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SS XII. Deberes de la oratoria, de la poesía y de las bellas artes

Nacen de aquí consideraciones muy graves sobre el buen uso de la oratoria, y en general de todas las artes que, o llegan al entendimiento por conducto del corazón, o al menos se valen de él como un auxiliar poderoso. La pintura, la escultura, la música, la poesía, la literatura en todas sus partes tienen deberes muy severos, que se olvidan con demasiada frecuencia. La verdad y la virtud: he aquí los dos objetos a que se han de dirigir: la verdad para el entendimiento, la virtud para el corazón; he aquí lo que han de proporcionar al hombre por medio de las impresiones con que le embelesan. En desviándose de este blanco, en limitándose a la simple producción del placer, son estériles para el bien y fecundas para el mal.

El artista que sólo se propone halagar las pasiones, corrompiendo las costumbres, es un hombre que abusa de sus talentos y olvida la misión sublime que le ha encomendado el Criador al dotarle de facultades privilegiadas que le aseguran ascendiente sobre sus semejantes; el orador que, sirviéndose de las galas de la dicción v de su habilidad para mover los afectos y hechizar la fantasía, procura hacer adoptar opiniones erradas es un verdadero impostor, no menos culpable que quien emplea medios quizá más repugnantes, pero mucho menos peligrosos. No es lícito persuadir cuando no es licito convencer; cuando la convicción es un engaño, la persuasión es una perfidia. Esta doctrina es severa, pero indudable; los dictámenes de la razón no pueden menos de ser severos cuando se ajustan a las prescripciones de la ley eterna, que es severa también, porque es justa e inmutable.

Inferiremos de lo dicho que los escritores u oradores dotados de grandes cualidades para interesar y seducir son una verdadera calamidad pública cuando las emplean en defensa del error. ¿Qué importa el brillo si sólo sirve a deslumbrar y perder? Las naciones modernas han olvidado estas verdades al resucitar entre ellas la elocuencia popular, que tanto dañó a las antiguas repúblicas; en las asambleas deliberantes, donde se ventilan los altos negocios del Estado, donde se falla sobre los grandes intereses de la sociedad, no debiera resonar otra voz que la de una razón clara, sesuda, austera. La verdad es la misma, la realidad de las cosas no se muda porque se haya excitado el entusiasmo de la asamblea de los espectadores y se haya decidido una votación con los acentos de un orador fogoso. Es o no verdad lo que se sustenta, es o no útil lo que se propone: he aquí lo único a que se ha de atender; lo demás es extraviarse miserablemente, es olvidarse del fin de la deliberación, es jugar con los grandes intereses de la sociedad, es sacrificarlos al pueril prurito de ostentar dotes oratorias, a la mezquina vanidad de arrancar aplausos.

Ya se ha observado que todas las asambleas, y muy particularmente en el principio de las revoluciones, adolecen de espíritu de invasión y se distinguen por sus resoluciones desatinadas. La sesión comienza tal vez con felices auspicios, pero de repente toma un sesgo peligroso; los ánimos se conmueven, la mente se ofusca, la exaltación sube de punto, llega a rayar en frenesí, y una reunión de hombres que por separado habrían sido razonables se convierte en una turba de insensatos y delirantes. La causa es obvia: la impresión del momento es viva, prepondera sobre todo, lo señorea todo; con la simpatía natural al hombre se propaga como un fluido eléctrico, y corriendo adquiere velocidad y fuerza; lo que al principio era una chispa es a pocos momentos una conflagración espantosa.

El tiempo, los desengaños y escarmientos amaestran algún tanto a las naciones, haciendo que se vaya embotando la sensibilidad y no sea tan peligrosa la fascinación oratoria: triste remedio para el mal, la repetición de sus daños. Como quiera, ya que no es posible cambiar el corazón de los hombres, serán dignos de gloria y prez los oradores esclarecidos que emplean en defensa de la verdad y de la justicia las mismas armas que otros usan en pro del error y del crimen. Al lado del veneno la Providencia suele colocar el antídoto.


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