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Las traducciones al castellano hasta el siglo XVIII

El primer testimonio histórico de la presencia de la Vulgata en España se encuentra en el siglo IV, en una carta de San Jerónimo a Lucinio de Bética, y luego otra a su viuda Teodora, en la que da cuenta de la copia de los libros del Antiguo Testamento, que hasta ese momento había traducido, así como del Nuevo Testamento revisado, y su transporte a España. Así pues, parte de la Vulgata entra por primera vez a España cerca del año 398[20]. Allí coexiste con algunas formas de la Vetus durante siglos[21]. Habría habido una edición parcial o total de la Vulgata para mediados del siglo V, debida a Peregrino, supuestamente un obispo del norte español. Se cree que en el siglo VII, San Isidoro, Obispo de Sevilla, habría hecho una nueva edición revisada de la Vulgata[22]. A pesar de lo inseguro de los datos, sí es un hecho que la Vulgata circuló extensamente en España, desde donde se difunde a otros pueblos[23].

El proceso de traducciones de los textos bíblicos a lenguas hispánicas se produce hacia el siglo XIII. Habría un curioso antecedente de algunos pasajes del Antiguo Testamento traducidos al castellano por Aimerich Malafaida, quien llegaría a ser el tercer patriarca de Antioquía[24]. También, por entonces se traduce el Salterio a un idioma hispánico, pero desde el hebreo y no desde el griego que venía siendo lo usual. Esta traducción se debería a Mons. Hernán Alemán[25], Obispo de Astorga.

En realidad la famosa obra de Alfonso X el Sabio[26], rey de Castilla y León, Grande e general Estoria que trae una traducción no literal del latín, desde el Génesis hasta el Nuevo Testamento, viene a ser la primera gran traducción del texto bíblico ampliamente reconocida. Se la llama Biblia Alfonsina o Española[27]. Parece que corresponde a la última parte del siglo XIII.

Sin embargo, cabe notar que hay quienes han encontrado claras evidencias de una Biblia prealfonsina, completa, aunque en los códices en que permanece se encuentre mutilada[28]. En realidad existe más de una Biblia traducida de la Vulgata, conteniendo el Nuevo Testamento. Se las conoce en general como prealfonsinas, pues reflejan haber sido traducidas a mediados del siglo XIII[29].

Para el siglo XV se tiene noticia de varios proyectos de traducción del Antiguo Testamento del hebreo y del latín, cuyos manuscritos se encuentran en El Escorial. Al menos dos o tres tienen como destinatarios a creyentes judíos. «La lectura de la Biblia en lengua vernácula era frecuente en el siglo XV, no sólo en las sinagogas y entre los conversos, sino también en no pocos conventos y entre los seglares. Fray José de Sigüenza aporta datos del biblismo entre los jerónimos del siglo XV. Sólo así se explica el crecido número de traducciones y de glosas»[30].

Para 1526 circula una versión en latín de los libros en hebreo del Antiguo Testamento debida a Alfonso de Zamora[31] y Pedro Sánchez Ciruelo[32], que eran cristianos versados en la lengua hebrea. Esta traducción parece haber sido interlineal por lo que declaran sus autores al indicar que «a cada palabra hebrea correspondiese la latina superpuesta»[33]. Del citado Ciruelo hay también una Tetrapla[34] latina en columnas según el texto hebreo, arameo, de los LXX y de la Vulgata. Otra traducción importante de ese tiempo es la llamada Biblia de Alba, por sus poseedores, los de la casa de Alba. Habría sido realizada, del hebreo y del latín, por un rabino de nombre Mosé Arragel de Guadalfajara, hacia el primer tercio del siglo XV[35], a pedido de Luis de Guzmán, Maestre de la Orden de Calatrava. Una importante traducción habría sido una Biblia en catalán de 1407. Otra, también catalana, es la impresa hacia 1478, y vinculada al prior cartujo Bonifacio Ferrer, hermano de San Vicente. Otra traducción veterotestamentaria es la curiosa traducción al castellano impresa en Ferrara, Italia, en 1553, por los judíos Duarte Pinel (Abraham Usque) y Gerónimo de Vargas (Yom Tob Atias). Al parecer una misma impresión básica habría dado lugar a dos ediciones diferentes, con algunas variantes según a quien iban dedicadas, una al Duque de Ferrara y otra a una matrona judía, Gracia Nacy[36].

El rey de Aragón, Alfonso V, apodado el Magnánimo[37], habría encargado una traducción española de todo el Antiguo Testamento realizada del hebreo y el latín según el orden de la Vulgata. Un ejemplar de éste se encontraría en la biblioteca real de San Lorenzo[38]. Al parecer el Cardenal Quiroga obsequia al rey Felipe II una versión análoga.

En 1512, el franciscano fray Ambrosio de Montesinos, traductor de la famosa Vita Christi de Ludolfo cartujano[39], corrige una traducción de las lecciones litúrgicas de los Evangelios y las Epístolas de un laico de Zaragoza, Micer Gonzalo de Santa María[40]. La revisión y corrección de la obra de 1485 la realiza Montesinos por encargo de los Reyes Católicos[41]. Otra traducción es realizada años después; está en El Escorial con el título de Nova traslación y interpretación española de los cuatro Evangelios. También se produce una traducción de los Evangelios y Epístolas directamente del griego al castellano, por un judío converso al catolicismo, Martín de Lucena. Esto ocurría en 1450. Otros traductores de los Evangelios en esos tiempos son el benedictino Dom Juan de Robles[42], monje de Montserrat, y el jerónimo José de Sigüenza.

La muy famosa Biblia Políglota Complutense o de Alcalá[43], fue concebida y realizada bajo los auspicios del Cardenal Jiménez de Cisneros, Arzobispo de Toledo. Desde 1502 en que se empezó hasta que fuera impresa en seis volúmenes para 1517, transcurrieron quince años. A pesar de lo extraordinario de su contenido[44] desplegando los textos en bloques de idiomas, en hebreo, arameo[45], latín y griego, según los casos, en ninguno traduce al castellano. El griego aparece con un interlineal en latín. La monumental obra para el estudio, que incluía un revolucionario diccionario hebreo-latino y viceversa, un léxico del Nuevo Testamento y otros libros, y un diccionario etimológico de nombres propios, se inició con la publicación de los textos griego y latino del Nuevo Testamento, finalizado el 10 de enero de 1514[46], siendo el texto griego el primero impreso en todo el mundo[47]. Más adelante, la Biblia Regia o de Amberes[48], realizada bajo los auspicios del rey español Felipe II, fue una erudita revisión crítica y una importante ampliación de la Políglota Complutense.

El proceso de traducción bíblica al vernáculo queda detenido en pleno desarrollo por las severas medidas de la Inquisición española ante el avance del protestantismo[49]. Son varios los textos de partes de la Biblia cuya impresión nunca se autorizó y cuyos manuscritos se encuentran, principalmente, en la famosa biblioteca de El Escorial. Así, dice el hispanista Marcel Bataillon: «Frente a las distintas soluciones posibles para defender la ortodoxia --nueva traducción para uso de la población fiel al catolicismo (como en Alemania), tolerancia sólo para las traducciones hechas por hombres piadosos y católicos (como en Italia, Francia y los Países Bajos), supresión rigurosa de la versión anglicana (como en la Inglaterra de María Tudor)--, España, dice Carranza, optó por la prohibición general de todas las traducciones vulgares de la Escritura»[50]. Excluidas las soluciones moderadas como política general, quedó sólo el camino de las glosas, los comentarios, o algunas breves versiones antológicas como las recogidas por fray Luis de Granada[51]. Al decir del mismo hispanista francés: «España se contentó con las traducciones parciales admitidas desde hacía mucho tiempo, junto con algunas otras que toleró la Inquisición. Se reimprimieron ininterrumpidamente las Epístolas y Evangelios en la revisión de Fr. Ambrosio de Montesinos»[52]. Se ha llamado la atención sobre la poetización de textos bíblicos que se da en el siglo XVI. Así, por ejemplo, los Proverbios de Salomón interpretados en metro español y glosados, del franciscano Francisco del Castillo, realizada hacia 1552, o la Suma de toda la Sagrada Escriptura en verso heróico castellano, obra del dominico Andrés Flórez, en Salamanca en 1597[53].

Entre los traductores protestantes destaca Casiodoro de Reina[54], quien habría traducido el texto del Antiguo Testamento del hebreo, griego y latín y el Nuevo del griego y latín[55]. La Biblia del Oso[56] como se la conoce, por llevar en su portada una imagen de un oso, fue impresa en Basilea[57], en 1569. Esta traducción fue revisada por Cipriano de Valera[58], quien la publicó bajo su nombre[59] en Amsterdam, en 1602, con el título de La Biblia. Que es los Sacros Libros del Viejo y Nuevo Testamento. Revista y conferida con los textos Hebreos y Griegos y con diversas tranflaciones. La «revisión»[60]--que en cuanto a la traducción es considerada de poca monta por múltiples autores-- fue más bien una alteración del orden de los libros y la consecuente creación de una sección intratestamentaria donde colocó los libros y pasajes que no estaban en el canon hebreo confeccionado por los rabinos fariseos después de la destrucción del Templo de Jerusalén, en el año 70 d.C. Ambos, aunque más Reina que Valera[61], constituyen, con todas las limitaciones y reservas que se quieran poner a sus trabajos bíblicos, una expresión de la tradición biblista católica de España, en la que se formaron antes de abandonar la Iglesia; y no cabe duda de que sus obras se construyeron sobre las de aquellos que les antecedieron en la traducción y crítica bíblica de entonces. También se puede nombrar a Francisco de Enzinas[62], nacido en Burgos, quien traduce el Nuevo Testamento en 1543, en Amberes, y se lo dedica al Emperador Carlos V declarando bastante pomposamente «que su intención es salvar el honor de la nación española». Su edición, por ciertas características que la hacían «sospechosa» a la Inquisición, fue prohibida en España y en los Países Bajos[63].

A pesar de la situación no poco sombría para las traducciones a lenguas vernáculas, corriendo el siglo XVI, la exégesis, la metodología y en general los estudios bíblicos, siguiendo las directivas del Concilio de Trento, se desarrollaron ampliamente en España y sus dominios del siglo XVI en adelante[64]. No ha de confundirse la cada vez más reducida lista de traducciones bíblicas al castellano[65], avanzando el siglo XVI, hasta llegar a un alto de unos dos siglos, con un desinterés por la Biblia y los estudios sobre ella. Aquellos grandes monumentos de erudición escriturística que son las políglotas Complutense y Regia, son una inequívoca manifestación del interés por el estudio de la Biblia y el desarrollo del mismo en tierras españolas, en ese tiempo. También en personas vinculadas a América se da un interés bíblico explícito. Por ejemplo, el famoso padre José de Acosta, tan vinculado a la historia de la evangelización en el Perú, publica en 1590 De vera Scripturas interpretandi ratione. En Lima, para 1635, Monseñor Luis de Vera publica su Comentarii in libros Regum, y en México, en 1675, el franciscano Martín del Castillo publica Ars biblica. En realidad, cerca de 350 libros de comentarios, desde la totalidad de los dos Testamentos hasta libros singulares, se publican desde mediados del siglo XVI al siglo XVIII[66]. Algunos fueron publicados en castellano. El padre Johann Specker en su estudio Aprecio y utilización de la Sagrada Escritura en las Misiones Hispanoamericanas da amplia cuenta de muchas traducciones[67] a lenguas indígenas[68], ya de libros de la Sagrada Escritura, ya, con mucho mayor frecuencia, de pasajes, aparecidas en manuscritos, sermonarios, en el género `Vidas de Jesús' o dentro de obras de `Doctrina', y así en otras variadas formas[69].

[20]Ver González, p. 554. También García-Moreno, pp. 117ss. Para una noticia más extensa ver Bover, pp. 18ss. Primera época: El texto prerecensional (s. V-VIII).

[21]El padre Bover da noticia de la notable supervivencia de la Vetus (ver pp. 26ss). Además, debido a las investigaciones de Teófilo Ayuso Marzuela, se ha planteado la posibilidad de una Vetus Latina Hispana con características propias (ver Andrés (1987), p. 668; Ausejo, cols. 2008s. Una síntesis de los trabajos de Ayuso sobre la Vetus se puede ver en Gutiérrez, pp. 30-31).

[22]Los datos y el alcance de las características de esta edición no son del todo claros.

[23]Ver García-Moreno, p. 122.

[24]Ver J.M. Sánchez Caro, La Biblia en España, en González, pp. 557s; Verd (1971), pp. 320s.

[25]+ 1272.

[26]1221-1284.

[27]Ver en Vigouroux, cols. 1953s, un resumen de las características y contenidos de esta primera traducción de la Biblia; también Verd (1971), pp. 325s. Los manuscritos no parecen tener todos los libros.

[28]Ver Tuya-Salguero, p. 584; también Pérez, p. 90.

[29]Ver González, p. 558. También Verd (1971), pp. 326ss. Pérez (p. 90) señala que «A. Castro, A. Millares y C. y A.J. Batistessa iniciaron la publicación de una ed. crítica con el Pentateuco». Esto ocurría en Buenos Aires en 1927, y el título de la edición fue Biblia Medieval Romanceada (ver Martín, XXV). Ver también Morreale, p. 70.

[30]Andrés (1976), p. 322.

[31]Alfonso de Zamora, cabeza de la escuela hebraísta de Alcalá, habría sido un converso a la fe de la Iglesia, muy versado en hebreo y gran conocedor de la exégesis judía. Se puede ver Complutense, p. 44.

[32]Sánchez Ciruelo es retratado por Andrés (1977) como «teólogo seguro» y crítico de la cábala (ver p. 76).

[33]Cita tomada de Andrés (1977), p. 73.

[34]Tetrapla seu quatrifida interpretatio Genesis. Existe una edición anotada de M. Pérez Rodríguez, impresa en Madrid, en 1941.

[35]Morreale da como fechas 1422-1433 (p. 88; ver también p. 96); igualmente ver Verd (1971), pp. 338ss.

[36]Ver Scío, Disertación preliminar, SS III, p. 22; también Verd (1971), pp. 344ss. Una edición modernizada de esta traducción de Ferrara apareció en Argentina en 1946 (ver González, p. 599).

[37]Reinó de 1416 a 1458.

[38]Scío, Disertación preliminar, SS III, p. 23.

[39]Ver Bataillon, p. 44; también Andrés (1976), p. 373; también Seibold, p. 73.

[40]Esta obra se titulaba Evangelios e Epistolas, siquier liciones de los domingos e fiestas solemnes de todo el anyo e de los santos, publicada en Zaragoza en 1485.

[41]Evangelios y Epístolas para todo el año (Madrid 1512, Zaragoza 1525, Sevilla 1526, Toledo 1532 y 1535, Sevilla 1536 y 1540, Amberes 1544, 1550 y 1608, Madrid 1601). Al parecer hay dos ediciones de la obra a la que corresponden las fechas, la segunda con el título de Epístolas, Evangelios, Lecciones y Profecías. Ver las versiones discordantes de Pérez, p. 93 y Bataillon, pp. 45s.

[42]El padre Réboli llama Diego de Robles, O.S.B., al autor de Traducción clásica de los Evangelios (ver p. 58). La obra fue escrita en 1573, y editada en 1906; ver Espasa-Calpe, p. 80.

[43]Complutense, todo; Andrés (1977), pp. 63ss.

[44]A pesar del extraordinario valor de la Políglota Complutense, en su tiempo se tejió sobre ella un manto de silencio (ver Andrés (1977), pp. 63ss), y aún hoy no aparece en muchos lugares donde se trata de la historia de traducciones.

[45]Esta transcripción y traducción en el Pentateuco proviene del Targum Onquelos.

[46]Natalio Fernández Marcos, El Texto Griego, en Complutense, p. 33. Lamentablemente la Políglota Complutense sólo fue puesta en circulación pública para 1521/1522, a pesar de haber sido la primera edición crítica de la Biblia en ser impresa. Ver también Andrés (1983), pp. 635ss.

[47]«También el texto griego del Nuevo Testamento es edición princeps, terminada de imprimir el 10-1-1514, anterior a la edición de Erasmo, preparada desde abril de 1515 a febrero de 1516, superior a ella en calidad textual y en cuidado editorial. Influyó en muchas ediciones posteriores» (Andrés (1977), p. 69). El padre Castellani dice: «Erasmo publicó cinco ediciones diversas del texto griego, de las cuales la única que puede llamarse crítica es la cuarta, del año 1527. La primera es tan inescrupulosa que puede llamarse fraude...» (p. 77). Andrés (1977) trae noticia de un par de traducciones del griego al latín, al menos una de mediados del siglo XVI (p. 72, n. 8).

[48]Ver Mestre, pp. 421ss; Andrés (1983), pp. 645s.

[49]Ver Vigouroux, col. 1956. Ver desde su usual enfoque, Menéndez y Pelayo: «El "Índice Expurgatorio" internamente considerado» (t. V, pp. 464ss).

[50]Bataillon, p. 555; ver Andrés (1983), p. 721, n. 89.

[51]Ver Bataillon, p. 597; también Mestre, p. 667. En realidad poco se sabe del alcance de traducciones como los Proverbios de Salomón, por Alfonso Ramón (1629) y el Apocalipsis, por Gregorio López (1678), y otras semejantes.

[52]Ver Bataillon, p. 556. Ver nota 41.

[53]Ver Andrés (1987), p. 150.

[54]El traductor es un personaje curioso. Se le tiene por protestante y ciertamente termina de pastor luterano. Pero la edición de la Biblia trae unos pasajes del Concilio de Trento en el contrafrontispicio, los que aduce para avalar su traducción al castellano, en la Amonestación del Intérprete de los Sacros Libros al Lector y à toda la Iglefia del Señor, en que da razon de fu traslacion anfi en general, como de algunas cofas efpeciales. Y, por si fuera poco en la misma dice: «Quáto à lo que toca àl autor de la Translació, fi Catholico es, el q fiel y fenzillaméte cree y profeffa lo q la fancta Madre Iglefia Chriftiana Catholica cree, tiene y mátiene... Catholico es, y injuria manifiefta le hará quien no lo tuuiere por tal...». Aunque Menéndez y Pelayo (1856-1912) repara en esta autoconfesión, dice que es «quizá para engañar a los lectores españoles». Citando una versión del texto arriba recogido, juzga él que Reina al declarar ser católico «lo hace en términos ambiguos o solapados, que no dejan lugar a duda sobre su verdadero pensamiento» (t. V, p. 158). Claro que el polígrafo español escribe en el siglo XIX (de 1880 a 1882), cuando el asunto de la filiación religiosa de Reina estaba por demás esclarecida.

[55]Según noticia de Gordon, la traducción de la Biblia la habría empezado siendo fraile jerónimo en el monasterio de San Isidro de Santipone --el Comentario Bíblico "San Jerónimo" (69:184) y otros varios lo llaman Isidoro de Sevilla--. Casiodoro de Reina no era su verdadero nombre de familia, sino más bien el de profeso religioso jerónimo, que al parecer mantuvo siempre. A pesar de los datos de interés que ofrece, Gordon, en una perspectiva sesgada hacia el protestantismo llega al punto de afirmar: «Todas las versiones españolas de las Sagradas Escrituras hechas durante el siglo XVI, período clásico de la traducción de la Biblia, fueron producidas por exiliados excluidos de su patria por intolerancia religiosa» (p. 2). Por la breve reseña histórica que se ha realizado aquí se ve claramente que ello no se ajusta a la verdad (ver arriba). Sobre otro asunto, el mismo Gordon señala que Reina copió «palabra por palabra» varios libros del Nuevo Testamento de otra traducción al castellano (p. 7). En el Antiguo Testamento para los pasajes en hebreo se trataría de hecho de una revisión y actualización de la traducción al latín realizada en 1528 por el dominico Sancti Pagnini (la grafía de su nombre y apellido varía en diversas referencias) y de la impresa en Ferrara (ver arriba) como se sigue de lo dicho por el mismo Reina en su Amonestación del Intérprete de los Sacros Libros.

[56]Es digno de mencionarse que la edición de Casiodoro de Reina se ajusta bastante al canon católico de la Sagrada Escritura, esto es incluye en el lugar tradicional los libros discutidos o suprimidos por los protestantes, como Judit, Tobías, Sabiduría, Eclesiástico, la Epístola de Jeremías y no los llama «apochrypho» como hace con el III y el IV libro de Esdras. En algunos casos Reina se ajusta al texto hebreo, como en Ester, y suprime lo que trae el texto griego y latino, o como en Daniel señala: «Hafta aqui fe lee el texto de Daniel en Hebrayco, loque fe figue en eftos dos capitulos poftreros es trasladado dela verfion de Theodocion» (p. 354).

[57]No la pudo imprimir en Ginebra como era su deseo pues los protestantes de ese lugar no lo veían bien (ver Gordon, p. 6). En Basilea también tuvo diversos problemas, incluso fue obligado a recortar sus anotaciones. Después de muchos avatares terminó su vida como pastor luterano de una comunidad de habla francesa en Alemania.

[58]Menéndez y Pelayo (t. V, p. 186), fustiga incesantemente a Valera, también antiguo jerónimo, destacando su labor de libelista contra el Papa. Dice que luego de abandonar la fe de la Iglesia se pasó al calvinismo y que tradujo las Instituciones de Calvino, hacia el 1597.

[59]Aunque se llama Segunda Edición, «sin embargo, (Valera) pone su nombre, y calla el de Casiodoro, en la portada» (Menéndez y Pelayo, p. 194).

[60]Ya Valera se presenta como abiertamente protestante. Entre las reformas que introduce a la Biblia de Reina está la alteración del orden de los libros bíblicos, relegando los que los protestantes no aceptan a un lugar intratestamentario bajo el epígrafe de «Los libros Apochryphos». Para mayor claridad de su posición, antes del referido epígrafe y al finalizar Malaquías, pone «Fin del Viejo Testamento». Quizá sea esta alteración de la Biblia del Oso lo que hace que a partir de la segunda edición --precisamente la que hace Valera-- los protestantes la asuman como su versión en castellano.

[61]Menéndez y Pelayo, afirma que «es lo cierto que Valera ni de docto ni de hebraizante tenía mucho. Los veinte años que dice que empleó en preparar su Biblia deben ser ponderación e hipérbole andaluza, porque su trabajo, en realidad, se concretó a tomar la Biblia de Casiodoro de Reina y reimprimirla con algunas enmiendas y notas que no quitan ni ponen mucho» (t. V, p. 193). Lo de «ni quitan ni ponen mucho» depende de lo que se trate, pues si del canon se trata su posición ya es claramente protestante a diferencia de Reina, y en cuanto al orden mismo de los libros responde también a una concepción del todo diversa de la Biblia de Reina.

[62]Ver Menéndez y Pelayo, t. IV, pp. 306ss.

[63]Ver Bataillon, p. 551. Menéndez y Pelayo da noticia de cómo Enzinas, por consejo de un fraile dominico, cambia el título de su obra para no parecer protestante, y de cómo un Obispo presenta al autor y la obra al Emperador (t. IV, pp. 311ss). La historia del inicial protestantismo de Enzinas es oscura, aunque Menéndez no se detiene mucho en ello y lo da por hecho desde un primer momento. Ver en Bataillon (lug. cit.) cómo por ese mismo tiempo se permitía la circulación de diversas traducciones de partes del Nuevo Testamento en castellano, catalán y valenciano. Tan sólo a partir de 1551 aparecen las prohibiciones expresas en el Índice (allí mismo, p. 552). Debe decirse, sin embargo, que a pesar de ello la situación sobre las ediciones en lengua vernácula es en todo ese tiempo muy confusa, por decir lo menos. Ver nota 41.

[64]Ver Andrés (1977), pp. 629ss. El padre Seibold insiste en el cultivo de la Sagrada Escritura en España bajo el epígrafe: «No amordazamiento de la Palabra de Dios en el "Siglo de Oro" español», pp. 82ss. Propiamente para América Latina ver Specker, pp. 90-97.

[65]Tampoco el asunto de las polémicas en torno a la Vulgata y su letra, aunque cabrían interrogantes ante la ausencia de una versión crítica. Los debates llegaron a extremos, entre ellos desconfiar totalmente del texto de los LXX al igual que del texto hebreo usual (ver Mestre, p. 427). Melquíades Andrés (1983) parece señalar que al menos un grupo de los defensores de la Vulgata no rechaza a los LXX, aunque sí desconfía del texto hebreo recibido (ver pp. 642s). El alcance de estas posiciones no se puede medir con claridad, pero resulta interesante considerar el efecto de la Políglota Complutense, así como de la Regia, y por otro lado de la edición de los LXX realizada nada menos que en la imprenta vaticana a impulso del Papa Sixto V.

[66]Ver Miguel Avilés Fernández, Historia de la exégesis bíblica española (1546-1700), en Andrés (1987), p. 116.

[67]Muchas de estas traducciones han llegado de forma manuscrita, pues para las publicaciones de traducciones bíblicas a lengua vernácula existía en América la misma política que en España, aunque al parecer algo menos exigente.

[68]«El hecho de que en 1576 se elevase a la Inquisición mexicana una queja por causa de los muchos textos de la Escritura en lengua vernácula que circulaban entre los indios, muestra que muy pronto se pusieron manos a la obra para traducir a lenguas nativas textos de la Sagrada Escritura, particularmente las Epístolas y los Evangelios de los domingos y días de fiesta» (Specker, p. 112).

[69]Ver Specker, pp. 97ss.


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