<< >> Título


Capítulo V
El Niño Dios

No hay en el mundo poema como la vida de un hombre, como la vida de todo hombre, por poco que se haya señalado en lo que llamamos aventuras. Porque la vida real, áun la más ordinaria, nos parece fuertemente acentuada cuando la consideramos con atencion. El poeta no se atreveria á amalgamar la dulzura y la esquivez, la sencillez con la singularidad, lo sublime con lo patético, como suele hacerlo la vida real. Cada vida humana particular en el mundo no es nada ménos que una revelacion privada de Dios, revelacion que bastaria para el mundo entero si hubiera una pluma inspirada que la refiriese. Pero cuando un hombre vive en estado de gracia; cuando se consagra enteramente á Dios y lleva una vida interior, entónces su biografía secreta llega á hacerse todavía más maravillosa, porque es más sobrenatural.

Puede definirse un hombre espiritual, un hombre que ha recibido de Dios una segunda vida, una vida que lleva en particular con Dios, vida que es una especie de ley divina con relacion á la vida exterior, con respecto á la cual se mantiene en una relacion de superioridad, dejando á las circunstancias plena libertad para desarrollarse. Esa segunda vida es celestial, su vitalidad viene del cielo, sus facultades son celestiales. Es familiar con las cosas del cielo y no se ocupa de las de la tierra, sino para trasformarlas en cosas celestiales por la operacion secreta de la gracia. En ninguna parte es más notable ese atractivo individual de la gracia que en las devociones de un hombre, ni en ninguna parte es más importante, á causa de las relaciones de la devocion con la virtud. Para algunas personas ese atractivo es el mismo durante todo el curso de la vida; para otras varía segun las épocas y las circunstancias. Algunas veces el hombre le percibe claramente por sí mismo; otras les es posible á los demás verle tambien, miéntras permanece invisible al que es objeto de él, y algunas está completamente oculto, sin que, sin embargo, el secreto de que se rodea implique necesariamente su ausencia. En algunas almas es tan poderoso, que amolda su vida entera, y en otras es tan débil, que su piedad parece no tener otra regla que esa devocion, en apariencia exterior, más misteriosa y más perfecta, sin embargo, de lo que los hombres creen.

Algunos hombres, por ejemplo, sienten un atractivo extraordinario por los misterios de la Encarnacion, pero sin sentirse especialmente atraidos por ninguno de ellos en particular. Otros se inclinan hácia algunos por ser de la vida de Nuestro Señor, como la Infancia, la Pasion ó el ministerio público, miéntras que otros se adhieren á alguno de los misterios subordinados comprendidos en una de esas divisiones, como San Cárlos Borromeo que se adhirió á la agonía en el Huerto, y que formó, segun ese sólo misterio, la grandeza de su vida heróica. La vida espiritual de algunos otros se complace más en los misterios de la Encarnacion considerados en María, que en los mismos misterios considerados en Jesús, ó más bien, su atractivo es encontrar á Jesús en María: María, en la que más ó ménos, todos deben encontrar á Nuestro Señor, especialmente los que aman sus vías y siguen las huellas divinas que nos ha dejado. Otros se inclinan más hácia los sacramentos, y esa devocion los conduce á una santidad extraordinaria, y sin embargo muy marcada. Algunos tienen sus oidos espirituales de tal manera perturbados, que toda su vida están oyendo los lamentos incesantes de las almas del purgatorio, semejantes á los corderillos extraviados, cuyos balidos resuenan á través de las rocas y de las montañas. Otros alimentan su devocion con la vista de las magnificencias y dé las pompas de la Iglesia; miéntras que algunos se complacen más en la soledad de las catacumbas, con San Felipe, sobre la cima de las colinas, como San Juan de la Cruz, ó bajo la estrellada bóveda de la noche como San Ignacio.

Pero hay una devocion particular de que queremos ocuparnos en este momento, y es la devocion á los atributos de Dios. Todos los fieles adoran á Dios, y por consiguiente todos tambien adoran sus perfecciones divinas que concebimos existen en él de una manera sobreeminente. Pero una devocion especial á las perfecciones divinas, es algo más que ese culto. Todos los cristianos adoran á nuestro divino Salvador como Dios y como hombre: sin embargo, algunos le tienen una devocion especial en el Santísimo Sacramento; otros en su Infancia, otros en su Pasion, miéntras que la devocion de algunos se dirige á la Encarnacion en general. Lo mismo sucede con la devocion á los atributos de Dios. Algunos la dejan á mi lado absolutamente, sin que su ausencia altere en manera alguna el culto que rinden á Dios. Pero del mismo modo que ciértas almas devotas viven en la Pasion sin experimentar por la Santa Infancia ningun atractivo más especial que el que necesariamente envuelve su adhesion á la fe, así algunas almas, por una especie de predileccion atrevidas, viven entre los atributos de Dios, y esos atributos divinos, mansion de su devocion, son para ellos lo que para otros el Calvario, Belen ó el Tabernáculo. Para algunas personas, tiene tambien un atractivo especial, un atributo más bien que los demás. La hermana Benigna Gojos se sentia inclinada á honrar especialmente la justicia divina: el P. Condren su santidad divina, y Lancisius hace mencion de una señora española, cuya devocion particular tenía por objeto la paciencia de Dios. Sabemos que, en realidad, no puede haber atributos separados en Dios, porque Dios es un sér simple, y por consiguiente él es sus atributos. Pero esas perfecciones son las maneras con que nos invita á considerarse.

Son lados diferentes de su carácter, aspectos diversos de su majestad, y porque se dirigen de distinto modo á nuestras almas, y parece producir en nosotros obras de gracia diferentes. De ahí, el que lleguen á ser para nosotros motivos de una ó de muchas devociones especiales.

Pero esa devocion á los atributos de Dios, tiene una relacion particular con las devociones á la Encarnacion. Suponer que la devocion á la Encarnacion es un género de devocion para con Dios, y la devocion á los atributos divinos Otro, y que estamos en libertad de descuidar el uno para adoptar el otro, seria caer en el error más fatal que puede embarazar la vida espiritual. Nuestro Señor es la voz que nos conduce á Dios: la Encarnacion rodea á Dios por todos lados, y sólo atravesándola puede la fe tener acceso hasta su trono: tenga ó no el conocimiento explícito de su verdadera significacion. La Encarnacion, ó por mejor decir, la devocion á ella, no es tampoco un grado, por el cual podemos pasar, y luégo concluirá todo cuanto la concierne. No es un aparato por medio del cual nos elevamos á las devociones más altas de los atributos divinos ó de la Santísima Trinidad, y de que se puede prescindir cuando una vez el alma contemplativa ha llegado á esas alturas afortunadas. Porque Nuestro Señor encarnado es la vida lo mismo que la via. No podemos pasarnos sin su humanidad sagrada, lo mismo en el tiempo que en la eternidad. Es para nosotros la fuente de la vida en fin, tampoco podemos separar la devocion á los atributos divinos de la devocion á la Encarnacion; porque Nuestro Señor es la verdad, como es la vía y la vida: la verdad es una ó indivisible. No podemos Separar lo que Dios ha reunido. Esas almas son precisamente las que con más fuerza se han adherido á los misterios de la Encarnacion, y verosímilmente se distinguirán tambien por una davocion especial á los atributos de Dios. Cuando el bienaventurado Pablo de la Cruz fijó como asuntos de meditacion para la órden de religiosos que habia fundado la Pasion y los atributos de Dios, suponia que habia tambien; en la teología mística un enlace secreto entre esas dos devociones. De la misma manera hemos podido ver con frecuencia, leyendo las vidas de los santos, que las almas penetradas del espíritu de la Santa Infancia, parecen poseer una disposicion especial para la contemplacion más sublime de las grandezas de la naturaleza divina. La sencillez infantil que emana de Belen, reclama un derecho de parentesco con esa sublimidad de espíritu que se cierne al derredor de las cimas más elevadas de la divinidad. Así, para expresar brevemente lo que parece encerrar la principal verdad de nuestro asunto, hay almas cuya devocion principal á la Encarnacion, consiste en su devocion á la divinidad de Nuestro Señor, considerada en el conjunto y en cada uno de sus misterios, ó bien en algunos misterios particulares á que tienen más inclinacion. Así, por medio de la Encarnacion, se acerca á las perfecciones divinas, y en las perfecciones divinas comprenden mejor la inefable dulzura de la Encarnación.

Todo atractivo especial en la devocion es un gran dón por parte de Dios. Es una de las más poderosas influencias secretas de la vida espiritual. Es, pues, muy importante para el hombre el no mirar con indiferencia ese atractivo celestial y no descuidarle; eso seria lo mismo que faltar a su vocacion. Indudablemente todo hombre tiene una vocacion, y así todo hombre espiritual tiene un atractivo de devocion, ó muchos atractivos, que se suceden unos á otros. Por que un hombre un hombre espiritual era es el que habita interiormente en el mundo sobrenatural entre los misterios y las grandezas reveladas de Dios. No es simplemente un admirador de los sublime y pintoresco que puede encontrar en la teología; contempla la escena en que se halla como un conjunto magnífico, pero que no es bastante familiar en sus detalles para poderla dividir en paisajes separados, ó no tiene tiempo de detenerse tranquilamente en cada uno de ellos, de manera que puede experimentar por alguno una predileccion razonada. Habita en el mundo de la teología. Se asemeja á un hombre que hubiese establecido su morada en un vasto paisaje. Le ve con la luz de la mañana y con los brillantes reflejos del sol en su ocaso. Sabe cómo aparece cuando las azuladas nieblas del medio día en estío, trasportan los perfumes por encima de los bosques y de las aguas, y le conoce en sus vicisitudes de tempestad y de calma. Cuando las altas montañas se ocultan á nuestra vista por la cortina de verde follaje que el estío acumula delante de nuestras ventanas, sabe que se hallan allí, y que el invierno, desponjando á las ramas de sus hojas, las hará de nuevo aparecer ante su vista. Concibe de qué manera el aspecto de las montañas varían segun la luz las hiere de frente ó de a costado, y que el extranjero que las hubiese visto por la mañana, dudaria por la tarde de su identidad, á pesar de todos sus rangos distintivos. No puede ménos de experimentar preferencias; las predilecciones son casi una necesidad para él, ó por lo ménos deberá, como un verdadero poeta, saludar la llegada de cada estacion con una admiracion que parecerá una injusticia para con la estacion pasada, lo mismo que las almas que en la devocion siguen el calendario de la Iglesia, elevan sobre todas las demás la festividad á cuya sombra oran actualmente. Tales deben ser aquellos para quienes el mundo sobrenatural es una verdadera patria. Su vida es una vida de amor, y, por consiguiente, tambien una vida de predileccion.

Las almas espirituales ven las cosas que las demás no perciben, y oyen sonidos que las otras no distinguen. Esas visitas son para ellas secretas profecías del cielo. Sería muy triste el dejar escapar por falta de atencion semejantes gracias de eleccion, y más triste todavía el seguir una ilusion engañosa de la tierra en lugar de la realidad celestial. El alma no puede oir á Dios, á ménos de que procure oirle, y la atencion es la actitud más devota de un alma amante y reflexiva. Sin embargo, los que escuchan oyen muy bien los sonidos que otros no perciben, muchos sonidos que jamás procuran oir. Hay en la tierra sonidos engañadores que llevan en sí una falsa apariencia del cielo. El árabe cree que con su oido ejercitado puede oir la vibracion imperceptible de la voz real de la soledad arenosa. La seguridad de la vida espiritual no consiste solamente en el alejamiento de las ilusiones: si un hombre durante toda su vida no procura más que precaverse contra la impostura, está quizá en la vía más falsa que es posible seguir. Hay ménos peligro en tomar una señal terrestre por una indicacion divina, que en dejar escapar una gracia dada por Dios. Porque, en el primer caso, la pureza de intencion no tarda en rectificar el error, miéntras que en segundo la pérdida es casi siempre irreparable. En la vida natural misma, y con mucha más razon en la vida espiritual, los que se detienen despues de haber dejado pasar su destino son los más infortunados de los hombres. Se parecen á los viajeros que se distraen y dejan pasar el tiempo, miéntras la caravana sigue su marcha y se aleja de ellos. Inmediatamente, como dice Marco Polo, una voz misteriosa los llama por su nombre y los atrae á uno de los lados del camino. Siguen y los llama todavía; y cuando ya se han apartado bastante léjos del sendero, sucede un silencio sarcástico más terrible que la voz seductora. El viento de la tarde remueve la ligera arena, y borra las huellas y los vestigios de los camellos en la desierta llanura, lo mismo que la brisa, agitando suavemente la superficie del abismo, hace desaparecer la estela ó el surco de la nave sobre la azul de las movibles olas. Han faltado á su vocacion, y para ellos es ya inútil la vida; podrian muy bien morir. Tales son los que en la vida espiritual dejan pasar la gracia que les estaba destinada. De todos los hombres son los más dominados por las ilusiones, y á los que más carecen de ese discernimiento que les haría reconocer la realidad. Un alma que se quedado rezagada de la gracia no volverá á ver jamás la caravana de que formaba parte. Podrá morir con Dios, porque Dios está en el desierto; mas para ella hay muy poca probabilidad de que no muera en el desierto. Que todo hombre examine, pues, si no hay en él algo que lo atraiga de la parte de Dios, y si reconoce ese atractivo, que sepa que su salvacion consiste en seguirle.

En el reino de la gracia, la ley que sufre ménos excepciones es aquella segun la cual las virtudes sobrenaturales vienen á arreglarse, ó, mejor dicho, á amoldarse á las cualidades naturales. Así es que la mayor parte del tiempo el atractivo de la devocion está en relacion con la disposicion del espíritu. Pues bien; hay hombres espirituales como poetas. A unos les deleitan las escenas apacibles y modestas, los bosques, el murmullo de los arrolluelos, la corriente de los rios, cuyas aguas se deslizan tan suavemente por las praderas que apénas se percibe el movimiento de los juncos que adornan sus orillas, las chozas con las paredes tapizadas de yedra, la vista de las becerras metidas hasta las rodillas en una laguna, el campanario de la aldea que apénas se eleva por encima de las copas de un grupo de olmos antiguos, el perfume de los tilos, en cuyo derredor zumba un enjambre de abejas, y todos esos espectáculos, todos esos sonidos campestres, que por la tarde nos dicen que el labrador cansado abandona por fin su pesada tarea y vuelve á su pacífica morada; alegoría interesante, llena de las más dulces interpretaciones. Otros se complacen en la niebla que cubre y oculta la llanura en la soledad de las selvas, en el horizonte dilatado de las grandes llanuras, en la solemnidad de los sombrios pantanos, en la calma nocturna que reviste la inmensa superficie de los mares, ó bien en el silencio de las ciudades desiertas y de las ruinas abandonadas. Esas imágenes se renuevan sin cesar en sus obras, como si esos aspectos de la naturaleza fuesen la expresion entera de su espíritu y de su alma.

Algunos toman por asunto de sus cuadros el laberinto de la vida de los hombres y las numerosas fases que ofrecen las acciones humanas. Son poetas cuya vida no es tranquila ni apacible hasta que llegan al último grado de intensidad de las pasiones, que, á una profundidad igual, pierden la voz y el movimiento. Saben revestir de una belleza maravillosa las cosas que el uso diario ha llegado á hacer triviales. En sus pinturas, las calles de la ciudad toman cierto carácter de belleza, y el ruido que producen las pisadas de la multitud llega á ser armonioso en sus versos, mientras que sus pensamientos familiares y los objetos comunes de que se ocupan, dan á su alma una vivacidad llena de fuerza y de significacion realzada y embellecida por la superioridad de su talento. Hay otros á quienes gusta el eco aterrador del trueno, las cimas escarpadas de las más altas montañas, que se elevan muy por encima de las regiones en donde se desvanece el ruido de la humanidad que padece; el estruendo de la avalancha que se precipita; las negras y enormes olas de un mar enfurecido que van á estellarse en una cadena de rocas más duras que el hierro; la magnificencia espantosa de las sombrías nubes tempestuosas; el silbido de los vientos á través de los envejecidos bosques; el silencio abrumador del desierto central; el crujido de inmensa cordillera cuando el temblor de la tierra hace sufrir tormento a sus miembros de rocas inflexibles; los volcanes solitarios que agitan sus rojizas antorchas por encima de la blancura sepulcral silenciosa é inhabitada del polo antártico, como otras tantas banderas inflamadas suspendidas por la tierra en el espacio, á medida que precipita hácia adelante su carrera; las horribles regiones en donde las cimas de las montañas parecen acumulare tumultuariamente unas sobre otras, dejando entre sus rudas crestas oscuras hendiduras, en cuyo fondo tal vez se encuentren humildes y solitarios valles como formas indecisas y sombras silenciosas que se agitan en las densas tinieblas de cavernas gigantescas, precipicios inmensos que yacen para siempre envueltos en sus propias sombras áun cuando el sol brille en el cielo con todo su explendor; tales son las imágenes, expresadas ó nó, que dominan en las obras de semejantes espíritus, y que forman el fondo de su génio, de su inspiracion y de su grandeza distintiva. En un mundo de esas formas terribles respiran libremente, y quizá sólo en él respiran con facilidad. A estos últimos podemos comparar las almas que su atractivo en la vida espiritual dirige hácia las perfecciones divinas. Sin duda esas perfecciones no son más que desiertos majestuosos para la inteligencia limitada del hombre; sin embargo, hay almas que encuentran allí de qué alimentarse mucho mejor que en los verdes pastos que crecen más abajo. El águila escoge su morada con un instinto tan infalible como el ruiseñor que se oculta en lo más espeso de los arbustos, ó como el pitirojo, que en el invierno se posa cantando sobre nuestras ventanas. No debemos llamar ambiciosas á semejantes almas. Han sido atraidas por artificios de gracia tan dulces y tan graduados como los que han sido conducidos á la Gruta de Belen. Son humildes, y por consiguiente no están en la ilusion. El espíritu más humilde no suele ser el del hombre cuyas concepciones son las más elevadas. A esas almas se dirige especialmente este capítulo, aunque no exclusivamente[5]. La devocion más profunda es la que no pierde jamás un instante de vista la divinidad de Nuestro Señor, y la devocion más fecunda y segura á las perfecciones divinas es la que las contempla en sus relaciones con los misterios de la Encarnacion. Nuestro objeto, pues, en la actualidad, es el suministrar materiales para esta última devocion, en cuanto está unida con los misterios de la Santa Infancia.

En todas nuestras devociones á la Encarnacion es preciso unir, al amor y á la adoracion de la divinidad de Nuestro Señor, el amor y la adoracion de su Persona. No es bastante el recordar que es Dios; es necesario pensar tambien en que es el Verbo, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. El Niño de Belen en el regazo de su Madre, vive todas esas vidas como Dios, no como Padre no engendrado ó Espíritu Santo procedente, sino como Hijo eternamente engendrado. Es el Hijo que se ha encarnado porque hay en él una conveniencia con ese misterio. Es la segunda Persona, que es Niño en Belen, y con quien, por consiguiente, el Padre y el Espíritu Santo están en nuevas y especiales relaciones. Es la segunda Persona encarnada que forma parte de la Trinidad terrestre, y por eso hace á José y á María aptos para adquirir el carácter de Padre y de Espíritu Santo. Es la palabra del Padre, invisible y silenciosamente hablada en la eternidad, que en el tiempo es visible y sensiblemente hablada á los hombres. Por una de las tres Personas, más bien que por las otras dos, la creacion ha sido puesta en relacion tan trascendente con su Criador. Todo lo que la Teología nos enseña como particular del Hijo, está profundamente impreso en la Encarnacion, y por eso la Encarnacion del Hijo es un misterio diferente de lo que hubiera sido la Encarnacion del Padre ó del Espíritu Santo. No sería quizá ir demasiado léjos el afirmar que no hay un sólo misterio durante los treinta y tres años que no deba algo de su fisonomía á la Persona de Nuestro Señor; es decir, que no ha sido ni la primera ni la tercera, sino la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Así, lo mismo que en nuestras devociones á la Encarnacion, no debemos jamás separar la naturaleza humana de la naturaleza divina, no debemos tampoco separar nunca su divina naturaleza de su Persona divina. Cuatro elementos componen todos los misterios de Jesús: su cuerpo, su alma, su naturaleza divina y su Persona divina. La diferente situacion de esos cuatro elementos, ó más bien, las diversas luces que esparcen sobre ellos los acontecimientos de su vida humana, son la causa de la diferencia de los misterios. Nunca, pues, se recomendará bastante la meditacion especial y la adoracion distinta de la Persona de Nuestro Señor á los que deseen aprovecharse cuanto sea posible del rico alimento que ofrece la Encarnacion á las almas en oracion. Es una distincion que, por lo general, no se tiene bastante presente, y de ahí las ideas vagas acerca de la divinidad de Nuestro Señor. Resulta desde luégo en la devocion algo general y confuso que detiene con frecuencia los progresos del respeto, y además nos hace incapaces para comprender en la Encarnacion las delicadezas, la finura y la sutileza espirituales, que por sí mismas son maravillosas manifestaciones del divino explendor.

Ahora podemos abordar otro método más sencillo de devocion á los divinos atributos: tiene una conexión tan íntima con los misterios de Nuestro Señor, que casi podriá pasar por una rama de la devocion á la encarnacion, porque sin ella quedaria incompleto el culto de la santa humanidad. Consiste en los contrastes y en las sorpresas que se descubren poniendo en contacto las divinas perfecciones con los misterios de los treinta y tres años ó del Santísimo Sacramento, considerado como una prolongacion de la vida de Jesús, ántes y áun despues del juicio final, si se cree fundada la opinion de la eterna continuacion de la Eucaristía en el cielo. Nos suministra meditaciones sin fin, completamente del mismo género, establecidas por el modelo, de lo que hemos supuesto ser el primer acto de adoracion de María en la Gruta de la Natividad. Pero la extremada semejanza de las meditaciones esta acompañada de una constante frescura y del sentimiento de una inagotable novedad que sigue siempre al grande pensamiento de la divinidad sin límites.

Imaginemos una escena para contemplar la divinidad del Niño de Belen. Apresurémonos á entrar en la soledad, en donde estaremos ménos distraidos por las imágenes reales de las criaturas, y en donde las encontraremos, ya por su naturaleza pacible, ya por, su corto numero, llenas de pensamientos que conducen á Dios. Allí podemos convocar á todas las criaturas del universo para honrar los gloriosos atributos del Niño Dios. Nuestra Señora y San José se hallan en el corazon del desierto, durante su huida á Egipto, fatigados pero ménos inquietos desde que han dejado la Palestina bastante distante de ellos. En si misma, esa huida del Criador ante sus criaturas, y en semejante abandono, es un misterio asombroso. Sólo dos criaturas se hallan con él para velar por su naturaleza creada, y ambas son de una santidad bastante extraordinaria para excitar la admiracion de la creacion, no sólo hasta el fin de los tiempos, sino áun en la eternidad. Supongamos un par de acacias de escaso follaje, aisladas como conviene á una escena del desierto; entre las dos, una fuente rodeada de un verdor pálido, y cubierta por algunas plantas del desierto, aromáticas y cenicientas, y todo al derredor una llanura de arena amarillenta y brillante que se extiende hasta perderse de vista en el horizonte. María coloca al Niño con precaucion sobre la árida arena, escogiendo el sitio un poco sombreado por las acacias, junto á la fuente, miéntras que el sol, próximo á desaparecer, ilumina la luna que aparece en el horizonte: acerquémonos en espíritu para adorar.

Desde luégo nos choca la semejanza con su Madre. Eso es una de sus manifestaciones. Porque de ese modo muestra la realidad de la grandeza de María, y al mismo tiempo revela esa divinidad á la que se asemeja; divinidad á cuya imágen fué el hombre criado originalmente, pero de la que ningun hombre ha presentado el tipo sino él, porque todos los demás hombres no eran más que las imágenes de su naturaleza creada; imágenes de Dios por él. Por manera, que la raza humana de Jesús era en sí misma divina sobre toda expresion.

¿Puede haber algo más débil, ni desamparo mayor que el de ese pobre Niño, obligado desde los primeros meses de su vida á emprender esa penosa peregrinacion á Egipto?. Pero esa debilidad, ese cansancio, están llenos de misterios. En su debilidad la fe ve su omnipotencia. Ese pequeño Niño es inmenso, inmenso como un mar que la imaginacion no sabria ni podria representarse. Esa inmensidad supone un poder terrible. Nos vemos obligados á valernos de la palabra poder, porque no tenemos otra para expresar esa soberania, que áun las palabras más elocuentes más bien rebajan que representan. Es una cosa que raya en lo increible; son alturas sin nombre, por encima de la region de todos los milagros concebibles; son abismos que no podemos imaginar; todas las posibilidades reunidas, de una energía gigantesca, indefinible, á la que todo es fácil; y todo eso yaciendo como recogido en un poco de vida humana, en aquel lio de pañales colocado sobre la arena. Esta cansado, porque todo el dia ha sido conducido sin quejarse; ¡pobre niño! perseguido por los hombres como un animal raro del desierto, cuyos despojos hubieran deseado repartirse. Ha pasado largas horas sin auxilio, molestado por la envoltura y la faja que le sujetaba, y sus miembros están doloridos por aquella postura monótona. Pues bien; á pesar de eso, ó más bien por eso, reconocemos en él al fuerte, que crea sin fatiga, que ha elevado las montañas, puesto límites á los mares, encendido los volcanes; el que hace temblar la corteza de la tierra como una caña sacudida por el viento, ó como un campo de mieses maduras, ondulante con la brisa de la mañana. El es el que ha hecho que los astros giren en sus órbitas, el que ha sacado los mundos macizos de la masa movible de los elementos moleculares, y que, tendido como se halla sobre la arena, rige el universo sin que nada se sustraiga á su vigilancia. El es, tomando un ejemplo de una de las operaciones ménos importantes de la naturaleza; él es, el que en este momento por una voluntad meditada, medida especial, señala su puesto á cada átomo de luz fosfórica en cada uno de los surcos abiertos en la líquida llanura por la ola móvil, cuya cresta efímera resplandece un instante á la luz de la luna.

Se duerme sobre la arena. ¡Cuántas maravillas encierra ese sueño!. Es el eterno. Habia vivido una eternidad ántes de que comenzase la creacion, y jamás habia conocido vicisitudes. Sin embargo, á los ojos de su criatura, tiene una grande y eterna vida de prodigiosas mutaciones que en nada alteran su adorable inmutabilidad. ¡Para él, qué mudanza en ese encanto secreto del sueno, que tan dulcemente, y cómo á la deshilada, llega á cerrar sus párpados cuando su debilidad infantil sucumbe á su aproximacion!. Ha cerrado los ojos al ponerse el sol; está en la oscuridad, pero no hay noche para él. Le conocemos, sobre todo, como luz inaccesible. Si Dios (no miramos al cielo; consideramos al Niño dormido debajo de las acacias), si Dios dejase que el sueño cerrase sus ojos por un sólo instante, toda vida creada desapareceria. La materia y el espíritu, confundidos en desórden cesarian de ser, y el tiempo y el espacio se hundirian inmediatamente en la inmensa sepultura de todas las cosas. Sin embargo, ¡mirad cuán estrechamente cerrados se encuentran sus párpados, con qué regularidad se levanta su pecho, y cuán apreciable al oido se va haciendo su respiracion!. Dios está verdaderamente dormido. Se despierta y llora. Se despierta aquel cuya vigilancia no puede nunca reposar!. Llora aquel cuyo júbilo es increado y no podria conocer limites!. Todos los placeres que podemos imaginar y nombrar, y más bien imaginar que nombrar, inmensos, profundos, ricos, sólidos, siempre crecientes, y que no pueden expresarse, están todos en él, ó por mejor decir, él mismo es un goce superior á todos. En realidad, el gozo más perfecto que podríamos imaginar sería una imperfeccion en su gozo y una disminucion de su felicidad. Ved al pajarillo que toma algunas gotas de agua en un lago de América y que regresa a su nido entre el argentino follaje de los abetos. Pues así legiones innumerables de ángeles y de hombres beberán eternamente torrentes de gozo salidos de un lado del ser de ese pequeño Niño, que no quedará por eso más agotado ni más resentido que el inmenso lago superior lo está por el pajarillo que toma de él una gota de agua y huye con ella. ¿Acaso las fajas que rodean su cuerpo le lastiman y le hacen humillarse hasta derramar esas lágrimas, patrimonio de la infancia?. La infancia está verdaderamente presa en las incómodas envolturas de estas regiones; pero en el prisionero que yace sobre la arena reconocemos y adoramos al Inmenso. Él es la eterna libertad del mundo. Él, que se encuentra aquí bajo una forma circunscrita por una medida tan limitada, en realidad está al mismo tiempo presente más allá de las nubes, de los soles, de la espantosa extension de los sistemas celestes, sin encontrar término, sin alcanzar límites, excediendo todas las posibilidades del espacio en la grandeza de su sencillez. Cuando hemos llenado de su persona todos los abismos del vacío que podemos imaginar, no estamos más próximos que ántes al límite exterior de la vida de ese pequeño Niño. ¿Pero sus lágrimas son siempre silenciosas, ó bien como los demás niños, prorumpe en gritos, voces de una tierna elocuencia, llamamientos inarticulados al amor de una Madre, única que sabe comprenderlos bien?. Si es así, su débil grito debe resonar en el fondo de nuestra alma mil veces más que la trompeta del arcángel en la noche del juicio. En los lastimeros acentos de ese grito la fe sabe oir la voz del Eterno, la voz que la Escritura compara al ruido de las grandes aguas; sin embargo, como los sonidos inarticulados del mudo, su voz no es un lenguaje; él, la palabra de Dios, no tiene palabras; parece no saber ninguna lengua, y todas las lenguas no son, más que revelaciones parciales pero encantadoras de un sólo acento de la melodía que canta en él. Todo lenguaje no es más que una expresion descendida á la tierra del silencioso gozo de la majestad de Dios, todavía sin criaturas, en aquellas épocas de una inconcebible antigüedad, que no aran épocas porque no habia tiempo.

Considerad su pobreza, de la que cada circunstancia excita la más tierna piedad y las lágrimas más simpáticas. La reconocemos en la figura y en los vestidos de José y de María, como tambien en las escasas provisiones esparcidas por el suelo, sin más abrigo que la bóveda del firmamento. Sin embargo, en ese Niño pobre adoramos la majestad ante la cual se hallan prosternadas en este momento las jerarquías celestiales, temblando, aunque no lo comprenden en toda su plenitud. Sus riquezas son incalculables é inagotables. Es la plenitud de la creacion, de que millones de creaciones nuevas podian sacar sus diversas riquezas sin hacerle experimentar la disminucion más imperceptible. Sus tesoros son, no solamente indescriptibles en su grado, sino inimaginables en su naturaleza, con infinidades que no tienen ninguna relacion con nuestras necesidades, ni con lo que podria gastar cualquiera criatura, sino que pertenecen, si podemos hablar así, á las aparentes necesidades trascendentales de la inteligencia y de la santidad ilimitadas de Dios, á esas adorables necesidades de la vida divina, de donde dimana inevitablemente la eterna generacion del Hijo y la eterna procesion del Espíritu Santo.

En el Niño que se digna tener necesidad del seno de su Madre, adoramos, como lo canta el himno de la Iglesia, á aquel cuya providencia alimenta al mundo y á todas sus criaturas. Los animales salvajes en sus guaridas desiertas; las aves en los bosques inexplorados; los pescados del mar, y la multitud de insectos que cubren la corteza de los árboles ó las piedras de los campos, todo eso, al mismo tiempo que los pecadores en sus palacios, y los pobres tendidos en las calles á las puertas de los ricos, reciben de él su alimento. En esa misma hora en que alimenta á María y á José en la fuente del desierto, dispone las extrañas variedades de climas y de estaciones, y provee a las necesidades de los millones de individuos que pueblan la tierra, preparando los fenómenos de la meteorología y de la química que puedan ser necesarios; dos ciencias que todavía se hallan en la infancia, que presentan tomar un vuelo jigantesco, y sobre las cuales el Niño hubiera podido enseñarnos secretos capaces de llenar de estupor á los sabios más célebres de la presente generacion y de producir una revolucion general de la ciencia en el mundo.

Del mismo modo que el soplo del viento pasando por la tarde algunos instantes por la superficie de las aguas, las riza y las hace como sonreir á la luz, así las incomparables sonrisas do la infancia iluminan su rostro y desaparecen. El Niño, tendido sobre la arena, se sonrie tambien, y su sonrisa es la expresion de las innumerables perfecciones reunidas en la maravillosa unidad de su humanidad. La sonrisa hace conocer el carácter; la suya revela el carácter del Altísimo. Es la sonrisa del que, tal vez en este momento, juzga á un alma y la salva por su misericordia; es la sonrisa del que ve el infierno y le mantiene en órden, avivando sus fuegos, y por su juicio actual, aumentando para gloria de su justicia aquella poblacion desolada. Es una sonrisa en la que podemos reconocer, como se ve un rayo del sol poniente en lo alto de una torre ó en la copa de un árbol, el reflejo de esa grande adoracion del cielo que él ve, puesto que está allí, y ha venido á la tierra sin dejar el seno del Padre, y que no sólo la ve, sino que es el objeto de ella. Y cuando sonrie, la mirada de sus pequeños ojos es prodigiosa; ¿y por qué es prodigiosa?. Porque ve y conoce todos los corazones; aclara todos los secretos; sin esfuerzo alguno, su vista abraza á la vez todos los reinos del espacio y todos los imperios de la inteligencia espiritual. En este momento ve todas las millaradas de millones de pensamientos que cada ángel ó cada alma humana ha tenido ó pueda tener, ya expresados en la conversacion, ya consignados en los libros, ó encerrados en lo más profundo del espíritu. Su mirada asombrada no debe ser una de las ilusiones que nos causa su rebajamiento, pues su conocimiento interior habita en este momento en la luz de toda ciencia posible; cuenta cada grado de arena en la inmensidad del desierto; sigue los movimientos y toda la vida de cada pescado del Océano, y ve cada rayo de luz que despide cada una de sus plateadas escamas. Ve tambien el Calvario y su Pasion con sus variadas escenas, y tan semejantes en su dolorosa monotonía. Nos ve con nuestros pecados; se ve á sí mismo con el Padre y el Espíritu Santo, y no se asombra aunque bajo su amable y sincero disfraz adopte la mirada asombrada de la infancia humana.

Cada uno de sus rasgos tiene un derecho especial á nuestras adoraciones. Aquellos labios, que María con tímido atrevimiento se complace en besar con frecuencia, son los mismos que deben pronunciar un dia nuestro irrevocable juicio; tal vez dirán en el cielo algunas palabras, que serán como los timbres de la eternidad, y cada una de las cuales dejará bien léjos las revelaciones hechas en la tierra, y saciará á nuestras almas de una sabiduría penetrante y de un amor divino. Esos labios se hallan ahora sonrosados y con la frescura de la infancia; pero estarán un dia pálidos, marchitos, secos y manchados de sangre sobre la cruz. Mas, omitiendo hablar de sus rasgos en particular, y haciéndolo de su belleza en conjunto, es ménos un disfraz que un velo de su hermosura increada, un abrigo en donde se oculta su divinidad incomparablemente misericordiosa. Se asemeja á sí mismo; se asemeja á su propio amor, pronto á revelar lo que es. Todos deseamos con impaciencia ver al Padre. Hace siglos que el apóstol San Felipe le dijo á su Maestro en nombre de todos: ¿Por qué el Padre nos atrae de ese modo? ¿ Por qué hace vibrar de ese modo las cuerdas de nuestra alma, como si pudiésemos verle ó quedar como desterrados, y santamente descontentos hasta que hayamos visto? Mirad al Niño sobre la arena; es la verdadera belleza del Padre, la belleza del Padre retratada en él toda entera; es su fiel y completa representacion. Añadamos que el amor del Padre á su Verbo co-igual, y el amor que el Verbo tiene al Padre, no como en reciprocidad, sino simultáneamente, son, ó es, como yo diria, el Espíritu procedente desde toda eternidad, siempre bello, siempre feliz. Si nosotros, criaturas del pecado, que sólo con mucho trabajo hemos podido arrastrarnos desde el fondo de nuestra miseria al sol de la compasion de Dios, podemos ver todo eso en la belleza del Niño tendido sobre la arena, ¿qué no debe ver en él su Santa Madre?.

El sol ha desaparecido completamente bajo el horizonte, pero su globo todavía esparce una dudosa ráfaga de púrpura y de oro sobre la extensa llanura de arena mezclada con algunas piedras. María y José se arrodillan para orar, como si desde lo alto del cielo el sonido de las campanas de oro les anunciase que habia llegado la hora de completas: no levantan sus ojos al cielo hácia el Invisible, presente en todas partes, cuya presencia reconocen los hombres, cubriéndose los rostros con las manos; pero como creyentes en oracion, que fijan sus miradas en el Tabernáculo, oran y contemplan á aquel Niño Todopoderoso que María ha colocado por un momento sobre la arena.

¿Quién puede poner en duda el objeto de su contemplacion? Verbum caro factum est. ¿El Verbo se ha hecho carne?. Ese es el júbilo de los júbilos para toda la tierra. Es el misterio en cuya luz se resumen todos los demás misterios: allí se hace visible la invisible reina de todos los misterios, la Santísima Trinidad: despues de ella, la Encarnacion es en sí misma el primero de los misterios: la creacion no llega hasta despues. La divinidad del Verbo, es pues, lo que adoran María y José. Cuanto más parece que las circunstancias recuerdan elocuentemente y ponen de relieve la humanidad de Nuestro Señor, tanto más excitan en ellos la fe en su divinidad. Pero no abordan ese misterio como nosotros lo liemos hecho. Hemos debido trazar nuestro camino á tientas, establecer nuestra persuasion al tacto, por decirlo así, y hacerla como palpable, servirnos de la geografía, de la presentacion en escena, de las medidas de espacio y de tiempo que nos da la ciencia, y limitar ó ampliar nuestras concepciones. Pero la Madre y el Padre putativo de Jesús, vieron de una manera más sencilla, por su procedimiento más elevado del alma, como convenia á la grandeza de su santidad y al privilegio que les habia sido dado de vivir cerca de Dios: la fe en su Divinidad era el alma de su union con él. Esa fe, actual y práctica, que reconocia que Nuestro Señor es Dios, tiene algo más elevado y dulce que las meditaciones sobre el misterio de la Encarnacion, ó sobre sus perfecciones divinas: es nuestra verdadera vida como criaturas redimidas y perdonadas: es la base de toda devocion y el fundamento de toda santidad. Quitad esa fe y el temor santo y respetuoso que de ella dimana, y las devociones á la humanidad sagrada no conservarán ya más que una belleza artística. Cuanto más profundizamos esa doctrina, más sentimos la realidad del misterio del Santísimo Sacramento, y más sublime nos parece la majestad de María. Pero la Santa Infancia es el campo que la fe se complace en recorrer. En las cosas sagradas,las comparaciones rara vez son exactas: de otro modo, podríamos decir que la devocion á la Divinidad de Nuestro Señor se encuentra en Belen más que en el Cálvario, aunque su divinidad sea el alma de cada misterio de la Pasion. La vision que tuvo la venerable Margarita de Beaune del divino Niño, con las palabras Verbum caro faetum est, escritas en letras de oro en la palma de la mano es un símbolo de lo que deberia ser nuestra devocion á la Santa Infancia. Deberíamos desear que Nuestro Señor nos hiciese espiritualmente lo que hizo materialmente á Santa María Magdalena de Pazzis, grabándola esas palabras en el corazon. Él mismo dijo á Santa Gertrudis que cada vez que un cristiano se inclinaba con respeto al oirlas pronunciar, ofrecia por él, al Padre Eterno, todos los frutos de su Santa humanidad: y en una ocasion, por inspiracion divina, si mi memoria no me engaña, Margarita de Beaune pasó muchas horas repitiendo sencillamente esas poderosas palabras, con el objeto de alcanzar del Padre Eterno misericordia para los blasfemadores. Con ese espíritu, la Iglesia nos manda doblar la rodilla cuando todos los dias se pronuncian en el Evangelio último de la misa.

En nuestra época, debemos guardar con mucha precaucion nuestra fe en la divinidad de Nuestro Señor. La heregía olvida tan pronto la humanidad de Jesucristo, como su divinidad. Ahora, es de moda, como se dice, desenvolver la figura humana de Cristo. Hablan en el tono vacío y enfático del dia, de exponer y explicar el elemento humano de Jesús. Así, para los hombres sin fe, la religion no tiene ni hechos ni doctrinas, en el sentido extricto de esas palabras; no tiene más que símbolos y miras. En Astronomía, se quiere suponer que las nebulosas se resuelven en astros separados, sólidos y luminosos: en Teología se invierte el procedimiento, se trata de introducir lo vago en lo que en otro tiempo era exacto y claro, y de trasformar de ese modo la ciencia sagrada en no sé que luz incierta, admirablemente propia para las teorías y las conjeturas: no se quieren encontrar más que semejanzas fantásticas, como las que en otro tiempo hicieron que se diese su nombre á las constelaciones.

¿De dónde proviene esa aficion á lo vago en materia de religion, miéntras que se desplega tanto rigor en los demás ramos de los conocimientos humanos, sino de que se desea descargarse del yugo de la fe sin arrostrar el inconveniente atrevimiento de rechazarle públicamente?. Por lo que hace á nosotros, nuestro deber es el velar siempre, en un espíritu de reparacion, por la defensa de la honra de Nuestro Señor, y acudir con nuestras fuerzas al punto en que sea atacado, sea el que fuere. Ahora, conservando gracias á nuestra fe, una justa é inteligente integridad de creencias, la reparacion se complacerá en dedicarse á la adoracion del Verbo Eterno, con más fervor que de costumbre.

Pero en el desierto de María, de José y del Niño, casi nos parece que necesitamos pedir perdon por habernos detenido á echar una ojeada sobre este mundo malvado, aunque haya sido de paso.

Ha concluido el crepúsculo: el viento de la noche susurra tristemente en el desierto: todos han vuelto á sus moradas, excepto las fieras y los pobres sin albergue. Pero esa noche el Criador mismo es uno de los pobres sin domicilio. No tiene abrigo, él que en el hueco de su mano reposa toda la creacion. No tiene asilo aquel cuyo corazon es el único asilo eterno de los espíritus angélicos y de las almas humanas. No tiene morada el que es la mansion de ese Padre Eterno cuyo seno es á su vez su morada eterna.

[5] El mismo asunto ha sido tratado en el último capítulo de la obra La Preciosa Sangre.


<< >> Título

La versión electrónica de este documento ha sido realizada por VE Multimedios. Derechos reservados (©) VE Multimedios™.
El texto en versión electrónica puede ser reproducido sin modificación alguna y manteniendo la integridad de su sentido, siempre que se mencione que ha sido realizado por VE Multimedios™.