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VI.

Los sacerdotes[44]de los judíos tenían potestad de curar la lepra del cuerpo, mejor diré, no de librar, sino de aprobar solamente a los que estaban libres de ella. Y tú no ignoras con qué empeño era apetecido entonces el estado sacerdotal. En cambio nuestros sacerdotes han recibido la potestad de curar, no la lepra del cuerpo, sino la inmundicia del alma; no de aprobar la que está limpia, sino de limpiarla enteramente.

De modo que los que a estos desprecian, son mucho más execrables y merecen mayor castigo que Dathan y quienes le siguieron.[45]Aunque aquéllos pretendían una dignidad que no les correspondía, tenían de ella al mismo tiempo una opinión maravillosa, lo que manifestaron con el mismo hecho de desearla tan ardientemente. Éstos en cambio, en el tiempo en que el sacerdocio se halla en un grado de tanto honor y ha tomado tan gran incremento, han manifestado un atrevimiento mucho mayor que aquéllos, aunque de diverso modo. Porque no es lo mismo, por lo que toca a razón de desprecio, el desear un honor que no te conviene, o el despreciarlo; sino que esto es tanto peor que aquéllo cuanta es la diferencia que hay entre el despreciar una cosa y admirarla. ¿Cuál es, pues, aquella alma desgraciada, que desprecie bienes tan grandes? yo no diré que hay alguna, sino es que fuere agitada de un furor diabólico.

Pero nuevamente vuelvo al lugar de donde salí. No solamente por lo que toca a castigar sino también para beneficiar, dio Dios mayor potestad a los sacerdotes que a los padres naturales. Y hay entre unos y otros tan gran diferencia como la que hay entre la vida presente y la venidera; porque aquéllos nos engendran para ésta, y éstos para aquélla. Aquéllos no pueden librar a sus hijos de la muerte corporal, ni defenderlos de una enfermedad que los asalte; pero estos han sanado muchas veces nuestra alma enferma y vecina a perderse, haciendo a unos la pena más llevadera y preservando a otros desde el principio para que no cayesen; y no solamente enseñándoles y amonestándoles, sino también socorriéndolos con oraciones. Y esto, no sólo cuando nos vuelven a engendrar, sino porque después de esta generación, conservan la potestad de perdonarnos los pecados. [46] ¿Enferma alguno entre vosotros? llame a los ancianos de la Iglesia, y estos rueguen sobre él, ungiéndole con óleo en el nombre del Señor, y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor le aliviará; y si hubiere hecho pecados, le serán perdonados. Fuera de esto, los padres naturales, si sus hijos ofenden a algún gran príncipe, o potentado, en nada los pueden favorecer; porque los sacerdotes los han reconciliado, no con los príncipes, o con los reyes, sino con el mismo Dios enojado. ¿Y habrá alguno, después de todas estas cosas, que se atreva a acusarnos de soberbia?

Yo creo que, por lo que dejo dicho, quedarán las almas de los que me escuchen tan ocupadas de religioso temor, que no condenarán de soberbia o atrevimiento a aquéllos que huyen, sino quienes por sí mismos se apresuran a procurar este honor. Porque si aquéllos a quienes se encomendó el gobierno de las ciudades las arruinaron cuando no se han portado con la mayor prudencia y cautela, y se perdieron a sí mismos, ¿cuánta virtud, tanto propia como sobrenatural, te parece que necesita para no errar aquél a quien tocó por suerte el adornar la Esposa de Cristo?

[44] Lev. 14.

[45] Numer. 16. Estos fueron Core y Abiron, los cuales movieron una sedición contra Moisés y Aarón, pretendiendo serles iguales; pero la tierra, que se abrió bajo de sus pies y los tragó vivos, castigó su soberbia.

[46] Jacob. V. 14.


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