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IV. APOYO DE LA IGLESIA AL LAICADO CATÓLICO EN LA ESCUELA


71. Las diversas circunstancias en que se desarrolla el trabajo del laico católico en la escuela, hacen que muchas veces éste se sienta aislado, incomprendido y, consecuentemente, tentado al desaliento y al abandono de sus responsabilidades. Para hacer frente a estas situaciones y, en general, para la mejor realización de la vocación a la que está llamado, el laico católico que trabaja en la escuela debería poder contar siempre con el apoyo y la ayuda de la Iglesia entera.

Apoyo en la fe, la palabra y la vida sacramental

72. Es primero en su propia fe donde el laico católico tiene que buscar ese apoyo. En la fe hallará con seguridad la humildad, la esperanza y la caridad que necesita para perseverar en su vocación.[53] Porque todo educador precisa de humildad para reconocer sus limitaciones, sus errores, la necesidad de constante superación y la constatación de que el ideal que persigue le desbordará siempre. Precisa también de una firme esperanza, porque nunca puede llegar a percibir en plenitud los frutos de la tarea que realiza con sus alumnos. Y necesita, en fin. una permanente y creciente caridad que ame siempre en sus alumnos al hombre hecho a imagen y semejanza de Dios y elevado a hijo suyo por la redención de Jesucristo.

Ahora bien, esa fe humilde, esa esperanza y esa caridad, reciben su ayuda de la Iglesia a través de la Palabra, de la vida sacramental y de la oración de todo el Pueblo de Dios. Porque la Palabra le dice y le recuerda al educador la inmensa grandeza de su identidad y su tarea, la vida sacramental le da la fuerza para vivirla y le reconforta cuando falla y la oración de toda la Iglesia presenta ante Dios por él y con él, en la seguridad de una respuesta prometida por Jesucristo, lo que su corazón desea y pide y hasta aquello que no alcanza a desear y pedir.

Apoyo comunitario

73. La tarea educativa es ardua, de inmensa trascendencia y por lo mismo de delicada y compleja realización. Requiere calma, paz interior, ausencia de sobrecarga de trabajo y un continuo enriquecimiento cultural y religioso, condiciones que pocas veces pueden darse juntas en la sociedad de hoy. La naturaleza de la vocación del educador laico católico debería ser dada a conocer con más frecuencia y profundidad a todo el Pueblo de Dios por quienes están más capacitados para ello en la Iglesia. El tema de la educación, con todas sus implicaciones, debería ser abordando con más insistencia ya que es uno de los grandes campos de acción de la misión salvífica de la Iglesia.

74. De ese conocimiento nacerá lógicamente la comprensión y estima debidos. Todos los fieles deberían ser conscientes de que sin el educador laico católico la educación en la fe en la Iglesia carecería de uno de sus fundamentos. Por ello, todos los creyentes deben colaborar activamente, en la medida de sus posibilidades, a que el educador tenga el rango social y el nivel económico que merece, junto con la debida estabilidad y seguridad en el ejercicio de su noble tarea. Ningún miembro de la Iglesia debe considerarse ajeno al trabajo de procurar en su propio país, que la política educativa del mismo refleje lo más posible, en la legislación y en la práctica, los principios cristianos sobre la educación.

75. Las condiciones del mundo contemporáneo deben mover a la jerarquía y a los Institutos religiosos consagrados a la educación, a impulsar los grupos, movimientos y asociaciones católicas existentes, de todos los laicos creyentes implicados en la escuela, y a la creación de otros nuevos, buscando las formas más adecuadas a los tiempos y a las diversas realidades nacionales. Muchos de los objetivos educativos, con sus implicaciones sociales y religiosas, que reclama la vocación del laico católico en la escuela, serán dificilmente, alcanzables sin la unión de fuerzas que suponen los cauces asociativos.

Apoyo de las propias instituciones educativas. La escuela católica y los laicos

76. La relevancia de la escuela católica invita a centrar en ella una especial reflexión que pueda servir de ejemplo concreto a las demás instituciones católicas, respecto a la ayuda que deben prestar a los laicos que en ellas trabajan. Aun esta misma S. Congregación, refiriéndose a los laicos, no ha dudado en afirmar que «los profesores, con la acción y el testimonio, están entre los protagonistas más importantes que han de mantener el carácter específico de la escuela católica».[54]

77. Los laicos deben encontrar ante todo en la escuela católica un ambiente de sincera estima y cordialidad, donde puedan establecerse auténticas relaciones humanas entre todos los educadores. Manteniendo cada uno su característica vocacional propia,[55] sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos deben integrarse plenamente en la comunidad educativa y tener en ella un trato de verdadera igualdad.

78. Fundamentales para vivir conjuntamente unos mismos ideales por parte de la entidad promotora y los laicos que trabajan en la escuela católica, son dos logros. Primero, una adecuada retribución económica --garantizada por contratos bien definidos-- del trabajo realizado en la escuela, que permita a los laicos una vida digna, sin necesidad de pluriempleo ni sobrecargas que entorpezcan su tarea educativa. Eso no será inmediatamente factible sin imponer un grave peso financiero a las familias y hacer la escuela tan costosa que sólo sea accesible a una pequeña élite; sin embargo, mientras esta retribución plenamente adecuada no sea posible, los laicos deben poder apreciar en los promotores de la escuela una verdadera preocupación por alcanzar esta meta.

Segundo, una auténtica participación de los laicos en las responsabilidades de la escuela, según su capacidad en todos los órdenes y su sincera identificación con los fines educativos que caracterizan a la escuela católica. Esta debe procurar, además, por todos los medios, cultivar esa identificación, sin la cual no podrán alcanzarse tales fines. No se puede olvidar que la escuela misma se crea incesantemente gracias al trabajo realizado por todos los que están comprometidos en ella y muy especialmente los docentes.[56] Para conseguir esa deseable participación serán condiciones indispensables la auténtica estima de la vocación laical, la debida información, la confianza profunda y, cuando se viera conveniente, el traspaso a los laicos de las distintas responsabilidades de enseñanza, administración y gobierno de la escuela.

79. Pertenece también a la misión de la escuela católica el solícito cuidado de la formación permanente, profesional y religiosa de sus miembros laicos. De ella esperan éstos las orientaciones y ayudas necesarias --incluida la difícil concesión del tiempo requerido-- para esa indispensable formación, sin la cual la misma escuela se alejaría progresivamente de sus objetivos. Asociada con otros centros educativos católicos y con asociaciones profesionales católicas, no es difícil muchas veces para una escuela católica organizar conferencias, cursos y connivencias que faciliten dicha formación. Esta podría extenderse, además, según las circunstancias, a otros educadores católicos que no trabajan en la escuela católica, prestándoles un servicio que muchas veces necesitan y no encuentran fácilmente.

80. La mejora continua de la escuela católica y la ayuda que ella, junto con las demás instituciones educativas de la Iglesia, puede aportar al educador laico católico dependen en gran manera del apoyo que las familias católicas en general y más en particular las que envían a ella sus hijos, le presten. Apoyo en el que les incumbe una fuerte responsabilidad y que debe extenderse a todos los órdenes: el interés y el aprecio, la colaboración general y económica. No todas las familias podrán aportar esa colaboración en el mismo grado y de la misma manera, pero sí deben estar dispuestas a la mayor generosidad dentro de sus posibilidades. Esa colaboración debe aplicarse también a la participación en conseguir los objetivos y en las responsabilidades de la escuela. Esta, por su parte, debe ofrecerles información de la realización y perfeccionamiento del proyecto educativo, de la formación, de la administración y, en su caso, de la gestión.

[53] Cf. La Escuela Católica, n. 75.

[54] La Escuela Católica, n. 78.

[55] Cf supra n. 43.

[56] Cf. Juan Pablo II, Enc. Laborem exercens, AAS 73 #1981 n. 14, p. 614.


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