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IV.

Porque el sacerdocio se ejercita en la tierra, pero tiene la clase de las cosas celestiales, y con razón; porque no ha sido algún hombre, ni ángel, ni arcángel, ni alguna otra potestad creada, sino el mismo Paráclito el que ha instituido este ministerio, y el que nos ha persuadido, a que permaneciendo aun en la carne, concibiésemos en el ánimo el ministerio de los ángeles.

De aquí resulta, que el sacerdote debe ser tan puro, como si estuviera en los mismos cielos entre aquellas potestades. Terribles a la verdad, y llenas de horror eran las cosas que precedieron el tiempo de la gracia, como las campanillas,[35]las granadas, las piedras preciosas en el pecho, y en el humeral, la mitra, la cidaris, o tiara, el vestido talar, la lámina de oro, el sancta sanctorum, y la gran soledad[36] que se observaba en lo interior de él. Pero si alguno atentamente considerase las cosas del Nuevo Testamento, hallará, que en su comparación son pequeñas aquéllas tan terribles y llenas de horror, y que se verifica aquí lo que se dijo de la ley:[37]«Que no ha sido glorificado el que lo ha sido en esta parte por la gloria excelente».

Porque cuando tú ves al Señor sacrificado y humilde, y el sacerdote que está orando sobre la víctima, y a todos teñidos de aquella preciosa sangre; ¿por ventura crees hallarte aún en la tierra entre los hombres, y no penetras inmediatamente sobre los cielos, y apartado de tu alma todo pensamiento carnal, con un alma desnuda, y con un pensamiento puro no registrar las cosas que hay en el cielo?

¡Oh maravilla! ¡oh benignidad de Dios para con los hombres! ¿Aquél que está sentado en el cielo juntamente con el Padre, en aquella hora es manoseado de todos, y se da a sí mismo a todos los que quieren, para que lo estrechen, y abracen? y esto lo hacen todos con los ojos de la fe:

¿Te parecen, por ventura, dignas de desprecio estas cosas, o ser tales, que alguno pueda levantarse contra ellas? ¿Quieres también por otra maravilla conocer la excelencia de este sacrificio? Ponme delante de los ojos a un Elías,[38]y una innumerable muchedumbre que le cerca, la víctima puesta sobre las piedras, y a todos los otros en una gran quietud y silencio, y sólo al profete en oración: después, en un punto, el fuego que se desprende de los cielos sobre la víctima: maravillosas son estas cosas, y llenas de pasmo.

Pasa después de allí a las que se hacen al presente, y las encontrarás, no sólo maravillosas, sino que exceden todo asombro. Se presenta, pues, el sacerdote, no haciendo bajar fuego del cielo, sino al Espíritu Santo; y permanece en oración, no para que consuma las cosas propuestas una llama encendida en lo alto, sino para que descendiendo la gracia sobre la víctima, por medio de ella se enciendan los ánimos de todos, y queden más brillantes que la plata purificada en el fuego. ¿Quién, pues, podrá despreciar este tremendo misterio, si no es que sea enteramente furioso, o que estuviere fuera de sí? ¿Ignoras, acaso, que el alma humana no pudiera sufrir aquel fuego del sacrificio, sino que todos serían enteramente destruidos sin un fuerte auxilio de la divina gracia?

[35] Exod. 28. Véase la misteriosa explicación de todos estos ornamentos en Agustín Calmet y en el Tabernaculum foederis de Bernardo Lamy.

[36] Sólo el Sumo Sacerdote entraba una vez al año en lo interno del Santuario, en la Fiesta de la Expiación.

[37] II Cor. III. 10.

[38] 3 Reg. 18. f.


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