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VII.

Juan: Yo ya, respondí, me apresuraba a llegar a esto; porque concluido el discurso por lo que pertenece a ti, fácilmente me volveré también a esta parte de defensa. ¿Qué es, pues, en lo que estos nos acusan, y cuáles son los delitos?

Basilio: Dicen que nosotros los hemos injuriado, y que han recibido un ultraje muy grave, porque no hemos aceptado la honra que nos han querido hacer.

Juan: Pues yo, lo primero que digo, es, que no se debe hacer caso de la injuria que resulta a los hombres, cuando por conservarles el honor, nos vemos obligados a ofender a Dios.

Ni puedo tampoco creer, que puedan, sin peligro, indignarse los que llevan esto mal; antes bien estoy persuadido, que encierra en sí un gravísimo daño: Porque aquéllos que están dedicados a Dios, y que miran a él solo en todas sus acciones, deben estar tan religiosamente dispuestos, que no cuenten por injuria una cosa de esta clase; y esto, aunque mil veces fueran ultrajados. Pero que yo, ni aun por pensamiento, haya tenido semejante atrevimiento, lo puedes conocer de lo que diré: Si yo por soberbia, o por vanagloria (de lo que tú has dicho, que con frecuencia nos calumnian muchos), hubiera venido a esto, sería, sintiendo con mis acusadores, uno de los que hubieran faltado más gravemente, por haber despreciado a unos varones grandes, y admirables, y sobre todo nuestros bienhechores. Y si es digno de castigo el ofender a aquél que no te ha ofendido, ¿cuánta pena merecerá el corresponder con obras contrarias, a los que por sí mismos se movieron a honrarnos? ni alegue alguno, que por haber recibido de mí algún beneficio, o grande o pequeño, han querido premiar este servicio.

Ni aun en tiempo alguno nos ha pasado semejante cosa por el pensamiento; antes bien, hemos huido tan grave carga por otro fin muy diverso; ¿por qué, ya que no nos perdonan, no quieren aprobar mi hecho? sino que nos acusan de que hemos mirado por nuestra alma.

Yo, pues, he estado tan distante de injuriar a tales varones, que por el contrario, estoy por decir, que han recibido de mí un gran honor, con rehusar el que me hacían; y no te admires, si te parece alguna paradoja lo que digo: oirás muy prontamente la razón de todo esto.

En este caso, ya que no todos, a lo menos, algunos que encuentran su gusto en maldecir, hubieran tenido ocasión de sospechar y de hablar muchas cosas de mi, que era el ordenado, y también de los que me habían elegido. Dirían, que atendiendo a las riquezas, y admirando la nobleza de la cuna, y lisonjeados por mí, me habían promovido a este grado; y no me atrevo a asegurar, si se hallaría tal vez alguno, que sospechase haber sido inducidos por dinero. Cristo, añadirían, ha llamado a esta dignidad pescadores, artífices de tiendas, y publicanos; pero estos no se dignan admitir a los que se mantienen con su trabajo cotidiano: y si encuentran alguno que se haya aplicado a las letras humanas, y que pase en ocio toda la vida, a este alaban, y a este admiran. ¿Por qué, pues, desprecian a los que han sufrido innumerables sudores en utilidad de la Iglesia, y en un punto han elevado a semejante honor, al que ni aun ligeramente ha gustado jamás alguno de estos trabajos, sino que ha gastado toda su vida en la vana aplicación a las ciencias profanas?


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