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I INTRODUCCIÓN

1. El Señor Jesús constituyó a los Apóstoles en forma de « colegio o grupo estable, y eligiendo de entre ellos a Pedro lo puso al frente de él ».[2] Los Apóstoles no fueron elegidos y enviados por Jesús independientemente unos de otros, sino formando el grupo de los Doce, como se subraya en los Evangelios con la expresión « uno de los Doce »,[3] usada repetidamente. El Señor les confía a todos juntos la misión de predicar el Reino de Dios[4] y les envía, no individualmente, sino de dos en dos.[5] En la última cena Jesús ruega al Padre por la unidad de los Apóstoles y de aquellos que, por su palabra, creerán en Él.[6] Después de la Resurrección y antes de la Ascensión, el Señor confirma a Pedro en su ministerio pastoral[7] y confía a los Apóstoles la misma misión que Él había recibido del Padre.[8]

Con la efusión del Espíritu Santo el día de Pentecostés, la realidad del Colegio apostólico se muestra llena de la nueva vitalidad que procede del Paráclito. Pedro, « puesto en pie con los Once »,[9] habla a la muchedumbre y bautiza a un gran número de creyentes; la primera comunidad aparece unida en la escucha de las enseñanzas de los Apóstoles,[10] de quienes recibe la solución de sus problemas pastorales;[11] san Pablo se dirige a los Apóstoles que quedaron en Jerusalén para asegurar su comunión con ellos y no caer en el peligro de « correr en vano ».[12] La conciencia de formar un cuerpo indiviso se manifiesta también ante la cuestión de si los cristianos provenientes del paganismo están obligados o no a observar algunas normas de la Antigua Ley. Entonces, en la comunidad de Antioquía, « decidieron que Pablo y Bernabé y algunos de ellos subieran a Jerusalén, donde los Apóstoles y presbíteros, para tratar esta cuestión ».[13] Para examinar este problema, los Apóstoles y los presbíteros se reúnen, se consultan, deliberan guiados por la autoridad de Pedro y, finalmente, sentencian: « Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que éstas indispensables... ».[14]

2. La misión de salvación que el Señor confió a los Apóstoles durará hasta el fin del mundo.[15] Para que esta misión fuera llevada a cabo según el deseo de Cristo, los mismos Apóstoles se preocuparon de instituir a sus sucesores. « Por institución divina los Obispos han sucedido a los Apóstoles como pastores de la Iglesia ».[16] En efecto, para cumplir el ministerio pastoral, « los Apóstoles se vieron enriquecidos por Cristo con la venida especial del Espíritu Santo que descendió sobre ellos.[17] Ellos mismos comunicaron a sus colaboradores, mediante la imposición de las manos,[18] el don espiritual que se ha transmitido hasta nosotros en la consagración de los Obispos ».[19]

« Así como, por disposición del Señor, san Pedro y los demás Apóstoles forman un único Colegio apostólico, por análogas razones están unidos entre sí el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles ».[20] De este modo, todos los Obispos en común han recibido de Cristo el mandato de anunciar el Evangelio en toda la tierra y, por tanto, han de preocuparse de la Iglesia entera y, al llevar a cabo la misión que el Señor les ha confiado, han de colaborar entre ellos y con el sucesor de Pedro,[21] en quien está instituido « para siempre el principio y fundamento, perpetuo y visible de la unidad de la fe y de la comunión ».[22] A su vez, cada uno de los Obispos es el principio y fundamento de unidad en sus Iglesias particulares.[23]

3. Quedando a salvo la potestad que por institución divina tiene el Obispo en su Iglesia particular, la conciencia de formar parte de un único cuerpo ha llevado a los Obispos, en el cumplimiento de su misión a lo largo de la historia, a utilizar instrumentos, organismos o medios de comunicación que ponen de manifiesto la comunión y la preocupación por todas las Iglesias y que ensanchan la vida misma del colegio de los Apóstoles, como son la colaboración pastoral, las consultas, la ayuda recíproca, etc.

Desde los primeros siglos, esta comunión ha tenido una expresión particularmente cualificada y característica en la celebración de los concilios, entre los que se ha de mencionar, además de los Concilios ecuménicos que comenzaron con el Concilio de Nicea del 325, también los concilios particulares, tanto plenarios como provinciales, que tuvieron lugar frecuentemente en toda la Iglesia ya desde el siglo II.[24]

Esta praxis de celebrar concilios particulares continuó durante toda la Edad Media. Sin embargo, después del Concilio de Trento (1545-1563) fue decayendo cada vez más. A pesar de todo, el Código de Derecho Canónico de 1917 dio también disposiciones para la celebración de concilios particulares con la intención de renovar el vigor de una institución tan venerable. El canon 281 del mencionado Código se refería al concilio plenario y establecía que se podía celebrar con la autorización del Sumo Pontífice, el cual designaba un delegado suyo para que lo convocara y presidiera. El mismo Código preveía la celebración de concilios provinciales al menos cada veinte años[25] y, como mínimo cada cinco años, de conferencias o asambleas de los Obispos de una provincia para tratar los problemas de las diócesis y preparar el concilio provincial.[26] El nuevo Código de Derecho Canónico de 1983 sigue manteniendo una amplia normativa sobre los concilios particulares, ya sean plenarios o provinciales.[27]

4. Junto a la tradición de los concilios particulares y en consonancia con ella, a partir del siglo pasado, por motivos históricos, culturales y sociológicos, y con finalidades pastorales específicas, en diversos países han nacido las Conferencias de los Obispos con el objeto de afrontar las cuestiones eclesiales de interés común y dar las oportunas soluciones. Dichas Conferencias, a diferencia de los concilios, tenían un carácter estable y permanente. La Instrucción de la Sagrada Congregación de los Obispos y Regulares del 24 de agosto de 1889 las recuerda denominándolas expresamente « Conferencias Episcopales ».[28]

El Concilio Vaticano II, en el decreto Christus Dominus, además de manifestar su deseo de que recobre nuevo vigor la venerable tradición de los concilios particulares (cf. n. 36), trata expresamente de las Conferencias de los Obispos, constatando su institución en muchas naciones y estableciendo normas particulares al respecto (cf. nn. 37-38). En efecto, el Concilio ha reconocido la oportunidad y la fecundidad de tales organismos, juzgando « que es muy conveniente que en todo el mundo los Obispos de la misma nación o región se reúnan en una asamblea, coincidiendo todos en fechas prefijadas, para que, comunicándose las perspectivas de la prudencia y de la experiencia y contrastando los pareceres, se constituya una santa conspiración de fuerzas para el bien común de las Iglesias ».[29]

5. En 1966, el Papa Pablo VI, con el Motu proprio Ecclesiae Sanctae, impuso la constitución de Conferencias Episcopales allí donde aún no existían, estableciendo que las ya existentes debían redactar estatutos propios y que, si no fuera posible su constitución, los Obispos interesados debían unirse a Conferencias Episcopales ya establecidas. Así mismo, se podrían crear Conferencias Episcopales para varias naciones o incluso internacionales.[30] Unos años más tarde, en 1973, el Directorio pastoral de los Obispos volvió a recordar que « la Conferencia Episcopal ha sido instituida para que hoy en día pueda aportar una múltiple y fecunda contribución a la aplicación concreta del afecto colegial. Por medio de las Conferencias se fomenta de manera excelente el espíritu de comunión con la Iglesia universal y las diversas Iglesias particulares entre sí ».[31] Finalmente, el Código de Derecho Canónico promulgado por mí el 25 de enero de 1983, ha establecido una normativa específica (cc. 447-459), que regula la finalidad y las competencias de las Conferencias de los Obispos, además de su erección, composición y funcionamiento.

El espíritu colegial que inspira la constitución de las Conferencias Episcopales y guía sus actividades, lleva también a la colaboración entre las Conferencias de diversas naciones, como era el deseo del Concilio Vaticano II,[32] recogido en las normas canónicas.[33]

6. A partir del Concilio Vaticano II, las Conferencias Episcopales se han desarrollado notablemente y han asumido el papel de órgano preferido por los Obispos de una nación o de un determinado territorio para el intercambio de puntos de vista, la consulta recíproca y la colaboración en favor del bien común de la Iglesia: « se han constituido en estos años en una realidad concreta, viva y eficiente en todas las partes del mundo ».[34] Su importancia obedece al hecho de que contribuyen eficazmente a la unidad entre los Obispos y, por tanto, a la unidad de la Iglesia, al ser un instrumento muy válido para afianzar la comunión eclesial. No obstante, la evolución de sus actividades, cada vez mayores, ha suscitado algunos problemas de índole teológica y pastoral, especialmente en sus relaciones con cada uno de los Obispos diocesanos.

7. A veinte años de la clausura del Concilio Vaticano II, la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos celebrada en 1985 ha reconocido la utilidad pastoral, más aún, la necesidad de las Conferencias de los Obispos en las circunstancias actuales, pero, al mismo tiempo, no ha dejado de observar que « en el modo de proceder de las Conferencias Episcopales, ténganse presentes el bien de la Iglesia, o sea, el servicio a la unidad, y la responsabilidad inalienable de cada Obispo hacia la Iglesia universal y hacia su Iglesia particular ».[35] Así pues, el Sínodo ha recomendado que se explicite con mayor amplitud y profundidad el estudio del status teológico y consecuentemente jurídico de las Conferencias de los Obispos, especialmente el problema de su autoridad doctrinal, teniendo presente el n. 38 del Decreto conciliar Christus Dominus y los cánones 447 y 753 del Código de Derecho Canónico.[36]

El presente documento es también fruto de esa recomendación. Siguiendo de cerca los documentos del Concilio Vaticano II, se propone explicitar los principios teológicos y jurídicos básicos sobre las Conferencias Episcopales, así como ofrecer la necesaria integración normativa con el fin de ayudar a establecer una praxis de las mismas Conferencias Episcopales teológicamente fundada y jurídicamente segura.

[2] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 19. Cf. Mt 10,1-4; 16,18; Mc 3,13-19; Lc 6,13; Jn 21,15-17.

[3] Cf. Mt 26,14; Mc 14,10.20.43; Lc 22,3.47; Jn 6,72; 20,24.

[4] Cf. Mt 10,5-7; Lc 9,1-2.

[5] Cf. Mc 6,7.

[6] Cf. Jn 17,11.18.20-21.

[7] Cf. Jn 21,15-17.

[8] Cf. Jn 20,21; Mt 28,18-20.

[9] Hch 2,14.

[10] Cf. Hch 2,42.

[11] Cf. Hch 6,1-6.

[12] Cf. Gal 2,1-2.7-9.

[13] Hch 15,2.

[14] Hch 15,28.

[15] Cf. Mt 28,18-20.

[16] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 20.

[17] Cf. Hch 1,8; 2,4; Jn 20,22-23.

[18] Cf. 1 Tm 4,14; 2 Tm 1,6-7.

[19] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 21.

[20] Ibid., 22.

[21] Cf. ibid., 23.

[22] Ibid., 18; cf. 22-23; Nota explicativa previa, 2; Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus, sobre la Iglesia de Cristo, Prólogo: DS 3051.

[23] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

[24] Sobre algunos concilios del siglo II, cf. Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica, V, 16,10; 23,2-4; 24,8: SC 41, pp. 49; 66-67; 69. Tertuliano, a comienzos del siglo III, elogia el uso que había entre los griegos de celebrar concilios (cf. De ieiunio, 13,6: CCL 2,1272). Por el epistolario de san Cipriano de Cartago tenemos noticia de diversos concilios africanos y romanos a partir del segungo y tercer decenio del siglo III (cf. Epist. 55,6; 57; 59,13,1; 61; 64; 67; 68,2,1; 70; 71,4,1; 72; 73,1-3: Bayard [ed.], Les Belles Lettres, París 1961, II, pp. 134-135; 154-159; 180; 194-196; 213-216; 227-234; 235; 252-256; 259; 259-262; 262-264). Sobre los concilios de Obispos en los siglos II y III, cf. K. J. Hefele, Histoire des Conciles, I, Adrien le Clere, París 1869, pp. 77-125.

[25] Cf. C.I.C. (1917), c. 283.

[26] Cf. ibid., c. 292.

[27] Cf. C.I.C., cc. 439-446.

[28] Sacra Congregatio Episcoporum et Regularium, Instructio « Alcuni Arcivescovi », De collationibus quolibet anno ab Italis Episcopis in variis quae designantur Regionibus habendis (24 agosto 1889): Leonis XIII Acta, IX (1890), p. 184.

[29] Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los Obispos, 37; cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.

[30] Pablo VI, Motu proprio Ecclesiae Sanctae (6 agosto 1966), I. Normae ad exsequenda Decreta SS. Concilii Vaticani II « Christus Dominus » et «Presbyterorum Ordinis », n. 41: AAS 58 (1966), 773-774.

[31] Congregación para los Obispos, Directorio Ecclesiae imago, De Pastorali Ministerio Episcoporum (22 febrero 1973), 210.

[32] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Christus Dominus, sobre el oficio pastoral de los Obispos, 38,5.

[33] Cf. C.I.C., c. 459, SS 1. De hecho se ha favorecido esta colaboración mediante las Reuniones Internacionales de Conferencias Episcopales, el Consejo Episcopal Latinoamericano (C.E.L.AM.), el Consilium Conferentiarum Episcopalium Europae (C.C.E.E.), el Secretariado Episcopal de América Central y Panamá (S.E.D.A.C.), la Commissio Episcopatuum Communitatis Europaeae (COM.E.C.E.), la Association des ConférencesEpiscopales de l'Afrique Centrale (A.C.E.A.C.), la Association des Conférences Episcopales de la Région de l'Afrique Centrale (A.C.E.R.A.C.), el Symposium des Conférences Episcopales d'Afrique et de Madagascar (S.C.E.A.M.), el Inter-Regional Meeting of Bishops of Southern Africa (I.M.B.S.A.), la Southern African Catholic Bishops' Conference (S.A.C.B.C.), las Conférences Episcopales de l'Afrique de l'Ouest Francophone (C.E.R.A.O.), la Association of the Episcopal Conferences of Anglophone West Africa (A.E.C.A.W.A.), la Association of Member Episcopal Conferences in Eastern Africa (A.M.E.C.E.A.), la Federation of Asian Bishops' Conferences (F.A.B.C.), y la Federation of Catholic Bishops' Conferences of Oceania (F.C.B.C.O.) (cf. Annuario Pontificio 1998, Ciudad del Vaticano 1998, pp. 1112-1115). Sin embargo, estas instituciones no son propiamente Conferencias Episcopales.

[34] Juan Pablo II, Discurso a la Curia Romana (28 junio 1986), 7, c: AAS 79 (1987), 197.

[35] Relación final, II, C, 5: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, 22 diciembre 1985, p. 13.

[36] Cf. ibid., II, C, 8, b.


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