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2. Defender la vida rezando y trabajando dentro y por la Iglesia

El Papa León XIII desarrolló este tema en la encíclica Rerum novarum.

Frente a las formas de pobreza que agobian a tantos hombres y mujeres, la caridad es un signo profético del compromiso del cristiano en el seguimiento de Cristo. Por tanto, invito a los laicos, y particularmente a los jóvenes, a dar prueba de valentía y de imaginación, para trabajar en la edificación de sociedades más fraternas, donde se reconozca la dignidad de la persona y se encuentren los medios para una existencia digna.

Todos los cristianos que son comprometidos en este mundo busca la respuesta a esta pregunta: ¿Como podemos defender mejor la vida, la familia, en nuestra sociedad?

En verdad que hay muy fuertes razones de orden filosófico, que nacen de la razón, para defender la vida. Bien los conocéis! (Cfr. Evangelium Vitae...). Pero la oración os pone en contacto directo con "El Señor de la vida". Os introduce en la experiencia única de ir a la misma fuente de la vida, a la raíz de su realidad sagrada y a Dios mismo! Así, la defensa de la vida, sobre todo, en la familia, es una opción de coherencia humana y cristiana!

Cristo debe estar en el centro de nuestra oración porque El es la fuente del vínculo espiritual que nos une en su Iglesia y porque El nos llena los corazones para poder vibrar con el mensaje del evangelio de esperanza, el evangelio de la vida. El nos da la respuesta adecuada a esta pregunta, repuesta que debe transformarse en empeño y en lucha por un mundo mejor.

Cristo os muestra el rostro de Dios, el rostro que todo hombre busca apasionadamente a lo largo de su existencia, a veces incluso sin darse cuenta, y El representa la fuente de energía.

El Santo Padre decía el la Jornada mundial de la juventud en París: "Aspiráis a una vida cada vez más hermosa, fundada en los valores morales y espirituales que hacen libres y que dirigen nuestros pasos hacia la eternidad".[1]

Acoged con prontitud la invitación de Cristo a conocer su morada y permanecer siempre con él, para anunciar su evangelio de esperanza a todo el mundo.

[1] Juan Pablo II, Discorso pronunciado con la ocasión del la Jornada mundial de la juventud, 21 agosto, 1997


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