Discurso de S.S. Juan Pablo II con motivo de la
XI Conferencia internacional de pastoral sanitaria

30 de noviembre de 1996


La Iglesia mira a estas personas, como a cualquier ser humano afectado por la enfermedad, con particular solicitud. Iluminada por las palabras del Maestro divino, "cree que el hombre, hecho a imagen del Creador, redimido con la sangre de Cristo y santificado por la presencia del Espíritu Santo, tiene como fin último de su vida ser "alabanza de la gloria" de Dios (cf.Ef.1,12), haciendo a sí que cada una de sus acciones refleje su esplendor"(Veritatis splendor,10).

La Iglesia está profundamente convencida de esta verdad. Y lo está también cuando las facultades intelectuales del hombre -las más nobles, porque testimonian su naturaleza espiritual- aparecen muy limitadas e, incluso, impedidas a causa de un proceso patológico. Por tanto, la Iglesia recuerda a la comunidad política el deber de reconocer y celebrar la imagen divina en el hombre a través de obras de acompañamiento y de servicio en favor de cuantos se encuentran en una situación de grave trastorno mental. Se trata de un compromiso que la ciencia y la fe, la medicina y la pastoral, la competencia profesional y el sentido de la fraternidad común, cooperando entre sí, deben realizar mediante la inversión de recursos humanos, científicos y socioeconómicos adecuados.

La Antropología Cristiana

Uno de los pilares de la antropología cristiana es la convicción de que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Está escrito en el primer capítulo del Génesis (1,26). En las facultades intelectuales del hombre, es decir, en su razón y en su voluntad, la reflexión filosófica y teológica ha visto un signo privilegiado de esta afinidad con Dios. En efecto, estas facultades permiten al hombre conocer al Señor y entablar con El una relación de diálogo. Son prerrogativas que hacen del ser humano una persona. Razonando sobre ello, santo Tomás observa:" Persona significa lo que en toda naturaleza es perfectísimo, es decir, lo que subsiste en la naturaleza racional"(Summa Teologiae I,29,3).

Conviene precisar, sin embargo, que todo el hombre y, por tanto, no sólo su alma espiritual, con la inteligencia y la voluntad libre, sino también su cuerpo participa en la dignidad de "imagen de Dios".

En efecto, el cuerpo del hombre "es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu"(Catecismo de la Iglesia Católica, n.364). "¿No sabéis, escribe el Apóstol, que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?(...) No os pertenecéis(...) Glorificad, por tanto, a Dios en vuestro cuerpo"(1 Cor.6,15.19-20). De aquí deriva la exigencia de respeto al propio cuerpo, y también al de los demás, particularmente cuando sufre (cf. Catecismo de la Iglesia católica ,n.1.004).

La misma dignidad

Precisamente por ser persona, el hombre, entre todas las criaturas, está revestido de una dignidad única. Cada hombre tiene su propia razón de ser, y jamás puede ser utilizado como simple medio para alcanzar otras metas, ni siquiera en nombre del bienestar y del progreso de toda la comunidad. Dios, al crear al hombre a su imagen, quiso hacerlo partícipe de su señorío y de su gloria. Cuando le encomendó la misión de administrar toda la creación, tuvo en cuenta su inteligencia creativa y su libertad responsable.


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