Sobre San Pedro y la Iglesia en el Evangelio según San Mateo

Homilía en la Solemnidad de San Pedro y San Pablo el 28 de junio de 1998

Cardenal Giacomo Biffi
Arzobispo de Bolonia

 

Es siempre una gracia meditar sobre el Príncipe de los Apóstoles ya que —con su cálida humanidad, con la generosidad de su seguimiento de Cristo, con las mismas debilidades que tuvo— lo sentimos muy cercano, muy querido, muy merecedor de nuestro afecto.

Hoy celebramos su fiesta. Es también la fiesta de nuestra querida Catedral, dedicada a su nombre por la iluminada devoción de nuestros primeros padres.

A él le pedimos que nos ayude a comprender bien la página del Evangelio según Mateo que hemos escuchado. En ella se narra un episodio decisivo para la entera vida de Pedro, y contiene enseñanzas que son fundamentales para la autenticidad de nuestra fe.

En el diálogo que viene allí transcrito se afirma y pone a la vista los dos cabezales de toda la visión cristiana: la realidad de Jesús, Hijo Unigénito de Dios y único Salvador del mundo; y la realidad de la Iglesia, esposa de Cristo y sacramento universal de salvación.

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«¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?» (Mt 16,13). «Y vosotros ¿quién decís que soy yo?» (Mt 16,15).

Desde que apareció en la tierra, Jesús siempre ha sido para los hombres un enigma inquietante. ¿Quién es Jesús? Ninguno, por más que se haga el indiferente o el desinteresado, puede huir de esta interrogante durante todo el tiempo de su existencia.

En el pasaje que hemos leído, Jesús mismo presenta la provocativa cuestión, y parece querer evaluar el decir de la "gente" (a la opinión común), y busca también la respuesta de los Apóstoles del Señor, esto es de la Iglesia.

El mundo da como respuesta pareceres muy diversos, en una gran confusión: «Algunos… otros… otros». La Iglesia, por boca de Pedro da como respuesta la verdad, que no puede ser sino una y permanecer una e idéntica a través de los siglos.

¿Quién es Jesús? ¿Un genio que ha intuido antes que lo otros las exigencias de la justicia y del amor que se encuentran en el corazón humano o un desequilibrado que llega a creerse Dios? ¿Un gran maestro de la existencia o un revolucionario fracasado? ¿Un gran sabio difunto para recordar, pero que no pude salvar porque él mismo ha muerto o nada menos que un exaltado que ha pedido a sus discípulos amarlo más a que al padre o a la madre?

En la babel de estas hipótesis (que son así formuladas) se destaca simple y claramente la respuesta de Pedro: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16,16).

«El Cristo», es decir el «Mesías», Aquel que los hombres han esperado desde siempre; Aquel que es el objeto de la nostalgia y del gran deseo espontáneo de todo espíritu humano que no ha renunciado a pensar; Aquel que ha sido enviado por Dios para reconducirnos a Dios. Tomen consciencia, no uno elegido por los hombres para interpretar sus aspiraciones, sino él enviado por el Creador del universo para revelar el hombre al propio hombre y para señalar a todos el destino pensado para nosotros.

«El Hijo de Dios vivo», enviado a nosotros, pero no por una divinidad abstracta y lejana, gélida e infinitamente indiferente, sino por Dios vivo; esto es de Dios que vive y da la vida; Dios que es centro de nuestro existir, que cuando no sabemos referirlo a Dios vivo aparece denso, insensato, y desierto absurdo.

Es «El Hijo de Dios vivo», porque está permanentemente vivo, tanto como está perennemente vivo su Padre. Señalo por ello que la muerte que lo ha podido tocar, sin embargo no lo ha podido retener en su dominio. Él ha resucitado, y aún hoy está verdadera y plenamente vivo.

Miremos bien que en la respuesta de Pedro no solamente está incluida una respuesta de fe, sino también una profecía. Una profesión de fe en la divinidad de Jesús de Nazaret, aunque ha compartido la existencia doliente y fatigada de tantos. Y la profecía en la resurrección, que es el modelo y el principio de la nuestra.

* * *

También la respuesta de Jesús es plena de luz.

«Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18). El discurso toma aquí como un giro imprevisto. De la boca del Hijo de Dios aparece por primera vez la palabra "Iglesia".

Se presenta en una frase que ya revela el amor: «mi Iglesia». Casi está la afirmación que sólo en su Iglesia —y no en cualquier otra agrupación religiosa— se tiene la garantía de descubrir verdaderamente el conocimiento de Cristo, y consiguientemente el camino de la salvación.

«Mi Iglesia». La Iglesia es suya y ninguno se la puede robar; la Iglesia es suya y no puede desviarse y perderse en el error; la Iglesia es suya y ninguno puede impunemente insultarla o postrarla.

«Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18): Es decir, las fuerzas demoniacas y toda potencia del mal, que en este mundo difaman la verdad y toda forma de bien, no podrán jamás destruirla. En virtud de esta promesa la Iglesia es la cosa más fuerte que existe, aunque fundada sobre la cosa más débil, es decir, sobre la fragilidad de un hombre. Está fundada sobre Pedro que vive en el Obispo de Roma, un hombre en tal modo débil que no está libre del consumo de la edad ni de las enfermedades, pero que es un hombre que siempre tiene consigo la fuerza de Dios.

«Donde esta Pedro, allí está la Iglesia», ha dicho San Ambrosio, explicando con su usual ingenio las palabras de Jesús.

Las palabras de Jesús deben ser tomadas con seriedad. Quien intenta edificar fuera de esta "Piedra", no lo hace con el Evangelio de Cristo, y su casa será una construida sobre arena.

* * *

Es natural, por tanto, que la fiesta de San Pedro sea el día en que estamos llamados a recordar al Papa, a rezar por él, a ayudar a su acción caritativa con nuestro óbolo.

Lo hemos visto todos recorrer nuestras calles y nuestras plazas, dejando de lado su sufrimiento y su fatiga, totalmente entregado a confirmar en nosotros la verdadera fe que salva y a reavivar nuestro compromiso cristiano.

Es una imagen que se ha impreso para siempre en el alma de Bolonia, y permanece en su memoria para garantizar y consolidar nuestra fidelidad a Cristo y a su Iglesia.

 

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