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DISCURSO SETENTA Y DOS. DE SOLEDAD


Grande daño haze la ausencia de pastores y prelados en sus iglesias, dexando solos de su presencia a los súbditos y ovejas, aunque les parezca a ellos que tienen cumplido con poner tenientes. Si no, mírelo en la ausencia de Moisés; aunque quedó su hermano Aarón, varón principal, por su teniente | y provisor, luego idolatró el pueblo, y si Moisés estuviera presente no sucediera aquel daño. San Pedro sanava con la sombra enfermos, porque entiendan los prelados el gran fruto de su presencia, la cual sana los enfermos de alma y remedia los necessitados. Lo mismo demostró Cristo en el huerto, que, apartándose de sus Apóstoles a orar, quedaron ellos dormidos. A unos es daño la soledad, a /(460v)/ otros, provechosa. Desto trata el Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Muchos ha avido que por más libremente darse a la contemplación, por bivir con más pureza de ánimo y quitar la ocasión de pecar, dexando la ciudad y pueblo, escogieron bivir vida solitaria. Y déstos fueron los primeros un Elías, que hizo assiento en el arroyo de Carit, cerca del Jordán, y era servido en la comida de cuerbos. Eliseo, en el monte Carmelo tenía su morada con algunos otros solitarios. Los hijos de Recab bivían en tugurrios y choças por los campos, y andavan peregrinos de unas partes en otras. San Juan Baptista, desde los seis años hasta los | treinta bivió vida solitaria, admirable a los ángeles y a los hombres. Y desta edad salió a predicar y baptizar, ya reprehendiendo, ya enseñando a los que venían a él, porque era boz que clama en el desierto, y dize: «Endereçad el camino del Señor, y hazed rectos sus senderos». Todos los cuales, cuanto más se apartavan de la conversación de los hombres, más los favorecía y regalava Dios con dulces y sabrosos coloquios, con favores y regalos del Cielo. Y assí, muchos cristianos, llevados de su exemplo y golosos de sus ganancias, los imitaron y vivieron vida solitaria. Refiérelo Marulo, libro primero.

Lo dicho se coligió de la Escritura Sagrada. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] Paulo, natural de Tebas, moço de dieziséis años, huyendo de la persecución de Decio y Valeriano, que sustentavan contra los cristianos, se fue al desierto, y hallando al pie de un monte una cueva cerca de la cual corría un arroyo de agua, siendo defendida por una palma de los rayos del sol, hizo allí su morada; perseveró hasta ciento y treze años sin ver hombre humano, hasta el último día, que le visitó San Antonio Abad y dio a su cuerpo sepultura. Al principio se sustentó con dátiles, después por sesenta años le truxo un cuerbo cada día medio pan. Bevió siempre agua, cubría su cuerpo con un texido hecho de palmas. El que bivió desta manera, bien cierto es que no huía el martirio, sino que le dilatava. Y era mucho más padecer la muerte noventa y siete años que un solo día. Todo este tiempo el valeroso cavallero de Cristo mortificó su cuerpo para que su espíritu biviesse con Cristo. Es de San Gerónimo en la Vida de San Pablo.

[2] Antonio, de treinta y cinco años era cuando se hizo morador de la soledad, adonde padeció muchas persecuciones de | los demonios. Apaleávanle, açotávanle, traíanle despeñado por las nuves, procurando apartarle de su intento, porque sabían que en la soledad son vencidos de los que suelen ellos vencer entre gentes y pueblos. Aviendo salido vitorioso de semejantes tentaciones y ilusiones, encerróse en un lugar apartado, donde estuvo veinte años sustentándose con pan y agua que le ministravan por una ventana. Y después desto salió de allí para ser abad y cabeça de muchos monges, a los cuales enseñó el camino de la perfeción, y Dios por él hizo grandes milagros. Y esto fue ocasión que concurriesse gente de diversas partes a él y, viéndose dessassosegado, huyó de toda humana conversación, adonde vino a morir de ciento y cinco años. Dízelo San Atanasio en su Vida.

[3] Hilarión, en vida de San Antonio Abad, siendo de quinze años, le fue a ver al desierto, y su vista le fue ocasión que mudasse el hábito. No se apartó dél hasta que aprendió el orden y modo de bivir que él guardava. Bolvió a su tierra con algunos monges y, siendo muertos sus padres, distribuyó parte de su legítima entre sus her- manos, /(461r)/ y parte, a pobres, y vestido un saco, y sobre él un hábito de pellejos que le dio San Antonio, se fue al desierto, sin detenerse mucho en un lugar, porque ladrones y demonios le hazían cruda guerra. Padeció graves tentaciones y libróse de grandes engaños que le armavan. Desde edad de diez y seis años hasta veinte se recogía en chozas cubiertas de mimbres, y allí padecía los calores del verano y los fríos, aguas y nieves del invierno. Desde los veinte años hasta los treinta tuvo una celda ancha de cuatro pies, alta, cinco, y larga, poco más que la estatura de su cuerpo. Y como dize San Gerónimo, más parecía sepulcro para cuerpo difunto que aposento para hombre vivo. Con verdad se puede afirmar que quien se contentava con tales moradas pudo bien dezir con San Pablo, escriviendo a los hebreos, capítulo treze: «No tenemos en el mundo ciudad permanente, sino que desseamos y procuramos otra que está en el otro mundo». Es de San Gerónimo en su Vida.

[4] Onofre Ermitaño, como se exercitasse en vida monástica en cierto monasterio de la ciudad de Hermópoli, bien impuesto como en escuela, salió de allí a un desierto de Egipto, donde estuvo por sesenta años incógnito a los hombres. Gastáronsele los hábitos que truxo, y cubría la parte superior de su cuerpo con los cabellos y barba, y la inferior, con hojas de árboles. Por los treinta años se sustentó con frutas silvestres y yervas, y otro tanto tiempo le truxo un ángel pan y agua. Esto afirma dél Pafuncio Abad, que escrivió su Vida, el cual, visitando aquel desierto, el mismo día que le vido oyó esto todo dél, le vido morir y dio sepultura. No permitió Dios que vida tan digna de ser sabida quedasse sepultada en olvido, ni cuerpo tan merecedor de gloria quedasse sin sepultura. Proveyó de sepulcro por medio de Pafuncio a Onofre, y | a todos, con su vida, de exemplo. Es del De Vitis Patrum.

[5] Juan Egipcio, anacoreta, cuyas palabras el emperador Tedodosio tuvo por oráculo del Cielo, residió en el desierto de la Tebaida por la parte que está el lugar de Lico. Tenía una cueva en lo alto de un monte, cuya subida era dificultosa, y la entrada, tan estrecha que nadie entró donde él estava, desde el año cuarenta hasta el noventa de su edad. A los que venían a hablarle hablava por una ventana, dándoles consejos saludables para sus almas. En su cueva estava siempre solo (si puede dezirse que lo está el que tiene consigo a Dios). Allí esperava el fin de su vida, para començar vida que no tiene fin. Y con la esperança desto, algunas vezes cantava con David en el Salmo ciento y cuarenta: «Solo estoy en mi tránsito y passo». Y avía de passar a la compañía de los ángeles por averse apartado de la compañía de los hombres. Es del De Vitis Patrum.

[6] Teonas estava dentro de su celda, que era en la Tebaida, no lexos de la ciudad. Allí, de día, por una ventana tocava enfermos que venían a ser curados, y sanavan. De noche se iva a lo más escondido del desierto a tener oración con quietud. San Lucas, en el capítulo veinte y uno, dize del Señor que de día estava enseñando en el templo, y de noche se iva al monte llamado de las Olivas. Aprendamos del Señor y del siervo a repartir el tiempo, y demos parte dél al próximo y parte a Dios, adorándole y reverenciándole en el exercicio santo de la oración. Es del De Vitis Patrum.

[7] Apolonio Abad consagró a Dios las primicias de su edad, apartándose a los quinze años a un desierto de la Tebaida, no lexos de Hermópoli. Passados cuarenta años, mandóle Dios que se acercasse a la ciudad, donde congregó discípulos. Ya se avía hecho digno de que otros por su ocasión consiguiessen el premio de la inmortalidad. Es del De Vitis Patrum.

[8] Elías Monge, por setenta años perma- neció /(461v)/ en un desierto de la Tebaida, a la parte de la ciudad llamada Atineos, que fue en un tiempo metrópoli de la provincia. El desierto era espantoso, la senda que guiava por él, angosta, no pisada y difícil de hallarse. La cueva en que bivía era escura, tosca, y que llegando a ella causava temor sin saberse de qué. En este lugar le visitó San Gerónimo, viejo de ciento y diez años el Elías, y dezíase que hablava cosas que estavan por venir y que sucedían como dezía. Parecía averse aposentado en él la gracia y virtud de Elías, cuyo nombre tenía, y seguido su instituto en la soledad. Es de la Historia Tripartita, libro octavo, capítulo primero.

[9] Extraordinaria es la vida de Juan Ermitaño. Escrívese dél que luego como fue al desierto, por tres años continuos, estando en pie, hazía oración debaxo de una grande peña, y nunca se assentava. Tanto tiempo dormía cuanto lo sufría el aver de ser en pie. No gustava cosa alguna en toda la semana, sino los domingos, que le traía un sacerdote el Santíssimo Sacramento, y érale manjar para la alma y sustento para el cuerpo. Por estar siempre levantado y nunca assentarse vino a que tenía los pies llenos de llagas y le salía dellos materia y podre. ¡ bienaventurado varón, que recibió de Dios tanta gracia que hiziesse esto, y más bienaventurado por poder hazerlo! Vino a visitarle un ángel, y, tocándole las llagas de los pies, quedó sano. Vañóle los labios con la fuente de la sabiduría espiritual, y en adelante quedó tan sabio que visitava los otros monges de aquella soledad y les enseñava santos exercicios y el camino de las virtudes, y fue digno de magisterio, cuya vista solamente era estímulo para sufrir por Cristo trabajos y asperezas. Cosas parecen éstas imposibles, mas para Dios todo es possible. Dél le vino el poder hazerlo, y dél le vino el premio, dándole tanto Cielo cuanto merecían | tan maravillosos exercicios y tan fieles servicios. Es del De Vitis Patrum, y refiérelo Marulo, libro primero.

[10] Simeón estuvo un año en un monasterio de Antioquía y fuesse al desierto, donde se encerró por tres años en una cueva, lo cual muchos otros hizieron. Mas fue particualar en que hizo una coluna angosta, que se podía temer la caída de quien estava sobre ella, aunque se podía assentar y recostar en ella. Era alta, y no contentándose con la primera, hizo otra, y otras, hasta que la última se levantava treinta codos y más. Allí estava al sol y al viento, y a todas las importunidades del tiempo, sufriéndolas con grande paciencia. Servíanle como de púlpito y cátedra estas colunas, pues viniendo de diversas partes gentes a verle, muchos idólatras se convertían por su predicación. En esta vida permaneció hasta la muerte, que, llegando, se halló más cerca del Cielo cuanto avía bivido levantado del suelo. Dízelo Evagrio en la Historia Eclesiástica, libro catorze, capítulo treinta y tres.

[11] Arsenio es buen testigo de lo mucho que aprovecha para el servicio de Dios la vida solitaria, porque, antes que començasse la de monge, rogó a Dios con grande instancia le declarasse cómo podía mejor salvarse, y que le fue dicho que evitasse el concurso y trato de gente, especialmente seglar. Hízose monge, y estando en oración oyó una boz que le dixo: «Arsenio, huye, guarda silencio y ten sossiego». Que huyesse del concurso y frecuencia de la gente, que guardasse silencio evitando la vanagloria, que tuviesse sossiego, no procurando ni desseando las cosas transitorias desta vida. Y assí huyó al desierto de Siria, en el lugar llamado Troe, donde estuvo cuarenta años, los tres dellos en Canopo. Y porque aquí era visitado, se passó a otro más escondido lugar, /(462r)/ passando Babilonia a la parte de Memfis, y residió allí diez años, y al cabo bolvió al primer lugar de Troe dos años. Y llegando al de noventa de su edad, del desierto voló a la compañía de los ángeles. En el espacio de tres años que estuvo en Canopo, cerca de Alexandría, Teófilo, patriarca de aquella ciudad, acompañado de un noble ciudadano fue a visitarle, y rogáronle que les dixesse alguna cosa con que se edificassen. Él dixo que lo haría si le prometiessen de hazer lo que les dixesse. Ellos lo prometieron.

-Lo que quiero -dixo el santo viejo- es que dondequiera que oyéredes dezir que está Arsenio, no vais allá.

Otro estimara en mucho la visita de un tan ilustre prelado; a Arsenio, amigo de soledad, le era enfado. Otra vez, embiándole el mismo Teófilo a rogar que le dexasse ir a verse con él, respondió:

-Bien puedes venir, mas yo me iré luego desta tierra.

Oído por Teófilo, no quiso molestarle con su vista porque no se fuesse de aquel lugar, siéndole muy agradable la estada de tan gran varón en su diócesi, cuyos merecimientos entendía que le aprovechavan mucho para alcançar gracia de Nuestro Señor. La causa por que Arsenio evitava el trato y conversación de los hombres declarólo siéndole preguntado por el abad Marco, diziendo:

-No es posible estar juntamente con Dios y con los hombres.

Sentía mucho el santo varón, aun por un breve tiempo, apartarse de la contemplación y dulcíssimo trato de Dios, porque aun estando en la tierra podía dezir con el Apóstol: «Nuestra conversación es en el Cielo». Es de Surio, en el cuarto tomo.

[12] Por ser tan frutuosa la vida solitaria no pudo Judoco de anteponer los trabajos del desierto a los contentos del reino de Bretaña, queriendo más servir en la una parte a Cristo que en la otra ser servido. Fue al campo Ponciano, | cerca del río Alceo, y queriendo allí hazer assiento, fuele vedado por Himeone, señor de aquella tierra. Passó adelante, y del mismo que primero le avía estorvado el quedar allí fue llamado con grandes ruegos, y le labró celda en la orilla de aquel río, donde bivía con un dicípulo suyo. Y si quiere alguno saber cuánto aprovechó en aquella soledad, entienda que por el reino terreno y perecedero que menospreció alcançó el eterno y celestial que desseó. Es de Florencio Abad y de Rodolfo Agrícola.

[13] El beatíssimo Gerónimo, morador un tiempo en soledad y aora ciudadano del Cielo, escriviendo a Heliodoro, adorna con epítetos dulcíssimos semejante vida, diziendo: «¡ desierto, donde mora Cristo! ¡ soledad, donde nacen piedras finíssimas, de las cuales dize el Apocalypsi que se edifica la ciudad del gran Rey! ¡ bosques, donde se goza de Dios más familiarmente! ¿Qué hazes, hermano, en el siglo? ¿Cómo puedes sufrir la estrechura dél? ¿Cómo no te cansa el humo de la ciudad? Créeme que en este lugar veo no se qué de más luz que en poblado. Paréceme que estoy libre de la carga pesada de la carne, y que buelo a las celestiales moradas. ¿Temes la pobreza? Acuérdate que dixo Cristo: «Bienaventurados los pobres». ¿Temes los trabajos? Pues ningún mártir fue coronado sin dolor. ¿Házesete de mal de dormir en la tierra fría? Pues a tu lado está Jesucristo. ¿Tu cabeça siente la falta de la almohada? Mira la de Cristo, que es su cabeça traspassada de espinas. ¿Espántante las malezas del suelo? Pues passéate con la imaginación por el Cielo. Siempre que en Cristo pusieres tu pensamiento te hallarás fuera del desierto. ¿Echas de ver el cuero de tu cuerpo, que sin el regalo de vaños se para negro y áspero? Pues el que está lavado con la sangre de Cristo poca necessidad tiene de otros lavatorios. /(462v)/ Y a todo lo que se te pusiere por estorvo, oye al Apóstol San Pablo, que dize, escriviendo a los Romanos, en el capítulo octavo: ' No merecen las passiones y los trabajos desta vida ponerse al paragón de la futura gloria que Dios nos tiene prometida' . Poco es todo lo que en el mundo se padece para lo mucho que en el Cielo se goza. No estás, hermano, en lo cierto, si quieres gozarte en el siglo y después reinar con Cristo. Por San Lucas, capítulo doze, dixo el mismo Cristo: ' Bienaventurado es el varón al cual hallare Cristo velando' . Es buena dicha velar en el mundo y trasnochar padeciendo trabajos, para que el Señor, cuando viniere a pedirnos cuenta, se la demos con pago, aviendo en el mundo no holgado, sino trabajado». Está lo dicho en la Epístola de San Gerónimo a Heliodoro.

[14] El mismo glorioso doctor San Gerónimo, cuando escrivió a Heliodoro acerca de la vida solitaria, estava en el desierto en una morada tosca y sin algún recreo, y allí residió cuatro años, acompañado de escorpiones y bestias fieras, vestido un saco, durmiendo en tierra, beviendo agua como el tiempo la dava y comiendo manjares crudos, teniendo por demasiado deleite comer algo cocido, acostumbrado para domar la carne, que se alborotava y descomponía, ayunar toda la semana. Y entre todos estos trabajos y fatigas se gozava el espíritu de tal manera que dezía: «La ciudad me es cárcel, y la soledad, paraíso». Después de los cuatro años, como fuesse a ser morador en Betleem, cerca del lugar donde Cristo nació, edificó un monasterio, donde bivía con otros monjes, y allí solía dezir llorando que ya no era el que solía; en tanto le parecía que avía sido mejor en la soledad. «Después del trabajo -dize- y de las lágrimas levantando los ojos al Cielo, parecíame que estava entre las compañías de los ángeles, y alegre y regozijado cantava: | «Corremos en tu seguimiento al olor de tus ungüentos». Dízelo el mismo San Gerónimo, en la Epístola veinte y dos a Eustoquio.

[13] De semejante consolación que San Gerónimo gozava en el desierto el monge Marcio, de quien dize San Gregorio que bivía en Marsico, monte de Campania, y que estimava en tanto la soledad que jamás dificultad alguna, ni tentación de demonio pudo sacarle de allí. Hizo una cadena de hierro y, atada a una peña por la una parte, por la otra se la aferró al pie. Lo cual sabido de San Benedicto Abad, desseando que el estar atado a tan breve espacio de tierra se atribuyesse más a su constancia que al hierro, embióle un mensajero que le dixesse de su parte:

-Si eres siervo de Dios, no te tenga atado la cadena de hierro, sino la de Cristo.

Oído por Marcio, quitóse la cadena y encerróse en una cueva, guardando más estrecha prisión. Juntáronsele dicípulos, y hizo Dios por él grandes milagros, y fue numerado entre santos. Aora mide los anchos del Paraíso el que tan angosta cárcel tuvo en el mundo. Dízelo San Gregorio en el tercero libro de sus Diálogos, capítulo diez y seis.

[15] De otro género de monges se lee que andavan vagos por lugares diversos de la soledad, sin tener assiento cierto. Y por no ser visitados de seglares, siempre peregrinavan. Éstos que andavan apartados llamávanse anacoretas, y unos dellos llevavan pan y sal al desierto y con esto se sustentavan, otros, sólo era su comida yervas y raízes. Tanta aspereza de vida del todo parecía intolerable si no lo hiziera fácil y de llevar el amor y temor de Dios. Dízelo San Isidoro, en el De oficios eclesiásticos, libro segundo, capítulo quinze.

[16] Juntemos algunos exemplos de mugeres para que se vea cómo tienen a quien imitar las que dessean soledad. Y sea la primera María Madalena, la cual, o- yendo /(463r)/ al Salvador del mundo dezir que le eran perdonados sus pecados y que avía escogido la mejor parte, sin que le fuesse quitada, y aver sido la que vido resucitado a Cristo primero que sus dicípulos, y que por su amor menospreció todas las cosas, y que en la ciudad de Marsella de Francia derrivó los simulacros de los falsos dioses gentílicos por medio de su predicación, levantó allí el salutífero madero de la Cruz, y con todo esto, no le pareció que avía cumplido hasta que con las angustias y asperezas de la soledad, su carne, culpada algún tiempo, la macerasse y afligiesse. Estuvo treinta años sin ser vista de hombre humano, sin manjar de la tierra, sino servida y favorecida de ángeles, para que se entienda que merece favor del Cielo y de los ciudadanos dél el que se aparta de la conversación de los hombres por amor de Dios. Llegando el día de su muerte, recibió la Sagrada Comunión de manos de Maximino Obispo, porque no era justo que sin él subiesse al Cielo, aviendo en la tierra servídole de todo coraçón y de todas sus fuerças, predicando su fe en las ciudades y meditando su gloria en la soledad. Es de Marulo, libro primero.

[17] María Egipcíaca, que puso su cuerpo en almoneda y estava muerta en vida, mas el que baxó del Cielo a ganar lo perdido y a llamar los pecadores a penitencia, entrando en su coraçón como en casa de morada, y diziendo: «Muger, a ti lo digo, levántate», se levantó la que mucho tiempo estuvo rebolcándose en el cieno de los vicios, y aviendo perdido a Jesucristo en los deleites, hallóle en la amargura de su alma. Passó de Alexandría a Jerusalén, y no pudo entrar en el templo de Dios, con fuerça que la detuvo invisible. Paróse a la entrada, admiróse, avergonçóse, y entendiendo la causa de su de- tención | ser por las flaquezas de su mal compuesta vida, con grande aflición y derramando tiernas lágrimas determinó poner fin a sus vicios adonde començó a sentir la indignación de Dios contra ella. Ofrecióle su vista una fiadora de sus nuevos intentos, que fue la Madre de Dios, cuya imagen vido sobre su cabeça a la entrada del templo, y con tal fiadora provó segunda vez la entrada y hallóla fácil. Derrivóse delante la salutífera Cruz y lloró sin hazer pausa, hasta que oyó una boz que le dixo que si quería remediar su alma passasse el Jordán. Compuso luego su conciencia con la Confessión Sacramental y Sagrada Comunión. Passó el Jordán y dio consigo en el desierto, ya siguiendo otra vida y otras nuevas costumbres. La cabeça que solía adornar con perlas y fino oro descubrióla al Cielo a sus mutaciones, sin querer cubrirla al frío o calor, no a la agua, nieve y granizo. Los cabellos, que siendo como oro los encrespava, cortólos, y acoceándolos con sus pies, triunfó dellos. El rostro, tan guardado y servido de mixturas porque pareciesse más de lo que era y menos de lo que deviera, vañóle con lágrimas y dexóle a que se recociesse con los rayos encendidos del sol. Los pechos, cuya vista encendían desseos elados, siendo primero regalados con faxas de púrpura, heríalos con sus manos, castigando en ellos el coraçón donde tantos malos desseos se forjaron. Su cuerpo todo, que fue rebelde y con todas sus partes hizo guerra al cielo, en las mismas era por ella atormentado con ayunos, con vigilias, con diciplinas y malos tratamientos, hasta dexarle desnudo sin comida y bien castigado, perseverando en esto por cuarenta años, hasta que Zozimas Ermitaño, investigador curioso de los secretos santos de aquel desierto, la vido orando, /(463v)/ levantada de tierra, passar sobre las aguas del Jordán sin que sus plantas se mojassen. A tanta perfeción vino en la soledad la | que con tanta soltura y corrupción bivió en la ciudad. Es del De Vitis Patrum, y refiérelo Marulo, libro primero. |

[EXEMPLOS ESTRANGEROS]

[1] Timón Ateniense, no el ser religioso y los desseos del Cielo, sino inclinación natural le hizo bivir solo. Edificó una pequeña casa en el campo Atico por huir de ver hombres, que todos le eran aborrecibles. Sólo admitió consigo a Peante, también como él de Atenas. Sucedió que, acabando una vez de cenar, burlándose Peante con él, díxole:

-¿No ha sido este convite maravilloso y muy bueno, o Timón?

Él respondió:

-Harto mejor fuera para mí si tú no estuvieras aquí.

Dízelo Sabélico, libro segundo.

[2] Era Cleto Efesino hombre principal y de govierno. Cansado de tratar y ver gentes, fuesse al templo de Diana y estuvo allí algún tiempo. Y como un día fuesse visto que jugava con sus hijos y por ello burlassen dél, dixo:

-Por mejor | tengo esto que governar vuestra república.

Fuesse de allí huyendo de ver hombres a un monte, contentándose con comer yerbas y bever agua y conversar con bestias. Es de Sabélico, libro segundo.

[3] Diógenes Sinopeo Cínico escogió morada fuera de Corinto en un lugar solitario, y estava allí tanto por darse al exercicio de las letras como por huir el conversar con gentes. Contentávase con una capa, una alforja y una cuba, y desta suerte fue visitado de Alexandre y juzgado por felicíssimo, en tanto grado que tuvo desseo de ser Diógenes, en caso que no fuera Alexandre. Y el mismo Cínico juzgó a Alexandre inferior a sí, pues, viéndole llegar, no se levantó a él. Dízelo Sabélico, libro segundo. |


El © de la versión electrónica corresponde a Parnaseo (http://parnaseo.uv.es/Lemir.htm). La edición electrónica ha sido realizada por José Arangües de la Universidad de Zaragoza (España) 18/9/1997. Por permiso especial está presente en la BEC.

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