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Capítulo I
El seno del Padre Eterno

Jesucristo era ayer, es hoy, y será en todos los siglos[1]. Estas palabras del Apóstol expresan la más noble y la más deliciosa ocupacion de nuestra vida. Pensar siempre en Jesús, hablar siempre de Jesús, escribir siempre acerca de Jesús, ¿qué gozo puede haber semejante á éste en la tierra, cuando pensamos en todo lo que le debemos, y en la situacion él que nos encontramos con respecto á él? ¿Quién podria fatigarse?. El asunto adquiere cada vez mayores proporciones á nuestra vista; nos atrae. Es una ciencia cuyos atractivos se multiplican á medida que penetramos más en sus profundidades. Lo que debe formar nuestra ocupacion en la eternidad, gana cada vez más terreno, y se apodera dulcemente de la longitud y de la latitud del tiempo. La tierra se eleva hasta la altura del Cielo, cuando comenzamos á vivir y respirar en la atmósfera de la Encarnacion. Jesús produce el Cielo por donde quiera que se encuentra, ya sea en el Tabernáculo, ya en el corazon del que le recibe: como en otro tiempo, después de su muerte, se llevó consigo á los limbos la vision beatífica, y trasformó en el brillante explendor del Cielo la sombría y melancólica mansion de los patriarcas.

La contemplacion de sus grandezas no es solamente un gozo: es algo más que una dulce ocupacion. Opera una accion real en nuestras almas, una accion que la gracia de la perseverancia puede hacer inmortal. Eso es justamente lo que dijo Rigoleuc: «Basta mirar á Jesús y contemplar sus virtudes y sus perfecciones. Esa vista es capaz, por sí sola, de producir maravillosos efectos sobre el alma; del mismo modo que una simple mirada dirigida á la serpiente de Metal que Moisés habia elevado en el Desierto, bastaba para en. rar de la mordedura de las serpientes. Porque no se, lamente todo lo que hay en Jesús es santo, sino que es además santificador, y de naturaleza de imprimirse sobre las almas que se aplican á considerarle, si lo hacen con buenas disposiciones. Su humildad, nos hace humildes; su pureza, nos purifica; su pobreza, su paciencia, su dulzura y sus demás virtudes, se imprimen en los que las contemplan. Eso puede hacerse sin que por nuestra parte reflexionemos, sino simplemente y por el sólo hecho de que consideremos esas virtudes en Jesús, con aprecio, admiracion, respeto, amor y complacencia[2].» Que esa esperanza nos ánima hoy que nos aproximamos á Belen para estudiar los misterios de su santa infancia. El amor sucumbe bajo él peso de la dulce imposibilidad de comprender jamás la magestad de nuestro querido Salvador. En Belen veremos más de lo que podemos comprender, y lo que no podamos comprender, nos colmará de amor, y el amor es el que nos hace sabios en las vias de la salvacion.

Podemos considerar los misterios de los treinta y tres años de dos maneras. Podemos, ó examinar cada misterio separadamente, como nos ha sido revelado en los Evangelios, ó colocar los misterios en diferentes clases, representando cada una de ellas una division de la vida de Nuestro Señor. Así, Belen, Nazareth, la Galilea, el Calvario y Genesareth, serán su infancia, su vida oculta, su ministerio público, su pasion y su vida resucitada, y cada una de esas circunstancias representará muchos acontecimientos bajo un sólo título. Belen comprenderá las acciones y los padecimientos de doce años, y abrazará el Desierto, el Egipto, una mansion en Nazareth, y los misterios de que fué teatro Jerusalén. De ese modo, Nazareth representa diez y ocho aires, y la Galilea tres, miéntras que el Calvario no ocupa más que tres dias, y Genesareth cuarenta. Al mismo tiempo, los grupos de misterios representados por esos nombres, poseen cada uno una ciudad que lo es propia. De ahí procede el que podamos contemplarlos de dos maneras. Podemos, por ejemplo, estudiar la pasion, ó bien tomando alternativa y separadamente cada uno de los misterios que la componen para alimentar con ellos nuestra alma, ó bien podemos mirarla como un misterio único en realidad, completo en si mismo, y en cierto sentido indivisible, y considerar las diferentes acciones y padecimientos diversos que nos ofrece, como manifestaciones diferentes de su unidad.

De está última manera me propongo considerar la santa infancia de Nuestro Señor. Podemos mirar los doce primeros años como formando un misterio único con un carácter y un espíritu particular, muy distintos del carácter y del espíritu de su vida oculta, ó de su ministerio público. Los diversos misterios subordinados que contiene llevan todos el mismo sello, y todos son de la misma naturaleza. Belen es un asunto magnífico y lleno de atractivo, digno de la contemplacion exclusiva de una larga, vida. Tenemos que penetrar en el seno del Padre Eterno, y contemplar la generacion eterna del Verbo. El seno de María deberá ser Para nosotros, como lo era para él, «un palacio de marfil» lleno de inefables dulzuras. La gruta de Belen y los patios del templo de Sion, las arenas del desierto y las orillas verdegueantes del Nilo, los bazares de Heliópolis, y los retirados campos de Nazareth, los ángeles entonando cánticos en los aires, los pastores alternando en sus veladas, los tres reyes viajando guiados por la estrella, los gritos dolorosos de los inocentes, y los gemidos de sus inconsolables madres, María y José, Simeon y Ana, los aldeanos de Nazareth y los doctores de Jerusalen. Todos esos objetos, todas esas personas, deberán ocuparnos alternativamente como el teatro y como los actores de misterios encantadores, que nos aclaran las profundidades del carácter de Dios, y que conciernen de la manera más íntima á nosotros, y á nuestra propia salvacion.

La santa infancia es un mundo especial. No forma de hecho una creacion aparte, porque ninguna de las creciones de Dios está separada de las demás: no son más que las partes de un todo. Sin embargo, en el mundo de la santa infancia, hay la particularidad de que en ella se encuentra el origen de toda creacion. Es la morada de la predestinacion de Jesús, la tierra de sus eternos principios en la inteligencia de Dios: no comienza con la salutación angélica en Nazareth: se remonta á la eternidad. Comienza con los principios de Jesús , y desciende hasta el año duodécimo, segun su generacion temporal. El Niño de Belen reposa en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos, allí es la causa de toda creacion, á la par que el modelo. No podemos separar su infancia terrestre de sus principios celestiales, porque sin ellos sería inintelegible. Es una region magnífica que debe recorrerse. Las razones del Criador para tener una creacion, las preparaciones del Criador para su entrada en su propia creacion; la manera extraordinaria en que vino; la belleza espiritual, intelectual y artística de su conducta misteriosa; lo inmutable adaptándose á la condicion de una infancia débil, muda y mortal: tales son las maravillas que se agolpan en nuestro camino través del país divino que hoy nos arriesgamos á explorar. Cuanto más sencillamente tratemos esos objetos, más aprenderemos á conocerlos, y deberemos armarnos de mucha paciencia y atención en las dificultades, que no dejarán de presentarse. Por lo ménos, cuando hayamos llegado al fin de nuestra empresa, amaremos á Dios un grado más, y un nuevo grado de amor á Dios no seria demasiado caro áun cuando costase muchos martirios; con esa esperanza y esa conviccion vamos á comenzar.

Mas, ¿á quién acudiremos para que nos acompañe en nuestro viaje? ¿ Quién será para nosotros el doctor de la Santa Infancia? Sin duda alguna será San José, tan extrechamente unido al Niño Jesús, y tan querido a su Madre inmculada. Si ha habido algun santo penetrado del espíritu de Belen, seguramente ha sido él, Antes que comenzara las fatigas del ministerio público, antes que las sombras de la pasion comenzaron á condensarse en el horizonte, San José habia terminado su mision. Pertenecia á Belen y á Nazareth, y Dios le llamó á sí en el momento en que Nazareth tocaba á su fin. Reposaba en la dulce tranquilidad del seno de Abraham, cuando Jesús bebia su cáliz de dolores, y María llevaba de una á otra parte su corazon dilacerado á través de los numerosos misterios de aquellos tres años tan fecundos en acontecimientos. El espíritu de la Santa Infancia es en cierto modo toda su santificacion. Nadie puede hablarnos como él del corazon de la jóven Madre, y del corazon del Niño Divino. Asi, pues, deberemos suplicarle que venga con nosotros, que nos ayude en las oraciones que haremos para obtener la luz, y rodearnos de la atmósfera de su propio espíritu de dulzura y de meditacion: deberemos tambien recordar su presencia; aún cuando no hablemos de él, para que todos nuestros pensamientos y todas nuestras palabras estén impregnadas del suave perfume del alma de aquel gran Santo.

Cuando la alondra se remonta hácia el cielo para entonar el himno de la mañana, el ruido de los trabajadores, el bullicio de la tierra, los balidos de las ovejas, los mugidos de las vacas, el susurro de las aguas y el extremecimiento de las hojas van debilitándose á medida que el pájaro se eleva por los aires. El viento hace balancear las ramas de los árboles, pero su movimiento no produce para ella rumor alguno. La brisa de la mañana hace plegarse las plateada hojas del césped, bajo el cual se halla oculto su nido; de manera que toda la llanura se eleva y se baja, formando olas blancas y verdes semejantes á las del mar: pero todo eso no es más que un espectáculo silencioso. Ningun sonido llega hasta la avecilla, encerrada en aquella region de apacible luz, en donde desarrolla sus himnos gloriosos de los que no percibimos más que el preludio cuando emprende su vuelo, ó las últimas notas precipitadas, cuando abandonando su brillante retiro, desciende rápidamente hacia la tierra. Lo mismo nos sucede á nosotros en la oracion , cuando nos elevamos por encima de nuestras propias necesidades y de los gritos importunos de nuestras tentaciones; y olvidándonos de nosotros mismos, alzamos nuestro vuelo hácia el trono de Dios oculto en una luz inaccesible. Los ruidos de la tierra se desvanecen desde luego. Despues, el espectáculo silencioso que se agita delante de nosotros parece fijarse, perder todo movimiento y disminuir poco á poco. En seguida, se funde en una vision confusa apénas coloreada, y bien pronto se abate detrás de una niebla azulada, somejante á la tierra que se descubre imperfectamente desde el mar. Entónces parece abandonarnos la atraccion de la tierra, y nuestra alma se lanza hácia el cielo, como si, semejante al fuego, su centro estuviese en las regiones superiores, y no acá abajo. Hé ahí lo que debemos hacer hoy , porque tenemos que elevarnos hasta el seno del Padre Eterno.

San José se encuentra de rodillas junto al Niño en la gruta de Belen. Avancemos hasta acercarnos á él, arrodillémonos á su lado, y sigamos el curso de sus pensamientos. No hace más que una hora que ese Niño maravilloso ha venido al mundo, y ha regocijado los ojos de María con los inefables consuelos de su faz divina: no hace más que nueve meses que se encarnó en Nazareth, y sin embargo, sus principios no datan de Nazareth ni de Belen. Tenía ya la edad de años eternos cuando nació. El tiempo que habia ya atravesado tantos y tan largas edades, y que tal vez habia durado inmensas épocas seculares ántes de la creacion. del hombre, era más jóven un número infinito de siglos que el Niño de Belen. La creacion de los ángeles con la hermosura y la alegría de sus primeras gracias, la adoracion regular de sus jerarquías, su misteriosa prueba, la caida espantosa de una tercera parte de su número y el combate de Miguel con los rebeldes, nos aparecen confusamente entre las nieblas más lejanas de la historia del hombre. Sin embargo, el Niño de Belen es mucho más antiguo que todo eso. Y en realidad, en derredor suyo se ha agrupado toda la historia de los ángeles. Ha sido simultáneamente su Criador y el modelo con arreglo al cual han sido criados, la caida de los que sucumbieron, y la perseverancia de los que quedaron en pié. Más tarde, se dedicará á un ministerio de tres años en la Galilea, y entre las ciudades de Judá y de Benjamin; pero en realidad, toda la historia del mundo de los hombres, desde los tiempos del paraiso terrenal hasta el instante de la Inmaculada Concepcion, ha sido su ministerio. Predicó ántes del diluvio; derramó su bendicion sobre las tiendas de los patriarcas, distribuyó gracias, salvó almas, y operó milagros en el judaismo y en la gentilidad durante algunos millares de años. Pero en este momento, y segun el cómputo de los hombres, no tiene más que una hora.

Este planeta que habitamos ha sido creado para ser, en cierto modo, el jardin, el Eden de su encarnacion, y le ha adornado en su amor ántes que Adam, su primera imágen, fuese llamado á vivir en las frondosidades del Asia. Belen no era, pues, su primera morada. Es necesario que le busquemos una mansion eterna, si es en realidad más antiguo que los ángeles, primogénitos de todas las criaturas. La sombría bóveda del interior de la gruta, y la parte exterior iluminada por la claridad de la luna, no se asemejan al aspecto que nos ofrece su mansion eterna. Es el Verbo eterno: es la primera palabra que se ha pronunciado, y lo ha sido por Dios: y es igual en todas las cosas á aquel por quien ha sido proferida. Ha sido pronunciada desde toda eternidad, y no habia espacio dentro del cual pudiese ser pronunciada, ni sonido que acompañase al acto que la pronunciaba, y el Padre que la pronunció, ó más bien, que la pronunció, no existe anteriormente al Verbo, en la palabra que pronuncia. Esa persona divina, el Padre, que percibimos confusamente, es semejante a. un manantial de resplandeciente luz, del cual manan aguas increadas; porque ese manantial no es una fuente sin agua, y las aguas son tan antiguas como el manantial mismo. Del Padre dimana el Hijo, del Padre y de su Verbo procede el Espíritu Santo; y los tres son iguales entre sí, coeternos y consubstanciales. Sin embargo, el Padre es la primera Persona, y para él no hay ni superioridad ni prioridad. Es la fuente única de la divinidad, y en eso consiste Precisamente la gloria del manantial, y que los dos arroyuelos que brotan de él sean iguales en todo. En su adorable sublimidad es el asociado inseparable, y no enviado de las dos Personas divinas que han recibido una mision, y que se envian á sí mismas. Es él, es el Dios Padre,. que nos representamos sin figura en medio de esas llamas que no encierra ningun lugar. Es él, que distinguimos sin imágen, con los ojos iluminados de nuestra fe. Es el que contemplamos sin luz en las tinieblas de su deslumbradora magestad. Es el que con toda la extension de su inmensidad encerramos en las ternuras de nuestro amor respetuoso. Es el que en su inefable incomprensibilidad, comprendemos con fruicion, en el conocimiento que nos ha dado de ser sus hijos. Es su seno abismo de inagotable hermosura, mansion de una paz inalterable, tesoro de la beatitud divina, que es la morada del Niño de Belen, y el único lugar en donde ha tenido nacimiento.

En ese seno nació la Persona divina, que es el Niño de Belen la Persona que jamás ha comenzado á nacer y que nunca ha cesado de nacer. Jamás el Padre ha existido sin el Hijo. ¡No engendrado y eternamente engendrado!... ¿Cómo reconocer la distincion entre esas dos cosas como no sea por la fe? La fe, ó la vision, que es en la otra vida el complemento de la fe. Del mismo modo que jamás ha habido un momento en que el Hijo no habia todavía nacido ,asi tambien jamás podrá haberle en que cese de nacer. En la eternidad, y no en el tiempo, se produce su inexplicable generacion. Procede del Padre por vía de generacion: procede de la inteligencia del Padre: es la inteligencia que el Padre tiene de sí mismo, ó más bien, es producido por ella: es la expresion de todas las perfecciones del Padre. No sólo es la. semejanza del Padre, es algo más. Le es consubstancial. Sin embargo, no es idéntico con el Padre, porque forma una persona distinta. El Padre se conoce, y por ese conocimiento de sí mismo, el Hijo nace entre los explendores de la santidad increada, en medio del jubilo inefable de todas las perfecciones divinas. Así, la generacion del Hijo no es un misterio cumplido y pasado. No es un acontecimiento producido en época muy remota, ántes de la existencia del tiempo. Lo que es eterno debe irse continuando siempre. Sólo lo que ha de concluir debe haber tenido principio. Debemos, pues, tener presente en nuestro espíritu que el Hijo, igual y coeterno con el Padre, es continuamente engendrado en el seno de su Padre, lo mismo en el momento presente que desde toda eternidad: no ha habido un instante en que no haya sido engendrado, no hay ninguno en que no lo sea; y no hay sitio alguno en toda la extension de la omnipresencia divina, en donde su generacion eterna no se continúe sin cesar, tanto cerca y léjos de nosotros, como en las regiones del espacio, y como en nuestro interior, en los silenciosos pliegues de nuestras almas. Sin embargo, en ninguna parte es interrumpido el silencio por esa prodigiosa palabra del Padre. El Verbo, presente en todas partes, no produce ni áun una vibracion en el aire; cuando se escapa con el poder irresistible de su divinidad, no se oye el ruido de su omnipotencia. Su luz, que ilumina todas las cosas, brilla á través de la calma de la noche, y las tinieblas permanecen silenciosas y apacibles, como el plumaje del pájaro sumergido en el sueño. ¿ Cómo podemos encontrar reposo en ninguna parte, cuando hemos perdido de vista, cuando ya no nos es posible oir esa palabra del Padre? ¡Mirad cómo los espíritus angélicos, cómo las almas de los bienaventurados se agrupan noche y dia para ser testigos de esa palabra eterna, para bañarse en su luz beatífica, y para ser trasportadas y extasidas por su espiritual armonía!... Tal es el verdadero nacimiento del Niño de Belen, por siempre más antiguo que la colina en donde se halla situada la aldea de ese nombre, por siempre más jóven que la flor de la violeta que ha aparecido esta mañana en la extensa pradera en donde reposaban los rebaños, cuando los ángeles cantaban en lo más alto de los cielos.

Es imposible expresar la beatitud de la vida dentro del seno del Padre porque al mismo tiempo que el Padre pronuncia por siempre su Verbo eterno, él y el Verbo producen por siempre tambien, por vía de aspiracion, al Espíritu Santo, la llama increada de su amor mutuo y de su júbilo sin fin; el Espíritu Santo, Persona distinta del Padre y del Hijo, y sin embargo, el lazo que las une, por decirlo así, igual á los dos, coeterno con ellos, el término de Dios y el límite de lo ilimitable. ¿Quién puede pensar en semejante santuario sin temblar por un exceso de amor? ¿Quién puede fijar su mirada en él durante la oracion sin temblar; por un exceso de temor, de que lleguemos á perder su vision sin fin?. En esas apartadas profundidades de una incalculable eternidad, permanecia el Niño de Belen, ántes que se dignase tomar visiblemente posesion de la gruta de Belen. Allí es en donde debemos buscar sus principios, que jamás han comenzado; de allí debemos datar la genealogía del Eterno, que no tiene antepasados; á la luz de esas tinieblas debemos examinar á Belen y Nazareth, el Egipto y el desierto; y debemos aprender los misterios de esa infancia mortal del Verbo eterno.

¿Qué especie de vida hacía el Verbo en el seno del Padre? Era una vida con ausencia de toda criatura, porque entónces no existia criatura alguna sino en los designios y en los decretos de la inteligencia divina, y en los recursos ínagotables de la sabiduría divina.

Era una vida de complacencia infinita: Dios reposaba en sí mismo. En sí mismo encontraba su satisfaccion, su infinidad. La inmensidad de sus perfecciones se extendia delante de él, y las atravesaba, por decirlo así, con su inteligencia, por siempre bendita. Conocerse infinito por medio de su conocimientó infinito, era para él ser infinitamente dichoso.

La vida en el seno del Padre era tambien una vida de amor, pero un amor que no es permitido concebir á nuestra inteligencia limitada. ¿Quién podría formarse jamás una idea del amor del Padre y del Hijo? ¿Quién podrá ver en la profundidad de su inteligencia, áun en sus pensamientos más recónditos, que son demasiado profundos para poder ser expresados con palabras, cómo procede ese amor del uno y del otro? Es la procesion de un fuego increado, la agitacion de las olas de un Océano increado, que esparciéndose por defuera del Padre y del Hijo, permanecen, sin embargo, dentro del seno de la Divinidad. Es un júbilo que nadie está destinado á oir; el resonar silencioso de una felicidad eterna que choca contra una ribera inmaterial. ¿Y debemos ser admitidos un dia á la vista y al goce de esa vida divina? Es el mismo fin para que hemos sido criados. Hay más, en cierto sentido; hemos sido, como vamos á ver, una parte de esa vida de Dios. Hemos sido conocidos y amados hasta en esas regiones eternas, en esas regiones sin límites de existencia increada, ántes del nacimiento del tiempo; y nuestro verdadero destino es entrar en el gozo de esa vida triunfante, ver á Dios como es y vivir en union sin fin con él. Nuestra felicidad es, apénas podemos creerlo, el ser admitidos á añadir un rayo más á la gloria exterior de esa magestad bendita. Podemos ser un destello más de luz en derredor de la inmensidad de su trono, y un nuevo reflejo del resplandor deslumbrador de la corona de gloria que se digna llevar. Sea cual fuere la infinidad de nuestra pequeñez, podemos, y eso es para nosotros el gozo de los gozos, podemos ser un nuevo objeto sobre el cual se ejerza su absoluta soberanía. Somos bastante grandes para recibir la luz de su justicia1 y presentar un espacio sobre el cual puedan caer sus rayos. Su misericordia puede refiejarse de una manera admirable, áun sobre la debilidad de nuestras almas tan pequeñas. Podemos reposar sobre la ribera de esta vida triunfante, proyectar algunos rayos, y dejar escapar un dulce murmullo, miéntras que sus brillantes ondas pasan por siempre sobre nosotros. ¡Oh magnífico destino de los hombres! ¡Qué feliz es nuestra vida presente! ¿ Y cuánto más lo es nuestra vida futura? ¡Qué dichosa es nuestra adoracion, qué dichoso es el temor con que cumplimos la obra de nuestra salvacion que nos promete una recompensa tan magnífica y tan divina!

Tal era la vida sin criaturas que el Verbo eterno llevaba en el seno de su padre; habia tenido lugar con falta de criaturas, y sin embargo existian séres creados.

¿Cuál era, pues, el primer aspecto bajo el que aparecia la creacion en la inteligencia divina, si podemos emplear la palabra «primero» con respecto á lo que era eterno? Puede por lo ménos haber habido prioridad de órden, áun cuando lo hubiera prioridad de tiempo. Hay precedencia en los decretos hasta en donde no hay sucesion.

La primera mira de la creacion, tal como estaba en la inteligencia de Dios, fué la de una naturaleza creada unida á la naturaleza increada en la persona divina. O en otros términos, el primer aspecto bajo el cual se mostró la creacion, fué el aspecto del Niño de Belen. El primer paso fuera de Dios, el primer punto de partida de la creacion, es la naturaleza creada unida á una persona divina. Por eso, por decirlo asi, se efectuó el paso del Criador á las criaturas. Tal ha sido el punto de enlace, la union de lo finito con lo infinito, la criatura mezclada de una manera no confusa con el Criador. Esa primogénita de todas las criaturas, esa santa humanidad , no era solamente la primera de las criaturas, sino que era tambien la causa de todas las demás. Era la primera, y á ella se referian todas las demás. Todas se agrupan en derredor de ella, están en relacion con ella, sacan de ella su significacion, y además están formadas por su modelo. Su predestinacion es la fuente de todas las demás predestinaciones. La significación de la creacion entera, lo mismo que los destinos de las criaturas tomadas separadamente, están estrechamente enlazados con esa naturaleza creada, unida á una persona divina. Es la cabeza de la creacion angélica, de la creacion humana y de todos los demás creadores, sean cuales fueren, que jamás puedan existir. Ocupa una posicion universal, que une todas las creaciones á Dios.

La naturaleza creada , predestinada para unirse al Verbo, reposaba eternamente en el vasto seno del Padre. Era una naturaleza escogida desde toda eternidad con una predileccion marcada y llena de significacion. Era la primera de las criaturas. Ella es. el que en la naturaleza que ha tomado llamamos Jesús. Todos los ángeles, todos los hombres, todos los animales y toda la materia, han existido por causa suya y por él. Él es la única razon de ser de todas las cosas creadas, su única explicacion, la única regla y la única medida de todas las obras exteriores de Dios. A la luz de esa predestinacion de Jesús, debemos considerar toda vida, toda ciencia, toda historia, todas las grandezas de los ángeles, todos los destinos de los hombres, toda la geografia tan variada de ese jardin grandioso sembrado de estrellas que se eleva sobre nuestras cabezas, y todas las posibilidades problemáticas del espacio poblado de mundos. Nuestra propia vida tan pequeña , nuestro planeta con su estrecha órbita, que se asemeja á la huella que el insecto deja sobre la hoja, aparecen en el dulce resplandor de la predestinacion de Jesús, como en una hermosa postura del sol: allí encuentran su suave significacion y las ve, casi infinitamente queridas de Dios: porque Dios las ha revestido con respecto á él, de una importancia que nos ofrece uno de los misterios más difíciles de comprender, porque es la prueba del amor más increible.

En fin, llegó un tiempo en que ese designio eterno de Dios debia tener efecto, y realizarse, como hablamos, nosotros criaturas actualmente fuera de su divina inteligencia. Por qué debia venir el Niño de Belen, por qué vino en tal época y no ántes, porqué tan pronto, y por qué tan tarde, no nos es posible decirlo. Se han formado muchas conjeturas respetuosas y legítimas, pero todas las pasamos en silencio, porque todas son muy inferiores á la grandeza del acontecimiento y á la sublimidad del decreto que procuran explicar. Pero el amor de Dios á sus criaturas condesciende con tanta frecuencia en tomar el aspecto de la impaciencia, que no nos sorprendemos cuando los teólogos nos dicen, segun nuestra manera humana de hablar, que el Verbo, en su impaciencia, apresuró el tiempo de su venida, atraido por los encantos de la pureza de María. iOh! ¿Cómo se asemeja siempre Dios á sí mismo?...¿Aguardando con paciencia durante tan largo tiempo, y luégo tan intranquilo y tan pronto en el último momento? ¿Pero la gracia no obra siempre así? Hay en sus operaciones más deliberadas una especie de repentinidad, que sólo es perceptible á un discernimiento espiritual. Así es como vienen las conversiones: así maduran las creaciones. Dios nos sorprende siempre de improviso, cuando tiene sobre nosotros proyectos de amor: miéntras que su justicia nos advierte con mucha anticipación, y no llega sino despues de ostensibles preparaciones, queriendo en cierto modo glorificarse, haciéndose sin cesar, acompasar de esos testimonios de misericordia.

Cuando meditamos sobre la vida del Verbo que debia tomar una naturaleza creada, nos la representamos como haciendo elecciones multiplicadas, en los momentos en que reposaba en el seno de su padre. Llevaba una vida de elecciones, y cada una de ellas era una prenda de afecto para nosotros, nos miraba de la manera más íntima, y no reposaba sino en sus perfecciones infinitas: todas sus elecciones eran eternas.

Su primera eleccion fué la de su naturaleza. Innumerables naturalezas razonables y posibles presentaba el campo de su inmensa sabiduría. Todas debian encerrar atractivos especiales y conveniencias particulares, porque eran ideas de su divina inteligencia. Habia que escoger entre aquellas naturalezas, y basar la eleccion en razones de una belleza infinita y de una sabiduría infalible. No nos atrevemos á atribuir á Dios una predileccion sin motivo, aunque no podamos explicarnos sus preferencias. Tenía especialmente que comparar, á no ser que la comparacion suponga, demasiado trabajo para una sabiduría infinita, la naturaleza de los ángeles y la naturaleza de los hombres, y tal vez tambien otras naturalezas razonables existentes. ¿Cuántas cosas dependían de esa eleccion?. Toda la historia de la Creacion deberá simplemente dimanar de ella. Los motivos parecen deber decidirle á tomar una naturaleza angélica. La naturaleza de los ángeles es mucho más elevada, y por consiguiente se acerca más á él: es mucho más bella, y por consiguiente más conveniente para él. Es puramente espiritual, y nos es fácil concebir que una Persona divina mirara con disgusto el contacto con la materia. La Iglesia le da las más expresivas gracias, porque no tuvo horror al seno virginal de su Madre Inmaculada. Si consideramos su compasion, recordaremos que los ángeles cayeron lo mismo que el hombre, y que la raza humana hubiera podido terminar en Adam y Eva, miéntras que una tercera parte de las multitudes angélicas habia caido ya en el abismo, ó caia actualmente á los ojos de la prevision infalible del Altísimo. Los ángeles tambien le aman más que los hombres. Parece que en realidad le aman más, y que además poseen mayor facultad de amarle. Sin embargo, parece que en la carne él ha amado á Juan más que Pedro, aunque éste le amaba más que Juan. Escogia la naturaleza humana más bien que la naturaleza angélica, y la escogió con la eleccion infalible de un Dios. Ciencias innumerables se hallan encerradas en las profundidades de esa eleccion: y sólo el conocimiento del carácter de Dios, que nos ha dado esa eleccion, puede permitirnos el formar algunas conjeturas en su favor, miéntras que de otro modo, segun nuestra manera de juzgar las cosas, todas las razones hubieran parecido serla contrarias. En esa eleccion de una naturaleza humana, habia un exceso de condescendencia que satisfacía más plenamente las perfecciones divinas[3]. Por la bajeza á que desciende, el Verbo gana más de lo que podia tener como Dios, y parece que quiere hacernos comprender, que un grado más de humillacion no carece de importancia á sus ojos. Por esa eleccion ha penetrado más en su propia creacion, y se ha acercado más al límite de esa nada, que en cierto modo es la antípoda de Dios. Si pudiéramos imaginar un instante en que esa eleccion no estaba todavía hecha, pero en el que estaba á punto de hacerse, ¿cómo sentiríamos todos nuestros destinos temblar en la balanza?. Todo lo que nos hace soportable la vida, todo lo que dulcifica el pasado ó embellece el porvenir, toda la perspectiva de la vida sin fin que se abre ante nosotros, todo eso y otras cosas más que nos conciernen y que no conocemos, estaba encerrado en esa eleccion eterna de la naturaleza que la Persona del Verbo Eterno deberia tomar. Esa eleccion es el gubernalle, que todavía en este momento dirige nuestro tiempo y nuestra eternidad. Felices, más dichosos que todos los ángeles, somos en pertenecer á la familia, cuya naturaleza ha sido elegida por el Verbo eterno. Si, esa felicidad es una de las que hacen imposible la desgracia.

Al enumerar todas esas elecciones del Verbo en el seno del Padre, no olvidemos que del mismo modo que no habian tenido principio, así tambien no venian en un órden sucesivo. Mas como debemos citarlas con cierta série, las dispondremos como si se presentasen conforme al conocimiento que tenemos de las cosas.

Escogida ya la naturaleza, y siendo ésta la humana, la primera elecccion que hizo en seguida fué la de su alma bendita. Entre las almas de los hombres no hay quizá dos que se asemejen: los efectos de la gracia en las almas son tan variados como las producciones de los diferentes terrenos. La variedad de los santos es una de las variedades más gloriosas de la tierra. Así es que innumerables almas magníficas, capaces de la más alta santidad sobrenatural, radiantes en la plenitud de sus facultades naturales, revestidas con la hermosura moral de la más encantadora pureza se presentaban ante su vista, semejantes á globos luminosos en el sombrío abismo de la nada. Habia que hacer una eleccion entre todas las almas, posibles, y debia escoger una que pudiese ser bastante fuerte para permanecer en los ardores de la union hipostática, iluminar el cielo en lugar del sol y de la luna por su santidad creada, y contener un océano de gracia, que casi podríamos llamar. ¿De qué júbilo debió ir acompañada esa eleccion?... ¿Con qué inefable complacencia el Verbo eterno debia reposar, no sólo en la sabiduría de su eleccion, sino tambien en el Sér bendito que fué su precioso objeto?...

Eligió igualmente el cuerpo en que debia ser encarnado. La carne tan pura y la sangre preciosa que debian estar unidas á una Persona divina, y luégo permanecer para siempre en una adorable union con ella, era uno de los objetos dignos de su eleccion eterna. Escogió un cuerpo constituido de tal manera, que pudiera ser capaz de soportar las oleadas de gloria que queria derramar sobre él. Escogió un cuerpo, cuya extremada sensibilidad pudiese, en cierto modo, ayudar á las operaciones delicadas de esa hermosa alma, más bien que impedirlas. Escogió un cuerpo, cuyo magnífico tejido podia ofrecerle más tarde un instrumento de padecimiento, como jamás ha existido entre los inmensos recursos de la vida creada. El mismo delineó sus futuras facciones humanas. Era para él de toda eternidad un gozo el leer cuanto habia de amable en la variedad de su expresion. Su mirada centelleante, era una nueva elocuencia, que no dejaba de tener sinificacion para él en aquella profunda vida divina de la eternidad. Los acentos de su voz eran una armonía perpétua y silenciosa para su oido. Su semejanza con su Madre era uno de esos gozos eternos. Así, desde toda eternidad, el artista celestial dibujaba, pintaba, en la oscuridad del abismo increado, esa belleza de formas y de rasgos que debia extasiar á los ángeles y á los hombres en los transportes de un amor inmenso é invariable. ¿No encontraba él mismo sus delicias en su obra?.

Escogió tambien su Madre. Si reflexionamos en nuestro júbilo cuando pensamos en María, cuando meditamos sus amabilidades solbrenaturales, y cuando estudiamos la grandeza de sus dones, y la encantadora pureza de sus virtudes, tendremos una idea débil, una idea como nos es posible tenerla, de la dicha inefable que debió ser para el Verbo el escoger á María y crearla por la eleccion misma que hacía. Le era preciso elegir una Madre que pudiera serlo dignamente de un Dios, una Madre conveniente á ese misterio terrible de la union hipostática; una Madre preparada para suministrarle ese cuerpo maravilloso con la sangre de su propio corazon, y para ser ella misma durante unos meses el tabernáculo de aquella alma celestial. Todas las obras de Dios están bien proporcionadas. Cuando nombra para un oficio, su nombramiento está marcado con la más perfecta convincencia. Eleva la naturaleza al nivel de sus propios designios: la hace capaz de llenar los destinos más sobrenaturales, colmándola de las gracias más inconcebibles. No hubo nada accidental en la eleccion que hizo de María. No era solamente la más santa de las mujeres que vivian en la tierra en el momento en que habia decidido venir: no era solamente un instrumento preparado para la necesidad pasajera del instante, de que debia hacerse uso, y desechar en seguida, para dejarle confundido entre la muchedumbre, cuando ya no podia ser de utilidad. No obra Dios de esa manera: no es así como trata aún á los más pequeños entro sus elegidos. Todo cuanto nos ha revelado de si mismo hace semejante suposicion tan imposible, que seria poco respetuosa. No hay nada accidental ni de puro ornato en las obras del Altísimo. Sus operaciones no nos ofrecen ni superfluidades, ni accesorios puramente extrínsecos. Dios no hace solamente uso de sus criaturas: entran en sus designios, y forman parte integrante de ellos, y cada una de las partes de una obra divina forma una de las perfecciones de aquella obra. Es uno de los rasgos característicos de la operacion divina, el que no hay en ella nada que no sea una perfeccion especial. As¡ María se remonta á la fuente misma de la creacion. Fue la eleccion de Dios mismo, que la escogió para que fuese su Madre. Ha sido la puerta por la que el Criador ha entrado en su propia creacion. Le ha servido de una manera y para un fin como jamas criatura alguna ha podido hacerlo ni lo hará. ¿Cuánta, pues, debe haber sido su hermosura, cuánta su santidad, sus privilegios, su exaltacion?. Rebajar todo eso, es rebajar la sabiduría y la bondad de Dios. Cuando hemos dicho que María era la eleccion eterna del Verbo, hemos dicho todo lo que comprende la doctrina de la Iglesia en cuanto á ella, y todos los homenajes de los cristianos con respecto á ella. Cuando consideramos el deseo del Verbo de tomar una naturaleza creada, cuando examinamos la eleccion que hizo de una naturaleza humana, cuando reflexionamos en la eleccion más decidida de su alma y de su cuerpo, y añadimos á todas esas consideraciones el recuerdo de su inmenso amor, podemos ver hasta qué punto debe regocijarse su bondad con la eleccion de su Madre, sobre todo si recordamos que el tierno amor que la tenía debia ser una de sus principales gracias, y una de las más grandes de todas sus perfecciones humanas. Todas las criaturas posibles estaban delante de él: habia de escoger entre ellas la que debia aproximarse más, la que debia amarle y tener un derecho natural de amarle más que las demás, en fin, la que el deber lo mismo que la preferencia debian estimularla á amarle con el amor más intenso, y eligió á María. ¿Qué más podemos decir?. Llevó á cabo su idea, ó más bien, no sólo cumplió su idea, sino que ella misma era su idea, y la idea que tenía de ella ha sido la causa de su creacion. Todo lo que la teología nos enseña acerca de María, se apoya en esa eleccion eterna y eficaz que se hizo de ella en el seno del Padre.

A esa eleccion siguió la del sitio en que él y su Madre habian de habitar, de esa parte de la creacion material que debia ser el teatro de su union con una naturaleza creada, naturaleza que en parte debia ser tambien material. No parece que nuestra ignorancia pueda llegar ni áun á vislumbrar ninguna de las razones para la eleccion que hizo de la tierra.

Pero hay otra eleccion del Verbo que confunde nuestra ignorancia de la manera más completa. En el seno del Padre el Verbo eligió sus compañeros eternos, los elegidos entre los ángeles y entre los hombres. Sabemos que todos los ángeles y todos los hombres han sido criados por él y para ser sus compañeros. Sabemos que ha deseado que todos estén eternamente en él. Retrocedemos horrorizados ante la suposicion de que el permiso del mal habria sido comedido simplemente, para que de ahí pudiera tomar pretexto para perder eternamente multitudes de criaturas, que la fe nos enseña haber sido amada por él con el amor más intenso. No podemos decir por qué los ángeles y los hombres habian debido ser criados en una libertad, que no habian tenido necesidad de ese permiso para ser plena y entera. Estamos absolutamente seguros, segun lo que nos ha revelado de sí mismo, que ha habido razones de una bondad infinita para que fuese as¡; y que la libertad, en virtud de la cual los hombres pecan y merecen, convenía á los designios de su amor creador. Sabemos tambien, que el permiso del mal no era necesario para poner de manifiesto su justicia, por que ésta resalta más maravillosamente en la exaltacion de María, que en la condenacion de los pecadores. Sabemos además, que la eleccion que hizo de sus elegidos, no ha coartado su libertad, y sin embargo, ¡misterio incomprensible!...que ha sido una eleccion verdaderamente eficaz. "A los que conocia de antemano, los ha predestinado"[4].

No nos ha permitido acercarnos á la solucion de ese misterio. No era solamente una eleccion, era tambien una preesciencia ; no era solamente una preesciencia, era tambien una eleccion. No quiere permitirnos que contemplemos ese misterio de otro modo, que en la confianza esparcida en nuestras corazones por la virtud teologal de la esperanza, de que nosotros mismos estamos en el número de esos elegidos, cuya correspondencia á su gracia, y la participacion en su gloria, ha regocijado sus ojos desde toda eternidad.

No tendremos una idea exacta de la vida del Verbo en el seno del Padre, si no fijamos nuestras miradas en el gozo maravilloso que experimentó en escoger sus elegidos; y adoramos sin temor su júbilo, que sabemos debe haber reposado sobre un amor absolutamente sin límites: porque la justicia del que es infinitamente santo, es una justicia de que no pueden quejarse ni aun los mismos á quienes perjudican sus juicios.

Escogió tambien la gloria de que debia gozar su santa humanidad. Eligió para su cuerpo esa dignidad y ese explendor, que debia merecerle, durante sus treinta y tres años, desde el primer instante de su Concepcion hasta el momento de su muerte: y sus miradas se lijaron con complacencia en la gloria y la felicidad de que debia gozar aquella carne que habia de tomar de María, y que debia dar como alimento á las generaciones de los hombres en las realidades de la divina Eucaristía. Podernos suponer, que cuando previó su pasion, experimentó, si nos es permitido usar un lenguaje tan poco conveniente hablando de las cosas eternas, un aumento de ternura por aquel cuerpo, que debia ser el instrumento de los terribles padecimientos destinados á redimir el mundo.

Una eleccion más, y habremos terminado nuestra enumeracion de las nueve elecciones del Verbo. El pecado se habia presentado á sus miradas. Le veia en toda su plenitud, cómo jamás podremos verle nosotros, en todo el horror de su naturaleza, en toda la extension de su imperio, en su oposicion directa á Dios, y en el terrible juicio en que la justicia divina concluirá por destruirle un dia. El pecado estaba en frente de él, pero no se turbó su tranquilidad. Ni el más leve soplo de agitacion pasó rozando la apacible superficie de su felicidad: ni uno de sus decretos fué alterado. Todos continuaron circulando por sus inmutables canales de eterno amor. Pero surgió para él una nueva eleccion: la esfera de su justicia fué ampliada, y al mismo tiempo se multiplicaron los objetos de su amor. Añadió algo á las elecciones que ya habia hecho de su alma y de su cuerpo. Entónces el¡gió el poder de padecer, la facultad de experimentar el dolor, las vibraciones del temor sensible, la debilidad del asombro y las emociones de la cólera humana: escogió la pobreza, el desprecio, la muerte y la cruz. Por encima del brillante y glorioso destino de la madre de la humanidad impasible en que habia de venir, extendió una nube misteriosa de impenetrables dolores, y la grande Reina del cielo fué más enaltecida con su sombra. Trazó para sí mismo una vía de sangre para llegar á los corazones de sus criaturas pecadoras, de aquellas, por lo ménos, que tenian la misma naturaleza que se habia decidido á tomar. Desdeñó á la familia más antigua de los ángeles en su caida, mas no para dejarlos enteramente á un lado, porque han caido en la sima de su justicia y han sido abismados en ella para siempre. Ahora Belen y el Calvario se presentan al Verbo como los objetos de sus más vehementes deseos, que nos hemos atrevido á llamar una impaciencia divina. Pero no ha habido movimiento alguno en el seno del Padre: las pulsaciones de la vida divina no se han acelerado ni un sólo instante: nada se ha precipitado. Los decretos han continuado avanzando con su lentitud irresistible, semejantes á las enormes corrientes de ardiente lava que serpentean á lo largo de las faldas del Etna, sólo que estas corrientes eran creadoras y fecundantes de sabiduría y de amor. Sin embargo, en cada instante el Hijo era engendrado por el Padre; en cada instante, el Espíritu Santo era eternamente procedente del Padre y del Hijo. No se oia sonido alguno: nada se veia, ni allí habia tiempo que trascurriese: no habia laguna ni vacío, ni sima que pudiese ser algun dia el sitio del espacio. Solamente habia la vida, que ningun lugar contenía, aunque inmutable, y á la que no pueden alcanzar ni lo pasado ni lo futuro. Así estaba Dios en su eterna felicidad.

Tales eran las ocupaciones del Verbo en el seno del Padre: tal era la vida de esa persona sobre la que se ha fijado especialmente nuestra atencion, porque era la persona destinada á unirse a una naturaleza creada. Aquella vida era, en cuanto concierne á esa union, una vida de eleccion, y cada una de aquellas elecciones lo eran tanto del Padre y del Espíritu Santo como del Verbo mismo. Tal era su vida eterna en el seno del Padre, vida sin criaturas, y sin embargo, no podemos decir que no las hubiese, vida que no podemos percibir más que en sus límites extremos, en el lugar en que los decretos de la creacion reflejan sobre sus aguas. Era una vida sin criaturas, porque las criaturas no poseian todavía una existencia real. Y sin embargo, allí habia criaturas, porque existían en realidad en la inteligencia divina. Pareceria que nuestras miradas, dotadas de una virtud sobrenatural, se engolfan en una perspectiva sin fin: ancha en su abertura con toda la amplitud de la creacion, se eleva alejándose por una série maravillosa de grados jigantescos: los decretos de Dios, semejantes á estátuas de mármol, se alzan á cada lado en filas silenciosas, y sus figuras colosales reflejan la blancura deslumbradora de los, explendores eternos, y la vista va en disminucion y estrechándose hácia un punto único hasta que entra en Dios: y entónces la hermosa sencillez de la inmensa creacion, aparece visiblemente reposando en la predestinacion de Jesús, y la vemos brotar de la fuente central de la augusta Trinidad, verdadera emanacion de la vida divina, aunque se halle separada de ésta por una distancia infinita. Entónces llega la creacion real, y sin embargo Dios se encuentra sumido en su eterno reposo, aún cuando obra. El tiempo y el mundo pasan, y mucho más allá aparece la tranquilidad de Dios.

Jamás podrá igualar nada en magnificencia á la primera manifestacion exterior del Todo-Poderoso, cuando los ángeles surgieron de la nada en raudales de luz, más numerosos que los granos de arena del mar, semejantes á inmensos mundos de fuego revestidos todos de encantos trascendentes, y proyectando á lo léjos los rayos luminosos de sus magestuosas inteligencias. Sólo ese pensamiento basta para deslumbrarnos. Los ojos de nuestro espíritu sufren como heridos por el relámpago cuando nos representamos ese primer rayo, esa primera tempestad que estalla. en un instante al pié del trono inaccesible de Dios. Y en el mismo momento salen de la nada el pesado un¡verso de la materia, vasto campo expuesto al soplo fecundante de un calor inconmensurable, y el tegido apénas visible de los elementos más sencillos, tal vez de un elemento único, pero, que revestia millones de millones de formas, corria por el espacio, se condensaba y formaba mundos inmensos sin número, reunidos todos por los lazos de una atraccion invisible. Hasta en el caos habia una magnificencia que satisfacia á la gloria del Criador.

Entónces quizás vinieron las vastas épocas de la geología, ciclos y revoluciones de edades, que jamás han sido contadas , porque no habia nadie más que Dios para contarlas. Una vegetacion maravillosa cubria la tierra como una rica y magnífica alfombra. Animales prodigiosos llenaban de vida los mares y tomaban posesion de los continentes. Dios estaba tranquilo, y el tiempo y el mundo pasaban. Llegaron los dias de Adam, y trascurrieron como la vida antidiluviana con su extraño carácter. Vino el diluvio y cumplió su terrible mision, y los patriarcas alzaron sus tiendas en las llanuras de la Mesopotamia, hasta que el amor de Dios brilló en las colinas y los valles de la Siria. La salida del pueblo escogido del figurativo Egipto, el desierto , los reyes, la cautividad, el paganismo tan ampliamente esparcido, la inmaculada Concepcion, todos esos acontecimientos se sucedieron unos despues de otros, segun nuestra manera de hablar, pero en realidad, todos se hallaban simultáneamente presentes á la vista de Dios, y su vida tranquila continuaba. La Encarnacion se cumplió en Nazareth, y se manifestó en Belen. Comenzaron los hermosos siglos de la Iglesia católica, y terminarán en el valle del juicio. Cada una de las almas particulares aparecia ante Dios clara y separada, en un circulo aparte, hasta que todas vayan á reunirse al mismo valle del juicio. Entónces -esa familia de la creacion- se hallará reunida en su patria, en el seno del Padre por el Verbo, que ha permanecido en él desde toda eternidad, y eso por medio de su encarnacion. Todo eso iba pasando, y la vida de Dios seguia tranquila, inmóvil, inmutable.

El Padre, cuya eternidad no puede envejecer, reposa tranquilo, temible y rodeado de magnificencia en su apacible majestad. El Hijo está todavia en su seno, silenciosamente engendrado, en los encantadores resplandores de una generacion eterna. El Espíritu Santo es el amor del Padre y del Hijo, procediendo eternamente de uno y otro; vida distinta eterna, separada, y sin embargo, vida única y absolutamente la misma.

Pero en ese momento, en algun sitio de la creacion, el seno del Padre se ha mostrado á espíritus y á almas, de manera que pueden verle tal como es. Esa Operacion es un cambio de la vida antigua sin criaturas; pero ese cambio se halla completamente fuera de lo inmutable. Allí no hay ni tiempo, ni paso, ni sucesion. No hay épocas que puedan medirse en esa vida inmóvil, estacionaria, completa é inefablemente feliz. El progreso es la enfermedad radical de las criaturas. Sin embargo, la criatura llamada el tiempo ha rodeado al Eterno, al increado, con sus frutos más suaves, y cosechas seculares forman en derredor de él una corona de belleza creada y de santidad sobrenatural. Les muestra la vision de sí mismo en algun sitio del espacio. Multitudes radiantes de santos y de ángeles se mueven en sus rayos, semejantes á franjas destinadas a adornar las orillas de su régio manto, miéntras que otros, prosternados á sus piés, parecen formar un pavimento de oro, palpitando de luz en derredor de su trono. ¿Pero estamos seguros de que el cambio se ha efectuado completamente en lo exterior?. La fe no nos Permite dudarlo. Pues entónces es preciso que la fe se sobreponga al testimonio de nuestros ojos; porque, pareceria que habia habido. un cambio en lo interior. Bien léjos, en el centro de las llamas de la divinidad, en medio de esos destellos que fortalecen los espíritus y las almas de las criaturas, en lugar de perjudicarlas, parece que hay un niño humano, no un niño adoptivo que la misericordia divina habria arrancado á la necesidad, sino la propia idea eterna de Dios, realizada en el tiempo; la causa de toda creacion, la causa de todo lo que compone nuestra vida actual, excepto el mal, que tiene el permiso de adherirse á nosotros, como una niebla que nada puede disipar. Ese Niño es la idea y la causa de todas las cosas. Allí le ven los espíritus y las almas, le adoran y lo ofrecen el homenaje de la poderosa armonía de sus cantos extáticos. Sin embargo, la vida divina continúa aún con sus pulsaciones sin principio, sin sucesion y sin fin. El Hijo es todavía engendrado, el Espíritu Santo es todavía procedente, y el Padre es todavía la fuente no engendrada de la divinidad.

Sola, separada de los ángeles y de las almas por muchas leguas, como la tierra cuenta las distancias, cerca del trono se halla sentada una Madre Vírgen, una criatura que en otro tiempo fué nada, y que volveria á caer en la nada, si Dios no la llenase, no la sostuviese, no la fortaleciese con todo su poder, por decirlo así, con su esencia, con su presencia, con su poder, con su gracia y con su gloria. El Niño, en el seno del Padre, se asemeja á esa Madre creada, y tiene siempre la vista fija en ella, como si su seno pudiese atraerle y hacerle salir del Padre. Ella tambien lo considera siempre, como ha enseñado á San, Juan á considerarle «en el principio» en el seno del Padre. Esa es la vista irrevocable que María posee de su Hijo: es la vista que San Juan fija para siempre sobre su Maestro querido. El Verbo encargado ha reposado en idea, desde toda eternidad, en ese seno temible, y en este momento reposa en él con su encarnacion cumplida en el tiempo. ¡Es el Niño de Belen, Jesucristo, ayer y hoy y el mismo por siempre!...

[1] Epístola á los Hebreos, cap. XIII, v. 8.

[2] Rigoleuc. El Hombre de Oracion, pág. 35.

[3] Véase el Santísimo Sacramento, lib. I, seccion 1.a.

[4] San Pablo a los romanos.


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