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La Ira


Capítulo IX

La ira es una pasión furiosa que con frecuencia hacer perder el juicio a quienes tienen el conocimiento, embrutece el alma y degrada todo el conjunto humano.

Un viento impetuoso no quebrará una torre y la animosidad no arrastra al alma mansa.

El agua se mueve por la violencia de los vientos y el iracundo se agita por los pensamientos alocados. El monje iracundo ve a uno y rechina los dientes.

La difusión de la neblina condensa el aire y el movimiento de la ira nubla la mente del iracundo.

La nube que avanza ofusca el sol y así el pensamiento rencoroso embota la mente.

El león en la jaula sacude continuamente la puerta como el violento en su celda cuando es asaltado por el pensamiento de la ira.

Es deliciosa la vista de un mar tranquilo, pero ciertamente no es más agradable que un estado de paz: en efecto, los delfines nadan en el mar en estado de bonanza, y los pensamientos vueltos a Dios emergen en un estado de serenidad.

El monje magnánimo es una fuente tranquila, una bebida agradable ofrecida a todos, mientras la mente del iracundo se ve continuamente agitada y no dará agua al sediento y, si se la da, será turbia y nociva; los ojos del animoso están descompuestos e inyectados de sangre y anuncian un corazón en conflicto. El rostro del magnánimo muestra cordura y los ojos benignos están vueltos hacia abajo.

Capítulo X

La mansedumbre del hombre es recordada por Dios y el alma apacible se convierte en templo del Espíritu Santo.

Cristo recuesta su cabeza en los espíritus mansos y sólo la mente pacífica se convierte en morada de la Santa Trinidad.

Los zorros hacen guarida en el alma rencorosa y las fieras se agazapan en el corazón rebelde.

El hombre honesto huye de las casas de mal vivir y Dios de un corazón rencoroso.

Una piedra que cae en el agua la agita, como un discurso malvado el corazón del hombre.

Aleja de tu alma los pensamientos de la ira y no alientes la animosidad en el recinto de tu corazón y no lo turbes en el momento de la oración: efectivamente, como el humo de la paja ofusca la vista así la mente se ve turbada por el rencor durante la oración.

Los pensamientos del iracundo son descendencia de víboras y devoran el corazón que los ha engendrado. Su oración es un incienso abominable y su salmodia emite un sonido desagradable.

El regalo del rencoroso es como una ofrenda que bulle de hormigas y ciertamente no tendrá lugar en los altares asperjados de agua bendita.

El animoso tendrá sueños turbados y el iracundo se imaginará asaltos de fieras. El hombre magnánimo que no guarda rencor se ejercita con discursos espirituales y en la noche recibe la solución de los misterios.


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