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VII. Observaciones. La cavilación y el buen sentido

La vivacidad no es la penetración; la abundancia de ideas no siempre lleva consigo la claridad y exactitud del pensamiento; la prontitud del juicio suele ser sospechosa de error; una larga serie de raciocinios demasiado ingeniosos suele adolecer de sofismas que rompen el hilo de la ilación y extravía al que se fía en ellos.

No siempre es fácil tarea el señalar a punto fijo esos defectos; mayormente, cuando el que los padece es un hablador fecundo y brillante que desenvuelve sus ideas en un raudal de hermosas palabras. La razón humana es de suyo tan cavilosa, poseen ciertos hombres cualidades tan a propósito para deslumbrar, para presentar los objetos desde el punto de vista que les conviene o los preocupa, que no es raro ver a la experiencia, al buen juicio, al tino, no poder contestar a una nube de argumentos especiosos otra cosa que: "Esto no irá bien; estos raciocinios no son concluyentes; aquí hay ilusión; el tiempo lo manifestará."

Y es que hay cosas que más bien se sienten que no se conocen; las hay que se ven, pero no se prueban; porque hay relaciones delicadas, hay minuciosidades casi imperceptibles que no es posible demostrar con el discurso a quien no las descubre a la primera ojeada; hay puntos de vista sumamente fugaces, que en vano se buscan porque no ha sabido colocarse en ellos en el momento oportuno.


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