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III. DOCTRINA DE LA IGLESIA

SUPREMA REALIDAD: DIOS

HOMBRE Y FAMILIA


25. Expuestos ya los errores y los medios violentos y engañosos del comunismo bolchevique y ateo, es hora ya, Venerables Hermanos, de oponerles brevemente la verdadera noción de la Civitas humana, de la Sociedad humana, cual -por medio de la Iglesia, Magistra gentium- nos la enseñan la razón y la revelación, y tal cual vosotros ya la conocéis.

SUPREMA REALIDAD: DIOS

26. Por encima de toda otra realidad está el sumo, único, supremo Ser, Dios, Creador omnipotente de todas las cosas, Juez infinitamente sabio y justo de todos los hombres. Esta suprema realidad, Dios, es la condenación más absoluta de las desvergonzadas mentiras del comunismo. Y no es que Dios exista, porque así los hombres lo creen; sino porque El existe, creen en El y elevan a El sus súplicas cuantos no cierran voluntariamente los ojos ante la verdad.

HOMBRE Y FAMILIA

27. Cuanto a lo que la razón y la fe dicen del hombre, Nos lo hemos expuesto en sus puntos fundamentales en la Encíclica sobre la educación cristiana[13]. El hombre tiene un alma espiritual e inmortal; es una persona, adornada admirablemente por el Creador con dones de cuerpo y de espíritu, un verdadero microcosmos, como decían los antiguos, esto es, un pequeño mundo, que excede con mucho en valor a todo el inmenso mundo inanimado. Dios sólo es su último fin, en esta vida y en la otra; la gracia santificante lo eleva al grado de hijo de Dios y lo incorpora al reino de Dios en el cuerpo místico de Cristo. Además, Dios lo ha dotado con múltiples y variadas prerrogativas: derecho a la vida, a la integridad del cuerpo, a los medios necesarios para la existencia; derecho de tender a su último fin por el camino trazado por Dios; derecho de asociación, de propiedad y del uso de la propiedad.

28. Así como el matrimonio y el derecho a su uso natural son de origen divino, así también la constitución y prerrogativas fundamentales de la familia han sido determinadas y fijadas por el Creador mismo, no por voluntad humana ni por factores económicos. De esto hemos hablado largamente en la Encíclica sobre el matrimonio cristiano[14] y en la otra, ya citada, sobre la educación.

¿QUÉ ES LA SOCIEDAD?

29. Al mismo tiempo Dios destinó también al hombre para vivir en la sociedad civil, exigida por su propia naturaleza. En el plan del Creador, la sociedad es un medio natural que el hombre puede y debe usar para obtener su fin, pues la sociedad humana es para el hombre, y no al contrario. Lo cual no ha de entenderse en el sentido del liberalismo individualista, que subordina la sociedad al uso egoísta del individuo; sino sólo en el sentido de que, por la unión orgánica con la sociedad, se haga posible a todos, mediante la mutua colaboración, la realización de la verdadera felicidad terrena; además, que en la sociedad se desarrollan todas las cualidades individuales y sociales innatas en la naturaleza humana, las cuales, superando el interés inmediato del momento, reflejan en la sociedad la perfección divina, lo cual no puede verificarse en el hombre aislado. Pero aun esta finalidad dice, en último análisis, relación al hombre, para que, al reconocer éste el reflejo de la perfección divina, lo convierta en alabanza y adoración del Creador. Sólo -y no la colectividad en sí-, sólo el hombre, la persona humana, está dotado de razón y de voluntad moralmente libre.

30. Por lo tanto, así como el hombre no puede sustraerse a los deberes para con la sociedad civil, impuestos por Dios, y así como los representantes de la autoridad tienen el derecho de obligarle a su cumplimiento cuando lo rehuse ilegítimamente, así también la sociedad no puede privar al hombre de los derechos personales que le han sido concedidos por el Creador -antes hemos aludido a los más importantes-, ni hacer, por principio, imposible su uso. Es, pues, conforme a la razón y a sus exigencias, que en último término todas las cosas de la tierra estén ordenadas a la persona humana, para que por su medio hallen el camino hacia el Creador. Y al hombre, a la persona humana, se aplica lo que el Apóstol de las Gentes escribe a los Corintios sobre el plan divino de la salvación cristiana: Todo es vuestro, vosotros sois de Cristo, Cristo es de Dio[15]. Mientras el comunismo empobrece a la persona humana, invirtiendo el orden en las relaciones del hombre y de la sociedad, ¡ved las alturas a que la razón y la revelación elevan a aquélla!

31. Los principios directivos del orden económico-social fueron expuestos en la Encíclica social de León XIII sobre la cuestión obrera[16], y, adaptados a las exigencias de los tiempos presentes, en nuestra Encíclica sobre la restauración del orden social[17]. Ademas, insistiendo de nuevo en la doctrina secular de la Iglesia sobre el carácter individual y social de la propiedad privada, Nos hemos precisado el derecho y la dignidad del trabajo, las relaciones de apoyo mutuo y de ayuda que deben existir entre los poseedores del capital y los trabajadores, el salario debido en estricta justicia al obrero, para sí y para su familia.

32. En la misma Encíclica demostramos que los medios para salvar al mundo actual de la triste ruina en que el liberalismo amoral lo ha hundido, no consisten ni en la lucha de clases ni en el terror, mucho menos aún en el abuso autocrático del poder estatal, sino en la penetración de la justicia social y del sentimiento de la caridad cristiana en el orden económico y social. Demostramos cómo debe restaurarse la verdadera prosperidad según los principios de un sano corporativismo que respete la debida jerarquía social, y cómo todas las corporaciones deben unirse en unidad armónica, inspiradas en el principio del bien común de la sociedad. La misión más genuina y principal del poder público y civil consiste en promover eficazmente la armonía y la coordinación de todas las fuerzas sociales.

JERARQUÍA SOCIAL Y PRERROGATIVAS DEL ESTADO

33. Para asegurar esta colaboración orgánica y llegar a la tranquilidad, la doctrina católica reivindica para el Estado la dignidad y autoridad de defensor vigilante y previsor de los derechos divinos y humanos, sobre los que la Sagrada Escritura y los Padres de la Iglesia insisten con tanta frecuencia. No es verdad que todos tengan derechos iguales en la sociedad civil, y que no exista jerarquía legítima. Bástenos recordar las Encíclicas de León XIII, antes citadas, especialmente las relativas al poder del Estado[18] y a la constitución cristiana del Estado[19]. En ellas encuentra el católico luminosamente expuestos los principios de la razón y de la fe, que le harán capaz de defenderse contra los errores y los peligros de la concepción estatal comunista. La expoliación de los derechos y la esclavización del hombre, la negación del origen trascendente y primigenio del Estado y del poder estatal, el horrible abuso del poder público al servicio del terrorismo colectivista, son precisamente todo lo contrario de lo que exigen la ética natural y la voluntad del Creador. Tanto la persona humana como la sociedad civil tienen su origen en el Creador, que las ha ordenado mutuamente la una para la otra; por consiguiente, ninguna de las dos puede eximirse de los deberes correlativos, ni negar o disminuir sus derechos. El Creador mismo ha regulado esta mutua relación en sus líneas fundamentales, y es una injusta usurpación la que se arroga el comunismo al imponer, en lugar de la ley divina, basada en los inmutables principios de la verdad y de la caridad, un programa político de partido, que dimana del arbitrio humano y está lleno de odio.

BELLEZA DE ESTA DOCTRINA DE LA IGLESIA

34. La Iglesia, al enseñar esta luminosa doctrina, no tiene otra mira que la de realizar el feliz anuncio cantado por los ángeles sobre la gruta de Belén al nacer el Redentor: Gloria a Dios... y... paz a los hombres...[20]; paz verdadera y verdadera felicidad, aun aquí abajo, en cuanto es posible, con miras y preparación a la felicidad eterna; pero paz reservada a los hombres de buena voluntad. Esta doctrina se aparta tanto de los errores extremos como de las exageraciones de los partidos políticos y de sus teorías y métodos; y aquélla se mantiene siempre en el equilibrio de la verdad y de la justicia; equilibrio que reivindica en la teoría, aplica y promueve en la práctica, al conciliar los derechos y los deberes de los unos con los de los otros, como la autoridad con la libertad, la dignidad del individuo con la del Estado, la personalidad humana en el súbdito con la representación divina en el superior y, por lo tanto, la sumisión debida, y el amor ordenado de sí y de la familia y de la patria, con el amor de las demás familias y pueblos, fundado en el amor de Dios, Padre de todos, primer principio y último fin. La justa preocupación de los bienes temporales no separa de la solicitud por los eternos. Si subordina los primeros a los segundos, según la palabra de su divino Fundador: Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura[21], está, sin embargo, muy lejos de desinteresarse de las cosas humanas y de impedir el progreso y las ventajas materiales de la sociedad, antes bien las ayuda y las promueve del modo más razonables y eficaz. Así, en el terreno económico y social, aunque jamás haya presentado la Iglesia un determinado sistema técnico, por no ser de su incumbencia, sin embargo, ha fijado claramente los principios y las normas que, aun admitiendo de hecho las más diversas aplicaciones concretas según las varias condiciones de tiempos, lugares y pueblos, indican el camino seguro para obtener el feliz progreso de la sociedad.

35. La sabiduría y suma utilidad de esa doctrina está admitida por cuantos verdaderamente la conocen. Con razón pudieron afirmar insignes estadistas que, después de haber estudiado los diversos sistemas sociales, no habían hallado nada más sabio que los principios expuestos en las encíclicas Rerum novarum y Quadragesimo anno. También en países no católicos, más aún, ni siquiera cristianos, se reconoce cuán útiles son para la sociedad humana las doctrinas sociales de la Iglesia; así, apenas hace un mes, un eminente político, no cristiano, del Extremo Oriente, no dudó en proclamar que la Iglesia con su doctrina de paz y de fraternidad cristiana aporta una contribución preciosa al establecimiento y mantenimiento tan laborioso de la paz constructiva entre las naciones. Hasta los mismos comunistas, según sabemos por relaciones fidedignas que de todas partes afluyen a este Centro de la cristiandad, si no están del todo corrompidos, cuando se les expone la doctrina social de la Iglesia, reconocen su superioridad sobre las doctrinas de sus jefes y maestros. Sólo los cegados por la pasión y por el odio cierran sus ojos a la luz de la verdad y la combaten obstinadamente.

¿HA OBRADO LA IGLESIA CONFORME A ESTA DOCTRINA?

36. Pero los enemigos de la Iglesia, aunque obligados a reconocer la sabiduría de su doctrina, acusan a la Iglesia de no haber sabido obrar en conformidad con sus principios, y por ello afirman que hay que buscar otros caminos. Toda la historia del Cristianismo demuestra la falsedad e injusticia de esta acusación. Nos referimos sólo, ahora, a algunos hechos característicos: el Cristianismo fue el primero en proclamar, en una forma, amplitud y convicción desconocidas en los siglos precedentes, la verdadera y universal fraternidad de todos los hombres de cualquier condición y estirpe; así contribuyó poderosamente a la abolición de la esclavitud, no con revoluciones sangrientas, sino por la fuerza interna de su doctrina, que a la soberbia patricia romana le hacía ver en su esclava una hermana suya en Cristo. Fue el Cristianismo, que adora al Hijo de Dios hecho hombre por amor de los hombres y convertido en Hijo del Artesano, más aún, Artesano también El mismo[22], fue el Cristianismo el que elevó el trabajo manual a su verdadera dignidad; aquel trabajo manual, antes tan despreciado que hasta el probo Marco Tulio Cicerón, resumiendo la opinión general de su tiempo, no vaciló en escribir estas palabras, de las que hoy se avergonzaría todo sociólogo: Todos los artesanos se ocupan en oficios despreciables, puesto que en el taller no puede haber nada de noble[23].

37. Fiel a estos principios, la Iglesia ha regenerado a la sociedad humana; bajo su influencia surgieron admirables obras de caridad, potentes gremios de artesanos y trabajadores de toda categoría, despreciados como algo medieval por el liberalismo del siglo pasado, pero que hoy son admiración de nuestros contemporáneos, que en muchos países tratan de restablecer siquiera en su idea fundamental. Y cuando otras corrientes ponían obstáculos a la obra e impedían el influjo saludable de la Iglesia, ésta, siempre y hasta nuestros días, continuó amonestando a los extraviados. Baste recordar con qué firmeza, energía y constancia Nuestro predecesor León XiII reivindicó para el obrero el derecho de asociación que el liberalismo, dominante en los Estados más o menos poderosos, se empeñaba en negarle. Y este influjo de la doctrina de la Iglesia es, aun en estos tiempos, más grande de lo que parece, porque grande y cierto, aunque invisible y difícil de calcular, es el predominio de las ideas sobre los hechos.

38. Se puede decir, en verdad, que la Iglesia, a semejanza de Cristo, pasa a través de los siglos haciendo bien a todos. No habría ni socialismo ni comunismo, si quienes gobiernan los pueblos no hubieran despreciado las enseñanzas y las maternales advertencias de la Iglesia; pero ellos han preferido construir sobre las bases del liberalismo y del laicismo otras construcciones sociales, que parecían a primera vista potentes y grandiosas, pero que muy pronto se ha visto cómo carecían de sólidos fundamentos; por lo que una tras otra se van derrumbando miserablemente, como tiene que derrumbarse todo cuanto no se apoya sobre la única piedra angular que es Jesucristo.

[13] Enc. Divini illius Magistri 31 dec. 1929: A.A.S. 22 (1930), 49-86.

[14] Enc. Casti connubbi 31 dec. 1930: A.A.S. 22, 539-582.

[15] 1 Cor. 3, 22. 23.

[16] Enc. Rerum novarum 15 maii 1891.

[17] Enc. Quadragesimo anno 15 maii 1931.

[18] Enc. Diuturnum illud 29 iun. 1891.

[19] Enc. Immortale Dei 1 nov. 1885.

[20] Luc. 2, 14.

[21] Mat. 6, 33.

[22] Cf. Mat. 13, 55; Marc. 6, 3.

[23] Cic. De officiis 1, 42.


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