<< >> Título Contenidos


DISCURSO SESENTA Y SIETE. DEL PURGATORIO


Por medios que puso Joab con David para que perdonasse a Absalón, su hijo, la muerte de Amón, su hermano, según | parece en el capítulo catorze del Segundo Libro de los Reyes, vino en perdonarle. Mas fue con condición que no avía de ver su rostro, ni parecer en su pre- sencia /(423v)/ por algún tiempo. Y es figura esto de que Dios, Nuestro Señor, suele, y de ordinario lo haze assí, perdonar al pecador que le ofendió sus ofensas por su Confessión Sacramental y Penitencia, cuanto a las culpas, mas queda parte de las penas devidas por las mismas culpas en pie, en tanto que se paga y satisfaze, o en esta vida, con obras satisfatorias, o después de muerte, en Purgatorio. De manera que no vee Absalón el rostro de David, su padre, por algún tiempo, esto es, que no vee el que assí ofendió a Dios su rostro hasta que purgó del todo sus deudas, satisfaciendo por ellas enteramente, o en esta vida, o en la otra, en el Purgatorio. De lo cual se verán algunos exemplos en este Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] En el Segundo Libro de los Macabeos , en el capítulo doze, cuenta la Divina Escritura que, aviendo alcançado el fortíssimo Judas Macabeo grandes victorias de los gentiles que hazían guerra a su gente y nación, en una batalla fueron muertos algunos judíos de su parte, de cuyos cuerpos, teniendo cuidado que fuessen llevados a sepultar en las sepulturas de sus mayores, halláronles debaxo de sus túnicas y vestido algunas joyas que los gentiles ofrecían a sus ídolos, lo cual, por el capítulo séptimo del Deuteronomio , les era vedado. Y assí, por castigo deste pecado, dize allí la Escritura Santa que fue manifiesto a todos aver querido Dios que fuessen muertos. Lo cual advertido por Judas Macabeo, doliéndose de las almas de aquéllos, quiso de la manera que fuesse possible favorecerles y ayudarles, y assí recogió doze mil dracmas de plata, que eran como otras tantas reales, y embiólos a Jerusalem para que fuessen ofrecidos en el templo por ellos. Advierte Nicolao de Lira sobre este lugar que, | aunque avían éstos pecado gravemente en tener consigo aquellas joyas contra lo que Dios mandava, mas que, viéndose morir, tuvieron dolor y arrepentimiento deste pecado, y assí como fuesse aquel dolor calificado y de quilates, perdonávaseles la culpa y parte de la pena, y por lo restante, y por otras deudas, si tenían sus almas yendo a Purgatorio, hizo Judas aquella ofrenda y sacrificio por ellos. En lo cual le alaba allí el Espíritu Santo, de que sentía bien y religiosamente del estado de las almas después de la vida y de la resurreción de los muertos, y concluye con dezir que es cosa santa y saludable rogar por los muertos para que sean libres de sus pecados, esto es, de las penas devidas por ellos. La Glosa sobre este mismo lugar refiere a San Augustín, en el libro que escrivió a Laurencio, De fe y obras, que dize ser provecho a las ánimas de Purgatorio los sufragios y obras buenas que ofrecen por ellas los vivos, o para ser del todo libres de las penas que padecen en Purgatorio, o para que se les disminuyan y sean más tolerables. Sin este testimonio y exemplo de los Macabeos, que prueva esta verdad católica y de Fe de que ay Purgatorio, ay otros lugares en la Escritura que lo compruevan. Isaías, en el capítulo cuarto, dize que lavará el Señor las suciedades de las hijas de Sión, y la sangre de Jerusalem en espíritu de juizio y en espíritu de ardor. El profeta Malaquías, capítulo tercero, amenazando a los pecadores con la venida de Dios a castigarlos, dize dél que es como fuego, en que la plata se acendra y purifica. Y estos dos lugares trae San Augustín en los Libros de la Ciudad de Dios , para provar que ay penas de Purgatorio después desta vida. Y el mismo Jesucristo, por San Mateo, en el capítulo /(424r)/ doze, dize que el que dixere palabra contra el Espíritu Santo, no se le perdonará en este siglo ni en el otro. Y deste testimonio se aprovechan San Gregorio, en el cuarto libro de sus Diálogos, y San Bernardo, en un sermón sobre los Cantares, para prueva desta verdad, porque dizen, si en el otro siglo ningún pecado se perdona, no avía necessidad de poner aquella partícula, «ni en el otro siglo», y como sea verdad que en toda la Divina Escritura no ay palabra demasiada, y como afirma San Basilio en el Exameron, dezir que la ay sería blasfemia, síguese que ay Purgatorio, porque en el Infierno no ay perdonarse pecado. San Pablo, escriviendo a los de Corinto, en la Primera, en el capítulo tercero, dize que las obras que cada uno hiziere, si fueren oro, plata, piedras preciosas, o madera, heno y paja, que el fuego lo ha de provar; y añade luego: «Padecerá detrimento aquél cuya obra tuviere ne- cessidad | desta prueva, y assí salvarse ha el tal, aunque por fuego». Y deste testimonio se aprovecha Orígenes, en la Homilia sexta sobre el Éxodo , para prueva desta verdad. Ay también desto una razón fortíssima, y es que, como dize el Evangelista San Juan en el capítulo veinte y uno del Apocalypsi, hablando de la ciudad soberana y santa de Jerusalem, ninguno entrará en ella con suciedad o mancha de pecado, y es assí que algunos mueren con culpas veniales, y otros, que tenían pecados mortales y se confessaron, no tuvieron lugar para satisfazer por las penas devidas por ellos, ya perdonadas las culpas, porque murieron luego; claro está que éstos han de purgarse para entrar en el Cielo, porque allá han de ir limpios, y assí necessariamente se ha de dezir que ay Purgatorio donde se afinan las almas y se limpian de todas las inmundicias y defectos con que salen de los cuerpos antes que entren en el Cielo.

Lo dicho se coligió de la Divina Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] En la Vida del Abad Adilón , que escrivió Pedro Damián, Cardenal de la Iglesia Romana, se dize que viniendo un religioso de visitar el Santo Sepulcro de Jerusalem y otros lugares de la Tierra Santa, llegó el navío en que venía con tormenta a una isla desabitada llena de breñas y malezas, la cual está cerca de Tesalónica y se llama de Vulcano. Salió el religioso en tierra, y vido en un lugar apartado y muy escondido un ermitaño. Fue y habló con él, y entre otras pláticas que tuvieron, vino a dezir el religioso al solitario que era de Francia, de la provincia de Aquitania. Holgó de oírlo; preguntóle si tenía noticia del monasterio cluniacense y del abad Adilón. Respondió que sí.

-Pues sabe -dixo el solitario- que en esta isla ay ciertos lugares huecos llenos de fue- go, | que llaman algunos ollas de Vulcano, adonde muchas vezes se veen entrar y salir demonios en diversas figuras y aspectos. Algunas dellas se muestran alegres, y otras, tristes. Y desseando saber la causa, conjurándolos de parte de Dios me la dixessen, responden que se muestran alegres cuando alguna alma de persona que en el mundo vivió bien, y no pudieron hazerla cometer pecados mortales, por veniales es llevada a Purgatorio, que verla los demonios dar bulcos en las llamas les da gusto, y muéstranlo en señales exteriores; mas, si por la tal alma se ofrecen sacrificios y hazen obras meritorias, sale en breve de aquellas penas y buela al Cielo, y esto les da mucha pena a los demonios. Y tienen en particular quexa del monasterio cluniacense, adonde, por la continua /(424v)/ oración que allí se haze, salen muchas almas de semejantes penas. Por tanto, yo te ruego -dize el solitario -, y por el nombre de Dios te lo pido, que encomiendes al santo abad Adilón y a los demás monges que no cessen de hazer sacrificios por las almas, pues dello tanto bien resulta.

Admirado el monge de oír esto, prometió de hazerlo assí. Y buelto a su tierra, visitó aquel monasterio y contó por orden lo que passava en aquellas gargantas y cuevas de Vulcano. Lo cual oído por el santo abad Adilón, mandó en su monasterio, y en todo su orden, que, teniendo por encomendadas a las ánimas de Purgatorio todos los años, otro día después de los santos hiziessen aniversario general por los fieles defuntos. Desto tuvo noticia el Romano Pontífice que era a la sazón. Examinando bien el negocio, y visto cuán piadoso era y santo, no sólo lo aprovó, sino mandó que se hiziesse lo mismo en toda la Iglesia Universal, aunque mucho antes se hazía en iglesias particulares.

[2] Poco después que murió el bienaventurado San Hierónimo, levantáronse algunos hereges, que publicavan heregías acerca del estado de las almas después de salidas de los cuerpos, y pervertían a muchos, que se creían de ligero. Aparecióse el santo doctor Hierónimo a Eusebio, discípulo suyo, y mandóle que tomasse el saco con que cubría su cuerpo en vida y le pusiesse sobre los cuerpos de tres varones que avían muerto aquella noche y estavan cerca de la iglesia esperando que otro día les diessen sepultura, que resuscitarían y darían cuenta de lo que sucede a las almas salidas de sus cuerpos, contra aquellos pérfidos hereges. Hízolo assí Eusebio, y en presencia de mucha gente puso el saco sobre los cuerpos muertos, y re- suscitaron. | Los cuales, estando dentro de la iglesia, hablando uno dellos y aprovando los otros dos, dixo y declaró cómo, en apartándose la alma del cuerpo, si está en gracia de Dios y no tiene qué purgar, buela al Cielo, y si muere en pecado mortal, descienden al Infierno. Y si acave en gracia, mas quédale por purgar algunas penas de los pecados perdonados, es llevada a Purgatorio. Y por dar noticia desto a los vivos, por medio de San Hierónimo avían buelto a la vida, y que al día vigésimo tornarían a morir en compañía de Eusebio, que estava allí presente, lo cual davan por testimonio de la verdad que dezían. Y si en aquel espacio breve se diessen prissa en exercitarse en obras penales, que sería possible ir luego a gozar de Dios en muriendo. Con este evidente milagro, los hereges fueron confundidos, y los que avían delinquido en sus errores se reduxeron y abraçaron la Fe Católica; especialmente viendo a los tres resuscitados, que en los veinte días fue cosa espantosa la vida que hizieron, porque, acordándose de las penas del otro mundo, lloravan sin cessar, açotávanse, y eran verdugos de sí mismos. Hasta que, passados los viente días, murió Eusebio, y murieron todos tres, para que más se confirmasse la verdad de cuanto dixeron. Lo dicho escrivió San Cirilo, obispo de Jerusalem, a San Augustín, y el santo doctor lo refiere en la Epístola dozientas y seis, capítulo 2.

[3] Elías, solitario en Egipto y familiar que fue de San Hierónimo, vido en sueños que la alma de cierto perlado era presentada delante el tribunal de Dios, y por sus malos hechos era condenada a penas eternas, y que la alma de Teodosio Senador, que fue muy devoto de San Hierónimo y siguió sus santos consejos, era llevada a Purgatorio. Se- ñaló /(425r)/ el día, y halló que en el mismo ambos avían muerto y creyó ser verdad lo que en el sueño le fue declarado. Es del mismo San Cirilo, y refiérelo también San Augustín en la propria Epístola, capítulo 24.

[4] Pascasio, diácono de Roma, fue varón de mucha santidad, grande limosnero, favorecedor de pobres, humilde y muy penitente. Sucedió que, pretendiendo el Pontificado Simaco, y Pascasio favoreció más de lo justo las partes de Laurencio contra Simaco, sin que le bastasse quedar Simaco con la dignidad en boz de los más electores, tuvo con él sus repuntas, hasta que murió el mismo Pascasio. Llevaron a enterrar su cuerpo, y sobre las andas iva su dalmática y vestido de diácono, la cual tocando un endemoniado, quedó sano. Passó mucho tiempo, y sucedió que Germano, obispo de Capua, por consejo de médicos, estando enfermo, fue a se lavar a unas termas o baños, en los cuales vido y conoció al Pascasio Diácono difunto, que servía allí a los que entravan a bañarse. Admiróse de verle, y preguntó la causa por que tan insigne varón estuviesse en semejante lugar, y respondió:

-No por otra causa estoy en este lugar penoso, sino porque seguí las partes de Laurencio, que pretendía ser Papa contra Simaco. Ruégote que ruegues a Dios por mí, y haziéndolo entenderás que te ha oído si, volviendo aquí, no me vieres.

El obispo Germano hizo lo que le fue pedido, y bolviendo desde algunos días, vido que no estava allí. Escrive este caso San Gregorio, en el libro cuarto de sus Diálogos, capítulo cuarenta, y dize que por no aver pecado Pascasio por malicia, sino por ignorancia, que le parecía que acertava, padeció solamente aquella pena. Y infiérese de lo dicho que aunque ay lugar proprio y diputado para Purgatorio de las almas, que es uno de cuatro senos del Infierno, porque uno, y el más profundo y mayor es el de los condenados, otro, donde están los niños que mueren sin Baptismo, donde no ay pena de sentido, sino privación de la vista buena de Dios, y el tercero, el Purgatorio de que hablamos, | donde se purgan las almas de los que murieron en gracia de Dios, mas llevaron culpas veniales o penas devidas por los mortales ya perdonados, y el cuarto, donde estuvieron las almas de los justos y amigos de Dios antes que su Magestad muriesse y las sacasse de allí, y resuscitando y subiendo a los Cielos las llevasse consigo; sin este Purgatorio, digo, que se infiere de lo que aquí dize San Gregorio que algunas almas le padecen y son purgadas en otros lugares particulares. Y el aver hecho Dios milagro por medio de la dalmática de Pascasio, dize el mismo San Gregorio que fue en aprobación y abono de las muchas limosnas que hizo en vida, y para corresponder con el crédito de santidad que dél tenían todos, aunque convino y fue necessario que primero que entrasse en el Cielo purgasse lo merecido por la culpa que por ignorancia avía dexado de llorar.

[5] Refiere también el mismo San Gregorio en este libro cuarto, capítulo cincuenta y cinco, otro caso semejante a éste, y dize que en Centumcellas, que es ciudad en Italia, era cura en la iglesia parroquial de San Juan un sacerdote siervo de Dios. Éste, para conservar su salud, iva algunas vezes a se bañar en cierto baño y fuente de agua que sale de su manantial cálida. Entró un día, y halló allí un varón no conocido, el cual le sirvió de descalçarle, recogióle el vestido, sirvióle después de bañado de una sávana, con que limpió su cuerpo, de modo que tuvo particular cuidado de todo lo que fue regalo suyo y servicio, sin pedirle interesse alguno. Y acostumbrando esto otras vezes, una dellas, teniendo dél memoria al tiempo que iva a bañarse el sacerdote, quiso llevarle dos roscas de pan blanco. Bañóse, y aviendo dél recebido el servicio acostumbrado, dávale el pan, rogándole que le reciviesse con la voluntad que se lo dava. Mostróse el otro afligido, y dixo:

-Este pan que, señor, me das, yo no puedo comerle. Sabe que en otro tiempo fui dueño deste lugar, y por mis pecados señaláronmele para que en él los purgasse. Si quieres hazerme bien y merced, procura de ofrecer al /(425v)/ Omnipotente Dios y Señor Nuestro el salutífero pan, en el sacrificio santo de la Missa, y conocerás si te ha oído cuando, viniendo aquí, no me hallares.

Con esto desapareció el que hablava, y el sacerdote celebró Missa por él una semana entera, ofreciendo con lágrimas el cuerpo y sangre de Jesucristo, Dios y Señor Nuestro, por aquella alma. Y bolviendo al baño, passada la semana, no halló al que antes hallava siempre, y conforme al concierto y aviso dado por él, entendió que ya avía salido de aquella pena y estava gozando de Dios en su gloria.

[6] Diversas personas oyeron dezir, no una, sino muchas vezes, a Alberto Magno, Ministro General que fue de Predicadores, de cierto hombre cuya vida era de buen exemplo, y en los ojos de todos, buena y santa, que, estando enfermo, y de enfermedad muy penosa, que rogó a Dios con lágrimas que con la muerte pusiesse fin a tanto mal y tormento como padecía en aquella enfermedad. Apareciósele un ángel, y díxole que Dios avía oído su oración, y que le dava a escoger, o que estuviesse tres días en Purgatorio, o un año la enfermedad que tenía, y que, cumplido, iría luego al Cielo. El enfermo, que sentía la pena presente y no tenía experiencia de la ausente, dixo:

-Yo quiero morir luego, y no sólo tres días, sino cuanto más fuere la voluntad de Dios ser atormentado en el Purgatorio.

-Sea como dizes -dixo el ángel.

Y en la misma hora murió, y su alma fue a Purgatorio. Passó un día, y visitóle el ángel en su tormento, diziéndole:

-¿Cómo te va, alma que escogiste tres días de Purgatorio por no padecer un año de enfermedad?

Respondióle la alma:

-¿Y vós sois ángel? No devéis serlo, que los ángeles no engañan. Dixístesme que estaría tres días en estas penas, y han passado muchos años y no me veo libre dellas.

El ángel le dixo:

-No los muchos años, sino la terribilidad del tormento te fuerça a dezir lo que dizes, porque de los tres días sólo uno has estado en Purgatorio. Mas si te agrada hazer nueva elección, tu cuerpo | no está aún sepultado, puedes bolver a él, y por un año padecer la enfermedad que tenías.

Respondió la alma:

-No sólo un año, sino hasta la fin del mundo quiero más padecer el tormento y pena de la enfermedad que los dos días que quedan de Purgatorio.

Fue buelta la alma al cuerpo, y no sólo padeció con paciencia la enfermedad, sino que refiriendo a muchos lo que le avía sucedido, los exortó a penitencia. Lo dicho es de Gulielmo, en el libro De Apibus.

[7] Desnudóse el hábito del Orden de Cistel un cierto monge, y después de averse dado a vicios y vanidades de mundo, estando por soldado de guarda en un castillo, fue herido de muerte. Truxéronle un clérigo, y confessóse con él con tanta contrición de sus culpas que se oían los solloços y sospiros que dava confessándose lexos de allí. El sacerdote se halló confuso vista su confessión, y entre los dos se acordaron que fuesse dos mil años de Purgatorio. El enfermo la aceptó muy de buena gana, atento a que se le acabava la vida y no podía ni tenía lugar para cumplir otra antes de su muerte, aunque perseveró hasta dar la postrera boqueada en llorar y gemir sus pecados. Y fue éste uno, y deven de ser bien pocos los que a tal tiempo aguardan a hazer penitencia, de modo que les aproveche. Su alma fue a Purgatorio, y por tener un pariente obispo, a quien por medio del confessor él se encomendó mucho, el otro, por sí y por otras personas, hizo que se celebrassen Missas y hiziessen oraciones y buenas obras por él. Y passado un año, estando diziendo Missa el obispo, apareciósele el pariente difunto, amarillo macilento, con un vestido roto y miserable, que declarava bien su estado, y agradeciéndole lo que por él avía hecho, declarándole que por su ocasión se le avían remitido mil años de las penas de Purgatorio, y que si perseverare otro año, que la misericordia de Dios le libraría de todo lo que le quedava por pagar, el buen obispo lo hizo assí, y passado aquel año, y siendo cumplidos dos de la muerte del pariente, se le apareció con un vestido blanco co- mo /(426r)/ nieve, y dándole inumerables gracias por lo que avía hecho por él, y diziéndole que iva a gozar de Dios, desapareció. Es del Promptuario de exemplos.

[8] Murió una monja del Orden de Cistel, moça de poca edad, llamada Getrudis. Tenía una grande amiga, la cual, estando en el coro assitiendo a las horas, vido entrar la muerta y ponerse a una parte, muy triste, y la cabeça, baxa. La otra, que la vido y conoció, alborotóse mucho, y hizo tal sentimiento que la abadessa lo echó de ver, y acabadas las horas, llamóla y preguntóle la causa de su sentimiento y alboroto. Respondió:

-Sabed, madre señora, que vi entrar a Getrudis y estar en el coro todo el tiempo que se dezía el oficio.

La abadessa dixo:

-Son ilusiones del demonio. Si otra vez la vieres, dirásle: « Benedicite», y mira si te responde.

Hízolo assí la monja; entró la muerta, su amiga, llegó a ella, y díxole: « Benedicite». Respondió la muerta: « Dominum». Tomó la otra ánimo y preguntóle:

-¿A qué vienes?

La muerta respondió:

-A assistir en el oficio y a satisfazer lo que contigo parlé estando en él, porque me ha Dios señalado Purgatorio adonde cometí el pecado. Y avísote que si tú no te enmiendas, que será lo mismo de ti que de mí.

Por cuatro vezes se vido la muerta venir al oficio y assistir en él, siendo su amiga la que la veía, y porque hazía tal sentimiento que todo el coro se turbava, en especial sabiéndose ya la causa, la abadessa hizo celebrar Missas y hazer oración por la difunta, y no fue vista más. Lo dicho es de Cesario.

[9] En la Vida de Hugón, abad cluniacense , referida por Surio en el tomo segundo, se haze mención de Duranno, arçobispo de Tolosa, el cual era amigo de oír y dezir donaires y palabras | ociosas, y por aver sido monge de su convento, reprehendióle Hugón diversas vezes, y díxole que si no se enmendava tendría por esto particular Purgatorio. Murió desde a pocos días, y aparecióse a un santo monge llamado Siguino, y mostróle la boca muy hinchada, y los labios llenos de llagas. Pidióle con lágrimas que rogasse a Hugón hiziesse oración por él, porque padecía cruel tormento en Purgatorio en pena de sus palabras ociosas y donaires, de que no se avía enmendado. Refirió esto Siguino al santo abad Hugón, el cual mandó a siete monges que siete días guardassen silencio por satisfación de aquella culpa. Déstos, el uno quebrantó el silencio. Apareciósele a Siguino el arçobispo y quexóse de aquel monge, que por su inobediencia se le avía dilatado su remedio. Siguino fue con ello a Hugón. Él halló que era assí verdad. Encargó a otro el silencio por siete días, y passados, aparecióse el arçobispo tercera vez, y dio gracias al abad y a los monges, mostrándose vestido de pontifical, y su rostro, sano y muy alegre; desapareció luego. Muchos milagros hizo Dios por su siervo Hugón, y assí, entre ellos puede contarse este caso del arçobispo Duranno, y el ser libre de Purgatorio por su ocasión.

[10] Teodorico Loer de Estrada, Vicario de la Cartuxa en Colonia, en la Vida que escrivió de Dionisio Cartuxano, doctor extático, dize dél que se le apareció de noche, estando en oración, un donado de su convento, rodeado de llamas de fuego, y se le quexó de los monges, que no sólo se olvidavan de hazer bien por él, mas lo que estavan obligados por el orden de rezar el salterio y dezir Missas lo dilatavan; que permitiría Dios fuesse dellos /(426v)/ lo que era dél. Dionisio dio noticia desto al convento, y huvo grande enmienda en general y en particular. Fatigávase Dionisio por saber dónde estava la alma de su padre, que avía días que era difunto, y como tuviesse por esta causa larga oración, un día oyó que le dezían:

-¿Qué curiosidad es la que te fatiga de saber de la alma de tu padre? ¿No sabes que es obra santa y saludable orar por los muertos? Haz por él oración, que si murió en gracia de Dios y está en penas, mucho le aprovechará, y si no, bolverse ha a ti.

De allí adelante hazía oración por su remedio, si lo avía menester, y sucedió que una noche se le apareció en sueños, entre dos negros como de Etiopía, y díxole en alta boz:

-Hijo mío amantíssimo, favorece con tus oraciones a tu padre, porque padece fuego y açotes con varas de hierro.

Y aunque esto le parecía sueño, no fue perezoso en hazer oración por su padre con mayor cuidado y diligencia que antes. También es digno de memoria lo que le passó con el maestro Juan de Lovaina, el cual fue varón de vida santa, muy templado y muy honesto, amigo de religión. Edificó un monasterio de canónigos reglares en Ruremunda y, en Colonia, un colegio de San Hierónimo, y hazía grandes limosnas. Tenía muchos beneficios eclesiásticos; murió y mandóse enterrar en la cartuxa de Ruremunda, donde estava Dionisio, y como por averlo él dotado le dixessen cada año un aniversario, la primera vez, al tiempo que acabavan el oficio, vido Dionisio sobre su sepulcro grandes llamas de fuego, que despedían de sí un humo negro y un malíssimo olor. Quedó Dionisio turbado, acordándose de la buena vida de aquel difunto, y dudando si era | fuego de Purgatorio o de Infierno. El siguiente año, a la misma sazón, apareció también la llama, aunque no tan escura, y al tercero año fue arrebatado en éxtasi Dionisio, y vido secretos maravillosos ocultos y muy justos sobre aquel caso, aunque no declaró cosa más de escrivir una carta al que tenía a cargo el testamento de aquel difunto, pidiéndole que pusiesse diligencia en cumplirle, y en hazer dezir Missas y otros sufragios con brevedad por su alma.

[11] En tiempo del emperador Carlomagno, un soldado llamado Romarico, estando para morir, dexó sus armas y cavallo a un otro soldado amigo suyo para que lo vendiesse y hiziesse bien por su alma. El otro lo vendió y gastó el dinero en juegos, en comer y borrachear. A los treinta días apareciósele el muerto, estando durmiendo, y reprehendióle, diziendo que avía estado más en Purgatorio de lo que estuviera, por no aver hecho lo que le encomendó de su hazienda, y que por ello tenía a Dios enojado, y le castigaría con rigor si no hazía penitencia. Despertó el otro, y no lo hizo, antes, riendo, como cosa soñada la contava a otros amigos suyos, y estándolo diziendo, arrebatáronle demonios de entre ellos, y fue después hallado el cuerpo en un monte todo despedaçado. Su alma, bien se presume que se la llevarían al Infierno. Dízelo San Antonino en su Segunda Parte Historial.

[12] Cierto clérigo de la iglesia de Colonia, yendo camino en un cavallo, llegó a passar un río, y púsosele delante Severino, obispo que avía sido en aquella ciudad, y tenido por muy siervo de Dios. Asióle de las riendas del cavallo y detúvole. El clérigo, cono- ciéndole, /427r/ quedó espantado de verle, pareciéndole que estava allí penando. Díxole el obispo que le tocasse la mano. Tocósela y abrasósela, de suerte que las carnes parecía que se le despegaron de los huessos con el grande fuego. Sintióse mucho, y pidióle le dixesse la causa de aquel tormento, siendo tenido por varón santo. Respondió que sólo se avía hallado contra él que, por entender en los negocios del emperador, rezava todas sus horas de una vez por la mañana, y el día todo gastava en despacharlos, y por esta negligencia padecía Purgatorio. Rogóle que encargasse en su iglesia se hiziessen por él sacrificios, que presto saldría de pena. Lo dicho refiere el cardenal Padro Damián, varón docto y santo, en una carta que escrivió a Desiderio Abad, y anda en el tomo octavo de Lipomano, y en el séptimo de Surio.

[13] Refería un santo varón que vido padecer graves penas en Purgatorio a cierta alma, y que de repente mostró alegrarse, y que dixo:

-Bendito seas, misericordiosíssimo Dios, que te has acordado de mí.

Preguntóle la causa de su súbita alegría, y dixo:

-En mi muerte quedó preñada mi muger y ha parido agora un hijo. Hame Dios revelado que será sacerdote, y que, diziendo la primera Missa, saldré destas penas.

Refiérese en el De Apibus, libro segundo, capítulo cincuenta y cuatro.

[14] Celebrava de ordinario un sacerdote Missa por las ánimas de Purgatorio, y teniendo dello noticia su obispo, creyendo que ignorancia y el no saber dezir otra era la causa, mandóle que no celebrasse. Sucedió que iva el obispo a maitines en una solemne fiesta, y passando por un cemiterio, pusiéronsele delante diversas fi- guras | de hombres, que eran los sepultados allí, cada uno con la arma que usó en vida. Dezían a bozes:

-He aquí el obispo que nos quitó nuestro capellán, y él nunca celebra por nosotros. Si no lo enmienda, morirá mala muerte.

Quedó el obispo asombrado de esta visión, y no sólo dio licencia al clérigo que celebrasse siempre que quisiesse por las almas de Purgatorio, sino que él en adelante les fue muy devoto, y celebró por ellas muy de ordinario. Es del Promptuario.

[15] Murió uno de dos religiosos, grandes amigos y muy siervos de Dios ambos. Vido una noche el uno al muerto que estava muy devoto delante del Santíssimo Sacramento, y conociéndole, no poco admirado, preguntóle qué hazía allí. Y respondió que por aver sido negligente en recebir el Santíssimo Sacramento en su muerte se le retardava la entrada en el Cielo. El vivo replicó:

-Según esso, muy provechoso es al que muere recebir la Sagrada Comunión y Eucaristía.

Respondió la alma del difunto:

-No puedo enteramente explicarte, al que dignamente comulga, cuánto aumenta el merecimiento en su alma, y cuánta pena se le remite de Purgatorio.

Refiérese en el Promptuario.

[16] Un duque y señor de grande estado, por concejo de cierto fraile del Orden de Santo Domingo instituyó muchas capellanías, y hizo dezir grande número de Missas por las almas de Purgatorio, y junto con las Missas hazía muchas limosnas, todo con este fin de favorecer a los muertos. Llevávanlo mal algunos de sus continuos y criados, que quisieran que repartiera entre ellos lo que gastava en semejantes limosnas, y rebolviéronle con otro hombre poderoso, su contrario, de modo que hizo gente y venía contra él con intento de le quitar el /427v/ estado. Quiso valerse de sus criados, y hallólos amotinados, diziéndole claramente que se valiesse de los frailes y clérigos, por cuyo consejo gastava sus rentas, quitándoselas a ellos. Vídose en aprieto el pobre señor, aunque, confiando en Dios, con la gente que pudo juntar fue al encuentro de su contendor, y estando a vistas unos de otros, y el contrario muy confiado de la victoria, y el duque con temor de perderla y su estado, vido venir de un lado un exército bien luzido de gente de a cavallo, con armas blancas y cruzes bermejas en sus pechos. Salió a ellos, y con mucha submissión y afabilidad les dio las gracias por el favor que mostravan quererle dar. Respondióle el uno dellos:

-No temas, fidelíssimo príncipe, aquí vienen a defenderte los que has sacado de Purgatorio por medio de Missas y limosnas.

Visto por el contrario la gente que el duque tenía de su parte, antes de romper la batalla le embió mensajeros de paz, pidiéndole perdón y ofreciéndose a satisfazer el daño y gasto de aquella guerra, lo cual aceptó el duque, que era de noble condición y de cristiano pecho. Hechas las pazes, desapareció el exército de los cruzados. Es del Promptuario de exemplos.

[17] Estando Hugo de Santo Víctor cercano a la muerte, pidióle un canónigo, monge de su mismo Orden y muy su amigo, que, si le fuesse concedido de Dios, le diesse noticia de su estado después de muerto. Él se lo prometió. Murió Hugo, y no mucho después aparecióse al amigo, y preguntado cómo le iva, respondió:

-Aora bien, mas dígote que por aver sido negligente en las disciplinas de nuestro Orden después de Cumpletas, he recebido en Purgatorio innumerables açotes.

Con esto, desa- pareció. | Y afírmalo el autor del Promptuario de exemplos.

[18] Murió un sacerdote muy devoto de la Madre de Dios y de San Juan Evangelista. Hazía por él oración otro su amigo, y en visión vido al mismo San Juan Evangelista, que llegó a la Madre de Dios y, con afectuoso ruego, le dixo:

-Mirad, Señora, que la alma de nuestro devoto está atormentada en Purgatorio. Id y libradla dél.

No lo difirió la Piadosa Señora, que quiso ser rogada de San Juan porque ambos tuviessen parte en aquella obra. Alcançando de su Soberano Hijo la remissión, fue absuelta la alma y libre de las penas; boló a gozar de los bienes eternos. Refiérese en el Promptuario de exemplos.

[19] Rogava por la alma de una muger difunta cierta persona devota, y continuando sus ruegos con Missas y sufragios, tuvo una revelación, y fue que se le apareció el Apóstol San Pedro y le dixo:

-La muger por quien tú ruegas está en Purgatorio, y padece tormento de fuego por la complacencia que tuvo en andar vestida con sobervios y superfluos vestidos, padece hambre y sed por el deleite que recibió con espléndidas comidas. También a tiempos es atormentada con frío riguroso, por algún descuido que tuvo en regir y governar su familia. Fue en su vida muy mi devota, hízome algunos servicios, y por lo mismo, al fin della le alcançé de Dios contrición y perdón de sus culpas, y también tendré cuidado de que en breve tiempo salga de penas de Purgatorio.

Lo dicho es del Promptuario de exemplos.

[20] Una donzella, devota grandemente de las Onze Mil Vírgines, de las cuales cada día hazía mención en sus oraciones, vino a morir, y estuvo /(428r)/ muerta desde hora de tercia hasta vísperas, que tornó a la vida; levantóse y habló con muchas personas que estavan presentes, y díxoles:

-Por la devoción y memoria que he tenido en mis oraciones con las Onze Mil Vírgines, por sus ruegos he sido libre de penas de Purgatorio, y he sido mandada que buelva a la vida sólo para dar noticia de lo mucho que las santas vírgines aprovechan a los que dellas tuvieron memoria y se las encomendaron en vida, cuando llega la muerte, y para salir más presto de penas de Purgatorio, con presupuesto que mueran en estado que les puedan aprovechar sus ruegos. Y en testimonio de que es verdad lo que digo, luego tornaré aquí a morir.

Y assí sucedió. Es del mismo libro.

[21] Tenían grande amistad entre sí dos religiosos siervos de Dios, y enfermando el uno, estando cercano a la muerte, tuvo revelación que estaría en Purgatorio hasta que se erigiesse por él una Missa. Dio cuenta desto al otro monge, su amigo, encargándole que se la dixesse, y el otro se obligó a ello. Murió por la mañana, y al mismo punto se puso en el altar el otro y le dixo la Missa. Acabada que fue, apareciósele la alma del religioso difunto, y díxole:

-¡, cruel amigo? Y ¿cómo has podido contigo olvidarte de lo que tanto te encargué, que dixesses por mí una Missa, y han passado veinte años y más, que ni tú ni otro la ha dicha?

El otro respondió:

-De verdad te digo que en el punto que diste la alma començe la Missa, y que la acabé antes que tu cuerpo fuesse sepultado.

-Si es assí, por la terribilidad de las penas, esse breve espacio me ha parecido veinte años.

Con esto, le agradeció lo que por él hizo, y boló al Cielo. Es del Promptuario de exemplos. Y en el mismo libro se lee que padeció Purgatorio un alma, porque, viviendo bevía el vino sin agua, con demasiado gusto, y de otra, que estuvo en él siete días por ser amiga de dezir donaires y palabras de chocarrería. Y de otras dos, que padecían penas inmensas, y la una tenía | mucho consuelo, porque le dixo el ángel que tuvo en el mundo de guarda, visitándole en aquellas penas, que tenía un hijo, y sería sacerdote, y que por medio de sus sacrificios saldría de Purgatorio. De la otra, era su sentimiento grandíssimo, por no tener persona particular que rogasse por ella, y esperava solamente ser favorecida de los sufragios comunes que se hazen por todos.

[22] Residía en Francia un clérigo pobre y muy devoto de las almas de Purgatorio, por quien dezía cada día Missa. Quien advirtió esto, parecióle que era idiota y que no sabía dezir otra Missa, por lo cual le acusó a su obispo, y él le hizo parecer en su presencia, donde llanamente dixo la verdad, de que siempre dezía Missa de difuntos. El perlado le mandó que diesse un fiador de estar por lo que él le mandasse, que se entendió quería privarle de dezir Missa hasta que estuviesse experto de dezirla según el tiempo que ocurriesse. Y no hallándose quien le fiasse, parecieron en el aire mil manos, que davan muestra de querer fiarle, lo cual visto del obispo, entendiendo que eran las almas de Purgatorio que favorecía con sus sacrificios, o ángeles en lugar suyo, y por lo mismo que era grata a Dios lo que hazía, díxole:

-Vete, vete en paz y celebra según te diere gusto.

Es del libro segundo De Apibus, capítulo 53.

[23] Conrado Hildesemese Obispo afirma del emperador Otón que hizo grandes limosnas; especialmente en tiempo de carestía dava de comer a pobres innumerables. Sin esto, llamava de ordinario sacerdotes que le diessen ásperas disciplinas. Era obediente al Papa, procurava governar bien sus estados, y con todo esto, luego que murió, apareció a una abadessa de cierto monasterio de monjas muy siervas de Dios, y le dixo que padecía penas de Purgatorio, que hiziesse dezir por él Missas y rezar oraciones, y salterios con disciplinas. Lo cual hecho, se le tornó a aparecer muy hermoso y resplandeciente, y le dio las gracias por lo que por /(428v)/ él avía hecho. Lo dicho sirva para dos cosas: la una, que en la otra vida hilan delgado, como dizen, porque pecados que se estiman en el mundo en poco, allí son de mucho momento; y la otra, que en los estados altos y de govierno, por mucho que se miren y remiren los que están en ellos, no dexan de estropeçar y caer en culpas que pagan en Purgatorio. Lo dicho es del libro segundo De Apibus, capítulo cincuenta y tres.

[24] Ludovico, conde leodiense en Alemania, hombre de grande ingenio y valiente en armas, cayó enfermo y, viéndose cercano a la muerte, hizo venir a su aposento una santa monja llamada Cristiana, a la cual avía tenido casto y santo amor, y ella no menos le amava a él. Descubrióle algunas culpas suyas, por las cuales temía que, aunque Dios se las perdonasse, avía de padecer graves penas en Purgatorio; que confiava en la magestad de Dios, pues ya las avía confessado al sacerdote y satisfecho por ellas cuanto le era possible, que se las tenía perdonadas cuanto a la culpa, y remitido parte de la pena, mas temía que le quedava mucho que padecer en Purgatorio, que le fuesse buena amiga en aquel trance. La santa monja le dixo palabras de mucho consuelo, y que no obstante que las buenas obras que él mandava en su testamento que se hiziesse por su alma, como sacrificios y limosnas, serán parte para abreviar aquella pena y hazerla menor, con todo esso, que ella pedía a Dios, que la mitad de la pena que él devía en Purgatorio la pagasse ella en esta vida. El conde murió, y si oyó Dios a la monja, Él lo save, mas de muchos fue visto que, en muriendo el conde, ella cayó enferma, y de enfermedad no tanto de peligro como de tormento, porque era terrible el que padecía. Ya parecía que | salían llamas de su cuerpo, ya quedava tan elada que el yelo no le hazía ventaja. Y en esto passó mucho tiempo, no sólo padeciendo, sino haziendo continua oración y derramando lágrimas, pidiendo a Dios perdonasse al conde, y a ella le diesse paciencia para lo que padecía. Apareciósele el conde poco antes que ella muriesse y diole gracias por lo que avía hecho por él. Lo dicho se refiere en el libro segundo De Apibus, capítulo cincuenta y tres.

[25] Entre los Hechos del rey Carlos de Francia se lee de un cavallero que le avía servido en armas muchos años. Vino a morir, llamó un sobrino suyo, y díxole:

-Yo he gastado mi vida en la milicia, sirviendo a Dios y a mi rey. Nunca he sido señor en este mundo, sino del estipendio y paga que se da a un hombre de armas. Sólo tengo un cavallo, y es bueno. Dél hago testamento. Ruégote que le vendas, y el precio darás en limosna a pobres por mi alma.

Prometió el sobrino de lo hazer assí, sin más acordarse del tío. Passado medio

año, la alma del tío se apareció al sobrino, y le dixo:

-No curaste de hazer lo que rogué para mi provecho. Antes has sido ocasión, por no dar la limosna, de que aya estado en Purgatorio padeciendo graves penas, por lo cual el Juez Soberano ha dado sentencia, y apruévanla sus santos y ángeles, que yo vaya al lugar de contento y gloria, y tú padezcas por este hecho otro tanto cuanto yo he padecido, sin lo que tú por ti mismo devías padecer.

Desapareció el tío, y el sobrino cayó luego enfermo. Llamó sacerdote, confessó sus culpas, y la que cometió contra el tío, y muy contrito acabó la vida. De lo que en la otra padeció, él podrá dar razón. Es del libro segundo De Apibus, capítulo cincuenta y cuatro.

Fin del Discurso de Purgatorio. /(429r)/


El © de la versión electrónica corresponde a Parnaseo (http://parnaseo.uv.es/Lemir.htm). La edición electrónica ha sido realizada por José Arangües de la Universidad de Zaragoza (España) 18/9/1997. Por permiso especial está presente en la BEC.

<< >> Título Contenidos