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1. La familia amenazada

«El futuro de la humanidad se fragua en la familia», ha recordado en diversas ocasiones el Papa Juan Pablo II[1]. A la luz de los inmensos problemas del mundo actual qué certero resulta este juicio del Santo Padre, recogido por el documento de Santo Domingo[2]. Este planteamiento no es otra cosa que una manera positiva y realista de aproximarse a un hecho que resulta capital: la decadencia, subdesarrollo, crisis, o desorientación de un pueblo o una nación, está estrechamente ligado a la suerte de la familia. En la exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici el Santo Padre lo señala también: «Como demuestra la experiencia, la civilización y la cohesión de los pueblos depende sobre todo de la calidad humana de sus familias»[3].

En los últimos tiempos se ha visto cómo ha crecido la amenaza a la familia. Diversas voces se han alzado para denunciar esta situación. Entre ellas se destaca nítidamente la voz de la Iglesia, sobre todo de los Romanos Pontífices. Al estar la familia amenazada es todo el futuro de la humanidad el que se encuentra en peligro. La Iglesia sabe bien que lo que está en juego, en última instancia, es el ser humano mismo. De ahí el valor social de proteger la familia. Por eso al hablar de la familia ha sido destacado lo que podemos llamar el argumento antropológico. En el corazón de toda esta preocupación está la persona humana, la única creatura que Dios ha querido por sí misma[4]. Y es a este ser humano, camino de la Iglesia, a quien quiere defender y promover.

Debe tenerse en cuenta, al hablar de la familia, que ella no es un fin en sí misma. La familia debe ser camino y medio de desarrollo y plenitud, santuario de la vida, escuela y ámbito de encuentro y comunión para el ser humano, cenáculo de amor, Iglesia doméstica. Sobre sus pilares se sustenta todo el tejido social. Pero no agota la vida del hombre. Sin embargo, de su autenticidad, solidez y consistencia dependen en no escasa medida la autenticidad, solidez y consistencia de la vida de los hombres. A partir de ella se construyen los caminos de los seres humanos, ya fuere los que están invitados a formar una nueva familia y así seguir con el ciclo de la vida en el amor humano, como de aquellos que no formarán una familia, entre quienes están los invitados por el Señor a consagrarse por amor, viviendo la castidad perfecta por el Reino, al servicio de Dios y de los seres humanos.

En un tiempo de profundas transformaciones como el que nos ha tocado vivir es menester, pues, volver hacia las preguntas fundamentales por el sentido de la vida de la persona humana. Y al hacerlo no podemos dejar de considerar de manera especial el ámbito donde el ser humano debe aprender a vivir su existencia: la familia. Al contemplar, no sin consternación, los conflictos y tensiones de la sociedad actual, no podemos menos que constatar que en el fondo de esta crisis social se encuentra una crisis moral y religiosa; crisis que ha afectado la consistencia de los valores de la misma familia.

Los tiempos actuales llaman a una seria reflexión sobre el sentido de la vida del ser humano desde la verdad que el Señor Jesús nos revela y, especialmente, sobre cómo vive la vocación a la santidad --que tienen todos los hombres y mujeres[5]-- particularmente en el matrimonio y en la vida familiar. Como señala el Papa Juan Pablo II en su Carta a las familias, «si Cristo "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre"[6], lo hace empezando por la familia, en la que eligió nacer y crecer»[7]. Por ello se ha dicho que siendo el hombre el camino de la Iglesia[8], la familia, donde viene al mundo el ser humano, es también camino de la Iglesia[9].

La IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano le dedicó una especial atención a la situación de la familia en nuestro continente. Por eso se puso la preocupación por la familia en un lugar central del documento dominicano, destacándose que ella es el «santuario de la vida» y la frontera decisiva del empeño por la Nueva Evangelización a la que somos convocados de cara al Tercer Milenio de nuestra fe.

[1] Familiaris consortio, 86. Ver también Juan Pablo II, Discurso inaugural, Santo Domingo, 12/10/1992, 18.

[2] Ver Santo Domingo, 210.

[3] Christifideles laici, 40.

[4] Ver Gaudium et spes, 24.

[5] Precisamente este llamado es lo que se conoce como vocación universal a la santidad, tan destacado en la Constitución Lumen gentium del Concilio Vaticano II.

[6] Gaudium et spes, 22.

[7] Carta a las familias, 2.

[8] Ver Redemptor hominis, 14.

[9] Ver Carta a las familias, 2.


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