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6. Identidad y misión de la familia en el Plan de Reconciliación

La familia y el matrimonio no son un asunto de mera convención humana. Como enseñaba el recordado Pablo VI en la memorable Humanae vitae, «el matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor»[58]. El documento de Santo Domingo lo ha querido destacar como marco de toda reflexión sobre el matrimonio y la familia: «El matrimonio y la familia en el proyecto original de Dios son instituciones de origen divino y no productos de la voluntad humana. Cuando el Señor dice "al comienzo no fue así"[59], se refiere a la verdad sobre el matrimonio, que, según el plan de Dios, excluye el divorcio»[60].

La Iglesia, consciente de la importancia de la familia para el desarrollo integral del ser humano, se acerca a ella para ofrecerle la luz que el Señor Jesús ha traído. La Iglesia conoce el camino por el que la familia puede llegar a descubrir la verdad sobre sí misma y quiere ofrecérselo a los hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas. Esta verdad nos es revelada por el Señor Jesús, plenitud de toda la Revelación, quien nos muestra el sentido pleno de la existencia humana. Parafraseando a la Gaudium et spes podemos decir que si sólo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece el misterio del ser humano, sólo en Él se esclarece el misterio de la familia según el designio divino y se descubre la grandeza de su vocación[61].

Santo Domingo pone al Señor Jesús en el centro de la vocación al matrimonio y en el centro de la familia. En un hermoso pasaje, donde se evidencia la perspectiva cristocéntrica del documento, se afirma: «Jesucristo es la Nueva Alianza, en Él el matrimonio adquiere su verdadera dimensión. Por su Encarnación y por su vida en familia con María y José en el hogar de Nazaret se constituye un modelo de toda familia. El amor de los esposos por Cristo llega a ser como el de Él: total, exclusivo, fiel y fecundo. A partir de Cristo y por su voluntad, proclamada por el Apóstol, el matrimonio no sólo vuelve a la perfección primera sino que se enriquece con nuevos contenidos. El matrimonio cristiano es un sacramento en el que el amor humano es santificante y comunica la vida divina por la obra de Cristo; un sacramento en el que los esposos significan y realizan el amor de Cristo y de su Iglesia, amor que pasa por el camino de la cruz, de las limitaciones, del perdón y de los defectos para llegar al gozo de la resurrección. Es necesario tener presente que "entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido, que no sea por eso mismo sacramento"[62]»63.

El texto que hemos recogido es rico en planteamientos sobre el sentido cristiano del matrimonio. Merecería por ello un desarrollo más amplio y profundo. Baste en esta ocasión indicar los elementos más importantes. Lo primero que salta a la vista es el fundamento cristológico de la presentación del matrimonio. En el Señor Jesús el matrimonio adquiere su verdadera dimensión. En consecuencia hay que volver la mirada hacia el Señor para comprender mejor su misterio. A semejanza del amor de Cristo por su Iglesia, el amor de los esposos debe ser «total, exclusivo, fiel y fecundo».

Se destaca allí el sentido santificador del sacramento del matrimonio. Estamos ante un camino de santidad querido por Dios. Como tal debe ser asumido por los esposos. Esto significa que deben ponerse los medios para acoger y hacer fructificar la gracia que el Señor ofrece. El sustento de este camino es el amor; amor que no está exento de pruebas y dificultades, pero que se hace fecundo en la donación personal al cónyuge y a los hijos. Se trata de un amor con dimensión pascual. Como toda vida cristiana auténtica, ésta sigue las huellas del Señor Jesús. Los esposos, según las características propias de su vida y llamado específico, deben aprender el recorrido del camino de la pasión que lleva al gozo inefable de la resurrección. El documento lo indica de manera edificante. Se trata de un «amor que pasa por el camino de la cruz, de las limitaciones, del perdón y de los defectos para llegar al gozo de la resurrección»[64]. Ése es el clima y el ambiente real donde germina la vida, tanto la humana como la cristiana.

El documento hace en este pasaje una interesante analogía entre la familia y la Iglesia. Al hablar del sacramento del matrimonio se indica que éste es «santificante» y que «comunica la vida divina por la obra de Cristo». Y añade: «un sacramento en el que los esposos significan y realizan el amor de Cristo y de su Iglesia»[65]. Hay un claro paralelo con el sentido de lo que es un sacramento. Así como la Iglesia es presentada como un sacramento del Señor Jesús --es decir signo e instrumento de salvación, comunión y reconciliación--, la familia, como Iglesia doméstica, está llamada a «significar» --ser signo-- y a «realizar» --ser instrumento-- el amor reconciliador del Verbo encarnado. Hermosa analogía que nos introduce en el misterio del designio divino y nos permite comprender mejor la grandeza del sacramento del matrimonio que debe llevar a quienes son bendecidos con esa vocación a ser para sí mismos y su familia, y para el mundo entero, como --si cabe la expresión-- un sacramento doméstico del amor reconciliador del Señor Jesús.

A partir de lo dicho se comprende mejor la explícita valoración que se hace del sacramento del matrimonio. Citando el Código de Derecho Canónico se recuerda: «entre bautizados, no puede haber contrato matrimonial válido, que no sea por eso mismo sacramento»[66].

Luego de subrayar la centralidad del Señor Jesús en la vocación al matrimonio, el documento indica cuál es la identidad y la misión de la familia: «custodiar, revelar y comunicar el amor y la vida»[67]. Esta identidad y esta misión deben ser realizadas a través de cuatro cometidos fundamentales en los que, siguiendo la enseñanza de la Familiaris consortio, se descubre un llamado a que la familia sea cada vez más lo que es[68]; es decir una comunidad de vida y amor.

Estos cuatro cometidos son planteados por Santo Domingo de la siguiente manera:

«a) La misión de la familia es vivir, crecer y perfeccionarse como comunidad de personas que se caracteriza por la unidad y la indisolubilidad. La familia es el lugar privilegiado para la realización personal junto con los seres amados.

»b) Ser "como el santuario de la vida"[69], servidora de la vida, ya que el derecho a la vida es la base de todos los derechos humanos. Este servicio no se reduce a la sola procreación, sino que es ayuda eficaz para transmitir y educar en valores auténticamente humanos y cristianos.

»c) Ser "célula primera y vital de la sociedad"[70]. Por su naturaleza y vocación la familia debe ser promotora del desarrollo, protagonista de una auténtica política familiar.

»d) Ser "Iglesia doméstica" que acoge, vive, celebra y anuncia la Palabra de Dios, es santuario donde se edifica la santidad y desde donde la Iglesia y el mundo pueden ser santificados»[71].

[58] Humanae vitae, 8.

[59] Mt 19,8.

[60] Santo Domingo, 211.

[61] Ver Gaudium et spes, 22.

[62] C.I.C., c. 1055, 2.

63 Santo Domingo, 213.

[64] Lug. cit.

[65] Lug. cit.

[66] C.I.C., c. 1055, 2: citado en Santo Domingo, 213.

[67] Santo Domingo, 214.

[68] Ver Familiaris consortio, 17.

[69] Centesimus annus, 39.

[70] Familiaris consortio, 42.

[71] Santo Domingo, 214.


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