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El Papa Peregrino

9. La mañana del jueves 22 de agosto --hace exactamente 30 años-- el Papa salió de Castelgandolfo a las 4:15 y a las 4:50 llegó al aeropuerto de Fiumicino. Allí se encontraban, para la despedida, el secretario de Estado, cardenal Amleto Cicognani, quien por su avanzada edad no podía acompañar al Santo Padre; el vicario para la diócesis de Roma, cardenal Angelo dell'Acqua, con otros prelados del Vaticano, así como algunas autoridades civiles y militares. Estaban presentes, entre otros, el embajador de Colombia ante el Gobierno Italiano, Dr. Juan Lozano y Lozano, y el Dr. Alberto Navas de Brigard, encargado de negocios de Colombia ante la Santa Sede. El embajador, excelentísimo Señor don José Antonio Montalvo --padre del actual nuncio apostólico presidente de la Pontificia Academia eclesiástica, Mons. Gabriel Montalvo-- iba en el avión papal.

Pablo VI llegaba bien de mañana al aeropuerto, abrumado por las noticias que acababa de recibir sobre lo acaecido en Checoslovaquia: la invasión del país por parte de las tropas soviéticas que sofocaron la "Primavera de Praga". Era algo que le producía «acerba amargura y gran inquietud». Así se expresó en el mismo aeropuerto, pronunciando un breve pero muy expresivo y valiente discurso, en el que comentó los tristes acontecimientos que luego pesaron no poco sobre su espíritu durante todos los días de la estancia en Bogotá (ver Catequesis en la audiencia General del 28 de agosto de 1968), en los cuales continuamente pidió al «"Señor de la Paz", por cuya gloria emprendía el viaje, que usase de su misericordia para devolver a todos la tranquilidad y el orden».

10. La compañía aérea colombiana Avianca realizó el recorrido de ida y vuelta Roma-Bogotá, con una selecta tripulación, que en todo momento derrochó especiales atenciones y exquisitos cuidados para con los ilustres viajeros. Iban a bordo los dirigentes de la Compañía, el presidente Dr. Juan Pablo Ortega y el vicepresidente técnico, capitán Rafael Barro.

Del séquito del Papa formaban parte, --con su secretario particular, Mons. Pasquale Macchi y el organizador del viaje, Mons. Marcinkus-- el decano del sacro Colegio, cardenal Eugenio Tisserant; el cardenal Antonio Samoré, presidente de la Pontificia Comisión para América Latina; el sustituto de la Secretaría de Estado, Mons. Giovanni Battista Benelli; Mons. Agostino Casaroli, y el entonces encargado de la sección española de la Secretaría de Estado, más tarde nuncio en Bogotá y hoy cardenal camarlengo de la santa Iglesia romana, Eduardo Martínez Somalo, quien en estos días pasados evocaba conmigo en Roma recuerdos inefables del inolvidable viaje. En el avión iba también un numeroso grupo de periodistas.

11. A las 5:35 el aparato despegó de la pista del aeropuerto romano Leonardo da Vinci. Doce horas de vuelo non stop y, hacia las 10, hora local, el avión entró en los cielos colombianos y prosiguió hacia El Dorado, llevando como escolta una escuadrilla de reactores de la Fuerza aérea colombiana. Los pilotos se habían puesto en comunicación vía radio con la multitud arracimada en el aeropuerto y comenzaron a narrar punto por punto toda la fases del vuelo, enfervorizando a la gente y preparándola para el recibimiento. Al aparecer en el cielo de la capital se desataron las campanas de las iglesias y las sirenas de las fábricas, poniendo una nota de júbilo en el ambiente. El avión dio una vuelta sobre el aeropuerto para hacerse ver por la gente y a las 10:17 aterrizó dulcemente, patinó sobre la pista y fue a detenerse junto a la tribuna de honor mientras se oían las salvas de los cañones y explotaba, por decirlo así, la alegría de los presentes ante la blanca figura del Peregrino de Roma.

Yo también me encontraba en el aeropuerto, acompañando al cardenal Jean Villot (futuro secretario de Estado y entonces prefecto de la Congregación para el clero). Habíamos llegado unos días antes desde Roma. Estábamos con los obispos colombianos y las supremas autoridades del Estado.

Desde aquel momento seguí de cerca todas las fases de la estancia del Papa en Bogotá. No voy a contarlas ahora detalladamente redactando una crónica de los acontecimientos que ya hice y publiqué entonces.

Quiero sólo evocar rápidamente algunos momentos más sobresalientes o emocionantes de aquellas «tres jornadas blancas» que el Papa vivió en Bogotá, prescindiendo del contenido de los discursos que pronunció, los cuales constituyen una auténtica y hasta podríamos decir, sublime antología pastoral, que el arzobispo primado de esta arquidiócesis, Mons. Pedro Rubiano, va a presentar después.


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