<<>> Título


La formación de la conciencia moral

4. Si la dignidad de la persona humana como agente moral reside en su capacidad de conocer y elegir lo que es verdaderamente bueno, entonces la cuestión de conciencia llega a enfocarse más claramente. El respeto a los derechos de la conciencia está profundamente arraigado en vuestra cultura nacional, que en parte ha sido formada por los inmigrantes que llegaron al nuevo mundo para defender sus convicciones religiosas y morales frente a las persecuciones. La admiración histórica de la sociedad norteamericana por los hombres y mujeres de conciencia es el fundamento en que podéis basaros para enseñar la verdad sobre la conciencia hoy.

La Iglesia honra la conciencia como el «santuario» de la persona humana: en ella las personas están «solas con Dios», cuya voz resuena en lo más íntimo de su corazón, animándolas a amar el bien y rechazar el mal (cf. Gaudium et spes, 16). La conciencia es el lugar más íntimo en donde «el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, sino a la que debe obedecer» (ib.). Por consiguiente, se degrada la dignidad de la conciencia cuando se sugiere, como pretenden los defensores de la autonomía individual radical, que es una capacidad totalmente independiente y exclusivamente personal de determinar lo que constituye el bien y el mal (cf. Dominum et vivificantem, 43).

Todos deben obrar de acuerdo con su conciencia. Pero la conciencia no es ni absolutamente independiente ni infalible en sus juicios. Si así fuera, la conciencia debería reducirse a una mera afirmación de la voluntad personal. Por eso, precisamente para defender la dignidad de la conciencia y de la persona humana, hay que enseñar que la conciencia debe formarse, a fin de que se pueda discernir lo que realmente corresponde o no corresponde a «la misma ley divina, eterna, objetiva y universal», que la inteligencia humana es capaz de descubrir en el orden del ser (cf. Dignitatis humanae, 3; Veritatis splendor, 60). A causa de la naturaleza de la conciencia, la exhortación a seguirla siempre debe ir acompañada por la pregunta de si lo que nos está diciendo nuestra conciencia es verdadero o no. Si no hacemos esta aclaración necesaria, la conciencia, en vez de ser el sagrario en que Dios nos revela el verdadero bien, se convierte en una fuerza que destruye nuestra verdadera humanidad y todas nuestras relaciones (cf. Catequesis en la audiencia general del 17 de agosto de 1983, n. 3).

Como obispos, tenéis que enseñar que la libertad de conciencia no es jamás libertad de la verdad, sino siempre y sólo libertad en la verdad. Esta manera de entender la conciencia y su relación con la libertad debería aclarar ciertos aspectos de la cuestión del disenso con respecto a la enseñanza de la Iglesia. Por voluntad de Cristo mismo y por la fuerza vivificante del Espíritu Santo, la Iglesia está preservada en la verdad, «y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad que es Cristo, y, al mismo tiempo declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» (Dignitatis humanae, 14).

Cuando la Iglesia enseña, por ejemplo, que el aborto, la esterilización o la eutanasia son siempre moralmente inadmisibles, expresa la ley moral universal inscrita en el corazón humano, y, por tanto, enseña algo que es vinculante para la conciencia de cada uno. Su absoluta prohibición de que esas intervenciones se lleven a cabo en centros sanitarios católicos es simplemente un acto de fidelidad a la ley de Dios. Como obispos, debéis recordar a todos los interesados, administraciones de hospitales y personal médico, que el incumplimiento de esta prohibición constituye un pecado grave y una fuente de escándalo (con respecto a la esterilización, cf. Congregación para la doctrina de la fe, Quaecumque sterilizatio, 13 de marzo de 1975: AAS [1976] 738-740). Conviene subrayar que tanto estas como otras disposiciones del mismo tipo no son una imposición de una serie de criterios externos, que violan la libertad humana. Por el contrario, la enseñanza de la verdad moral por parte de la Iglesia «manifiesta las verdades que (la conciencia) ya debería poseer» (Veritatis splendor, 64), y estas verdades son las que nos hacen libres en el sentido más profundo de la libertad humana y confieren a nuestra humanidad su auténtica nobleza.

Hace casi dos mil años, san Pablo nos exhortaba a «no acomodarnos al mundo presente» (Rm 12, 2), sino a vivir la verdadera libertad que es obediencia a la voluntad de Dios. Enseñando la verdad sobre la conciencia y su relación intrínseca con la verdad moral, desafiaréis a una de las mayores fuerzas del mundo moderno. Pero, al mismo tiempo, prestaréis al mundo moderno un gran servicio, dado que le recordaréis el único fundamento capaz de sostener una cultura de libertad: lo que los fundadores de vuestra nación llamaron verdades «evidentes».


<<>> Título

La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE Multimedios. Derechos reservados (©) VE Multimedios™.

El texto en versión electrónica puede ser reproducido sin modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido, siempre que se mencione que ha sido realizado por VE Multimedios™.