<< Está al final Inicio Contenidos

 

IV. RECURSOS Y MEDIOS

NECESIDAD DE DEFENSA
RENOVACIÓN DE LA VIDA CRISTIANA
DESPRENDIMIENTO
CARIDAD CRISTIANA


NECESIDAD DE DEFENSA

39. Tal es, Venerables Hermanos, la doctrina de la Iglesia, la única que, como en todos los demás campos, también en el terreno social puede traer verdadera luz y ser la salvación frente a la ideología comunista. Pero es preciso que esta doctrina se realice cada vez más en la práctica de la vida, conforme al aviso del apóstol Santiago: Sed... obradores de la palabra, y no tan sólo oidores, engañandoos a vosotros mismos[24]; por esto, lo que más urge al presente es aplicar con energía los oportunos remedios para oponerse eficazmente a la amenazadora revolución que se está preparando. Tenemos la firme confianza de que al menos la pasión, con que los hijos de las tinieblas trabajan día y noche en su propaganda materialista y atea, servirá para estimular santamente a los hijos de la luz a un celo no desigual, y aun mayor, por honor de la Majestad divina.

40. ¿Qué, pues, hacer? ¿Qué remedios emplear para defender a Cristo y la civilización cristiana contra ese tan pernicioso enemigo? Como un padre en el seno de la familia, quisiéramos Nos conversar, por decirlo así, en la intimidad, sobre los deberes que la gran lucha de nuestros días impone a todos los hijos de la Iglesia, dirigiendo también Nuestra paternal admonición aun a aquellos hijos que se han alejado de ella.

RENOVACIÓN DE LA VIDA CRISTIANA

41. Como en los periodos más borrascosos de la historia de la Iglesia, así hoy todavía el remedio fundamental está en una sincera renovación de la vida privada y pública, según los principios del Evangelio, en todos aquellos que se glorían de pertenecer al redil de Cristo, para que sean verdaderamente la sal de la tierra que preserva a la sociedad humana de una corrupción total.

42. Con ánimo profundamente agradecido al Padre de las luces, de quien desciende toda dádiva buena y todo don perfecto[25], vemos en todas partes signos consoladores de esta renovación espiritual, no sólo en tantas almas singularmente elegidas que en estos últimos años se han alzado hasta la cumbre de la más sublime santidad, y en tantas otras, cada vez más numerosas, que generosamente caminan hacia la misma luminosa meta, sino también en una piedad sentida y vivida que vuelve a florecer en todas las clases de la sociedad, aun en las más cultas, como lo hemos hecho notar en Nuestro reciente "Motu proprio" In multis solaciis, del 28 de octubre pasado, con ocasión de la reorganización de la Academia Pontificia de Ciencias[26].

43. Pero no podemos negar que aun queda mucho por hacer en este camino de la renovación espiritual. Aun en países católicos, son demasiados los que son católicos casi sólo de nombre; demasiados los que, aun observando más o menos fielmente las prácticas más esenciales de la religión que se glorían de profesar, no se preocupan de conocerla mejor ni de adquirir una convicción más íntima y profunda, y menos aún de hacer que al barniz exterior corresponda el interno esplendor de una conciencia recta y pura, que comprenda y cumpla todos sus deberes bajo la mirada de Dios. Sabemos cuánto aborrece el Divino Salvador esta vana y falaz exterioridad, El, que quería que todos adorasen al Padre en espíritu y verdad[27]. Quien no vive verdadera y sinceramente según la fe que profesa, no podrá sostenerse mucho tiempo hoy, cuando tan fuerte sopla el viento de la lucha y de la persecución, sino que será arrastrado miserablemente por este nuevo diluvio que amenaza al mundo; y así, mientras se labra su propia ruina, expondrá también a ludibrio el nombre de cristiano.

DESPRENDIMIENTO

44. Y aquí queremos, Venerables Hermanos, insistir más particularmente sobre dos enseñanzas del Señor, que tienen especial conexión con las actuales condiciones del género humano: el desprendimiento de los bienes terrenos y el precepto de la caridad. Bienaventurados los pobres de espíritu, fueron las primeras palabras que salieron de los labios del Divino Maestro en su sermón de la montaña[28]. Y esta lección es más necesaria que nunca en estos tiempos de materialismo sediento de bienes y placeres de esta tierra. Todos los cristianos, ricos y pobres, deben tener siempre fija la mirada en el cielo, recordando que no tenemos aquí ciudad permanente sino que vamos tras de la futura[29]. Los ricos no deben poner su felicidad en las cosas de la tierra, ni enderezar sus mejores esfuerzos a conseguirlas, sino que, considerándose sólo como administradores que saben cómo han de dar cuenta al supremo Dueño, se sirvan de ellas como de preciosos medios que Dios les otorga para hacer el bien; y no dejen de distribuir a los pobres lo superfluo, según el precepto evangélico[30]. De lo contrario, se verificará en ellos y en sus riquezas la severa sentencia de Santiago apóstol: Ea, pues, ricos, llorad, levantad el grito en vista de las desdichas que han de sobreveniros. Podridos están vuestros bienes, y vuestras ropas han sido roídas por la polilla. El oro y la plata vuestra se han enmohecido; y el orín de estos metales dará testimonio contra vosotros, y devorará vuestras carnes como un fuego. Os habéis atesorado ira para los últimos días[31].

45. Pero también los pobres, a su vez, aunque se esfuercen, según las leyes de la caridad y de la justicia, por proveerse de lo necesario y aun por mejorar de condición, deben también permanecer siempre pobres de espíritu[32], estimando más los bienes espirituales que los bienes y goces terrenos. Recuerden, además, que nunca se conseguirá hacer desaparecer del mundo las miserias, los dolores, las tribulaciones a que están sujetos también los que exteriormente aparecen muy felices. Todos, pues, necesitan la paciencia, esa paciencia cristiana con que se eleva el corazón hacia las divinas promesas de una felicidad eterna. Pero vosotros, hermanos míos -diremos también con Santiago-, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labraor, con la esperanza de recoger el precioso fruto de la tierra, aguarda con paciencia la lluvia temprana y la tardía. Esperad también vosotros con paciencia y reanimad vuestros corazones, porque la venida del Señor está cerca[33]. Sólo así se cumplirá la consoladora promesa del Señor: Bienaventurados los pobres. Y no es éste un consuelo y una promesa vana, como son las promesas de los comunistas, sino que son palabras de vida, que encierran una realidad suprema, palabras que se verifican plenamente aquí en la tierra y después en la eternidad. Muchos son, de hecho, los pobres que en estas palabras y en la esperanza del reino de los cielos -proclamado ya propiedad suya, porque es vuestro el reino de Dios[34]- hallan una felicidad que tantos ricos no encuentran en sus riquezas, siempre inquietos al estar atormentados porque desean tener aun más.

CARIDAD CRISTIANA

46. Todavía más importante para remediar el mal de que tratamos, o, por lo menos, más directamente ordenado a curarlo, es el precepto de la caridad. Nos referimos a esa caridad cristiana, paciente y benigna[35], que evita toda apariencia de protección humillante y toda ostentación: esa caridad que desde los comienzos del Cristianismo ganó para Cristo a los más pobres entre los pobres, los esclavos: y damos las gracias a todos cuantos, en las obras de beneficencia, desde las Conferencias de San Vicente de Paul hasta las grandes y recientes organizaciones de asistencia social, han ejercitado y ejercitan las obras de misericordia corporal y espiritual. Cuanto más experimenten en sí mismos los obreros y los pobres lo que el espíritu de amor, animado por la virtud de Cristo, hace por ellos, tanto más se despojarán del prejuicio de que el Cristianismo ha perdido su eficacia y que la Iglesia está de parte de quienes explotan su trabajo.

47. Pero cuando vemos, por un lado, una muchedumbre de indigentes que, por causas ajenas a su voluntad, están realmente oprimidos por la miseria; y por otro lado, junto a ellos, tantos que se divierten inconsideradamente y gastan enormes sumas en cosas inútiles, no podemos menos de reconocer con dolor que no sólo no es bien observada la justicia, sino que tampoco se ha profundizado lo suficiente en el precepto de la caridad cristiana, ni se vive conforme a él en la práctica cotidiana. Deseamos, pues, Venerables Hermanos, que sea más y más explicado, de palabra y por escrito, este divino precepto, precioso distintivo dejado por Cristo a sus verdaderos discípulos; este precepto que nos enseña a ver, en los que sufren, a Jesús mismo y nos obliga a amar a nuestros hermanos como el divino Salvador nos ha amado, es decir, hasta el sacrificio de nosotros mismos, y, si es necesario, aun de la propia vida. Mediten todos a menudo aquellas palabras, consoladoras por una parte, pero terribles por otra, de la sentencia final que el Juez Supremo pronunciará en el día del juicio final: Venid, benditos de mi Padre... porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber... En verdad os digo: siempre que lo hicisteis con alguno de estos mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis[36]. Y por lo contrario: Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno... porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber... En verdad os digo: siempre que dejasteis de hacerlo con alguno de estos mis pequeños hermanos, dejasteis de hacerlo conmigo[37].

48. Para merecer, pues, la vida eterna y para poder socorrer eficazmente a los necesitados, es necesario volver a un vida más modesta; renunciar a los placeres, muchas veces hasta pecaminosos, que el mundo ofrece hoy en tanta abundancia; y, finalmente, olvidarse de sí mismo por el amor del prójimo. Hay una divina fuerza regeneradora en este precepto nuevo, como lo llamaba Jesús, de la caridad cristiana[38], cuya fiel observancia, al infundir en los corazones una paz interna que no conoce el mundo, remediará eficazmente los males que afligen a la humanidad.

deberes de estricta justicia

49. Pero la caridad nunca será verdadera caridad si no tiene siempre en cuenta la justicia. El Apóstol enseña que quien ama al prójimo, ha cumplido la ley; y da la razón: porque el No fornicar, No matar, No robar... y cualquier otro mandato, se resumen en esta fórmula: Amarás a tu prójimo como a ti mismo[39]. Si, pues, según el Apóstol, todos los deberes se reducen al único precepto de la verdadera caridad, también se reducirán a él los que son de estricta justicia, como el no matar y el no robar; una caridad que prive al obrero del salario al que tiene estricto derecho, no es caridad, sino un vano nombre y una vacía apariencia de caridad. Ni el obrero ha de recibir como limosna lo que le corresponde por justicia; ni con pequeñas dádivas de misericordia pretenda nadie eximirse de los grandes deberes impuestos por la justicia. La caridad y la justicia imponen deberes, con frecuencia acerca del mismo objeto, pero bajo diversos aspectos; y los obreros, por razón de su propia dignidad tienen pleno derecho a mostrarse muy sensibles en la exigencia de los deberes que los demás tienen para con ellos.

50. Por esto Nos dirigimos de modo particular a vosotros, patronos e industriales cristianos, cuya tarea es a menudo tan difícil porque padecéis la pesada herencia de los errores de un régimen económico injusto que ha ejercitado su ruinoso influjo durante varias generaciones: Acordaos de vuestra responsabilidad. Es, por desgracia, verdad que las prácticas admitidas en ciertos sectores católicos han contribuido a quebrantar la confianza de los trabajadores en la religión de Jesucristo. No querían aquéllos comprender que la caridad cristiana exige el reconocimiento de ciertos derechos debidos al obrero y que la Iglesia los ha reconocido explícitamente. ¿Qué decir de ciertos patronos católicos que en algunas partes consiguieron impedir la lectura de Nuestra encíclica Quadragesimo anno en sus iglesias patronales? ¿Qué decir de aquellos industriales católicos que todavía no han cesado de mostrarse, hasta hoy, enemigos de un movimiento obrero recomendado por Nos mismo? ¿Y no es de lamentar que el derecho de propiedad, reconocido por la Iglesia, haya sido usado algunas veces para defraudar al obrero en su justo salario y en sus derechos sociales?

justicia social

51. En efecto, además de la justicia conmutativa, existe la justicia social, que impone también deberes a los que ni patronos ni obreros se pueden sustraer. Y precisamente es propio de la justicia social el exigir de los individuos todo cuanto es necesario al bien común. Pero así como en el organismo viviente no se provee al todo si no se da a cada parte y a cada miembro cuanto necesitan para ejercer sus funciones, así tampoco se puede proveer al organismo social y al bien de toda la sociedad si no se da a cada parte y a cada miembro, es decir, a los hombres dotados de la dignidad de persona, cuanto necesitan para cumplir sus funciones sociales. La realización de la justicia social dará como fruto una intensa actividad de toda la vida económica desarrollada en la tranquilidad y en el orden, y se pondrá así de relieve la salud del cuerpo social, del mismo modo que la salud del cuerpo humano se reconoce en la actividad armónica, al mismo tiempo que plena y fructuosa, de todo el organismo.

52. Pero no se puede decir que se haya satisfecho a la justicia social si los obreros no tienen asegurado su propio sustento y el de sus familias con un salario proporcionado a este fin; si no se les facilita la ocasión de adquirir alguna modesta fortuna, previniendo así la plaga del pauperismo universal; si no se toman precauciones en su favor, con seguros públicos y privados para el tiempo de vejez, de enfermedad o de paro. En una palabra, para repetir lo que dijimos en Nuestra encíclica Quadragesimo anno: "La economía social quedará sólidamente constituida y alcanzará sus fines sólo cuando a todos y a cada uno de los socios se les provea de todos los bienes que las riquezas y subsidios naturales, la técnica y la constitución social del hecho económico puedan ofrecer. Esos bienes deben ser tan suficientemente abundantes que satisfagan las necesidades y comodidades honestas, y eleven a los hombres a aquella condición de vida más feliz que, administrada prudentemente, no sólo no impide la virtud, sino que la favorece en gran manera"[40].

53. Además, si, como sucede, con frecuencia cada vez mayor, en el salariado, la justicia no puede ser practicada por los particulares, sino a condición de que todos convengan en practicarla conjuntamente mediante instituciones que unan entre sí a los patronos, para evitar entre ellos una concurrencia incompatible con la justicia debida a los trabajadores, el deber de los empresarios y patronos es el sostener y promover estas instituciones necesarias, que son el medio normal para poder cumplir los deberes de justicia. Pero también los trabajadores deben acordarse de sus obligaciones de caridad y de justicia para con los patronos: estén persuadidos de que así pondrán mejor a salvo sus propios intereses.

54. Si se considera, pues, el conjunto de la vida económica -como lo notamos ya en Nuestra encíclica Quadragesimo anno-, no se conseguirá que en las relaciones económico-sociales reine la mutua colaboración de la justicia y de la caridad sino por medio de un conjunto de instituciones profesionales e interprofesionales que, fundadas sobre bases sólidamente cristianas y unidas entre sí, constituyan, bajo diversas formas adaptadas a lugares y circunstancias, lo que se llamaba la Corporación.

doctrina social

55. Para dar a esta acción social una eficacia mayor, es muy necesario promover el estudio de los problemas sociales a la luz de la doctrina de la Iglesia misma. Si el modo de proceder de algunos católicos ha dejado que desear en el campo económico-social, con frecuencia ello se debe a que no han conocido suficientemente ni meditado las enseñanzas de los Sumos Pontífices en la materia. Por esto es sumamente necesario que en todas las clases de la sociedad se promueva una más intensa formación social, correspondiente al diverso grado de cultura intelectual, y se procure con toda solicitud y por todos medios la más amplia difusión de las enseñanzas de la Iglesia aun entre la clase obrera. Ilumínense las mentes con la segura luz de la doctrina católica, muévanse las voluntades a seguirla y aplicarla como norma de una vida recta, por el cumplimiento concienzudo de los múltiples deberes sociales. Y así se evitará esa incoherencia y discontinuidad en la vida cristiana de la que varias veces Nos hemos lamentado, pues algunos, miembros son aparentemente fieles al cumplimiento de sus deberes religiosos, luego, en el campo del trabajo, o de la industria, o de la profesión, o en el comercio, o en el empleo, por un deplorable desdoblamiento de conciencia, llevan una vida demasiado disconforme con las claras normas de la justicia y de la caridad cristiana, dando así grave escándalo a los débiles y ofreciendo a los malos fácil pretexto para desacreditar a la Iglesia misma.

56. Grandemente puede contribuir a esta renovación la prensa católica. Ella puede y debe, ante todo, procurar dar a conocer cada vez mejor, valiéndose de medios tan variados como atractivos, la doctrina social; informar con exactitud, pero también con la debida extensión, acerca de la actividad de los enemigos, y describir los medios de lucha que se hayan demostrado ser los más eficaces en las diversas regiones; proponer útiles sugerencias y poner en guardia contra las astucias y engaños con que los comunistas procuran, y ya lo han logrado, atraerse a sí aun a hombres de buena fe.

contra las insidias comunistas

57. Sobre este punto insistimos ya en Nuestra Alocución del 12 de mayo del año pasado, pero creemos necesario, Venerables Hermanos, volver a llamar acerca de ello vuestra atención de manera especial. Al principio, el comunismo se mostró cual era en toda su perversidad; pero pronto cayó en la cuenta de que con tal proceder alejaba de si a los pueblos, y por esto ha cambiado de táctica y procura atraerse las muchedumbres con diversos engaños, ocultando sus designios bajo ideas que en sí mismas son buenas y atrayentes. Así, ante el deseo general de paz, los jefes del comunismo fingen ser los más celosos fautores y propagandistas del movimiento por la paz mundial; pero al mismo tiempo excitan a una lucha de clases que hace correr ríos de sangre, y sintiendo que no tienen garantías internas de paz, recurren a armamentos ilimitados. Así, bajo diversos nombres y sin alusión alguna al comunismo, fundan asociaciones y periódicos que luego no sirven sino para lograr que sus ideas vayan penetrando en medios que de otro modo no les serían fácilmente accesibles; y pérfidamente procuran infiltrarse hasta en asociaciones abiertamente católicas y religiosas. Así, en otras partes, sin renunciar en lo más mínimo a sus perversos principios, invitan a los católicos a colaborar con ellos en el campo llamado humanitario y caritativo, a veces proponiendo cosas completamente conformes al espíritu cristiano y a la doctrina de la Iglesia. En otras partes llevan su hipocresía hasta hacer creer que el comunismo en los países de mayor fe o de mayor cultura tomará un aspecto más suave, y no impedirá el culto religioso y respetará la libertad de conciencia. Y hasta hay quienes, refiriéndose a ciertos cambios introducidos recientemente en la legislación soviética, deducen que el comunismo está ya para abandonar su programa de lucha contra Dios.

58. Procurad, Venerables Hermanos, que los fieles no se dejen engañar. El comunismo es intrínsecamente perverso; y no se puede admitir que colaboren con él, en ningún terreno, quienes deseen salvar la civilización cristiana. Y si algunos, inducidos al error, cooperasen a la victoria del comunismo en sus países, serían los primeros en ser víctimas de su ceguera; y cuanto las regiones, donde el comunismo consigue penetrar, más se distingan por la antigüedad y la grandeza de su civilización cristiana, tanto más devastador se manifestará allí el odio de los sin Dios.

oración y penitencia

59. Pero si el Señor no guardare la ciudad, en vano vigila el centinela[41]. Por esto, como último y poderosísimo remedio, os recomendamos, Venerables Hermanos, que en vuestras diócesis promováis e intensifiquéis del modo más eficaz el espíritu de oración, unido a la penitencia cristiana. Cuando los Apóstoles preguntaron al Salvador por qué no habían podido librar del espíritu maligno a un endemoniado, les respondió el Señor: Tales demonios no se lanzan más que con la oración y el ayuno[42]. Tampoco podrá ser vencido el mal que hoy atormenta a la humanidd sino con una santa y universal cruzada de oración y de penitencia; y recomendamos singularmente a las Ordenes contemplativas, masculinas y femeninas, que redoblen sus súplicas y sacrificios para impetrar del cielo una poderosa ayuda a la Iglesia en las luchas presentes, con la poderosa intercesión de la Virgen Inmaculada, la cual, así como un día aplastó la cabeza de la antigua serpiente, así también es hoy segura defensa e invencible Auxilio de los cristianos.

V. MINISTROS Y AUXILIARES

DE ESTA OBRA SOCIAL

DE LA IGLESIA

sacerdotes

60. Para la obra mundial de salvación que hemos venido describiendo, y para la aplicación de los remedios que quedan brevemente apuntados, los sacerdotes son los que ocupan el primer puesto entre los ministros y obreros evangélicos designados por el divino Rey Jesucristo. A ellos, por vocación especial, bajo la guía de los Sagrados Pastores, y en unión de filial obediencia al Vicario de Cristo en la tierra, se les ha confiado el cargo de tener encendida en el mundo la antorcha de la fe y de infundir en los fieles aquella confianza sobrenatural con que la Iglesia, en nombre de Cristo, ha combatido y vencido tantas otras batallas. Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe[43].

61. De modo particular recordamos a los sacerdotes la exhortación tantas veces repetida por Nuestro Predecesor León XIII de ir al obrero; exhortación que Nos hacemos Nuestra, completándola: Id al obrero, especialmente al obrero pobre; más aún, en general, id a los pobres, siguiendo en esto las enseñanzas de Jesús y de su Iglesia. Los pobres, en efecto, son los que están más expuestos a las insidias de los agitadores, que explotan su desgraciada condición para encender la envidia contra los ricos y excitarles a tomar por la fuerza lo que les parece que la fortuna les ha negado injustamente; y si el sacerdote no va a los obreros y a los pobres, para prevenirles o para desengañarlos de los prejuicios y falsas teorías, se convertirán en fácil presa de los apóstoles del comunismo.

62. No podemos negar que se ha hecho ya mucho en este sentido, especialmente después de las encíclicas Rerum novarum y Quadragesimo anno; y saludamos con paterna complacencia el industrioso celo pastoral de tantos Obispos y sacerdotes que, con las debidas prudentes cautelas, inventan o prueban nuevos métodos de apostolado adaptados a las exigencias modernas. Pero todo esto es aun demasiado poco para las exigencias de la hora presente. Así como cuando la patria está en peligro, todo lo que no es estrictamente necesario o no está directamente ordenado a la urgente necesidad de la defensa común pasa a segunda línea, así también en nuestro caso, toda otra obra, por muy hermosa y buena que sea, debe ceder el puesto a la vital necesidad de salvar las bases mismas de la fe y de la civilización cristiana. Por consiguiente, los sacerdotes en sus parroquias, dedicándose, naturalmente, cuanto sea necesario, al cuidado ordinario de los fieles, reserven la mejor y la mayor parte de sus fuerzas y de su actividad a fin de volver a ganar las masas trabajadoras para Cristo y su Iglesia, hacer penetrar el espíritu cristiano en los medios que le son más ajenos. En las masas populares hallarán una inesperada correspondencia y abundancia de frutos que les compensarán del duro trabajo de la primera roturación, como lo hemos visto y lo vemos en Roma y en muchas otras grandes ciudades, donde en las nuevas iglesias que van surgiendo en los barrios periféricos, se ven formarse celosas comunidades parroquiales y se operan verdaderos milagros de conversión entre muchedumbres antes hostiles a la religión, sólo porque no la conocían.

63. Pero el medio más eficaz de apostolado entre las muchedumbres de los pobres y de los humildes es el ejemplo del sacerdote, el ejemplo de todas las virtudes sacerdotales, tal como las hemos descrito en Nuestra encíclica Ad catholici sacerdotii[44]; mas, en el presente caso, de un modo especial es necesario un luminoso ejemplo de vida humilde, pobre, desinteresada, imitando al Divino Maestro, que podía proclamar con divina franqueza: Las raposas tienen madrigueras y las aves del cielo nido, mas el Hijo del hombre no tiene sobre donde reclinar la cabeza[45]. Un sacerdote verdadera y evangélicamente pobre y desinteresado hace milagros de bien en medio del pueblo, como un Vicente de Paúl, un cura de Ars, un Cottolengo, un Don Bosco y tantos otros; pero un sacerdote avaro e interesado, como lo hemos recordado en la ya citada Encíclica, aunque no caiga como Judas, en el abismo de la traición, será por lo menos un vano bronce que resuena y un inútil címbalo que retiñe[46] y, demasiadas veces, un estorbo más que un instrumento de la gracia, en medio del pueblo. Y si el sacerdote secular o regular tiene que administrar bienes temporales por deber de oficio, recuerde que no sólo ha de observar escrupulosamente cuanto prescriben la caridad y la justicia, sino que de manera especial debe mostrarse verdadero padre de los pobres.

Acción Católica

64. Después de este llamamiento al Clero, dirigimos Nuestra paternal invitación a Nuestros queridísimos hijos seglares que militan en las filas de la Acción Católica, que Nos es tan cara y que, como declaramos en otra ocasión (*), es una ayuda particularmente providencial a la obra de la Iglesia en estas circunstancias tan difíciles. En efecto, la Acción Católica es también apostolado social en cuanto tiende a difundir el reino de Jesucristo, no sólo en los individuos, sino también en las familias y en la sociedad. Por esto debe, ante todo, atender a formar con cuidado especial a sus miembros y a prepararlos para las santas batallas del Señor. Para este trabajo formativo, urgente y necesario como nunca, y que debe preceder siempre a la acción directa y efectiva, servirán ciertamente los círculos de estudio, las semanas sociales, los cursos sistematizados de conferencias y todas las demás iniciativas aptas para dar a conocer la solución cristiana de los problemas sociales.

65. Los que militan en la Acción Católica, tan bien preparados y adiestrados, serán los primeros e inmediatos apóstoles de sus compañeros de trabajo y los preciosos auxiliares del sacerdote para llevar la luz de la verdad y para aliviar las graves miserias materiales y espirituales en innumerables zonas que se han hecho refractarias a toda acción de los ministros de Dios por inveterados prejuicios contra el clero o una deplorable apatía religiosa. Así es como, bajo la guía de sacerdotes particularmente expertos, se cooperará a esa asistencia religiosa a las clases trabajadoras, que tanto Nos preocupa, porque es el medio más apto para preservar a esos amados hijos Nuestros de la insidia comunista.

66. Además de este apostolado individual, muchas veces silencioso, pero utilísimo y eficaz, es también propio de la Acción Católica difundir ampliamente por medio de la propaganda oral y escrita los principios fundamentales que han de servir a la construcción de un orden social cristiano, como se desprende de los documentos pontificios.

organizaciones auxiliares

67. Alrededor de la Acción Católica se alinean las organizaciones que muchas veces hemos recomendado como auxiliares de la misma. A estas organizaciones tan útiles las exhortamos con paternal afecto a que se consagren a la gran misión de que tratamos, porque actualmente supera a todas las demás por su vital importancia.

organizaciones profesionales

68. Nos pensamos también en las organizaciones profesionales de obreros, de agricultores, de ingenieros, de médicos, de patronos, intelectuales, y otras semejantes: hombres y mujeres, que viven en las mismas condiciones culturales y a quienes la naturaleza misma reúne en agrupaciones homogéneas. Precisamente estos grupos y estas organizaciones están destinados a introducir en la sociedad aquel orden que tuvimos presente en Nuestra encíclica Quadragesimo anno, y a difundir así el reconocimiento de la realeza de Cristo en los diversos campos de la cultura y del trabajo.

69. Y si por haberse transformado las condiciones de la vida económica y social, el Estado se ha creído en el deber de intervenir hasta el punto de asistir y regular directamente tales instituciones con peculiares disposiciones legislativas, salvo el respeto debido a la libertad y a las iniciativas privadas, ni aun en esas circunstancias puede la Acción Católica apartarse de la realidad. Con prudencia deberá prestar su contribución de pensamiento, estudiando los nuevos problemas a la luz de la doctrina católica, y la contribución de su actividad por la participación leal y generosa de sus socios en las nuevas formas e instituciones, llevando a ellas el espíritu cristiano, que es siempre principio de orden y de mutua y fraternal colaboración.

llamamiento a los obreros

70. Una palabra especialmente paternal quisiéramos dirigir aquí a Nuestros queridos obreros católicos, jóvenes y adultos, los cuales, tal vez en premio a su fidelidad, a veces heroica en estos tiempos tan difíciles, han recibido una misión muy noble y ardua. Bajo la dirección de sus Obispos y de sus sacerdotes, ellos deben traer de nuevo a la Iglesia y a Dios esas inmensas multitudes de hermanos suyos en el trabajo que, exacerbados por no haber sido comprendidos o tratados con la dignidad a que tenían derecho, se han alejado de Dios. Demuestren los obreror católicos con su ejemplo, con sus palabras, a estos hermanos extraviados que la Iglesia es una tierna madre para todos los que trabajan y sufren, y que jamás ha faltado ni faltará a su sagrado deber maternal de defender a sus hijos. Si esta misión que ellos deben cumplir en las minas, en las fábricas, en los talleres, dondequiera que se trabaja, requiere a veces grandes sacrificios, recuerden que el Salvador del mundo ha dado no sólo el ejemplo del trabajo, sino también el del sacrificio.

concordia

71. Finalmente, a todos Nuestros hijos de toda clase social, de toda nación, de toda agrupación religiosa o seglar en la Iglesia, quisiéramos dirigir un nuevo y más apremiante llamamiento a la concordia. Muchas veces Nuestro corazón paternal ha sido afligido por las divisiones, fútiles frecuentemente en sus causas, pero siempre trágicas en sus consecuencias, que hacen enfrentarse entre sí a los hijos de una misma madre, la Iglesia. Y entonces se ve cómo los fautores de desórdenes, que no son tan numerosos, aprovechándose de tales discordias, las hacen todavía más estridentes y acaban por lanzar a la lucha, unos contra otros, aun a los mismos católicos. Después de los acontecimientos de los últimos meses, debería parecer superflua Nuestra advertencia. Pero la repetimos una vez más para aquellos que no han comprendido o tal vez no quieren comprender. Los que trabajan por aumentar las disensiones entre los católicos toman sobre sí una terrible responsabilidad ante Dios y ante la Iglesia.

llamamiento a todos

72. Pero en esta lucha, empeñada por el poder de las tinieblas contra la idea misma de la Divinidad, queremos Nos esperar que, además de todos los que se glorían del nombre de Cristo, se muestren dispuestos también cuantos creen en Dios y lo adoran, que son aún la inmensa mayoría de los hombres. Renovamos, por lo tanto, el llamamiento que hace ya cinco años lanzamos en Nuestra encíclica Caritate Christi, a fin de que también ellos concurran leal y cordialmente por su parte para apartar de la humanidad el gran peligro que a todos amenaza. Porque -como decíamos entonces- el creer en Dios es el fundamento firmísimo de todo orden social y de toda responsabilidad en la tierra, y por esto cuantos no quieren la anarquía y el terror deben con toda energía consagrarse a que los enemigos de la religión no consigan el fin que con tanta claridad han proclamado[47].

deberes del Estado cristiano

ayudar a la Iglesia

73. Hemos expuesto, Venerables Hermanos, la tarea positiva, de orden doctrinal y práctico a la vez, que la Iglesia asume para sí, en virtud de la misión que Cristo le confió de construir la sociedad cristiana, y, en nuestros tiempos, de combatir y desbaratar los esfuerzos del comunismo; y hemos dirigido un llamamiento a todas y cada una de las clases de la sociedad. A esta misma empresa espiritual de la Iglesia debe el Estado cristiano concurrir positivamente, ayudando en su empeño a la Iglesia con los medios que le son propios; medios exteriores ciertamente, pero que también se refieren no menos, en primer lugar, al bien de las almas.

74. Por esto los Estados pondrán todo cuidado en impedir que la propaganda atea, que destruye todos los fundamentos del orden, haga estragos en sus territorios, porque no podrá haber autoridad sobre la tierra si no se reconoce la autoridad de la Majestad divina, ni será firme el juramento que no se haga en el nombre de Dios vivo. Repetimos lo que tantas veces y con tanta insistencia hemos dicho, especialmente en Nuestra encíclica Caritate Christi: Y, efectivamente, ¿cómo puede mantenerse un contrato cualquiera, y qué valor puede tener un tratado, cuando falta toda garantía de conciencia? ¿Y cómo se puede hablar de garantía de conciencia, cuando se ha perdido la fe en Dios, todo temor de Dios? Quitada esta base, cae con ella toda ley moral, y ningún medio hay que pueda impedir la gradual, pero inevitable ruina de los pueblos, de las familias, del Estado, de la misma civilización humana[48].

providencias del bien común

75. Además, el Estado debe emplear todos los medios para crear aquellas condiciones materiales de vida, sin las que no puede subsistir una sociedad ordenada, y para procurar trabajo, especialmente a los padres de familia y a la juventud. Para este fin, induzca a las clases ricas a que, por la urgente necesidad del bien común, tomen sobre sí aquellas cargas sin las cuales la sociedad humana no puede salvarse ni ellas podrían hallar salvación. Pero las providencias que toma el Estado a este fin deben ser tales que alcancen realmente a quienes de hecho tienen en sus manos los mayores capitales y los aumentan continuamente con grave daño de los demás.

prudente administración

76. El Estado mismo, acordándose de sus responsabilidades ante Dios y ante la sociedad, sirva de ejemplo a todos los demás con una prudente y sobria administración. Hoy más que nunca, la gravísima crisis mundial exige que los que dispongan de fondos enormes, fruto del trabajo y del sudor de millones de ciudadanos, tengan siempre ante los ojos únicamente el bien común y procuren promoverlo lo más posible. Que también los funcionarios y todos los empleados del Estado cumplan por obligación de conciencia sus deberes con fidelidad y desinterés, siguiendo los luminosos ejemplos antiguos y recientes de hombres insignes que, en un trabajo sin descanso, sacrificaron toda su vida por el bien de la patria. Y, finalmente, en las relaciones de los pueblos entre sí, se procure solícitamente que cuanto antes desaparezcan los impedimentos artificiales de la vida económica, nacidos de un sentimiento de desconfianza y de odio, cuando la verdad es que los pueblos de la tierra forman una única familia de Dios.

dejar libertad a la Iglesia

77. Pero, al mismo tiempo, el Estado tiene que dejar a la Iglesia plena libertad de cumplir su misión divina y espiritual, para contribuir así poderosamente a salvar los pueblos de la terrible tormenta de la hora presente. De todas partes se hace hoy un angustioso llamamiento a las fuerzas morales y espirituales; y con razón, porque el mal que se ha de combatir es, ante todo, considerado en su primera fuente, un mal de naturaleza espiritual, y de esta fuente es de donde brotan con una lógica infernal todas las monstruosidades del comunismo. Ahora bien: entre las fuerzas morales y religiosas sobresale incontestablemente la Iglesia católica; y por eso, el bien mismo de la humanidad exige que no se pongan impedimentos a su actividad.

78. Obrar de otro modo, y pretender al mismo tiempo alcanzar el fin con medios puramente económicos o políticos, es dejarse arrastrar por un error peligroso. Y cuando se excluye la religión de la escuela, de la educación, de la vida pública, cuando se expone al ludibrio a los representantes del Cristianismo y sus sagrados ritos, ¿no se favorece, por ventura, a aquel materialismo, de donde nace el comunismo? Ni la fuerza, aun mejor organizada, ni los ideales terrenos, por muy grandes y nobles que sean, pueden sofocar un movimiento que tiene sus raíces precisamente en la demasiada estima de los bienes de la tierra.

79. Confiamos que quienes dirigen la suerte de las naciones, por poco que sientan el peligro extremo que hoy amenaza a los pueblos, entenderán cada vez mejor el supremo deber de no impedir a la Iglesia el cumplimiento de su misión; y ello tanto más cuanto que al cumplirla, mientras atiende a la felicidad eterna del hombre, trabaja inseparablemente por la verdadera felicidad tempora.

Paternal llamamiento

80. No podemos terminar esta Encíclica sin dirigir una palabra a aquellos hijos Nuestros que ya están contagiados, o poco menos, por el mal comunista. Los exhortamos vivamente a que oigan la voz del Padre que los ama, y rogamos al Señor que los ilumine para que abandonen el resbaladizo camino que los lleva a una inmensa y catastrófica ruina, y reconozcan ellos también que el único Salvador es Jesucristo Señor Nuestro, pues no se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos salvarnos[49].

CONCLUSION

81. Y para apresurar la paz de Cristo en el reino de Cristo[50], por todos tan deseada, ponemos la gran acción de la Iglesia católica contra el comunismo ateo mundial bajo la égida del poderoso Protector de la Iglesia, San José. El pertenece a la clase obrera y él experimentó el peso de la pobreza en sí y en la Sagrada Familia, de la que era jefe solícito y amante; a él le fue confiado el divino Niño, cuando Herodes envió sus sicarios contra El. Con una vida de absoluta fidelidad en el cumplimiento del deber cotidiano, ha dejado un ejemplo de vida a todos los que tienen que ganar el pan con el trabajo de sus manos, y mereció ser llamado el Justo, ejemplo viviente de la justicia cristiana que debe dominar en la vida social.

82. Levantando la mirada, Nuestra fe ve los nuevos cielos y la nueva tierra de que habla el primer Predecesor Nuestro, San Pedro[51]. Mientras las promesas de los falsos profetas se resuelven en sangre y lágrimas, brilla con celestial belleza la gran profecía apocalíptica del Redentor del mundo: He aquí que Yo renuevo todas las cosas[52].

No Nos resta, Venerables Hermanos, sino elevar las manos paternas y hacer descender sobre vosotros, sobre vuestro clero y pueblo, sobre toda la gran familia católica, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta de San José, Patrono de la Iglesia universal, el 19 de marzo de 1937, año décimosexto de Nuestro Pontificado.

[24] Iac. 1, 22.

[25] Ibid. 1, 17.

[26] 28 oct. 1936: A.A.S. 28 (1936), 421-424.

[27] Io. 4, 23.

[28] Mat. 5, 3.

[29] Hebr. 13, 14.

[30] Cf. Luc. 11, 41.

[31] Iac. 5, 1-3.

[32] Mat. 5, 3.

[33] Iac. 5, 7-8.

[34] Luc. 6, 20.

[35] 1 Cor. 13, 4.

[36] Mat. 25, 34-40.

[37] Ibid. 41-45.

[38] Io. 13, 34.

[39] Rom. 13, 8-9.

[40] Enc. Quadragesimo anno 15 maii 1931: A.A.S. 23, 202.

[41] Ps. 126, 1.

[42] Mat. 17, 20.

[43] 1 Io. 5, 4.

[44] Enc. Ad catholici sacerdoti 20 dec. 1935: A.A.S. 28 (1936), 5-53.

[45] Mat. 8, 20.

[46] 1 Cor. 13, 1.
* 12 maii 1936; A.A.S. 29, 139-144.

[47] Enc. Caritate Christi 3 maii 1932: A.A.S. 24, 184.

[48] Ibid. A.A.S. 24 (1932), 190.

[49] Act. 4, 12.

[50] Cf. Enc. Ubi arcano 23 dec. 1922. A.A.S. 24, 691.

[51] 2 Pet. 3, 13; cf. Is. 65, 17; 66, 22; Apoc. 21, 1.

[52] Apoc. 21, 5.


<< Está al final Inicio Contenidos