Pontificio Consejo para la Familia

EVOLUCIONES
DEMOGRÁFICAS:
DIMENSIONES
ÉTICAS Y
PASTORALES

 


 

CONCLUSIÓN

 

1. Desarrollo, recursos y población

     86. La diversidad y complejidad de las evoluciones demográficas de los diferentes pueblos del mundo no pueden resumirse, como sucede frecuentemente, en fórmulas provocantes y sumarias a un tiempo. Por otra parte, los índices de crecimiento de la población mundial disminuyen, tras haber alcanzado un máximo en los años 1965-1970 con una media, que dada su propia naturaleza, no refleja la variedad de situaciones.

     Las proyecciones medias de las organizaciones especializadas para el siglo XXI, teniendo en cuenta el conjunto de la población de los diferentes países, hablan de un aumento tres veces inferior al constatado en el siglo XX. Todo demuestra que las potencialidades del planeta son ampliamente suficientes para satisfacer las necesidades de los hombres. Como lo destaca expresivamente Juan Pablo II: «El principal recurso del hombre es, junto con la tierra, el hombre mismo. Es su inteligencia la que descubre las potencialidades productivas de la tierra y las múltiples modalidades con que se pueden satisfacer las necesidades humanas» (72). El Santo Padre precisa aún más, y concreta, su pensamiento: «El hombre... es para sí mismo un don de Dios» (73). Le corresponde, pues, al hombre explotar responsable y con iniciativa los bienes que el Creador ha puesto a su disposición.

     87. En su enseñanza, la Iglesia tiene presente el hecho de las evoluciones demográficas. Sin embargo, se ve interpelada por campañas que siembran el miedo al futuro. Los promotores de tales campañas no han asimilado la lógica de la amplia duración de los mecanismos demográficos y, más concretamente, lo que la ciencia de la población llama «transición demográfica» (74). Ante estas campañas, la Iglesia se preocupa sobre todo de la promoción de la justicia en favor de los más desprotegidos. Ciertos grupos propagan el control obligatorio de la población por medio de la contracepción, la esterilización e incluso el aborto; creen ver en estas prácticas «la solución» de los problemas planteados por las diferentes formas de subdesarrollo. Cuando esta recomendación procede de naciones prósperas, parece la expresión del rechazo de los ricos a afrontar las verdaderas causas del subdesarrollo. Es más, los métodos proclamados para reducir la natalidad producen efectos más nocivos que los males que pretenden remediar. Dichos perjuicios son más perceptibles a nivel de derechos del hombre y de la familia.

 

2. Solidaridad con la familia

     88. Sólo cuando se reconocen y promueven los derechos de la familia, puede darse un desarrollo auténtico, respetuoso de la mujer y del niño, así como del derecho a la rica variedad de culturas. En el contexto de este desarrollo humano auténtico existe una verdad moral fundamental que no puede ser cambiada ni por las leyes ni por las políticas demográficas, sean éstas patentes o disimuladas. Dicha verdad fundamental es ésta: la vida humana debe ser respetada desde la concepción hasta la muerte natural. La calidad de una sociedad no se expresa sólo por el respeto que se profesa a la mujer; se manifiesta asimismo por el respeto o desprecio a la vida y a la dignidad humana.

     En la Centesimus Annus, Juan Pablo II precisa que dicho respeto a la vida debe ser fomentado en la familia. «Hay que considerar a la familia como el santuario de la vida. En efecto, es sagrada: es el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta y puede desarrollarse según las exigencias del auténtico crecimiento humano. Contra la llamada cultura de la muerte, la familia constituye la sede de la cultura de la vida» (75).

     89. Descubriendo en la familia el «santuario de la vida» y el «corazón de la cultura de la vida», los hombres y mujeres pueden liberarse de la «cultura de la muerte». Ésta comienza por la «mentalidad anti-niño», tan extendida en la ideología del control forzado de la población. Los esposos y la sociedad han de reconocer en cada niño un don deseado que les viene del Creador, un don precioso que ha de ser acogido y amado con gozo (76).

     Junto con los esfuerzos por poner en práctica políticas familiares, se ha de proclamar también el valor inherente a cada niño en cuanto ser humano. Confrontado con las evoluciones demográficas, el hombre es invitado a valorar los talentos que el Creador ha dado a cada uno para realizar su desarrollo personal y contribuir de modo original al de la comunidad. En fin de cuentas, Dios no ha creado al hombre sino para incorporarlo a su designio de vida y amor.

     Las palabras de S.S. Pablo VI, citadas más arriba, deben seguir haciendo reflexionar a los responsables de las naciones: «...Vuestra tarea consiste en conseguir que el pan sea suficientemente abundante en la mesa de la humanidad y no en fomentar el control artificial de nacimientos -que sería irracional- a fin de disminuir el número de comensales en el banquete de la vida» (77).

     Ciudad del Vaticano, 25 de marzo de 1994.

Alfonso Cardenal López Trujillo
Presidente del Pontificio Consejo
para la Familia

S.E. Mons. Elio Screccia
Secretario

 

NOTAS

72. Juan Pablo II, Centesimus Annus, 32; AAS 83 (1991), p. 833. [Regresar]

73. Ibid., 38; AAS 83 (1991), p. 841. [Regresar]

74. Ver más arriba, n. 5. [Regresar]

75. Juan Pablo II, Centesimus Annus, 39; AAS 83 (1991), p. 842. [Regresar]

76. Ver Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 50. [Regresar]

77. Pablo VI, Discurso a la Asamblea de la ONU, 6; AAS 57 (1965), p. 883. [Regresar]

 ---------------------

La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE Multimedios. Derechos reservados (©) VE Multimedios™.

El texto en versión electrónica puede ser reproducido por razones pastorales siempre que se mencione que ha sido realizado por VE Multimedios™.

 

[Parte anterior] [Indice]

[Regresar a Temas sobre la familia]