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1.-Introducción

a)Un ambiente marcado por el erotismo.

b)Debilitamiento del aprecio por la castidad entre los cristianos.

c)El SIDA

d)El divorcio

e)La "educación de la sexualidad"

f)El Año de la Familia


Varios hechos y situaciones de indiscutible actualidad me han hecho pensar en la oportunidad de enviar a mis diocesanos un escrito a modo de catequesis sobre la virtud de la castidad. La coyuntura actual hace urgente publicar el presente texto. Lo publico como Obispo de Valparaíso y por lo tanto como custodio de la doctrina acerca de la fe y de las costumbres cristianas con respecto a la grey que me ha sido encomendada. Ejercito, pues, el sagrado deber de anunciar el Evangelio, en comunión con el Sumo Pontífice y con mis hermanos en el episcopado.

Enumero algunos de los hechos y situaciones que reclaman una iluminación en la materia.

a)Un ambiente marcado por el erotismo.

No es preciso ser muy perspicaz para darse cuenta de que el erotismo ha ganado terreno en nuestra sociedad, sobre todo en los medios urbanos. Las publicaciones pornográficas, revistas y videos comercializados con bastante liberalidad; la temática de los filmes, telenovelas y canciones resulta, con frecuencia desalentadora a la pureza de costumbres y a la fidelidad conyugal; el comercio sexual se ha desarrollado en forma notoria, con instalaciones estandarizadas y con toda suerte de comodidades, premunido de patentes municipales; la conducta de personas que expresan su mutua atracción sensual sin recato alguno en lugares públicos; el expendio público de preservativos en no pocas farmacias y supermercados: la desvinculación entre la relación sexual y el matrimonio; un cierto naturalismo en las expresiones verbales, que ignora el pudor; vestimentas y actitudes que no son aliciente de pureza; ausencia de referencia moral en la conducta sexual; publicidad amplia de conductas escandalosas protagonizadas por personajes de alta representatividad social; tolerancia social con respecto a conductas inaceptables. Todo esto constituye síntomas inequívocos de una honda crisis moral -la que no se restringe por cierto al ámbito de la sexualidad, sino que abarca muchos otros - y no sólo, como se ha dicho, de un "cambio cultural". A esta crisis moral apunta la reciente Encíclica del Santo Padre Juan Pablo II, "Veritatis Splendor", en la que el Papa reivindica la existencia de una moral objetiva. Podría calificarse la situación como un cambio cultural negativo cuya raíz está en la crisis moral. Quisiera agregar un hecho muy significativo: la palabra "castidad" está casi por completo ausente del vocabulario corriente, no se habla de la virtud de la castidad e incluso tengo la impresión de que es raro que el tema sea objeto explícito de la predicación.

b)Debilitamiento del aprecio por la castidad entre los cristianos.

No es del caso analizar aquí en forma pormenorizada las encuestas sobre la materia, pero es claro que aún entre cristianos y entre personas que se dicen católicas se puede observar confusión de ideas acerca del tema. En ciertos ambientes juveniles existe un porcentaje significativo que estima que las relaciones pre-matrimoniales son algo legítimo, con la salvedad de que "sean por amor" y se justifica la actividad sexual pre-matrimonial como un medio de "adquirir experiencia". Las uniones irregulares van adquiriendo un "status" de aceptabilidad o, incluso, de legitimidad, que produce en los niños y jóvenes, poco a poco, la impresión de que son realidades tan legítimas y respetables como el matrimonio. Detrás del cuestionamiento del celibato sacerdotal, o de la incomprensión de su significado, está sin dudad la poca valoración de la castidad en su forma de continencia total por amor al Reino de los cielos. La permisividad que es la consecuencia de una sociedad que se concibe como "neutra" en materia moral, sin tener puntos de referencia claros y objetivos para valorar las conductas, tiende a afianzar la impresión de que si una conducta es mayoritaria, es automáticamente respetable y aceptable. Entra aquí en juego el "pluralismo" concebido no sólo como comprobación de diferencias, sino como impedimento para emitir juicios morales y como inhibición para afirmar que existe "la" verdad, y no solamente "mi" verdad o "tu" verdad. El vocabulario empleado, aún entre cristianos, es significativo. Se habla por ejemplo de "pareja" y ese término ambiguo sirve para dar un matiz de legitimidad a situaciones que no son aceptables moralmente. Así, dos personas que conviven maritalmente sin estar casadas, son y se presentan como "pareja", o como "pareja estable". Dos jóvenes que piensan casarse, pero que ya mantienen relaciones, se denominan también "pareja", aunque la expresión "pareja" puede denominar también a los cónyuges legítimos, pero se llega al extremo de aplicarla a la convivencia de homosexuales. Se habla también de "compañero" o "compañera", y con esa expresión ambigua se indica a quienes son convivientes, sin estar casados, situación moralmente inaceptable. Es significativo que en ciertos ambientes cristianos haya una especie de temor a calificar como "pecados" las conductas sexuales incorrectas, y se prefiera referirse a ellas como a "errores", "debilidades", "fragilidades" o "equivocaciones", palabras todas que permiten dejar a un lado la explícita referencia a Dios que deben tener los actos humanos. ¡Qué lamentable es que a la fornicación o al adulterio se los designe como "hacer el amor", como si el pecado pudiera ser amor!

c)El SIDA

La opinión pública mundial está justamente preocupada por la aparición de esta pandemia, cuyo avance parece incontrolable y frente al cual no existe, hasta el momento, una terapia eficaz. El tema del SIDA está estrechamente relacionado con el de la castidad. En primer lugar, porque el contagio se produce en un porcentaje muy elevado de los casos, por vía sexual. En ese porcentaje hay una proporción elevada que se verifica por contactos homosexuales, pero también hay casos en que el contagio se realiza por vía heterosexual. Son mucho menos numerosos los casos de contagio entre quienes observan una estricta fidelidad conyugal. De los datos que hay a disposición, puede afirmarse que la fidelidad conyugal y la castidad son las barreras más efectivas para impedir la propagación del SIDA. Se debe afirmar también que el factor que más favorece la expansión del SIDA es la vida sexual desarreglada, no casta, y especialmente la actividad genital homosexual. Sin embargo es doloroso comprobar que la lucha contra el SIDA se focaliza en la distribución y uso de preservativos presentados como "sexo seguro", con total prescindencia de la calificación moral de la actividad sexual, y con prescindencia también del porcentaje nada despreciable, en el que estos elementos mecánicos no logran su objetivo, induciendo así a error. En una sociedad permisiva, en la que se llega a creer que la "educación" consiste en evitar riesgos sin preocuparse por el "cómo" se evitan y sin formularse la pregunta acerca de la moralidad del medio empleado, pareciera ser que el "sexo seguro" constituye un criterio supremo, que equivale a "pecar seguro". El problema del SIDA no puede ser considerado correctamente si no se recalca la incidencia fundamental que tiene en su detención una conducta casta.

d)El divorcio

Sería una simplificación afirmar que todas las rupturas matrimoniales tienen como causa exclusiva la conducta sexual incorrecta de uno de los cónyuges, pero sería un desconocimiento manifiesto de la realidad pretender que las conductas contrarias a la castidad no tienen influencia, o tienen muy poca, en los fracasos matrimoniales. Generalmente una ruptura es el resultado de varios factores, pero estimo que entre ellos juega un papel importante la falta de dominio de sí mismo en materia sexual. Hay conductas sexuales desarregladas anteriores al matrimonio que proyectan una sombra muy negativa sobre la convivencia conyugal, cuando de ellas no se ha hecho penitencia y se las sigue considerando, con un criterio inmaduro y egoísta, como "libertades de solteros", y no como ofensas a Dios y a la propia naturaleza humana. Cuando se produce una ruptura matrimonial irreversible se abre un nuevo campo al ejercicio de la castidad: la fidelidad al cónyuge de quien se está separado y que tiene tal vez una parte importante de responsabilidad en lo ocurrido, es una expresión de fineza espiritual que resulta muy difícil de comprender para quien no ve en el matrimonio sino un contrato de convivencia a plazo indefinido, "mientras dure el amor", como dicen.

e)La "educación de la sexualidad"

El tema ha estado y sigue estando en el tapete desde que el Ministerio de Educación publicó dos sucesivos documentos sobre la materia. Esos documentos, caracterizados por buscar un "mímino común denominador" no resultaron satisfactorios y orientadores en su contenido valórico, precisamente porque su "pluralismo" les impidió tomar como base una concepción moral objetiva. El primer documento hablaba de "educación sexual", expresión ambigua, que dejó paso en la segunda redacción a la de "educación de la sexualidad", la que es ciertamente mejor. Sin embargo, ni la primera ni la segunda redacción mencionaron la castidad como la actitud que corresponde al hombre y a la mujer maduros en el ámbito de la sexualidad y la genitalidad. No hay educación posible sino sobre la base de una antropología correcta. Sin saber qué es el hombre, cuál es su destino, cuál el sentido de su vida y de su acción, es imposible diseñar un proyecto educativo. Una antropología realmente humana, y no fruto de estadísticas sociológicas o de observaciones psicológicas, tiene que incluir necesariamente la educación del ámbito de la sexualidad, la que depende, naturalmente, de la visión integrada y completa del hombre, de su naturaleza, de su finalidad y de su acción. El principal valor del segundo estribó en reconocer a la familia y a cada establecimiento educacional el derecho autónomo para establecer las pautas de la educación en este campo. En una educación integral ocupa ciertamente un lugar importante la educación para la castidad.

f)El Año de la Familia

Tanto las Naciones Unidas como la Iglesia Católica, han proclamado el año de 1994 como el "Año de la Familia". La Iglesia hará durante este año grandes esfuerzos para robustecer la familia cristiana a fin de que cada hogar sea lo que debe ser según los designios amorosos de Dios que son la fuente de la verdadera plenitud del hombre. Los esfuerzos de la Iglesia incluirán ciertamente la catequesis acerca de lo que es el matrimonio, origen y base de la familia, acerca de la preparación al matrimonio, acerca de la vivencia plena de la comunidad familiar, acerca de la familia como primordial agente de la educación cristiana de los hijos, acerca de la naturaleza religiosa de la realidad familiar, acerca de las crisis familiares, etc.

Ahora bien, la castidad es un factor de primera importancia en la realidad familiar. La preparación al matrimonio deber ser casta, el amor de los esposos debe ser casto, los hijos deben encontrar en el seno de la familia las condiciones para ser educados en la castidad. No quiero decir que la castidad sea el único elemento estructurador de la familia cristiana, pero se debe afirmar que es uno de sus pilares, que se complementa con otros y que sin él los demás quedan incompletos, debilitados y carentes de la belleza orgánica de la comunidad familiar, basada en la armonía interior y exterior de sus componentes. El ambiente de castidad y pureza de una familia dignifica a sus componentes y constituye el presupuesto necesario para percibir la presencia de Dios en esa comunidad básica que es la "Iglesia doméstica". La familia es el ambiente propio para la educación integral de los hijos, uno de cuyos elementos es, sin duda, la formación en la castidad.

Las consideraciones anteriores muestran un conjunto de hechos y situaciones que hacen oportuna e incluso necesaria una reflexión sobre la castidad. La problemática que presentan esos hechos no tiene solución adecuada si no se realizan esfuerzos tendientes a educar integralmente al hombre, lo que incluye educarlo para apreciar y ejercitar una actitud casta.


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