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V. No está la dificultad en comprender, sino en atinar. El jugador de ajedrez. Sobieski. Las víboras de Aníbal.

Hay en este punto una particularidad muy digna de notarse, y que tal vez no a sido observada, y es que muchas verdades no son difíciles en sí, y que, sin embargo, a nadie se ocurren sino a los hombres de talento. Cuando éstos las presentan, o las hacen advertir, todo el mundo las ve tan claras, tan sencillas, tan obvias, que parece extraño no se las haya visto antes.

Dos hábiles jugadores de ajedrez están empeñados en una complicada partida. Uno de ellos hace una jugada, al parecer tan indiferente... "Tiempo perdido", dicen los espectadores; luego abandona una pieza que podía muy bien defender y se entretiene en acudir a un punto por el cual nadie le amenaza. "Vaya una humorada --exclaman todos--; esto le hará a usted mucha falta." "¿Qué quieren ustedes? --dice el taimado--; no atina uno en todo"; y continúa como distraído. El adversario no ha penetrado la intención, no acude al peligro, juega, y el distraído, que perdía tiempo y piezas, ataca por el flanco descubierto, y con maligna sonrisa dice: "Jaque mate." "Tiene razón --gritan todos--; y ¿cómo no lo habíamos visto?; y una cosa tan sencilla..., pues claro; perdió el tiempo para enfilar por aquel lado, abandonó una pieza para abrirse paso; acudió allí, no para defenderse, sino para cerrar aquella salida; parece imposible que no lo hubiéramos advertido."

Están los turcos acampados delante de Viena; cada cual discurre por donde se deberá atacarlos cuando llegue el deseado refuerzo a las órdenes del rey de Polonia. Las reglas del arte andan de boca en boca; los proyectos son innumerables. Llega Sobieski, hecha una ojeada sobre el ejército enemigo: "Es mío --dice--; está mal acampado." Al día siguiente ataca; los turcos son derrotados y Viena es libre. Y después de visto el plan de ataque y su feliz éxito, todos dirán: "Los turcos cometieron tal o cual falta; tenía razón el rey: estaban mal acampados"; todos veían la verdad, la encontraban muy sencilla, pero después de habérselas mostrado.

Todos los matemáticos sabían las propiedades de las progresiones aritméticas y geométricas: que el exponente de 1 era 0, que el de 10 era 1, que el de 100 era 2, y así sucesivamente, y que el de los números medios entre 1 y 10 era un quebrado; pero nadie veía que con esto se pudiese tener un instrumento de tantos y tan ventajosos usos como son las tablas de los logaritmos. Neper dijo: "Helo aquí", y todos los matemáticos vieron que era una cosa muy sencilla.

Nada más fácil que el sistema de nuestra numeración, y, sin embargo, no lo conocieron ni los griegos ni los romanos. ¿Qué fenómeno más sencillo, más patente a nuestros ojos que la tendencia de los fluidos a ponerse a nivel, a subir a la misma altura de la cual descienden? ¿No lo estamos viendo a cada paso en las retortas y en todos los vasos donde hay dos o más tubos de comunicación? ¿Qué cosa más sencilla que la aplicación de esta ley de la Naturaleza a objeto de tanta utilidad como es la conducción de las aguas? Y, sin embargo, ha debido transcurrir mucho tiempo antes que la Humanidad se aprovechara de la lección que estaba recibiendo todos los días en un fenómeno tan sencillo.

Dos artesanos poco diestros se hallaban embarazados en una obra. El uno consulta al otro; ambos cavilan, ensayan, malbaratan, sin conseguir nada. Acuden por fin a un tercero, de aventajada nombradía: "A ver si usted nos saca de apuros." "Muy sencillo: de esta manera." "Tiene usted razón; era tan fácil, y no habíamos sabido dar en ello."

Está Aníbal a la víspera de un combate naval; da sus disposiciones y, entretanto, vuelven a bordo algunos soldados, que llevan un gran número de vasos de barro bien tapados, cuyo contenido conocen muy poco. Comienza la refriega; los enemigos se ríen de que los marinos de Aníbal les arrojen aquellos vasos en vez de flechas; el barro se hace pedazos y el daño que causa es muy poco. Pasan algunos momentos; un marino siente una picadura atroz; al grito del lastimado sucede el de otro; todos vuelven la vista y notan con espanto que la nave está llena de víboras. Introdúcese el desorden. Aníbal maniobra con destreza y la victoria se decide en su favor. Ciertamente que nadie ignoraba que era posible recoger muchas víboras y encerrarlas en vasos de barro y tirarlos a las naves enemigas; pero la ocurrencia sólo la tuvo el astuto cartaginés. Y él, sin duda, encontró el infernal ardid sin raciocinios ni cavilaciones; bastóle, tal vez, que alguien mentase la palabra víbora para atinar, desde luego, en que este reptil podía servirle de excelente auxiliar.

¿Qué nos dicen estos ejemplos? Nos dicen que el talento consiste muchas veces en ver una relación que está patente y en la cual nadie atina. Ella, en sí, no es difícil, y la prueba está en que tan pronto como alguno la descubre y la señala con el dedo, diciendo: "Mirad", todos la ven sin esfuerzo y hasta se admiran de no haberla advertido. Así que el lenguaje, llevado por la fuerza misteriosa de las cosas los llama a estos pensamientos: ocurrencia, golpes, inspiraciones, expresando de esta manera que no costaron trabajo, que se ofrecieron por sí mismos.


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