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Introducción

1. En los umbrales del tercer milenio la educación y la escuela católicas se encuentran ante desafíos nuevos lanzados por los contextos socio-cultural, y político. Se trata en especial de la crisis de valores, que sobre todo en las sociedades ricas y desarrolladas, asume las formas, frecuentemente propaladas por los medios de comunicación social, de difuso subjetivismo, de relativismo moral y de nihilismo. El profundo pluralismo que impregna la concienca social, da lugar a diversos comportamientos, en algunos casos tan antitéticos como para minar cualquier identidad comunitaria. Los rápidos cambios estructurales, las profundas innovaciones técnicas y la globalización de la economía repercuten en la vida del hombre de cualquier parte de la tierra. Contrariamente, pues, a las perspectivas de desarrollo para todos, se asiste a la acentuación de la diferencia entre pueblos ricos y pueblos pobres, y a masivas oleadas migratorias de los países subdesarrollados hacia los desarrollados. Los fenómenos de la multiculturalidad, y de una sociedad que cada vez es más plurirracial, pluriétnica y plurirreligiosa, traen consigo enriquecimiento, pero también nuevos problemas. A esto se añade, en los países de antigua evangelización, una creciente marginación de la fe cristiana como referencia y luz para la comprensión verdadera y convencida de la existencia.

2. En el campo específico de la educación, las funciones se han ampliado, llegando a ser más complejas y especializadas. Las ciencias de la educación, anteriormente centradas en el estudio del niño y en la preparación del maestro, han sido impulsadas a abrirse a las diversas etapas de la vida, a los diferentes ambientes y situaciones allende la escuela. Nuevas necesidades han dado fuerza a la exigencia de nuevos contenidos, de nuevas competencias y de nuevas figuras educativas, además de las tradicionales. Así educar, hacer escuela en el contexto actual resulta especialmente difícil.

3. Frente a este panorama, la escuela católica está llamada a una renovación valiente. La herencia valiosa de una experiencia secular manifiesta, en efecto, la propia vitalidad sobre todo por la capacidad para adecuarse sabiamente. Es, por tanto, necesario que también hoy la escuela católica sepa definirse a sí misma de manera eficaz, convincente y actual. No se trata de simple adaptación, sino de impulso misionero: es el deber fundamental de la evangelización, del ir allí donde el hombre está para que acoja el don de la salvación.

4. Por esto, la Congregación para la Educación Católica, en estos años de preparación inmediata al gran jubileo del 2000, en la grata concurrencia de cumplirse los treinta años de la creación de la Oficina para las escuelas[1] y de los veinte años de la publicación del documento La Escuela Católica, el 19 de marzo de 1977, con el fin de « concentrar la atención sobre la naturaleza y características de una escuela que quiere definirse y presentarse como católica »,[2] se dirige, por la presente carta circular, a cuantos están comprometidos en la educación escolar, a fin de hacerles llegar una palabra de aliento y de esperanza. En particular esta carta se propone compartir tanto la satisfacción por los resultados positivos logrados por la escuela católica, como sus preocupaciones por las dificultades que encuentra. Además, respaldados por la enseñanza del Concilio Vaticano II, por las numerosas intervenciones del Santo Padre, por las Asambleas ordinarias y especiales del Sínodo de los Obispos, por las Conferencia Episcopales y por la solicitud de los Ordinarios diocesanos, así como por los Organismos internacionales católicos con fines educativos y escolares, nos parece oportuno llamar la atención sobre algunas características fundamentales de la escuela católica que consideramos importantes para la eficacia de su labor educativa en la Iglesia y en la sociedad: la escuela católica como lugar de educación integral de la persona humana a través de un claro proyecto educativo que tiene su fundamento en Cristo;[3] su identidad eclesial y cultural; su misión de caridad educativa; su servicio social; su estilo educativo que debe caracterizar a toda su comunidad educativa.

[1] La Sagrada Congregación para la Educación Católica, nuevo nombre de la Sagrada Congregación de los Seminarios y de las Universidades, por la Constitución Apostólica Regimini ecclesiæ universæ, publicada el 15 de agosto de 1967, que entró en vigor el 1 de marzo de 1968 (AAS, LIX [1967] pp. 885-928), era estructurada en tres oficinas. Con tal reordenamiento fue creada la Oficina para las escuelas católicas, con el fin de « desarrollar posteriormente » los principios fundamentales de la educación, sobre todo en las escuelas (cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. sobre la educación cristiana Gravissimum educationis, Introducción).

[2] S. Congregación para la Educación Católica, La escuela católica, n. 2.

[3] Cfr. S. Congregación para la Educación Católica, La escuela católica, n. 34.


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