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XIII.

No creas que pretendo yo aquí exagerar esto con mi oración, ni juzgues que son grandes las cosas que dejo dichas; porque encerrados en este cuerpo como en una cárcel, no podemos ver nada de las cosas invisibles. Verías ciertamente una batalla mucho mayor, y más terrible, si pudieras ver con tus ojos los tenebrosos escuadrones del demonio y el furioso combate. Allí no hay cobre, ni hierro, ni caballos, ni carros, ni ruedas, ni fuego, ni dardos, ni otras cosas de esta clase, que son visibles, sino otras máquinas mucho más espantosas. No necesitan estos enemigos de coraza, ni de escudo, ni de espadas, ni de picas; pero basta sólo la vista de aquel ejército abominable para poner en consternación un alma no es muy generosa, y que además de su propia fortaleza, no goce de una particular y gran protección divina.

Y si fuese posible, que despojado de este cuerpo, o aunque fuese dentro de él, pudieras ver claramente con seguridad y sin temor toda la disposición de su ejército, y la guerra que nos hace, verías, no arroyos de sangre, ni cuerpos muertos, sino tantos cadáveres de almas, y heridas tan graves, que toda aquella descripción y aparato de guerra que poco antes me has oído, la tendrías por una niñería, y más bien por un juguete que por guerra. Tan grande es el número de los que cada día quedan heridos; ni las heridas ocasionan un mismo género de muerte; antes bien es tan grande la diferencia que hay entre una y otra, cuanta es la distancia que se nota entre el cuerpo y el alma. Cuando el alma ha recibido una herida, y ha caído, no queda como el cuerpo, sin sentimiento; sino que aquí es atormentada y afligida de la mala conciencia, y después cuando sale de este mundo, según lo pide el juicio, es entregada a un castigo eterno. Y si alguno no siente dolor de las heridas que recibe del demonio, se hace el mal mucho más grave por una tal insensibilidad. Aquél que no siente el golpe de la primera herida, fácilmente recibe la segunda, y después la tercera; pues el maligno no deja de combatirnos en tiempo alguno hasta el último aliento, cuando encuentra el alma descuidada y que desprecia las primeras heridas.

Y si quieres informarte del modo con que dispone sus asaltos, los encontrarás muy fuertes y variados. No hay alguno que sepa tantos géneros de engaños y ardides, como aquel espíritu inmundo, consistiendo en esto su mayor poder; ni alguno puede tener con sus más fieros enemigos enemistad tan grande, como la que tiene aquel maligno con la naturaleza humana.

Y si alguno quiere saber con cuánto ardor nos combate, sería cosa ridícula el pretender compararlo con los hombres. Si haciendo elección de las bestias más feroces y crueles, quisiere ponerlas al lado de su furor, las hallará en su comparación más apacibles y mansas; tan grande es la indignación que respira, cuando asalta a nuestras almas.

Aquí entre nosotros es breve el tiempo de la batalla, y en este corto espacio se dan muchas treguas porque la noche que sobreviene, el cansancio de proseguir el alcance, el tiempo de tomar alimento, y otras muchas ocasiones que naturalmente ocurren, suelen dar entretanto al soldado algún reposo para poder despojarse de las armas, respirar un rato, recobrarse con la comida y bebida, y tomar nuevamente sus primeras fuerzas con otros accidentes semejantes.

Pero habiendo de pelear contra este maligno, nunca es lícito dejar las armas, ni se puede tomar el sueño, para estar libre por todas partes de sus heridas. Una de dos cosas ha de suceder necesariamente; o caer y perderse despojado de las armas, o haber de estar siempre armado y en centinela; porque él está siempre con su armada acechando sin interrupción alguna nuestros descuidos, aplicando mayor cuidado a nuestra perdición, que el que ponemos nosotros en nuestra salud.

Y el no ser visto por nosotros, y sus asaltos improvisos (cosas que son la causa de infinitos males al que no está en continua vigilia) hacen más dudoso el suceso de esta guerra que el de aquélla.

¿Y querías tú que yo fuese aquí el conductor de los soldados de Cristo? Esto sería servir de capitán al demonio. Si el que tiene obligación de poner en orden a los otros, y de pertrecharlos bien, es el más impérito de todos y el más débil; y por falta de ciencia entrega a los que le están encomendados, éste sirve de capitán más bien al demonio que a Cristo.

¿Pero por qué suspiras? ¿por qué lloras? mis cosas al presente no son dignas de llanto, sino antes bien de gozo y de alegría.

Pero no así las mías, respondió Basilio, sino dignas de eternas lágrimas. Apenas he podido conocer hasta ahora, en qué males me has metido. Yo vine a ti, para saber cómo debía responder, y qué debía decir en tu nombre a los que te acusan; y tú me envías, habiendo puesto sobre mí, en vez de un cuidado otro mayor. Yo ya no me cuido de hablar en tu defensa con aquéllos; sino cómo he de poder responder yo a Dios en defensa mía y de mis males. Te ruego, pues, y te pido, si tienes algún cuidado de mis cosas, si hay algún consuelo en Cristo, si algún alivio en nuestro amor, si hay entrañas y sentimientos de compasión (pues sabes que tú mismo, más que todos, me has conducido a este peligro) dame la mano, y con aquellas palabras, y hechos que sean eficaces para corregirme, no quieras, ni por un breve espacio de tiempo, abandonarme; antes bien ahora mejor que antes, hazme participante de tu conversación.

Crisóstomo: Sonriéndome yo al oír esto: ¿qué auxilio, le dije, podré yo darte, y qué socorro en un peso tan grave de cosas? Pero pues tú lo quieres así, ten buen ánimo y confianza, amado mío, porque yo no dejaré de asistirte y de consolarte, y no omitiré cosa alguna, según mis fuerzas, todo aquel tiempo que te permitieren respirar aquellos cuidados que suelen nacer de aquí.

Dicho esto, y llorando mucho más amargamente, se puso en pie; y yo abrazándole, y aplicando mis labios a su cabeza, le acompañaba, exhortándole a llevar generosamente lo que le había sucedido. Yo confío, le dije, en Jesucristo, el cual te ha llamado y destinado al gobierno de sus ovejas, que de este ministerio conseguirás tan gran confianza, que aun cuando peligremos nosotros, nos recibirás en tu eterno tabernáculo.


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