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III. FORMACIÓN DEL LAICO CATÓLICO PARA SER TESTIGO DE LA FE EN LA ESCUELA


60. La vivencia práctica de una vocación tan rica y tan profunda como la del laico católico en la escuela, requiere la correspondiente formación, tanto en el plano profesional como el religioso. Especialmente se requiere en el educador una personalidad espiritual madura que se exprese en una profunda vida cristiana. «Esta vocación --dice el Concilio Vaticano II refiriéndose a los educadores-- exige ... una preparación diligentísima».[46] «Prepárense (los profesores) con especial cuidado de suerte que posean una ciencia, lo mismo profana que religiosa, garantizada con los debidos títulos, y se enriquezcan, a tono con los avances del progreso, en el arte de educar a la juventud».[47] Esta necesidad de formación suele acentuarse en el orden religioso y espiritual donde con frecuencia el laico católico no perfecciona su formación inicial en el mismo grado que lo hace en el orden cultural en general y, sobre todo, en el profesional.

Conciencia y estímulo

61. Los laicos católicos que se preparan para trabajar en la escuela son habitualmente muy conscientes de que necesitan una buena formación profesional para poder realizar su misión educadora, para la que suelen tener una auténtica vocación humana. Este tipo de conciencia, aun dentro del campo profesional, no es, sin embargo, todavía la propia de un laico católico que tiene que vivir su tarea educativa como medio fundamental de santificación personal y de apostolado. Es precisamente la conciencia de tener que vivir así su vocación la que se postula del laico católico que trabaja en la escuela. Hasta qué punto poseen dichos laicos esta conciencia es algo que se deben cuestionar ellos mismos.

62. Relacionada con esta conciencia específica del laico católico está la que se refiere a la necesidad de ampliar y actualizar su formación religiosa, de manera que acompañe, paralela y equilibradamente, su entera formación humana. Por tanto, el laico católico debe tener conciencia viva de la necesidad de esta formación religiosa porque de ella depende no sólo su posibilidad de apostolado, sino el debido ejercicio de su tarea profesional, especialmente cuando se trata de la tarea educativa.

63. Estas consideraciones intentan ayudar a despertar esa conciencia y a reflexionar sobre la situación personal en este punto, fundamental para llegar a vivir en plenitud la vocación laica de educador católico. El ser o no ser, que se pone en juego, debería constituir el mejor estímulo para entregarse al esfuerzo que siempre supone intentar adquirir una formación, que se ha descuidado, o mantenerla al debido nivel. De todas formas, dentro de la comunidad eclesial, el educador laico católico puede fundadamente esperar de los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, sobre todo los dedicados al apostolado de la educación, y de los movimientos y asociaciones de educadores laicos católicos, que le ayuden a adquirir plena conciencia de sus necesidades personales en el campo de la formación y le estimulen, de la forma más adecuada, para entregarse más enteramente al compromiso social que tal formación exige.

Formación profesional y religiosa

64. Conviene advertir que no todos los centros de formación del profesorado proporcionarán de igual manera al educador católico la base profesional más idónea para realizar su misión educativa, si se tiene en cuenta la profunda relación existente entre la manera de exponer el contenido de las disciplinas, sobre todo de las más humanísticas, y la concepción del hombre, de la vida y del mundo. Puede ocurrir fácilmente que en centros de formación del profesorado en los que exista un pluralismo ideológico, el futuro docente católico tenga que hacer un esfuerzo suplementario para conseguir, en determinatas disciplinas, su propia síntesis entre fe y cultura. No puede olvidar tampoco, mientras se forma, que luego será él mismo quien tenga que enfocar las materias ante sus alumnos de manera que propicie en ellos, primero el diálogo y luego la ulterior síntesis personal entre la cultura y la fe. Teniendo en cuenta estos diversos aspectos, es especialmente recomendable la asistencia a los centros de formación del profesorado dirigidos por la Iglesia, allí donde existan, así como la creación de los mismos donde sea posible y no existan aún.

65. La formación religiosa, por su parte, no puede detenerse para el educador católico al término de sus estudios medios. Tiene que acompañar y completar su formación profesional, estar a la altura de su fe de hombre adulto, de su cultura humana y de su vocación laical específica. En efecto, la formación religiosa debe estar orientada a la santificación personal y al apostolado, elementos inseparables a su vez en la vocación cristiana. La formación para el apostolado «supone una cierta íntegra formación humana acomodada al carácter y a las cualidades de cada uno» y requiere «además de la formación espiritual ..., una sólida instrucción doctrinal, es decir, teológica, ética, filosófica».[48] No puede olvidarse tampoco, en el caso del educador, la adecuada formación en la enseñanza social de la Iglesia, que es «parte integrante de la concepción cristiana de la vida»[49] y ayuda a mantener intensamente viva la indispensable sensibilidad social.[50]

Respecto del plano doctrinal y refiriéndose a los profesores, recuérdese que el Concilio Vaticano II habla de la necesidad de una ciencia religiosa garantizada con los debidos títulos.[51] Es, pues, muy recomendable que todos los laicos católicos que trabajan en la escuela, y muy especialmente los educadores, sigan en las facultades eclesiásticas y en los institutos de ciencias religiosas apropiados para ello, donde sea posible, cursos de formación religiosa hasta la obtención de los correspondientes títulos.

66. Acreditados con dichos títulos y con una adecuada preparación en pedagogía religiosa, quedarán fundamentalmente capacitados para la enseñanza de la religión. Los episcopados promoverán y facilitarán toda esta capacitación para la enseñanza religiosa, así como para la catequesis, sin olvidar el diálogo de mutua iluminación con el profesorado que se forma.

Actualización. Formación permanente

67. El extraordinario avance de las ciencias y la técnica y el permanente análisis critico al que toda clase de realidades, situaciones y valores, son sometidos en nuestro tiempo, han hecho, entre otras causas, que nuestra época histórica se caracterice por un cambio continuo y acelerado que afecta al hombre y a la sociedad en todos los órdenes. Este cambio provoca el rápido envejecimiento de los conocimientos adquiridos y de las estructuras vigentes y exige nuevas actitudes y métodos.

68. Ante esta realidad, que el laico es el primero en constatar, es obvia la exigencia de constante actualización que al educador católico se le presenta respecto de sus actitudes personales, de los contenidos de las materias que imparte y de los métodos pedagógicos que utiliza. Recuérdese que la vocación de educador requiere «una continua prontitud para renovarse y adaptarse».[52] El hecho de que esa necesidad de actualización sea constante, la convierte en una tarea de formación permanente. Ésta no afecta sólo a la formación profesional, sino también a la religiosa y, en general, al enriquecimiento de toda la personalidad, pues la Iglesia tiene que adaptar constantemente su misión pastoral a las circunstancias de los hombres de cada época, en orden a hacerles llegar de manera comprensible y apropiada a su condición, el mensaje cristiano.

69. Dada la variedad de los aspectos que abarca, la formación permanente requiere una búsqueda constante, personal y comunitaria, de sus formas de realización. Entre ellas, la lectura de revistas y libros apropiados, la asistencia a conferencias y cursillos de actualización, la participación en convivencias, encuentros y congresos, e incluso la disponibilidad de ciertos periodos de tiempo libre, se han convertido en instrumentos ordinarios y prácticamente imprescindibles de dicha formación. Traten, pues, todos los laicos católicos que trabajan en la escuela, de incorporarlos habitualmente a su propia vida humana, profesional y religiosa.

70. Nadie ignora que tal formación permanente, como su mismo nombre indica, es una tarea ardua ante la que muchos desfallecen. Especialmente, si se considera la creciente complejidad de la vida actual, las dificultades que entraña la misión educativa y las insuficientes condiciones económicas que tantas veces la acompañan. A pesar de todo ello ningún laico católico que trabaje en la escuela puede eludir ese reto de nuestro tiempo y quedarse anclado en conocimientos, criterios y actitudes superados. Su renuncia a la formación permanente en todo su campo humano, profesional y religioso lo colocaría al margen de ese mundo que es, precisamente, el que tiene que ir llevando hacia el Evangelio.

[46] Gravissimum educationis, n. 5.

[47] Ibid., n. 8.

[48] Apostolicam actuositatem, n. 29.

[49] Juan Pablo II, Discurso con ocasión del 90deg. aniversario de la «Rerum novarum», 13 mayo 1981 #no ronunciado por el Papa), «L'Osservatore Romano», 15 maggio 1981, p. 2, n. 8; cf. Insegnamenti di Giovanni Paolo II 1981, IV, I, pp. 1190-1202.

[50] Cf. Ibid.

[51] Cf. Gravissimum educationis, n. 8.

[52] Gravissimum educationis, n. 5.


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