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CAPÍTULO III
De los Seminarios Diocesanos Mayores

623. No haya para los Obispos empresa de mayor importancia o preferencia, que la de procurar con todo ahinco, empeño y eficacia que se funden Seminarios clericales en sus respectivas diócesis, si aún no los hubiera, y de ampliarlos y mejorarlos donde ya existan; proveyéndolos de rectores y maestros de primera calidad, y cuidando con sumo empeño de que allí se eduquen los clérigos santa y religiosamente en el temor de Dios y la disciplina eclesiástica, y se instruyan en las ciencias sagradas conforme a la doctrina católica[711].

624. Cada alumno al entrar al Seminario, practicará a la primera oportunidad los ejercicios espirituales, y previo el consejo del confesor, hará confesión general de toda su vida. Igualmente harán ejercicios espirituales todos los alumnos cada año después de las vacaciones.

625. Al formar la distribución de las horas en los Seminarios, ténganse presentes las siguientes normas. Muy de mañana congréguense todos en el oratorio, y después de rezar las oraciones matutinas consagren media hora a la oración mental. Oigan devotamente la Santa Misa. A determinadas horas hagan examen de conciencia y visiten al Santísimo Sacramento. Recen todos los días la tercera parte del Rosario, y no omitan las oraciones de la noche. Una vez por semana acérquense todos al tribunal de la Penitencia, y todavía más a menudo, si el prudente confesor lo aprobare, reciban con gran fervor el Pan Eucarístico. Frecuentes conferencias, exhortaciones y lecturas piadosas, fomenten en los alumnos la devoción, la pureza, la vocación sacerdotal, y extirpen de sus ánimos la soberbia, la ambición, la sed y avidez de bienes temporales y de honores. Frecuentemente durante el día eleven el alma a Dios y excítense a continuos progresos en la virtud. Dirijan sus estudios a la mayor gloria de Dios, y esfuércense por adquirir eficazmente aquella ciencia necesaria para el dificilísimo ministerio sacerdotal; porque no basta arder interiormente con el fuego de la propia virtud, sino que es preciso para lograr la perfección, arder en amor divino y resplandecer con los fulgores de la ciencia.

626. Ninguno sea admitido en el Seminario mayor sin haber terminado el curso regular de estudios preparatorios. El curso de Filosofía en los Seminarios abrace por lo menos dos años, y el de Teología cuatro. A nadie se confiera el subdiaconado, a menos que haya frecuentado un año entero la cátedra de Sagrada Teología. Para el diaconado se exigirán dos, para el presbiterado, tres; y mandamos que en esta materia no se conceda dispensa alguna, sino en caso de grave necesidad. Tanto en la escuela de Filosofía como en la de Teología, sigan los profesores con todo empeño las doctrinas de Santo Tomás, y en sus cátedras no se estudien más que autores cuya doctrina sea del todo aprobada.

627. Además de la de Teología Dogmática y Moral, haya cátedras de Hermenéutica y Exegesis Bíblica, de Historia Eclesiástica, de Instituciones de Derecho Canónico, de Liturgia y Elocuencia Sagrada, y asimismo instrúyanse los alumnos en todo lo concerniente a la Teología Pastoral y a la recta administración del Sacramento de la Penitencia. Perfecciónense en el estudio de las lenguas indígenas empezado en el Seminario menor, para que puedan debidamente administrar los Sacramentos. Todos los alumnos practiquen en el Seminario mayor el Canto ritual, cuyos principios aprendieron en el menor, asistiendo en el coro del mismo Seminario a las Misas y demás divinos Oficios. Deseamos que, donde sea posible, no se omita un estudio más perfecto de la Teología positiva basada en las doctrinas de los Santos Padres; y aun es la mente del Concilio, que haya una cátedra especial a ella consagrada. Expóngase también de una manera más amplia la ciencia apologética, que defiende los dogmas cristianos, principalmente contra los sofismas de los incrédulos del día.

628. Una o dos veces cada año, por lo menos, sujétese a cada uno de los alumnos a serio examen sobre las materias que se han cursado. Asiéntense en el libro correspondiente los resultados de estos exámenes. El alumno que, después de admitido, diere pruebas de mal comportamiento, y no obstante serias reprensiones, no diere señales de enmienda, sea expulsado cuanto antes. Si alguno, aunque por otra parte de buena índole, diligente y laudable por su piedad, es tan obtuso de entendimiento, que se dude prudentemente que pueda adelantar en los estudios, resérvese su causa al juicio del Obispo.

629. Obsérvese sin interrupción la vida común en el Seminario mayor, bajo uno y el mismo reglamento, y no se admitan externos sino por gravísimas causas aprobadas por el Obispo. Porten todos el traje talar, y arreglen de tal suerte sus modales, que en el hábito, el gesto, el andar, la conversación, y en todas sus acciones, demuestren mucha gravedad, moderación y religiosidad, y eviten hasta las más leves faltas, de suerte que se capten la veneración universal[712]. Rogamos ardientemente en el Señor a los Rectores y profesores del Seminario, que consideren atentamente el grave cargo que pesa sobre sus hombres, pues de la buena formación de los alumnos dependen casi exclusivamente la prosperidad de toda la diócesis, el culto divino y la salvación de los pueblos. Cuiden, por tanto, que todos observen con fidelidad y religiosa exactitud los reglamentos aprobados y el plan de estudios; y como los sacerdotes deben hacerse todo para todos, para ganar a todos para Cristo, con empeño enseñen los superiores a los jóvenes las reglas de la urbanidad verdadera y cristiana, y muévanlos con su propio ejemplo a observarlas; corrijan los modales rústicos e incultos que observaren, y recomienden con eficacia la limpieza en la persona y el traje, y la cortesía en el trato, unida a la modestia y gravedad.

[711] Pius IX. Encycl. Qui pluribus, 9 Noviembre 1846.

[712] Conc. Trid. sess. 22 cap. I de ref.


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