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DISCURSO VIGÉSIMO SÉPTIMO. DE EUCARISTÍA


El darse Dios en manjar a los hombres en el Santíssimo Sacramento de la Eucaristía fue cosa muy con- veniente, | porque assí como avía en el mundo una carne dañada, que corrompía todas las almas que con ella se juntavan, assí uviesse otra carne puríssima, que purificasse todas las almas que a ella se juntassen. No ay más que dos carnes en el mundo: una de Adam, inficionada con el pecado, y otra de Cristo, concebida de Espíritu Santo. Pues, assí como en juntándose nuestra alma con aquella carne en el vientre de nuestras madres contrae la mácula del Pe- cado /(143r)/ Original y todos los males que se siguen dél, assí en juntándose con esta otra carne puríssima por medio del Sacramento y Eucaristía, si no pone impedimento, es llena de gracia y de todos los bienes que se siguen della. Allí es el hombre unido con Adam, y assí se haze participante de todos los males de Adam; aquí es unido con Cristo, y assí se haze participante de todos los bienes de Cristo. De la Sagrada Eucaristía trata el presente Discurso.

[EJEMPLOS DE LAS SAGRADAS ESCRITURAS]

[1] Caminando los hebreos por el desierto a la Tierra de Promissión, aviéndoseles gastado la provisión de comida que sacaron de Egipto, diole el maná Dios, Nuestro Señor, y fue manjar del Cielo dulce y sabroso, y fue figura del Santíssimo Sacramento de la Eucaristía, que es manjar venido del Cielo, dulce y sabrosíssimo, y dase a los cristianos que caminan por el desierto desta vida a la tierra prometida de la Bienaventurança. Y éntrales en provecho a los que se les han acabado los manjares de Egipto, no procurando gustos y recreos, especialmente siendo de Egipto los manjares, siendo malos y viciosos, aviéndolos dexado. Refié- rese | en el capítulo diez y seis del Éxodo.

[2] San Juan, en el capítulo sexto, dize que, aviendo Jesucristo, Nuestro Señor, hecho un famoso combite en el desierto a casi cinco mil hombres con cinco panes de cebada y dos peces, de modo que todos quedaron hartos y contentos, quisieran hazerle rey, y apartóse dellos. Mas, siendo seguido de muchos, predicóles, y por razón del combite hecho, viéndolos golosos de aquel pan, porque aunque de cebada fue de los más sabrosos que ha visto el mundo, descubrióles otro pan más sabroso, y dioles nueva del Santíssimo Sacramento de la Eucaristía, donde se avía de dar en manjar debaxo especies de pan su Sagrado Cuerpo, y debaxo especies de vino su Sagrada Sangre, afirmando que convenía y era necessario recebirle para entrar en el Cielo. A tal tiempo hizo mención del Sacramento, mas cuando le instituyó fue el Jueves de la Cena, la noche antes de su muerte. Cenando con sus sagrados Apóstoles los comulgó a todos, como lo dize San Mateo, capítulo veinte y seis, y San Pablo en la Primera Carta que escrivió a los de Corinto, en el capítulo doze.

Lo dicho es de la Sagrada Escritura. |

[EJEMPLOS CRISTIANOS]

[1] San Ambrosio, en la Oración fúnebre primera que hizo de la muerte de su hermano Sátiro, dize que fue libre de un naufragio, estando agonizando entre las ondas, sin aprovecharse de cable o tabla del navío, sólo por virtud del Sacramento que poco antes avía recebido, como después lo reconoció toda su vida.

[2] San Augustín, en el libro veinte y dos de la Ciudad de Dios, capítulo octavo, dize que un hombre principal del estado tribunicio, el cual vivía en un pueblo llamado Cubedo, en el territorio fusalense, habló con sus clérigos estando el Santo Doctor ausente y rogóles que fuesse uno dellos a dezir Missa a su casa, para que assí se remediasse un daño notable que padecía de espíritus infernales que molestavan a sus hijos, criados y jumentos. Fue | uno dellos y dixo Missa, la cual dicha, nunca más se sintió aquel trabajo.

[3] San Gregorio, en el libro cuarto de sus Diálogos, capítulo cincuenta y seis, y en la Homilía treinta y siete de los Evangelios, dize de Cassio, obispo narniense, que celebrava Missa todos los días. Tenía éste en su casa un presbítero, grande siervo de Dios, el cual le dixo:

-En sueños he sido mandado de parte de Dios que te diga que perseveres en lo que hazes de dezir cada día Missa, sin faltar en ello, y que en la festividad de los Apóstoles San Pedro y San Pablo morirás y recebirás el premio.

Y fue assí, que el año séptimo que le fue dicho esto, en el mismo día de los Apóstoles, acabando de dezir Missa y recebido la Sagrada Comunión, espiró. Dichoso el que por celebrar cada día el Sacrifi- cio /(143v)/ del Cordero Inmortal mereció ser llamado a la cena de sus bodas y gozar de su fiesta en el Cielo eternalmente, por no aver faltado día de celebrar en el altar su memoria.

[5] San Gerónimo, cercano a la muerte, pidió el Cuerpo Santíssimo de Jesucristo. Truxéronsele, y para recebirle se hizo baxar de la cama en tierra sobre un saco, y puesto de rodillas derramó lágrimas, hirióse los pechos, y assí recibió la Sagrada Comunión, confessándose indigno della por palabras y por obras, aunque afirmando serle necessario el recebirle. Dízelo Eusebio, en su Vida.

[6] Estando enfermo San Ambrosio y cercano a la muerte, aunque antes lo avía hecho frecuentemente, tuvo deseo de comulgar, mas por estar sin habla no pudo pedir la Sagrada Comunión. Y estando afligido por esto vido venir a Honorato, presbítero vercelense, que se la traía. Recibióla con sumo contento, y el presbítero afirmó que tres vezes le avían llamado y avisado que se la truxesse estando durmiendo, sin saber quién se lo dezía. Y fue que Dios, Nuestro Señor, por ser Ambrosio su siervo, quiso hazerle aquel regalo y que no muriesse sin el Viático.

[7] El benerable Beda, en la Historia Inglesa , capítulo veinte y dos, escrive de un mancebo cristiano llamado Imma, que fue herido y preso en una batalla y, estando sano, los que le tenían captivo pusiéronle prisiones, y cada día a hora de tercia por sí mismas se le caían y dexavan libre. Esto fue ocasión de que anduviesse en poder de muchos señores, hasta que uno dellos le dio libertad tomándole juramento de que le embiaría el rescate por que se concertaron ambos. Fue Imma a su tierra y embió el rescate. Mas supo que un hermano suyo sacerdote dezía cada día por el Missa, y a la hora que levantava el Santíssimo Sacramento se le quitavan las prisiones y quedava libre.

[8] Paladio, en su Lausiaca, en la Vida de San Macario Egipcio, escrive que le truxeron a aquel santo varón una muger ca- sada, | a la cual cierto hechizero, a petición de un hombre deshonesto, porque no consintió con él en sus torpezas, por sus encantos avía hecho que pareciesse yegua a todos los que la miravan. Estuvo tres días en esta figura, sin comer pan como persona humana, ni paja como bestia. El marido y parientes pidieron con mucha instancia al santo abad se doliese della y dellos. Hizo oración, derramó agua bendita sobre su cabeça y quedó libre de aquella ilusión, aunque a San Macario siempre le pareció muger, como era. Díxole:

-Hija, frecuenta la Sagrada Comunión como solías, que por averte descuidado de recebirla cinco semanas permitió Dios que te viniesse este trabajo.

[9] Paulo Diácono, que fue Papa, escrive en la Vida de San Gregorio de una muger romana que, llegando a comulgar de mano de San Gregorio Papa, por usarse en aquel tiempo que consagravan unas tortas delgadas y davan a cada persona que comulgava una partícula, que partían della al tiempo que la iva a recebir, como el Santo Pontífice dixesse: «El Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo te aproveche en remissión de tus pecados y te dé la Vida Eterna», ella se sonrío un poco. Detuvo la partícula San Gregorio y púsola en el altar encomendando a un diácono que la guardasse, y comulgó a los demás. Acabada la Missa, llamó a la muger y preguntóle la causa de averse reído cuando la quiso comulgar. Ella respondió:

-Dixiste, señor, que la parte de la torta que yo amassé era el Cuerpo de Jesucristo; reíme de oírlo.

Bolvióse al pueblo San Gregorio y encargóles que pidiessen a Dios con humildad mostrasse a los ojos corporales de aquella muger lo que con los de la alma avía de ver mediante la fe y obras santas, para que todos se corroborassen en la misma fe. Hízose la oración, y, hecha, vídose la partícula del Sacramento en forma de un dedo de la mano de persona humana ensangrentado. El pueblo todo le vido, y la muger, con grande admiración y lágrimas que derramava. San Gregorio le /(144r)/ tornó a hablar y dio a entender cómo por virtud de las palabras del sacerdote el pan se convierte en la Carne y el vino en la Sangre de Jesucristo, y que para evidencia desto avía Dios hecho aquel milagro. Díxoles luego que tornassen a hazer oración para que el Sacramento bolviesse a mostrarse en la forma y especie de pan, como de primero, y assí se hizo. Y la muger, reformada en la fe, y aviendo compuesto su alma conforme a lo que el Santo Pontífice mandó, recibió la Sagrada Comunión.

[10] Amfiloquio, en la Vida de San Basilio , escrive de un judío que, estando comulgando el mismo San Basilio al pueblo, vido un niño hermosíssimo en sus manos, y que le partía y repartía de él al pueblo, por lo cual se convirtió a la fe.

[11] Estéfano, presbítero constantinopolitano, tocó la cabeça de una muger endemoniada con el Santíssimo Sacramento, y el demonio la dexó libre. Ella afirmava después que le pareció que le puso sobre su cabeça un hermoso niño desnudo. Dízelo Nizéforo, libro veinte y dos.

[12] Marco, llamado acerca de los egipcios El Escritor porque escrivió las Vidas de los Anacoretas y Solitarios de aquella provincia; éste pidió un día, puesto de rodillas, a cierto sacerdote, que le diesse la Sagrada Comunión, y como el otro lo dilatasse o no quisiesse hazerlo, vídose una mano que le dava la Divina Hostia, y él la recibió con particular gusto, no dubdando sino que era mano de ángel la que se la administrava. Es del De Vitis Patrum.

[13] Faustino y Jovita, mártires, aviendo baptizado en Milán a cierto hombre que seguía la milicia y era de grandes prendas, llamado Segundo, desseando comulgarle y no teniendo comodidad, vieron venir de lo alto una paloma que traía en su pico una Forma, teniendo por cierto los santos que estava consagrada. Y assí con ella comulgaron a Segundo, y no vino sino muy a cuenta que truxesse paloma aquel Divino Manjar, pues diversas vezes se mostró el Espíritu Santo debaxo de a- quella | figura. Y sucedió esto para que creamos, como creemos, que está el Padre y el Espíritu Santo donde está el Hijo, porque siendo tres las Personas, es una la essencia. Y la honra y adoración de la Tría que deve el cristiano a Dios Trino y Uno, deve al Santíssimo Sacramento, porque debaxo de aquellas especies de pan y vino visibles está la verdad invisible, está Dios verdadero. Refiérelo Surio, tomo primero.

[14] Honorato, obispo ambianense, diziendo Missa, viendo delante de sí la Hostia Consagrada y queriendo recebirla, no osava llegar con su mano, por reverencia y temor. Y estando perplexo en esto, vido que de la Forma salía una mano y assía la suya, por lo cual, más confiado, recibió el Sacramento. Y el que se tenía por indigno de llegar a Cristo mereció que Cristo llegasse a él, y assí le recibió. Es de Hilario Arelatense, y refiérelo Surio, tomo primero.

[15] Tarsicio Romano, mártir y sacerdote, como llevasse el Santíssimo Sacramento debaxo de su manteo para dar a un enfermo, encontraron con él ciertos gentiles. Preguntáronle qué llevava debaxo del vestido. No quiso dezirlo, temiendo no hiziessen algún desacato al Divino Sacramento, por lo cual ellos le mataron. Y, queriendo ver lo que llevava, escondióse de sus ojos la Forma Sacratíssima, quedando ellos llenos de temor y assombro. No convenía que profanassen aquellos sacrílegos el Santíssimo Sacramento, aviendo Tarsicio antepuesto el perder su vida antes que verle tratar con desacato. Está lo dicho en la Vida del Papa San Esteban , y refiérelo Marulo.

[16] Agatón, obispo de Palermo, que es en Sicilia, passava a Roma, siendo llamado por el Papa Pelagio Secundo, antecessor de San Gregorio. Padeció naufragio en el camino, llevava consigo un maestre que regía el navío, llamado Baraca, el cual, estando en el esquife, rompió la furia de la tempestad la cuerda y fue por su parte. El navío llegó a una isla llamada /(144v)/ Ostia al tercero día, donde, acordándose el obispo de su maestre, creyendo que era muerto, dixo Missa por él, y, reparando el navío, pasó al puerto más cercano de Roma, donde halló a su maestre Baruca, a quien tenía por muerto. Holgó mucho con él y preguntóle cómo se avía librado de la tempestad del mar. Respondióle que diversas vezes estuvo el esquife a punto de ser con él undido, y por tres días padeció tormenta grandíssima, no aviendo punto que no creyesse ser su muerte venida. Al cabo dellos, estando desmayado sin fuerças, que ni bien velava ni bien dormía, llegó a él una persona venerable en medio del mar y diole un pan, que comió, y recibió con él tanto esfuerço que, favorecido del mismo, guiando el esquife salió a salvamento. Oyendo esto el obispo, hizo cuenta qué día fuesse aquél y halló ser el proprio en que por él avía dicho Missa. Refiere esto San Gregorio, libro cuarto de los Diálogos, capítulo cincuenta y siete.

[17] San Cipriano Mártir, en el Sermón de Lapsis, dize de cierta muger que, queriendo abrir una arca donde avía estado el Santíssimo Sacramento, de la cual quería servirse en usos profanos, salió della una llama de fuego que la espantó, de modo que no osó más tocarla. En el mismo sermón afirma de otro que se llegó a comulgar en pecado mortal, y tomando en sus manos, como se usava en aquel tiempo, el Sacramento, y queriéndolo llevar a la boca, hallósela llena de ceniza.

[18] Un sacerdote de Centum Cellas, en Italia, yéndose a bañar algunas vezes, hallava siempre en el baño un hombre desconocido que le servía y regalava en aquel ministerio. Llevóle un día algunos panes en gratificación de aquel servicio, y el otro le dixo que no le eran de provecho por ser difunto. Declaróle que avía sido señor de aquel baño, y que en él tenía su Purgatorio, que le rogava, si quería hazerle buena obra, se los comutasse en Missas que dixesse por él. Hízolo assí el sacerdote, y al octavo día vino al baño y no | halló el hombre, por donde entendió que estava libre de semejante pena. Y assí, con el aver parecido primero que pidiesse las Missas y no parecer después que se le dixeron, ni ser más allí visto, dio a entender cuánto este Divino Sacrificio aproveche a las almas que padecen en Purgatorio. Es de San Gregorio, en los Diálogos, libro cuarto, capítulo cincuenta y cinco.

[19] Siendo abad el mismo San Gregorio en un monasterio edificado por él, como cayesse enfermo un monge llamado Justo, porque fueron halladas en su poder tres monedas de oro, deviendo servir a toda la comunidad, mandó que ningún monge hablasse con él en el tiempo que estuvo enfermo y, muerto, que no le enterrassen en sagrado. Usó deste rigor porque el enfermo echasse de ver su culpa y le pessasse della, como lo hizo, y assí no se condenó, aunque fue a Purgatorio. Y por entender San Gregorio que estava allí, mandó a Precioso, un monge de santa vida, que dixesse por él treinta Missas. Y el día último se apareció Justo, el difunto, a un hermano llamado Copioso y le declaró como avía sido en aquella hora libre de las penas de Purgatorio, merecidas por su pecado, y esto por las treinta Missas que se dixeron por él. Pidióle que diesse por ello gracias a San Gregorio y al monge Precioso. De modo que un mismo día fue el último de las Missas y de sus penas. Escrívese esto en la Vida de San Gregorio , libro primero, capítulo quinze.

[20] Santa María Magdalena, viviendo en su penitencia en el desierto gozava de la compañía de los celestiales ángeles. Y, entendiendo que se moría, hizo llamar a Maximino Obispo, y recibiendo dél la Sagrada Comunión boló al Señor. No se contentó hazer este camino acompañada de ángeles, sino llevando al Señor de los ángeles por capitán y guía. Es de Marulo, libro cuarto.

[21] Santa Petronila Virgen, estando para irse al Cielo, no quiso carecer del Viático, y pidióle a Nicomedes Clérigo, y recibiéndole dél hizo la jornada bien contenta. /(145r)/ Santa Lucía, virgen y mártir, no murió estando cercada de llamas, ni atrabessado su cuello con un cuchillo, hasta que le fue traído de un sacerdote el Sagrado Cuerpo de Jesucristo. Es de Marulo, libro cuarto.

[22] Santa Clara, estando enferma, viniendo moros sarracenos en el exército del emperador Frederico junto a la ciudad de Assis, quisieron entrar en su monasterio para hazer todo el mal y daño que pudiessen dentro. Las monjas huyeron a la enfermería y cercaron a la santa, llorando amargamente, diziendo:

-Madre, aquí verás a tus hijas deshonradas y muertas. Madre, favorécenos, pide a Dios que nos libre de tanto mal y daño como nos amenaza.

La gloriosa santa, muy confiada en la Magestad Divina, hízose llevar a la parte por donde los moros procurarían la entrada. Y subían ya por los muros, y hizo poner un altar, y sobre él la custodia y relicario donde estava el Santíssimo Sacramento. Púsose de rodillas y hizo una devota oración, diziendo: «No permitas, Señor, que estas tus siervas, que te confiessan por Dios y que por tu amor han dexado el mundo y sus deleites, viviendo en castidad, sean maltratadas y deshonradas por estas crueles bestias de infieles. Pues las redemiste, Señor, con tu sangre, guárdalas, que no tengo yo poder para guardarlas». Oyóse una boz que dixo: «Yo las guardaré siempre». Desta boz fueron los moros tan atemorizados, que unos huyeron, y otros, que avían subido los muros del monasterio, quedando ciegos y atónitos, cayeron en tierra con daño suyo notable, y fueron libres las monjas. Refiérelo fray Laurencio Surio, tomo cuarto.

[23] En un pueblo llamado Mardandos, cerca de la ciudad de Egina, en Cilicia, estava una iglesia de San Juan Baptista, y en ella residía cierto sacerdote y cura, varón santo. Fuéronse a quexar dél sus parroquianos al obispo diocesano, y depusieron dél grandes quexas, pidiendo que le mudasse de allí y les diesse otro cura. El | obispo les preguntó que declarassen sus delictos, y respondiéronle que los domingos, cuando avía de celebrar en presencia del pueblo y dezirles Missa, ya la anticipava a las nueve de la mañana, ya la posponía a las tres de la tarde, no guardando el orden acostumbrado para dezir Missa. El obispo mandó llamar al cura, y reprehendióle cómo ignorava lo ordenado por la Iglesia en el tiempo del celebrar. Él respondió:

-Yo, señor, tengo costumbre de tener oración después de Maitines en mi iglesia los domingos, y espero a que el Espíritu Santo aparezca con su luz y claridad sobre el altar, y luego que viene comienço la Missa.

Oyendo esto el obispo, admiróse de que tanta misericordia se usasse con aquel sacerdote y túvole por santo. Habló con sus feligreses, dándoles a entender la verdad de aquel misterio, y embiólos muy contentos, viendo que tenían cura santo. Siendo viejo este mismo sacerdote, le embió en presente el abad Juliano Estilita, varón santíssimo, un paño, y embueltas en él tres ascuas de fuego, sin que el paño se quemasse, y con esto su bendición. Recibiólo el santo viejo con mucho contento, y en respuesta embió el mismo lleno de agua, sin que se derramasse, y distava el uno del otros casi veinte mil passos. Afírmase lo dicho en el Prado Espiritual, capítulo veinte y siete.

[24] Recibieron el hábito de San Benedicto dos señoras de noble linaje, y vivían en casa propria guardando su instituto y regla. De las cuales tenía cuidado un religioso del mismo hábito, y proveíalas lo necessario a la vida, sobre lo cual ellas le tratavan mal de palabra, diziéndole algunas afrentas. Quexávase a San Benedicto el monge, y el santo embió a dezir a las monjas que se enmendassen, si no, que las privaría de la Comunión y las excomulgaría. San Gregorio, que escrive este caso, dize que fue una palabra comminatoria y de amenaza que les hizo el santo con desseo que se enmendassen. Y para que se vea cómo favorece Dios /(145v)/ a sus siervos, aun a las palabras que dizen con sólo intención de enmienda, más que de castigo, quiso que se echasse de ver semejante visión. Murieron las dos monjas, y por ser personas dedicadas a Dios sepultáronlas dentro de la iglesia, siendo costumbre a la sazón sepultar a los seglares fuera, en los cemiterios. Tomó cargo una ama que las avía criado de llevar ofrenda y cubrir su sepultura al tiempo de celebrar la Missa, en la cual era costumbre que comulgavan todos o los más que se hallavan presentes. Y al tiempo de la Comunión, levantava la boz el diácono y dezía: «El que no comulga dé lugar y apártese de aquí». A esta boz veía la ama salir del sepulcro a las dos monjas, o fuesse una como sombra y figura dellas, que Dios es el sabidor de lo que era; salíanse, pues, de la iglesia hasta que se acabava la Comunión. Tuvo aviso desto San Benedicto y alabó a Dios, que bolvía por su causa, queriendo que por lo que en éstas veía, otros temiessen de hazer por donde fuessen excomulgados y privados de la Sagrada Comunión. Procuró que se hiziesse por ellas cierta ofrenda y que se ofreciesse a Dios, y, hecha, cessó aquella visión, que fue como absolverlas de la censura o pena. Lo dicho es de San Gregorio, libro segundo de sus Diálogos, capítulo veinte y tres. El mismo santo, en el capítulo siguiente, refiere de un novicio de su orden que salió del monasterio sin licencia a visitar a sus padres, y que estando en su presencia murió de repente. Sepultáronle, y otro día hallaron su cuerpo fuera de la tierra, lo cual sucedió diversas vezes que le sepultavan, y no sufría la tierra su cuerpo. Fueron a San Benedicto y pidiéronle con lágrimas remediasse aquel daño. El siervo de Dios dio orden cómo un sacerdote llevasse el Santo Sacramento y le pusiesse por un poco de tiempo sobre el cuerpo difunto, y, hecho esto y tornándole a sepultar, quedó en la tierra sin que más fuesse expelido della.

[25] El abad Daniel dize en el libro de las Vidas de los Padres que Arsenio refería | de un ermitaño simple y de vida admirable, que vido en el Sacramento un niño hermosíssimo que estava sobre el altar cuando dezía Missa y consagrava el sacerdote, y que descendió un ángel del Cielo al tiempo del frangir la hostia, el cual sacrificó al niño, y la sangre la recebía el sacerdote en el cáliz, y dividiendo también el ángel en partes diversas el cuerpo del niño, el sacerdote las distribuía a los que comulgavan. Y llegando el ermitaño a comulgar, vido que le davan una parte de aquel niño, levantó la boz, y dixo:

-Señor, firmemente creo que el pan puesto en el altar se transforma por virtud de las palabras del sacerdote en tu Carne, y el vino, en tu Sangre.

Y dicho esto, vido que el Sacramento tenía forma de pan y no de carne como primero le vido. Oyendo esto el abad Daniel y otros solitarios, dixeron:

-Éssa es la razón porque ordenó Dios que recibiéssemos su Cuerpo Sacratíssimo debaxo de especies de pan, y su Sangre debaxo de especies de vino, porque al hombre humano fuérale duro y trabajoso recebirle debaxo de especies de carne y de sangre humana.

[26] Hugo Cardenal escrive en el Libro de Sacramentos de Gulielmo, rey de Escocia, que, teniendo costumbre de oír cada día Missa, como uno entre otros se detuviesse en la cama durmiendo más de lo acostumbrado, los de su casa persuadieron al capellán que si la avía de dezir, que no le esperasse, sino que la dixesse, y hízolo él como le fue pedido. Estava la capilla junto al aposento donde el rey dormía, el cual, en sueños, como si estuviera despierto, vido al tiempo que el sacerdote consagró que del altar subía una columna de grande claridad que penetrava por lo alto de la capilla hasta el Cielo, al pie de la cual estava un niño hermoso sobre cuanto puede encarecerse, y al tiempo que el sacerdote consumía, vido que recebía al hermoso niño. Mas sucedió aquí que no se encorporó el niño en el sacerdote, sino el sacerdote en el niño, aunque el sacerdote se quedó entero. Y conforma esto con lo que dize /(146r)/ San Augustín hablando en persona de Cristo con el que comulga: «Crece en virtud y recíbeme, y no seré Yo mudado en ti, sino tú en Mí». El espanto que el rey recibió de ver esto le despertó al tiempo que la Missa se acabava, y refirió a todos lo que avía visto con grande ternura y lágrimas de devoción, y los que lo oyeron alabaron a Dios.

[27] Dos estudiantes devotos, estando un día tratando de la muerte, concertáronse entre sí de que si les fuesse concedido de Dios, el que muriesse primero daría cuenta al otro del estado en que estava. Murió el uno en breve tiempo, y a los diez y siete días aparecióse al otro con grande resplandor y hermosura, y siendo preguntado de su estado, dixo:

-Por la misericordia de Dios soy salvo y gozo de los bienes eternos del Cielo.

El otro le dixo:

-¿En qué agradaste más a Dios, viviendo en la tierra?

Respondió:

-En que frecuentava los Sacramentos y procurava cuando comulgava ir con mucha devoción y ageno de toda culpa. Quiero dezirte una cosa -añadió- de que te admirarás, y es que juntamente comigo murieron cinco mil personas, y yo y otros tres solamente fuimos salvos.

Hazíase muy admirado de oír esto el otro, y añadió:

-No te admires, porque ay muchos hereges, infieles y malos cristianos, de los cuales ninguno se salva.

Es del Promptuario de exemplos.

[28] Cesario, referido por Garecio, De Eucharistia , escrive del maestro Mauricio, obispo de París, que, estando enfermo y pidiendo la Sagrada Comunión, pareciéndoles a sus domésticos, por cosas que le avían visto hazer en la enfermedad, que estava sin juizio, dando cuenta dello al sacerdote, él le truxo una forma por consagrar, queriendo con esta ficción contentarle y estorvar el peligro que resultava de comulgarle loco. Mas, al punto que entró por las puertas de su casa con aquella Forma el sacerdote, dio bozes el obispo, diziendo:

-Quitad allá, quitad allá, que no es esse mi Señor Dios.

Admiróse | el sacerdote y los presentes de oír esto, viendo que Dios se lo avia rebelado. Bolvió a la iglesia y truxo el verdadero Cuerpo de Nuestro Señor, y el obispo le recivió devotamente, y con él su juizio y seso enteramente se quietó, y murió en paz.

[29] En la Historia Eclesiástica de Hermías Sozomeno, libro octavo, capítulo quinto, se dize que una muger tocada de heregía, importunada de su marido que comulgasse, el cual, aunque avía sido herege, mas convertido a la fe por los sermones de San Juan Crisóstomo dezíale que no haría vida con ella si no comulgava; la muger, mostrando quererlo hazer, procuró una forma sin consagrar, y al tiempo que el sacerdote le dio la Forma consagrada, ella la trocó con la otra, guardando la consagrada. Mas en la boca se le tornó la que recibió piedra duríssima, quedando en ella las señales de los dientes, como la vido el mismo Hermías, mostrándose la piedra en su tiempo en una iglesia de Constantinopla. Y dize que era de un color extraordinario. Fue esto causa que la muger con temor grandíssimo descubriesse el caso y de veras se convirtiesse.

[30] Antes que la ciudad de Aquileya, que era famosa en Italia, fuesse destruida por Atila, rey de los Hunos, en un día de verano vino tanta tempestad de truenos, relámpagos y rayos, començando a caer granizo del tamaño de huevos, amenazando grande mal y daño, assí en la ciudad como en sus campos y tierras. Visto por un sacerdote llamado Florencio, varón de grande fe, tomó el relicario de cierta iglesia, donde era cura, y con el Santíssimo Sacramento salió a vista de la tempestad y tormenta, y en boz alta dixo:

-Veis aquí, demonios, viene el Criador de los Siglos, Nuestro Dios y Juez. Por virtud suya dexad de hazer el daño que hazéis.

Cosa maravillosa, que la tempestad cessó y se fue, oyéndose bozes en el aire que dezían: «Ay de nosotros, que viene el Hijo de la Virgen; perezca el que le truxo y nos quitó la oca- sión /(146v)/ de hazer mal y daño».

Es del Promptuario de exemplos.

[31] Conrado, abad cisterciense, varón santíssimo, dezía Missa con grande devoción, y empleávase mucho tiempo en escrivir tratados devotos para provecho de almas. Viéronsele diversas vezes los dos dedos de las manos con que tocava el Sacramento y con que escrivía, que davan de noche luz de sí como dos hachas. Es del libro primero De Apibus, capítulo siete. Este Conrado fue Legado del Papa en Alemania en el tiempo que començava el Orden de Predicadores, y por una revelación que tuvo del provecho grande que hazen en la Iglesia Católica, les fue muy aficionado, y les dixo una vez con grande ternura:

-Aunque traigo otro hábito, quiero ser, y soylo de coraçón, hermano vuestro.

Vínosele a quexar un cura de cierto pueblo en aquella legacía, y la quexa era de los mismos frailes predicadores, que confessavan sus feligreses y ganavan la voluntad de las gentes. Preguntóle el legado:

-¿Y qué tantas personas tienes en tu districto y curado?

Respondió:

-Bien serán nueve mil, entre hombres y mugeres.

El Legado se santiguó, admirándose, y le dixo:

-Pues, miserable hombre, ¿quién eres tú, que te atreves a dar cuenta de tantas almas en el juizio estrecho de Jesucristo, verdadero Dios y Hombre? Y que te pese que tengas tan idóneos ministros, que te ayudarán a llevar essa carga. Digno eras de ser privado de todo beneficio eclesiástico.

Es del Promptuario de exemplos.

[32] Tenía cierto labrador algunas colmenas en el arrabal de una ciudad de Francia y, llegando a visitarlas, vido que en una ni entravan ni salían avejas. Llegó cerca y oyó un sonido como de música concertada dentro della. Admiróse desto, y venida la noche vido grande resplandor sobre la colmena. Dio aviso al obispo, y en persona experimentó la música de las avejas y el resplandor en la noche sobre la colmena. Congregó el clero y muchos del pueblo para ver qué estava allí | dentro. Y, avierta, vieron en lo alto della labrada de cera muy blanca una custodia, y en medio della el Santíssimo Sacramento, y alrededor dél, escuadras de avejas que hazían aquella música. Quedaron los presentes admirados, y derramavan lágrimas de devoción. Fue llevado el Sacramento a la iglesia, y donde estava la colmena se labró un oratorio. Donde, divulgándose la fama desto por toda Francia, dos ladrones, atemorizados del caso, sin ser forçados confessaron que avían hurtado de cierta iglesia allí cerca un vaso de plata, donde estava el Sacramento, y dexáronle sobre una hijuela de lienço junto a la colmena, llevándose la plata. Lo dicho se refiere en el libro segundo De Apibus, capítulo cuarenta.

[33] Otro caso que simboliza con el dicho se escrive en el libro llamado Promptuario de exemplos, y fue en esta manera: Tenía una muger muchas colmenas, y sacando poco fruto dellas porque se le morían las avejas, fuele dicho que si llevava una Forma consagrada y la ponía entre ellas, que cessaría aquella plaga. Fue a la iglesia, fingió querer comulgar, y secretamente, aviendo recebido el Sacramento en la boca, le sacó della y le puso en una colmena. Las avejas, regidas por Dios, labraron un altar y capilla, donde pusieron el Sacramento. Y al tiempo de la cosecha de miel, abriendo aquélla la muger, y vista la obra, fue al obispo y confesóle la verdad de todo aquel caso. El obispo congregó su clerecía y fue a donde estava la colmena, y a su llegada las abejas dieron lugar a que se pudiesse sacar de allí, apartándose. Y fue cosa maravillosa de ver el artificio con que tenían labrada la capilla con su ventana, el cimborrio y el altar. De donde, tomando con mucha veneración el Sacramento, le llevaron a la iglesia. El autor desto es Cesario, y refiérese, como se ha dicho, en el Promptuario de exemplos.

[34] Eduardo, rey de Inglaterra, ilustre en santidad, de que se preciava él más que de ser rey, estando un día oyendo Missa vido en las ma- nos | del sacerdote que celebrava a Jesucristo en forma de niño. Y no sucedió esto porque el santo rey dubdase de la verdad del Sacramento, sino para que los que lo dubdavan, oyéndoselo dezir a él y sabiendo que se preciava de dezir verdad, lo creyessen. Y assí, por su dicho, creyeron algunos que no admitían las razones que en este divino ministerio les proponían. Refiérelo Surio, tomo primero.

[35] María de Decegnies vido, celebrando Missa un sacerdote, que tenía en sus manos a Jesucristo en figura de niño. Ibón Presbítero, celebrando Missa, al tiempo de consagrar se vido sobre su cabeça un globo de fuego. Onofre Ermitaño, estando en el desierto, comulgava cada domingo, trayéndole un ángel el Sacramento, consagrado por cierto sacerdote que dezía Missa en lugar bien distante de aquél. Y es verisímil que sucedía lo mismo a muchos otros monges solitarios santos, aunque no se declare en sus Vidas. Lo dicho es de Marulo, libro cuarto.

[36] Eadmundo, obispo cantuariense, aviendo de disputar acerca del misterio de la Santíssima Trinidad en público cierto día, parecióle en sueños la noche antes que una paloma le traía el Santíssimo Sacramento, y que le recebía. Y venido el día, fue lo que dixo acerca de aquel alto misterio de suerte que los oyentes quedaron admirados y muy edificados. Es de Oberto, y refiérelo Surio, tomo primero.

[37] Iva por el mar en un navío con mucha gente Maclovio, confessor y sacerdote, y llegando el día de Pascua de Resurrección, rogó a Dios les diesse modo como celebrasse Missa, y la oyessen los que ivan con él. Vieron una pequeña isla; salieron a ella, pusieron altar, dixo Missa San Maclovio, y oyéronla con mucha devoción todos los que ivan en el navío, que eran ciento y ochenta personas, y comulgaron muchos. Tornáronse al navío, y vieron que la isla se hun- dió, | porque era concha de una grande pescado, que por orden del Cielo estuvo firme en esto. Dízelo Surio en la Vida deste santo, en el tomo seis.

[38] En la provincia de Apamía, en una ciudad llamada Tórax, ay un campo distante de la misma ciudad cuarenta millas, llamado Gonaguo. Aquí apacentavan ganados ciertos rapazes, los cuales, juntándose en tanto que passava la siesta, acordaron de hazer algún juego. Y el que escogieron fue fingir que dezían Missa solemne. Señalaron uno que representasse al sacerdote, y dos para diáconos. Llegaron a una piedra que estava como altar, y sobre ella pusieron pan, y en un baso de barro, vino. El que se fingía el sacerdote estava en medio, y a los lados los diáconos, y porque sabía de coro las palabras de la consagración, siendo costumbre en aquella edad de estar al tiempo que se celebrava el Santo Sacrificio de la Missa algunos niños cerca del altar, y dezirse en alta boz las palabras, sabíanlas de coro algunos, como las sabía éste. Quiso pronunciarlas, y los que tenía por diáconos con pañizuelos hazían aire, al talle que los de aquel oficio con ventalles servían al sacerdote cuando celebrava. Y luego, como acabó de pronunciarlas y quiso frangir el pan y comunicar él y los presentes, baxó del Cielo fuego que abrasó el pan y el vino, y la piedra en que estava, convirtiéndolo todo en ceniza. Cayeron los mochachos en el suelo como muertos de temor, y estuvieron assí algún tiempo sin levantarse de tierra, hasta que visto en sus cassas que tardavan, fueron sus padres a buscarlos y, hallándolos, admirávanse de verlos sin habla, aunque con vida. Lleváronlos a sus casas, donde estuvieron hasta el día siguiente sin hablar palabra, atónitos y confusos, como también lo estavan sus padres viéndolos. Mas, venido otro día, poco a poco hablaron y dieron cuenta del hecho, conformándose todos en la verdad dél, aunque apartados unos de otros, por /(147v)/ lo cual les dieron crédito. Fueron los vezinos de aquel lugar al otro, donde el caso sucedió, y vieron señales del fuego, por donde se enteraron en la certeza del hecho, dando cuenta de todo al obispo diocesano. El cual, admirado oyendo semejante milagro, aviendo visto el lugar con los rastros y señales del fuego, y interrogando a los mochachos uno por uno, conformando todos en la verdad, estando presente su clerecía, mandó edificar un monasterio en el lugar del milagro, y el altar quiso que estuviesse donde cayó el fuego, y en él encerró todos los mochachos, y permanecieron en religión. De los cuales algunos, ya viejos, contavan el hecho, como se lo contaron a Gregorio, prefecto de Africa, de quien lo oyó el autor del libro llamado Prado Espiritual, donde se refiere en el capítulo ciento y noventa y seis.

[39] Al tiempo que los hereges albijenses publicavan su falsa doctrina y maldita secta en Francia, ayudados del demonio andavan sin hundirse sobre las aguas de un río y dezían que hazían esto para prueva de lo que predicavan, como milagro. Visto por cierto sacerdote católico el daño que hazía en las almas aquella ilusión del demonio, tomó en un relicario el Santíssimo Sacramento y fuese cerca del río, donde mandó al demonio, por virtud del Señor que consigo traía, que cessasse aquella ilusión y se fuese de allí. Lo cual sucedió, de suerte que los hereges que halló sobre el río, con esta palabra fueron ahogados de repente. Refiérese en el Promptuario de exemplos.

[40] En Viterbo, ciudad de Italia, celebrando Missa un sacerdote, al tiempo que quiso frangir la hostia, tuvo dubda que estuviesse allí el Cuerpo de Jesucristo. Con todo esso, la frangió, y della corrió sangre en abundancia, de manera que los corporales quedaron sangrientos sin que se pudiesse quitar de allí el color de la sangre, por más que los labaron, y assí los pusieron en el Sagrario de la iglesia de Viterbo. Era en tiempo del Papa Urbano Cuarto, y ayudó mucho esto con el milagro de los Cor- porales | de Daroca, de que se dirá luego, que avía sucedido por este tiempo en España, para que instituyesse la celebración de la fiesta del Santíssimo Sacramento, como la instituyó para el Jueves después del Domingo de la Santíssima Trinidad. Dízelo Marulo, libro cuarto.

[41] Teniendo la Corona de Aragón el rey don Jaime el Primero, estando ciertos capitanes suyos para dar batalla a los moros en el reino de Valencia, quisieron antes de entrar en ella, como católicos cristianos, recebir el Santíssimo Sacramento del altar. Hizieron dezir Missa luego por la mañana en un monte donde está aora el convento de Luchente. Los capitanes que avían de comulgar eran seis, y llamávase el principal dellos don Beringuel de Enteça. Consagradas las Formas y dicha la Missa, vinieron de rebato los moros, por lo cual les fue fuerça el dexar la Comunión y salir a poner en orden su gente. Acometieron a los moros y venciéronlos. Entretanto, el sacerdote cogió los Corporales con las Formas, y púsolos entre unas piedras, y visto el vencimiento de la batalla fue a sacarlas y halló que se avían apegado a los Corporales y estavan rubias y de color de sangre. Mostrólas a todo el exército, con muchas lágrimas y devoción de los cristianos. Y éstos son los Corporales tan nombrados en toda España de la ciudad de Daroca, en Aragón, donde por milagro fueron llevados y están de presente. Escrive esto el Doctor Pedro Antón Beuther, en la Historia de Valencia, libro segundo, capítulo cuarenta y dos. Y afirma que fue despertador al Papa Urbano Cuarto para que instituyesse la celebración de la fiesta del Santíssimo Sacramento. El milagro fue año de mil y dozientos y cuarenta. Y el Papa Urbano tuvo la Silla de San Pedro año de mil y dozientos y sesenta y dos.

[42] Jacobo de Borágine, en un sermón de la Fiesta del Sacramento, dize que teniendo costumbre una devota muger de frecuentar la Sagrada Comunión, pidiendo una vez a su cura que la comulgasse, díxole que no le era lícito /(148r)/ frecuentarle tanto, sólo por ser muger. Ella se puso muy triste en un rincón, llorando. Fuese la gente de la iglesia, y vido un varón de grande magestad, vestido como obispo, muy acompañado de clérigos. Llegó a ella y preguntóla la causa de sus lágrimas, y respondió que porque le negavan la Comunión. Fue al Sagrario, y abriendo la arca del Sacramento, donde estavan tres Formas consagradas, tomó una reverentemente, y comulgó a la devota muger, diziendo:

-Mi Cuerpo te dé verdadera salud.

En lo cual entendió que era Cristo quien la comulgava. Quedó muy consolada, contólo al cura, y él fue al relicario del Sacramento y halló solas dos Formas, estando bien cierto que dexó tres. Él publicó este caso, sin negar la Comunión en adelante a quien con devoción se la pedía.

[43] En un libro de mano de exemplos se dize que en cierta ciudad estava un sacerdote que dezía Missa en mal estado. Un día entre otros, al tiempo que quería alçar el Santíssimo Sacramento, vino fuego del Cielo que le abrasó las manos. También otro clérigo, acabando un día de dezir Missa no en el estado que devía, llegó a él un siervo de Dios que le dixo de su parte que, si no rogara un santo en el Cielo por él, rebentara en el altar comulgando. Y en un pueblo, llegando a comulgar cierto seglar a quien el cura no avía querido absolver porque no estava dispuesto, no pudiendo negarle el Sacramento que le pidió en público, díxole:

-Dios juzgue entre los dos.

Y comulgóle, y luego rebentó. Abriéronle y halláronle el Sacramento en la boca. Dios nos libre de comulgar en mal estado.

[44] En la segunda parte de las Crónicas de los Menores , en el libro octavo, capítulo veinte y ocho, se dize de la reina de Portugal, Santa Isabel, un exemplo notable. Y fue que cierto criado de cámara del rey don Donis, su marido, inducido por el demonio, teniendo embidia de otro criado camarero de la reina por cuya mano ella destribuía grandes limos- | nas, afirmó al rey que la reina le estava aficionada y le tenía más amor que pedía su honra. El rey, admirado desto, aunque no le dio crédito, mas por sólo la sospecha se determinó de matarle. Salió aquel día a cavallo, y passó por un lugar donde ponían fuego a un horno de cal. Habló de secreto a los que entendían en esto, y mandóles que a un criado de su casa, con quien les embiaría a dezir si tenían hecho lo que les mandó, que sin dilación le echassen en el horno de la cal, y que esto cumplía a su servicio. Otro día de mañana embió el rey al camarero de la reina con aquel recaudo ya dicho. Mas, queriendo Dios guardarle, ordenó que, passando por la puerta de una iglesia, oyó que tañían la campanilla en una Missa, como es costumbre al tiempo que alçan el Santíssimo Sacramento. Entró a adorarle y acabó de oír aquella Missa, y llevado de su devoción oyó otras dos, una después de otra. En este intervalo de tiempo, desseando el rey saber si era muerto, embió al otro criado que le acusara a saber de los que hazían la cal si avían cumplido con lo que les mandó. Él fue muy diligente, y en dando el recaudo, assieron dél y echáronle en el horno, porque refirió las mismas palabras que les dio el rey por señas. El que oyó la Missa acabó su devoción, y fue con el recaudo. Diole y respondiéronle que hecho avían lo que les fue mandado. Bolvió al rey con la respuesta, y visto lo que passava, que el otro fue muerto y éste quedó con vida, y la ocasión de entrar a adorar el Santíssimo Sacramento, informóse más del caso de la reina y halló que era maldad del que llevó la pena de su pecado, y que ella era inocente y sin culpa.

[45] Tomás Ubaldense, en el Libro de Sacramentos, dize que el año de mil y trecientos y ochenta y cuatro, estando él mismo presente en la iglesia de San Pablo de Londres, el obispo de Canturia y Tomás Arundelio, como juezes, hazían preguntas a un herege y persuadíanle que adorasse el Santíssimo Sacramento. Y después de aver bien cansádose, salió con que era más digna de reverencia una araña, por ser cosa viva. Y en /(148v)/ el mismo punto que dixo esta blasfemia baxó de lo alto una araña espantosa y derechamente se le fue a la boca procurando de entrársele en ella. Los juezes, viendo que Dios bolvía por su honra declarando al pueblo que estava presente el prodigio, mandaron quemar al pérfido herege.

[46] En Bruxelas, ciudad de los estados de Flandes, el año de mil y trecientos y sesenta y nueve, unos judíos robaron de cierta iglesia siendo de noche el relicario del Santíssimo Sacramento, en que avía diez y seis Formas, la una dellas grande. Tuviéronle escondido hasta el Viernes de la Cruz, y en este día, en oprobrio y vilipendio de Cristo, Salvador Nuestro, y de su Passión, tomaron las Formas, y con cuchillos y otros instrumentos de hierro les dieron muchas heridas, de las cuales se vieron salir gotas de sangre, de que ellos, espantados y temerosos, hablaron a una muger de su casta conversa a la fe, llamada Catarina, y concertáronse con ella que tomasse las Formas y las llevasse donde le pareciesse, de manera que el caso no viniesse a noticia de los cristianos. Ella se ofreció de lo hazer assí. Y tomadas las Formas, remordiéndola la consciencia, se fue a un sacerdote llamado Pedro de Heda, cura de la iglesia de Santa María de Bruxelas, y contóle todo el caso. Pedro de Heda lo comunicó con otros dos sacerdotes curas, el uno de Santa Gudila, llamado Miguel de Bacherera, y el otro de San Nicolás, cuyo nombre era Juan de Voluve. Éstos llamaron a la Catarina, y certificados de todo lo que passava, tomaron las sagradas Formas, y la mayor fue puesta en la iglesia de Santa Gudila, donde permaneció por muchos años, y se vido siempre en ella las gotas de sangre señaladas que salieron de las heridas. Vino esto a noticia del rey de Bohemia, Vuenceslao, señor de aquel estado. Mandó prender a los judíos y, confessando el delicto, fueron quemados. Han sido muchos y muy señalados los milagros que por medio desta santíssima reliquia | se han hecho. Dellos y de las informaciones hechas sobre el caso anda un libro estampado, de donde se coligió lo que se ha dicho.

[47] En Flandes, en la villa de Maestricht, según dize Nauclero en su Crónica, passando un sacerdote con el Santíssimo Sacramento por cierta calle, estavan allí cerca en una puente sobre el río Mosa dozientas personas bailando, con grande fiesta y plazer, y aunque vieron passar el Sacramento, ni dexaron la dança ni le reverenciaron. Súbitamente y de improviso se hundió la puente con todos los que en ella estavan, y si no fue uno, que permitió Dios se librasse para que fuesse testigo del milagro, todos los demás se ahogaron. Fue esto por los años de mil y dozientos y ochenta. El mismo Nauclero cuenta que doze años después de los dicho, en París, un judío pidió a una pobre muger cristiana la Forma consagrada que la Pascua avía de recebir en su parroquia, por ciertos dineros que le devía. Ella se la dio, y el judío echó la sagrada Forma en una caldera de agua, y porque no se hundía punçávala con un cuchillo, y salió tanta sangre que se tiño toda la agua de la caldera. Entraron dos cristianos, ordenándolo Dios para que se descubriesse aquella maldad, y el Sacramento saltó por sí mismo de la caldera y se puso en una tabla junto a los cristianos. Ellos le vieron y, pareciéndoles que era Forma de las que en la iglesia davan consagradas a los fieles, avisaron al obispo, y por él fue llevado el Santíssimo Cuerpo de Nuestro Señor a la iglesia en solemne processión. El judío fue quemado y su casa consagrada en iglesia.

[48] Don Fray Tomás de Villanueva, arçobispo que fue de Valencia, del Orden de San Augustín, varón doctíssimo y muy siervo de Dios, el cual passó desta vida a la Eterna día de la Natividad de Nuestra Señora, en ocho de septiembre, año de mil y quinientos y cincuenta y cinco, en el Segundo sermón que anda impresso del Sacramento , dize que estando un hom- bre /(149r)/ para morir, el cual se avía convertido de judío a nuestra santa fe, le llamó y dio cuenta de una grande misericordia que Dios avía usado con él, que fue medio de su conversión. Dixo, pues, assí:

-Siendo yo moçuelo, iva una vez camino en compañía de otro de mi edad, y tratávamos los dos del Messías, que, engañados con el común error de los judíos, aún aguardávamos. Dionos con aquellla plática un vivo desseo de verle, y dezíamos con el coraçón y boca: «¡, si fuéssemos tan dichosos que le viéssemos en nuestro tiempo». Y creciendo con esta plática la devoción en nosotros, a la hora que anocheció vimos que se rompía el Cielo y salía dél grande claridad. Acordéme en aquel punto averme dicho y enseñado mi padre que si viesse alguna vez abierto el Cielo, que pidiesse a Dios la merced que quisiesse, con cierta esperança de alcançarla. Arrodillámonos los dos, siguiendo este consejo, con la devoción possible, y suplicamos a Nuestro Señor se sirviesse de manifestar al Messías en nuestro tiempo y hazernos ver al que tanto desseávamos. En medio desta oración y de aquella hermosíssima y celestial claridad, vimos un cáliz muy resplandeciente con una Hostia sobre él, de la manera que le muestran en sus altares los sacerdotes cristianos cuando dizen Missa. Dionos temor aquella sagrada visión, mas consolónos luego sobremanera, porque sentimos en nuestras almas una interior luz, con que quitado el velo y tiniebla de nuestros coraçones, entendimos luego certíssimamente ser aquella Hostia el santo y gloriosíssimo Messías que tanto desseávamos. Creímos luego con firme fe no aver otro Messías, ni otra Ley, ni otra verdad, sino la que tienen y creen los cristianos. Dimos gracias a Nuestro Señor por tan singular misericordia como avía querido hazernos y, bueltos a casa de nuestros padres, en hallando sazón, yo me baptizé y hize cristiano, y he vivido siempre en la Ley y Evangelio de mi Señor y Redemptor Jesucristo».

En el mismo Sermón segundo del Sacramento | refiere de una monja de su Orden que, obligada por santa obediencia, mandándoselo como su prelado le dixo, que avía mucho tiempo que comulgava cada día, y que era tanta la hambre y sed deste Divino Sacramento como la de la cierva herida que corre a la fuente de las aguas, y que, olvidándosele un día muy señalado al sacerdote de poner Forma para comulgarla y, visto que no tenía remedio de recebirle, fue tan grande el sentimiento y tan viva la pena que le causó aquella celestial hambre que, sin poder hazer otra cosa ni estar en su mano, començó a llorar y sospirar tan amargamente como si fuera madre y tuviera al hijo más querido muerto delante de sus ojos. Procuravan consolarla y era en valde, porque como todo su consuelo era Jesucristo en aquel admirable Sacramento, y déste no podía gozarle, desfallecíale el coraçón. Estando pues desta suerte, presentando en los ojos de Dios con tan vivos efectos su pena, vinieron por el aire a vista de algunas personas que estavan presentes dos hermosíssimas manos cercadas de grande claridad, trayéndole una Hostia consagrada. Recibióla, y con ella grande consolación interior, y en un punto se le bolvió el rostro, que antes estava desfigurado y sin color del desmayo y pena, con aquella merced y favor tan grande, claro, alegre y hermoso, como si tal no le uviera acontecido, mostrando bien en su semblante la alegría y consuelo que recibiendo a Jesucristo en aquellas especies sacramentales avía sentido su alma. Todo refiere aquella bendita alma en el lugar alegado. Y en el dezir que una muger, aunque monja y consagrada a Dios, comulgava cada día, no ay por qué cause turbación, pues aunque yo en mi vida no di parecer (con avérmele pedido diversas vezes) para que ni muger ni hombre, por muy religiosos que sean, como no tenga grado y orden de sacerdote, comulgue cada día, pues deven contentarse con hazerlo bien hecho a ocho días, y si ay alguna fiesta de semana, o pide su devoción y aprovechamiento /(149v)/ llegasse también el jueves -que esto es mi ordinario en dar parecer-, mas ni juzgo que lo haze mal quien con el de su confessor docto y atentado, y más si se le juntan pareceres de otras personas graves, lo hiziere más a menudo, ni cada día, como lo haze en este año presente de mil y quinientos y noventa y uno, en que escrivo esto, un hombre lego ya viejo en edad en esta ciudad de Toledo, y se ha averiguado que el día que dexa de comulgar tiene dolores rezíssimos de estómago, cuyo exercicio no es otro en todo el día después y antes de la Comunión que rezar y oír los oficios divinos, o que en la Compañía de Jesús, en la casa professa desta ciudad de Toledo, donde es su ordinaria estancia, o que en la Santa Iglesia Catedral.

[40] En Burgos, ciudad de España, el año de mil y quinientos y ochenta y dos, comulgó por la Pascua un herege, y guardó el Sacramento en la boca. Sacóle y echóle en un fuego y no se quemó, sino que la Forma quedó señalada con algunas gotas de sangre. Guardóle en un papel y hizo lo mismo el siguiente año, y sucedióle de la propria manera. Dizen que se reduxo a nuestra fe visto el milagro y que llevó las Formas a un fraile francisco, las cuales ambas vi yo el año de mil y quinientos y o- chenta | y seis, aviendo ido a visitar el Santo Crucifixo que está en el monasterio de San Augustín de aquella ciudad. Las Formas parecen con las gotas de sangre y hazen, la una, una forma de cordero, y la otra, de un coraçón. Vilas en la iglesia de San Francisco de aquella ciudad de Burgos, en una Cruz de plata, que era relicario del Santíssimo Sacramento, y fue para mí cosa de grande ternura, por estar las Formas frescas y la sangre roxa, con aver passado en aquella sazón tres o cuatro años sobre ellas. Y de lo dicho me dio testimonio el padre guardián de aquel convento. Y por esto, y por aver yo visto con mis proprios ojos las Formas de la manera que digo, lo escrivo aquí. Ni quiero dexar de dezir que vi en la misma ciudad de Burgos, en el monasterio de los frailes trinitarios, un otro Crucifixo, a el cual dieron una pedrada en las narizes, las cuales tiene amoratadas y levantadas, con una gota de sangre que va a caer dellas. Y dezían aquellos padres que tenían unos Corporales bañados en la sangre que salió de aquella herida y golpe. Admiróme y alabé a Nuestro Señor, viendo que la piedra hizo el mismo efecto que si diera en el rostro de alguna persona viva, de aquel santo y devoto Crucifixo.

Fin del Discurso de Eucaristía. |


El © de la versión electrónica corresponde a Parnaseo (http://parnaseo.uv.es/Lemir.htm). La edición electrónica ha sido realizada por José Arangües de la Universidad de Zaragoza (España) 18/9/1997. Por permiso especial está presente en la BEC.

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