al Apóstol que bolviesse la espada a la vaina; él lo hizo, y visto que le vedavan la defensa y que los contrarios eran muchos, porque del todo no le apartassen de su maestro, prendiéndole y llevándole a otra prisión, huyó un poco, aunque luego siguió al Señor, que le llevaron preso y dieron con Él en casa del Pontífice Caifás, donde entró el Apóstol con el Evangelista San Juan, y allí descubrió enteramente su temor, porque al dicho de una rapaza y de otros friolentos negó conocer a Cristo y pecó gravemente de temor, o porque no le sucediesse daño siendo conocido por su dicípulo, o porque creyó que le llevarían donde no pudiesse verle y acompañarle en aquel trabajo como desseava. Mas esta culpa limpióla con lágrimas que lloró toda la vida, y al cabo della, confessando delante del emperador de Roma por Dios al que negó por maestro en tal ocasión, y derra- mando | su sangre sobre tal confessión. Del temor y negamiento de Cristo escri vieron todos cuatro Evangelistas.

[9] Por sendas mentiras que dixeron al Apóstol San Pedro dos casados, Ananía y Safira, acerca del precio de una heredad que vendieron, fueron castigados con caerse muertos de repente, y la muerte déstos causó grande temor en los demás fieles, reverenciando y teniendo en mucho a los Apóstoles. Es del capítulo 5 del Libro de sus Hechos.

[10] Cuando el valeroso protomártir San Estevan fue apedreado, y quedó su cuerpo entre las piedras bañado en su sangre, dize la Escritura Divina que se juntaron varones temerosos y lloraron tiernamente su muerte, y le dieron sepultura. Es del Libro de los Hechos Apostólicos, capítulo 8.

[11] Estavan presos San Pablo y Silas, dicípulo de Cristo, en una cárcel, y sus pies en el cepo. Vino un terremoto grandíssimo, y sabida la ocasión que era por la prisión de los Apóstoles, conocidos de todos por santos, el carcelero, con grande temor, se derribó a los pies de Paulo y de Silas, diziendo:

-¿Qué haré, varones de Dios, para salvarme?

Es del Libro de los Hechos Apóstolicos , capítulo diez y seis.

Lo dicho se coligió de la Divina Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Cierto hombre principal vivía vida mala y desconcertada. Su muger, que era devota y cristianíssima, le exortava a que se emendasse y confessasse sus pecados; respondía él:

-¿Y cómo tengo de confessarme, que me dará tal penitencia que no pueda cumplirla, porque ni puedo ayunar ni azotarme?

Replicava la muger:

-Pues, ¿cómo? Si cosas tan fáciles no has de poder hazer, las penas del Infierno, ¿qué ánimo tienes para sufrirlas?

Añadió el marido:

-Pues, ¿y crees tú, muger, que ay Infierno? Entiende que son invenciones de clérigos para hazerse temer.

Por | esta heregía que dixo, mereciéndolo bien sus pecados, vinieron demonios y bivo se le llevaron. Una noche después desto, a vista de su muger, la cual con grandes lágrimas y oración muy fervorosa pidió a Dios que ella se certificasse del estado del marido, para ver si le era lícito rogar por él, apareciósele su cuerpo negro como un tizón, y tenía en su mano una tabla con letras grandes, que dezían: «Ya estoy certificado que ay Infierno, y el temor que tuve de hazer penitencia, acompañado de floxedad y tibieza grande, me llevó a él». Es del Promptuario de exemplos. |

[EXEMPLOS ESTRANGEROS]

[1] Autemone fue tan temeroso que, estando en casa, de ordinario dos criados suyos sustentavan sobre su cabeça un escudo de me- tal | porque no cayesse de lo alto cosa que le dañasse, y saliendo por la calle siempre era en litera cerrada y bien guarnecida por lo alto por el mismo te- mor. /(470v)/ Dízelo Anacreonte Poeta, y refiérelo Sabélico, libro tercero.

[2] Dionisio, tirano de Sicilia, de temor no consentía que barbero le hiziesse la barba. Dava este cargo algunas vezes a sus hijas, y otras, él mismo con un tizón se las chamuscava. Y para dormir tenía hecha una cava bien honda alrededor de su aposento, y passava a él con puente levadiza. Sabélico, libro tercero.

[3] Asdrúbal, último duque de Cartago, estando Escipión dentro de la ciudad, recogióse al templo de Esculapio con su muger y hijos, y otros muchos romanos que en aquella guerra se le avían passado, que se dexaran antes hazer menudas pieças que desampararle, porque de Escipión tenían cierta la muerte. Mas Asdrúbal, de temor, los desamparó a ellos y solo se passó al enemigo desseando bivir; de cuya afrentosa huida se vengó su muger, matándose a sí y a sus hijos en su presencia, diziendo palabras de mucha afrenta. Dízelo Sabélico, libro tercero.

[4] Perseo, rey de Macedonia, que solía poner temor a los romanos, siendo vencido del cónsul Emilio se derribó a sus pies, y llorando mostró tanto temor, que el mismo Emilio, haziéndole levantar, mostró indignarse contra él, diziéndole que mostrasse más esfuerço, que le envilecía su vitoria con tanto temor y covardía, pudiendo dezir maliciosos que poca hazaña avía sido vencer hombre tan covarde. Es de | Sabélico, libro tercero.

[5] El emperador Vitelio, entrando en su palacio una capitanía de soldados a prenderle, mostró tanto temor que se escondió en un aposento vil, de donde fue sacado con grande afrenta y vituperio delante de toda Roma a morir. Refiérelo Sabélico, libro cuarto.

[6] El emperador Heliogábalo, temeroso de un tumulto y motín de sus soldados, con compañía de su madre se escondió en un lugar de inmundicia, donde, siendo hallado, fue afrentosamente muerto. Dízelo Sabélico.

[7] Aunque católicos, mas por ser sus hechos de paganos puede su covardía juntarse con ellos, y fueron éstos los condes de Carrión, hiernos del Cid, Rui Díaz. Entrando en su aposento y sala, donde ellos estavan, de repente un león, covardemente huyeron. Pusieron mano a las espadas otros parientes y amigos del Cid, el cual despertó, que estava durmiendo en un escaño, al ruido, y fuese al león y asióle de sus crines, y bolvióle a una jaula, de donde por descuido de la guarda avía salido. Y estando ya el león encerrado, los condes fueron hallados, el uno, debaxo del escaño del Cid, y el otro, en otra parte más infame, dando testimonio de su temor. Y afrentados por esto tomaron vengança en sus mugeres, açotándolas malamente en un despoblado, en lo cual hizieron obra de paganos. Refiérese en la Corónica del Cid. |


El © de la versión electrónica corresponde a Parnaseo (http://parnaseo.uv.es/Lemir.htm). La edición electrónica ha sido realizada por José Arangües de la Universidad de Zaragoza (España) 18/9/1997. Por permiso especial está presente en la BEC.

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