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La oración de la Iglesia

7. Al término de esta visita ad limina Apostolorum, gracias a la cual he tenido ocasión de encontrarme personalmente con cada uno de vosotros, quiero expresaros mi aprecio por el grande y generoso trabajo pastoral y evangelizador que la Iglesia en Polonia realiza todos los días, con una labor de renovación a la luz de la enseñanza del concilio Vaticano II. Pienso aquí en los pastores de la Iglesia en Polonia, en los sacerdotes diocesanos y religiosos, en las religiosas, en los miembros de los institutos de vida consagrada y en los laicos católicos. Llevo en mi corazón y en mi pensamiento todas sus fatigas y todos sus esfuerzos, que quizá no siempre son reconocidos y apreciados plenamente. Nadie debería sentirse olvidado ni abandonado, o descorazonado frente a las dificultades y los fracasos en la actividad apostólica. En efecto, la oración de la Iglesia entera los acompaña a todos, siempre y dondequiera que estén. También la oración del Papa los acompaña diariamente a todos.

En el umbral del gran jubileo del año 2000, deseo que la Iglesia de nuestra patria, dócil al Espíritu Santo, reavive incesantemente en sí la solicitud apostólica por el pueblo de Dios y afronte con valentía los desafíos que plantean los tiempos nuevos. El Espíritu Santo es el «dulce huésped del alma» que conoce mejor que nadie el íntimo misterio de cada hombre. Sólo el Espíritu Santo puede realizar la obra de purificación de todo lo malo que hay en el corazón humano. Es él quien cura las heridas más profundas de la existencia humana, transformando los terrenos baldíos en fértiles campos de gracia y santidad. Bajo la acción del Espíritu Santo madura y se refuerza el hombre interior, es decir «espiritual», creado a imagen de Dios, marcado por la santidad, capaz de «caminar en una vida nueva» (cf. Rm 6, 4), que es la vida según los mandamientos divinos. Gracias a esta acción, el mundo de los hombres se renueva desde dentro: desde dentro de los corazones y las conciencias (cf. Dominum et vivificantem, 58 y 67).

A María, Madre de Jesús, que «brilla ante el pueblo de Dios en marcha, como señal de esperanza cierta y de consuelo» (Lumen gentium, 68), os encomiendo a vosotros, pastores, a vuestros fieles y a todos mis compatriotas, y por vuestra generosa entrega al esfuerzo evangélico de servir en el amor y en la verdad os bendigo a todos de corazón: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


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